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miércoles, 5 de diciembre de 2012

INTERMINABLELOGÍAS: La Trilogía del Caballero Oscuro de Christopher Nolan.

(Entrega especial de Interminablelogías, un cincuenta por ciento más largo y detallado que las entregas anteriores).


Cuando los historiadores del cine en el futuro se vuelvan a inicios del siglo XXI, deberán darle un lugar destacado a la trilogía de películas conformada por “Batman Begins”, “The Dark Knight” y “The Dark Knight Rises”; usaré sus títulos en inglés porque es como el común del público hispanoparlante se refiere a ellas. Esta trilogía es un caso único en cuanto a cohesión del equipo integrante, tanto en los actores como en el personal de apoyo, y conforman una visión muy singular tanto de Batman como héroe, como de la sociedad en que vivimos. Irónicamente, esta trilogía ha sido defendida además como la plasmación más fiel de un personaje de cómic en el cine, como de las mejores películas de superhéroes, cuando en verdad no estamos frente a una historia canónica del género. En realidad tenemos un análisis profundo y al hueso que no presenta casi nada del encanto ingenuo de las historias del bien luchando contra el mal; esta trilogía no es una historia de superhéroes estándar, sino una deconstrucción e incluso subversión del mito. Aquí veremos el fracaso inherente que afronta la causa del bien, la decencia o la justicia por triunfar sobre el mal, la corrupción o la injusticia, o sea, justo lo contrario que el ethos del cómic típico de superhéroes.

Antes de empezar, advierto al lector que al hacer un análisis prolijo de la saga, descargaré una tonelada de spoilers, incluyendo varios giros de tuerca y el final de cada una de las entregas; si el lector no ha visto aún las películas, recomiendo verlas primero y formarse una opinión propia, y después regresar al presente artículo.

Previo a empezar, debemos tener bien en claro que esta versión de Batman es un personaje nolanesco. Una constante en todas las películas de Christopher Nolan, y la fuente del fascinante horror en ellas, es que sus personajes padecen hondas perturbaciones sicológicas, pero éstas no les impiden actuar con normalidad dentro de una sociedad que los considera sanos o normales, a lo menos a primera vista. Así ocurre con el amnésico de “Memento”, con el insomne de “Insomnia”, con los obsesivos rivales de “El gran truco”, o con el protagonista de “El origen”, de quien nunca sabemos si está realmente cuerdo o no. El Batman de Christopher Nolan sigue la tendencia: parece un tipo saludable incluso hasta para sus más cercanos, pero en el fondo padece hondos problemas sicológicos, cuya sanación le tomará las tres películas en lograr.


“Batman Begins” en 2005 tenía el desafío de hacer olvidar al público la extravaganza ridícula que significó “Batman y Robin” de Joel Schumacher, ocho años antes. La respuesta fue un regreso a las raíces más oscuras del héroe. En una vuelta de tuerca al estándar de lo que era el cine de superhéroes en ese entonces, que seguía la estela de “X-Men” y de “Spiderman”, Nolan decidió rebajar los elementos más fantásticos del mito superheroico, y abocarse en cambio a los aspectos realistas. Su visión de Batman no trataría así sobre el superhéroe o el mito en sí, sino como dicho mito o leyenda se proyecta en la sociedad. Nolan recibió la inestimable ayuda del propio material de base, ya que Batman no tiene superpoderes: no es un alienígena como Superman, ni un mutante como los X-Men, ni un policía galáctico como Linterna Verde, sino un ser humano vulgar y corriente que, armado con un impresionante talonario de cheques y una buena provisión de tecnología, se dedica a luchar contra el crimen. El enfoque realista de Nolan habría fracasado con otro superhéroe, y se ha transformado en la desesperación de quienes tratan de imitar su enfoque y aplicarlo sin más a otras franquicias.

La película se abre, no por casualidad, con una larguísima secuencia del entrenamiento de Bruce Wayne. A través de la misma se nos muestra su pasado. Bruce Wayne es un huérfano cuyos padres han sido asesinados de manera trivial por un ladronzuelo de poca monta. Se nos remarca que el trauma de Bruce Wayne no es realmente nada especial; está implícito que muchas otras personas sufren traumas parecidos, y no se convierten en encapuchados medio sicóticos patrullando las noches. Su entrenador será Ra's al Ghul, el líder de una secta criminal: subrepticiamente se nos apunta que la base del poder futuro de Batman no estará en el lado de la ley o de la justicia, sino en el otro extremo, en el mundo criminal, Batman asomará así menos como un héroe que como un terrorista bien intencionado. Su primer acto de independencia es uno de desobediencia en interés de la justicia, pero es también una traición en la que su mentor Ra's al Ghul en apariencia morirá.


