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domingo, 30 de diciembre de 2012

Crónicas Antrópicas 52 - "La civilización en la encrucijada".


Los inicios del siglo XXI presentan desafíos supremos para la raza humana en su conjunto. Hace cientos o miles de años atrás, la tragedia que azotara a una civilización podía dejar relativamente intacta a otra. En la actualidad existen amenazas a nivel planetario, que podrían significar la destrucción de la civilización humana en su conjunto, e incluso de la Humanidad misma como especie biológica. Un ataque terrorista con armas bacteriológicas, una guerra nuclear, una catástrofe ecológica a escala masiva, una pandemia, todos esos son escenarios con los cuales la Humanidad podría regresar a la Edad de Piedra, o simplemente desaparecer. Y parte importante de dicha encrucijada lo constituyen las creencias personales de la gente. Cuando muchos estadounidenses que votan a un Presidente con acceso al botón nuclear creen que una guerra atómica total no sería problema porque ellos serían raptados antes del final, basados en un libro como el Apocalipsis escrito cuando la Medicina todavía confiaba en las sanguijuelas, eso es una catástrofe. Cuando un grupo de fundamentalistas piensa que desatar una pandemia que aniquile a la Humanidad es algo bueno porque ellos morirán en la Guerra Santa e irán a un Paraíso con 72 huríes por cabeza mientras que todo el resto serán sepultados en el infierno, eso es una catástrofe. Cuando un líder religioso predica la abstinencia sexual como único remedio contra una sobrepoblación planetaria que amenaza con acabar con los recursos disponibles, o acaso con provocar una extinción masiva de especies si ciertos ecosistemas claves colapsan, eso es una catástrofe. Cuando un grupo de empresarios de grandes corporaciones depredan el medio ambiente porque están convencidos de que su riqueza es un signo de que Dios está a su favor, y no se detendrán en lo absoluto porque cada nuevo incremento en sus cuentas bancarias lo ven como un signo de beneplácito divino, eso es una catástrofe. La guerra por la supervivencia de la Humanidad no es sólo un tema de instituciones políticas o de activismo; es también una batalla por las mentalidades contra la superstición fanática que amenaza con hacernos saltar a todos en pedazos.


En la actualidad, la ciencia está más al alcance que nunca en la Historia. Pero el grueso de la gente no puede aprovecharla porque los sistemas educativos en todas las democracias del mundo están colapsando. Una cultura democrática mal entendida en donde todas las ideas tienen igual respetabilidad sin haber pasado siquiera un test de plausibilidad, sumado al reemplazo de la capacidad de pensar por la acumulación de conocimiento bruto, ha estado inhabilitando a la gente para pensar durante ya más de una generación; la conversión de las escuelas en factorías de alumnos en donde no se les enseña a pensar por sí mismos, sino a seguir ciegamente las directrices del sistema, tienen mucho que ver con ello. De esta manera, los actuales niños, hombres y mujeres del mañana, aprenden que la información está en Wikipedia, pero no aprenden a procesarla, a compararla, a interpretarla de una manera racional. La información, así como cualquiera otra herramienta, es inútil si es que no se sabe cómo utilizarla.


A ello se suman los medios de masas. En los mismos es más fácil encontrar espacio para la religión o para la superchería que para la ciencia. En la actualidad, una película de Hollywood puede violar cuantas leyes de la ciencia se le ocurra con completa impunidad, pero no puede presentar una imagen religiosa fuera de contexto sin que los furiosos grupos bíblicos se lancen a boicotearla; la moraleja es clara, las ideas religiosas son más importantes y tienen más peso que las verdades científicas. Incluso canales de cable supuestamente científicos se han lanzado a difundir programas de televisión sobre alienígenas ancestrales o sobre la posible catástrofe del 2012, en vez de crear programas educativos de verdad. Y cuando alguien levanta la voz para protestar, se lo silencia en nombre de la libertad de expresión, o con la acusación de ser un tonto grave; parece que la libertad de expresión no conllevara consigo la responsabilidad intelectual de informar con objetividad y basándose en los datos demostrables y corroborables. Por alguna razón, los que son acusados de intolerantes, de soberbios, de arrogantes, de no aceptar puntos de vista ajenos, son los científicos o los que piden explicaciones racionales para las cosas, mientras que los adeptos de la New Age o de la religión tienen pase libre para decir lo que se les antoje; desde luego que ellos pueden darse el lujo de no atacar directamente a la ciencia porque ignorándola con su aplastante superioridad entre las masas, pueden ganar el campo de batalla sin necesidad siquiera de librar combate. En el mundo de los medios de masas, la ciencia es el retador, pero el grueso del público está con el campeón. El rey puede estar desnudo, y algunos pueden gritar de viva voz que el rey está desnudo, y además tener la razón, pero si las masas siguen convenciéndose de que están viendo al rey con un traje invisible, nada realmente cambiará.