Luego, cuando Bruce Wayne regresa a Ciudad Gótica, descubre que ya no existe un lugar para él: la ciudad ha madurado, simbólicamente se ha hecho adulta, de la manera en que ven la adultez los adolescentes, o sea, como un espacio para la desesperanza y la corrupción. Bruce Wayne por su parte ha aprendido en apariencia a conquistar su miedo, pero en realidad esto no lo ha llevado a superar sus traumas de la infancia, sino que por el contrario, a enquistarse aún más en ellos. Bruce Wayne encuentra que sus empresas están siendo manejadas por otras gentes que quieren a Wayne lejos para seguir ellos a cargo, que su amiga de la infancia ha seguido con su vida y ha madurado hasta un punto en que ya no conecta con un Bruce Wayne atascado en su pasado, y sólo el fiel mayordomo Alfred queda acompañándole: se insinúa a lo largo de toda la saga es el único que comprende que Bruce Wayne en realidad nunca ha dejado la niñez, y por lo tanto está dispuesto a seguir de niñera allí hasta donde haga falta llegar.

Ciudad Gótica por su parte es un pozo de corrupción, y sus ciudadanos no tienen el heroísmo ni el civismo para tomar la cruzada del bien en sus manos y limpiarla por ellos mismos; en definitiva, se merecen la ciudad deprimida que tienen. Se insinúa a lo largo de toda la franquicia que desean una ciudad mejor, pero no desean abandonar su hamaca para trabajar ellos mismos por ese objetivo; esto, por desgracia, es un fiel reflejo de la sociedad occidental de nuestros días. Bruce Wayne encuentra aquí un caldo de cultivo óptimo para sus demonios personales. En la película se menciona de manera explícita que Bruce Wayne podría usar su fortuna para construir una fundación o financiar a la policía, pero en vez de ello, elige el camino de la ilegalidad: transformarse en un vigilante. Para subliminar este componente criminal, Batman mismo elige difuminarse en medio de las sombras de la noche: se transformará en la encarnación del terror, en un símbolo más grande que él mismo, la sombra de la venganza que él siente y considera que es la justicia. Es una moraleja muy poco épica, de manera que la película se permite una salida más convencional para no tener que llevar su premisa hasta consecuencias socialmente inaceptables para la audiencia. Así, en un giro de guión se muestra que Ra's al Ghul sigue vivo, y ataca a Ciudad Gótica para crear un imperio de justicia por el terror. El gran final es el de Batman triunfante, pero al precio de abrazar ahora todo lo que significa el encapuchado: Batman ha nacido en definitiva, pero al precio de que Bruce Wayne se ha desdibujado hasta desaparecer.


“The Dark Knight” reincide y agudiza el conflicto presentado en la anterior. Batman seguido su cruzada contra el crimen organizado para limpiar la ciudad. Pero se da cuenta de que no puede ganar: ha luchado contra el demonio con las armas del demonio, y de esta manera, Ciudad Gótica siempre necesitará a un Batman, a un caballero negro que la defienda. Además, la ciudadanía y la policía le tienen tanto miedo a Batman como al crimen organizado, y con razón: después de todo, Batman ha expropiado la justicia y la ha concentrado en sus manos sin otra garantía que su propia palabra de que mantendrá un estándar. Batman ve esto, y jugará un gambito: se reemplazará a sí mismo, el caballero oscuro, por un caballero blanco que opere del lado del bien y de la legalidad, y que encarnará el nuevo fiscal Harvey Dent. Pero Dent no es un tipo impoluto: cuando investigó a los policías en el pasado, éstos le consideraron un traidor y le llamaron Doble Cara. Nuevamente, el bien absoluto que el Batman con su visión infantil de la justicia persigue es una ilusión: nadie es tan puro ni tan blanco.

Aún así, el plan quizás habría funcionado de no ser porque los mafiosos, asustados y demasiado presionados por la venganza devenida en justicia de Batman, sellan un pacto fáustico con alguien que los librará del encapuchado: el Joker. Este es la destilación misma del mal: a diferencia de Ra's al Ghul no busca destruir para erigir un nuevo orden más limpio y mejor, sino provocar el caos por el puro y simple amor a la destrucción. Siendo el mal puro que es, ni siquiera tiene un nombre, un pasado o una identidad propias; su meta final es destruir todo lo que de bondadoso exista en el mundo, y en ese sentido es el corruptor final en la saga: tenemos así una versión agnóstica del Satán cristiano. Al abrazar las armas del terror para luchar contra el terror, Batman de esta manera ha convocado al terror supremo: el mal en su encarnación pura. La aparición del mal supremo traerá infaustas consecuencias: la chica amada tanto por Bruce Wayne como por Harvey Dent morirá con crueldad suprema, la familia del Comisario Gordon se verá amenazada, el propio Harvey Dent dejará de ser el caballero blanco para caer en su propio lado oscuro y transformarse en Dos Caras, y Batman se verá obligado a convertirse de manera simbólica en el mal, en la encarnación de todo lo que Ciudad Gótica repudia, para seguir adelante con la purga del mal del infierno en que se ha convertido la ciudad.


Una parte importante en este esquema lo juega la escena de los ferrys. En su prueba final contra Ciudad Gótica, el Joker pone dos bombas en dos sendos ferrys, y les dice que para sobrevivir, deben volar el ferry vecino con un detonador que se les ha proporcionado. Al final, el Joker se ve fastidiado porque ninguno de los dos ha apretado el botón para salvarse. Batman le dice al Joker que la ciudad es decente, pero la verdad quizás es otra: en realidad nadie ha tenido las agallas para apretar el botón, nadie ha tenido el valor de hacer lo necesario para sobrevivir. En el ferry de los ciudadanos decentes, el buen hombre que vocifera sálvese quien pueda no tiene el valor para completar el trabajo; en el ferry de los prisioneros, en cambio, el prisionero que arroja el detonador por la ventana consigue su pequeño momento de heroísmo sólo porque ninguno de sus compañeros se atreve a hacer absolutamente nada para detenerlo. Superficialmente parece que los ciudadanos son decentes porque nadie ha apretado el botón, pero eso sólo vale para quien observa el escenario en su totalidad, como el espectador por ejemplo: para la persona involucrada en el juego, la opción más lógica es hacer el mal, el apretar el botón. Los ciudadanos en los ferrys se han salvado no por heroísmo, sino irónicamente por cobardía.

Esto no prueba que Batman sea necesario para salvar a los ciudadanos, por más que en su batalla final contra el Joker lo haga: sólo prueba que un sicótico como él tiene espacio para actuar únicamente porque una ciudadanía asustada y demasiado acomodaticia deja que el encapuchado haga el trabajo sucio por ella. En una escena anterior, esto se infiltra de manera más subrepticia. El Joker amenaza con asesinar ciudadanos cada día hasta que Batman se desenmascare. Este considera la opción de renunciar, ante lo cual Alfred le dice que no debe hacerlo porque Batman es el único capaz de tomar la opción que nadie más puede: la opción correcta. Es cierto, y suena heroico. Pero el contrapunto es que Batman como supuesto agente de justicia no responde ante nada ni ante nadie, y de hecho está a un paso de renunciar, antes que Harvey Dent se incrimine falsamente como el Batman. ¿Qué hubiera pasado si Batman se hubiera entregado? No hubiera quedado nadie para contender con el Joker, que recordemos, fue invocado por el mismísimo Batman y su cruzada. Si Batman fuera un funcionario público se le podría enjuiciar por notable abandono de deberes únicamente por esto. ¿Y si Batman hubiera decidido no rescatar a la gente de los ferrys yendo a por el Guasón? ¿Y si no hubiera podido localizarle? ¿Y si hubiera fracasado? La moraleja que se desliza a lo largo de todas estas situaciones, es el enorme daño que la ciudadanía se inflige a sí misma siendo cómoda y tolerando que Batman haga la limpieza por ellos.


“The Dark Knight Rises” lleva las cosas a su conclusión lógica. La ciudadanía por fin se ha empoderado, y presionando ellos o a través de sus instituciones, han conseguido que se apruebe la Ley Dent que por fin limpie las calles. El problema es que esta justicia se ha conseguido al precio de una mentira: de que Harvey Dent fue un hombre impoluto hasta el final y un modelo digno de aprecio, mientras que los pocos que saben, Batman y el Comisario Gordon, y el espectador también, tienen bien presente que Harvey Dent es un héroe caído. Una vez más se ha luchado contra el demonio con las armas del demonio.