La ciencia está todavía a mitad de camino de resolver los misterios del mundo, y no sabemos si conseguirá algún día dar una respuesta definitiva para todas las cosas. Postular que sí o que no es prematuro, ya que eso implicaría saber una cosa acerca de lo que en realidad no sabemos. Lo que la ciencia no sabe, no lo sabe: especular sobre si algún día lo sabremos todo o no, es inútil. Pero sí sabemos algo muy importante: que el mundo es muy distinto al que esperaríamos encontrarnos si las religiones estuvieran en lo correcto. Con variaciones, todas ellas presentan una imagen idéntica del mundo: uno o varios dioses que bendicen a sus fieles o los ponen a prueba según su temperamento, y que son capaces de saltarse las leyes físicas a voluntad. Sin embargo, la tendencia es descubrir cada vez nuevas leyes científicas, no menos. La tendencia es a explicar los milagros en términos naturales, no a descubrir hechos que antiguamente estaban explicados de pronto se tornan en inexplicables. Una confusión corriente viene de la propia expresión ley científica: la idea de ley pareciera presuponer la idea de un Legislador. Pero una ley científica no es un código legal como el de Hamurabi o el de Napoleón, que puede ser obedecido o desobedecido. Una ley científica en realidad es la descripción de una regularidad en la naturaleza, y que no puede ser desobedecida en el mismo sentido que es posible desobedecer las leyes del tránsito. Si esa regularidad no se cumple, hay que buscar una nueva explicación que se ajuste mejor y que describa mejor la regularidad, a través del método científico. Una regularidad en la naturaleza no necesariamente requiere un creador. Las religiones predican lo contrario simplemente como mecanismo de compensación moral, como una manera de decirle al creyente que es buena gente y para validarlo como ser humano. La religión funciona como un contrato: le debes obediencia a un supuesto Dios y a sus supuestas leyes, y a cambio te confieren una patente de superioridad moral. Para las religiones, no hay diferencia entre lo moral y lo natural, e incluso hablan de la ley natural no como ley científica, sino como una ley moral objetiva. Cualquier persona razonable sabe que eso no existe, que sólo existen pareceres relativos, y que en el fondo, cada persona sigue el código moral que mejor le conviene.


La Humanidad ha recorrido un largo camino desde el descubrimiento del fuego y desde las primeras explicaciones animistas sobre el mundo, a nuestra imagen actual repleta de materia compuesta de átomos, intercambiabilidad entre materia y energía, un inicio de universo llamado Big Bang, y un largo etcétera. A lo largo de dicho camino, cuando esos conocimientos se han aplicado a la técnica, han ayudado a mejorar la condición de la especie humana. También se han hecho inventos nefastos, pero en general, el nivel de vida de una persona viviendo en el Occidente de inicios del siglo XXI es vastamente superior incluso al de un Faraón o de un César de la Antigüedad. Dichas personas, con todo su poder, no eran capaces ni siquiera de proporcionarse una Medicina comparable a la actual. La ciencia también nos ha descubierto que el universo quizás no fue hecho para el ser humano, y eso es un rudo golpe a la arrogancia humana. El ser humano vive en un punto azul pálido perdido en el cielo de la noche, y si desapareciera, no sería mucho lo que le faltaría al universo. La enseñanza sistemática del conocimiento acumulado de la Humanidad es que no somos el centro del universo, sino que el ser humano es una especie más que evolucionó en un mundo en donde podría o no podría haber surgido la inteligencia. Y si metemos la pata hasta el fondo, quizás no venga ningún Dios a rescatarnos. Somos nosotros mirándonos las caras los unos a los otros, los llamados a resolver las crisis actuales y construir una sociedad mejor. Y ésa es la verdadera encrucijada de la civilización, dentro de una historia a la que por fuerza debemos ponerle punto final no con un cierre épico, sino con un continuará, uno que será construido por ustedes y por nosotros, entre todos, únicos responsables de la especie humana como un todo, sobre un único planeta Tierra.

FIN DE LAS CRÓNICAS ANTRÓPICAS.

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