Pero en apariencia, la jugada ha resultado. La ciudad ha abandonado la oscuridad y se ha transformado en un lugar luminoso para vivir. ¿Pero en verdad la ciudadanía ha recobrado su conciencia? La organización criminal de Ra's al Ghul, que ha seguido en activo, piensa que no: la luminosidad y la prosperidad en realidad sólo se han conseguido al precio de que unos pocos se entronicen sobre una masa de gentes. Y Batman ha sido instrumental en dicho triunfo, por lo que aspiran a dar un golpe doble: por un lado expondrán la hipocresía de los habitantes de Ciudad Gótica antes de barrerla para siempre, y además se vengarán del hombre que ha liquidado a su líder.


Una vez más, la ciudadanía de Ciudad Gótica demuestra no estar a la altura de las circunstancias. Bane promueve una rebelión social, halagando los instintos del populacho y dirigiéndolo contra los privilegiados. Dejemos de lado el polémico tema de si esta película está haciendo una crítica del movimiento Occupy Wall Street. Lo que la película nos muestra, es que a pesar de la dicha y la prosperidad, aún así la ciudadanía está dispuesta a revolverse a la primera oportunidad. Si de verdad hay injusticia social, ¿por qué no volcarla a través de medios institucionales o manifestaciones pacíficas? ¿Y por qué la ciudadanía se entrega tan fácilmente a un terrorista como Bane? La respuesta es fácil para quien haya visto las dos entregas anteriores: porque el común de los ciudadanos no son heroicos ni decentes.

Al aparecer Bane, Batman se da cuenta de que él es otra vez la única barrera entre la ciudadanía y el mal, y sale de la reclusión en que ha permanecido ocho años. Pero su cansancio y lo estéril de su batalla por derrotar al mal han hecho mella en él. Bane lo atrapa y consigue quebrarlo en todos los frentes: económico, privándole de su riqueza, físico, rompiéndole la columna, y moral, remarcándole que toda su lucha es fútil, y que el mal siempre engendrará una nueva cabeza. Todo lo que Batman ha sido, no ha servido para nada: en esta hora amarga vemos que jamás podrá limpiar al mundo del mal, que jamás podrá ser un sustituto para una acción ciudadana concertada y responsable. La cruzada de Batman termina aquí.


Ahora, a Bruce Wayne sólo le queda sanarse a sí mismo, hacer lo que debió hacer desde su niñez en primer lugar. Esto lo consigue simbólicamente naciendo de nuevo al salir hacia la luz a través del pozo de la cárcel en que Bane lo ha encerrado. Pero Bruce Wayne aún tiene que finiquitar asuntos pendientes con su vida anterior. Así, se vestirá una vez más el traje de Batman, ahora sin ser en verdad Batman, y librará una última batalla, por primera y única vez a la luz del día como símbolo de su carácter ahora como héroe resplandeciente que se ha sanado a sí mismo, para derrotar a las fuerzas de Bane. La conclusión será un sacrificio mesiánico en donde Bruce Wayne quemará simbólica y literalmente a Batman en fuego atómico, librándose en definitiva de él. Con esto consigue su victoria definitiva: se ha transformado en un símbolo inspirador para la ciudadanía, y también para un sustituto que tomará su manto y seguirá con su legado. Aunque después de todo lo que hemos visto, hay un guiño final: la estatua de homenaje a Batman pareciera sacada de “Rocky III”, lo que remarca una vez más el carácter artificioso de la admiración al héroe.

En cuanto a Bruce Wayne, su destino es algo más ambiguo. Se nos muestra una escena final en que el sueño de Alfred de verlo feliz y realizado, y con Batman definitivamente en el pasado, se ha cumplido; pero hablamos de una película del director de “El origen”, que también tenía un final feliz y muy sospechoso. Queda a criterio del espectador decidir si esa escena final es la realidad, y Bruce Wayne por fin ha conseguido sanarse de sus traumas y ha alcanzado una vida sana y feliz, o si Bruce Wayne ha perecido en la explosión nuclear que se ha llevado por delante también a Batman, en lo que sería un final demasiado temerario y deprimente para lo que las audiencias esperan de un blockbuster de Hollywood.

Como puede apreciarse, la trilogía deconstruye y subvierte un montón de aspectos propios del mito del superhéroe. Batman no es un héroe sino un sociópata que al utilizar el terror contra el terror, es también parte del problema que pretende solucionar. Los héroes decentes como el Comisario Gordon y Harvey Dent no son comprendidos ni admirados, sino por el contrario, perseguidos, acosados y aún destruidos por ser lo que Harvey Dent llama gente decente en tiempos indecentes. La ciudadanía por su parte no son víctimas inocentes de los villanos: en realidad son los últimos responsables del mal estado de las cosas en Ciudad Gótica. No hay verdadero heroísmo en esta trilogía, sólo un conjunto de circunstancias que se van enmarañando alrededor de un núcleo de personajes, y que por un resultado final que podría haber sido ése o cualquier otro, acaba con un triunfo del bien que, además, se nos insinúa firmemente que es provisional, ya que la batalla nunca podrá ser ganada en definitiva. En ese sentido es una trilogía con una honda carga filosófica y conceptual; que además de eso sea superheroica, en el contexto ortodoxo de lo que se supone es una historia de superhéroes a lo menos, es algo más discutible.

2 comentarios:

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Como compañero bloguero debo felicitarte por este texto que permite encontrarse con unas ideas bastante inteligentes, a la hora de analizar tan apreciada trilogía (que a mí ni se me habrían ocurrido). Por otro lado, también como bloguero que aprecia el trabajo de sus compañeros, no deja impactarme cómo el común de la gente es tan perezosa y deja pasar un texto como el que acabo de leer y ni se digna a comentar (pero estoy seguro que si esto fuese una pág. de "Feisbuk" y hubieses puesto cualquier vomitiva foto, la tendrías llena de ME GUSTA). Por último, si te animas, te invito a leer mi propia crítica para esta saga, la que en todo caso no llega a los análisis filosóficos tuyos, si no que es mucho más "nerd" en su planteamiento: http://elcubildelciclope.blogspot.com/2012/09/se-cierra-el-circulo_1.html

Guillermo Ríos dijo...

En un especial de The History Channel sobre cómics de superhéroes (Comic Book Superheroes Unmasked), emitido hace unos diez años más o menos, uno de los dibujantes entrevistados, no recuerdo cuál, decía que los personajes de cómics, los más icónicos por lo menos, eran más que propiedades de los grandes consorcios editoriales, eran además símbolos y representantes del moderno folclor popular. En ese sentido es que creo muy valioso cualquier intento por escarbar más allá de lo puramente narrativo en las sucesivas encarnaciones de Batman, Superman, los X-Men, Spiderman, etcétera, que nos han transmitido los cómics, el cine, la televisión, también etcétera, y explorar las ideas que existen por detrás. Muchos de quienes dicen amar la trilogía de Nolan y odiar las películas de Burton, o amar a éstas y odiar el Batman de Adam West, se olvidan de que cada una de estas encarnaciones del héroe son a su vez plasmaciones del propio Zeitgeist de cada época en particular, y que por lo tanto era imposible plasmar al personaje de otra manera, o por lo menos, imposible de hacerlo y que a su vez lograra conectar con el público. Si en la aún por estrenarse secuela de Man of Steel optan por presentar a un Batman que no siga en la continuidad de la Trilogía de Nolan, estoy seguro de que tendremos todavía otra reinterpretación adicional del personaje. Con los inevitables espectadores que van a gritar que es horrible porque no se parecerá al de Nolan, cuando en realidad deberían juzgar si es bueno u horrible en función de los méritos propios que vaya a tener en sí mismo.

Respecto del Facebook, todos los intentos por generar publicidad a partir de ahí me han resultado negativos, de manera que como herramienta ni siquiera lo uso. Por no usarlo, la Guillermocracia ni siquiera tiene una página propia.

El comentario sobre la Trilogía en El Cubil del Cíclope me pareció bien, aunque hay un detalle que, creo yo, lo haría más redondo (en mi opinión absolutamente personal, por supuesto). El posteo se siente un poco como en dos partes, una primera sobre las otras dos películas y una segunda sobre la tercera entrega, de manera que no queda bien equilibrado entre si es un posteo sobre la tercera entrega en particular, o sobre la Trilogía en general. Las ideas y planteamientos están muy bien, pero hubieran lucido mucho más publicando por separado un posteo sobre la Trilogía y otro sobre The Dark Knight Rises en particular. Reiterando lo dicho de que es mi opinión y nada más.

Saludos cordiales.

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