domingo, 23 de diciembre de 2012

Crónicas Antrópicas 51 - "El último campo de batalla".


La historia de cómo el ser humano se visualiza a sí mismo dentro del universo tiene que ver no sólo con la información que conseguimos recabar sobre nuestro entorno, sino también con nuestra manera de intercambiarla. La invención del papiro, del papel, del libro, de la imprenta de tipos móviles, cada una de esas innovaciones ayudó a difundir el conocimiento, y a incrementar el nivel cultural de las personas y el libre debate de ideas. A veces, las personas que trataron de erigir un monopolio del conocimiento en nombre de la religión fueron más fuertes, y consiguieron apagar la investigación científica; fue lo que ocurrió en el Califato con los mutazilíes, o con los mandarines de China. Pero en la Europa del Renacimiento, habiéndose liberado Holanda e Inglaterra de la tutela de la Iglesia, en dichos países el poder de la ciencia consiguió imponerse, y durante el siguiente medio milenio se transformó en la fuerza intelectual más revolucionaria del mundo. En esta carrera por investigar misterios cada vez mayores en el mundo, la revolución informática significó un cambio completo de paradigma. La mente humana, amplificada por la tecnología del libro, ahora tenía dispositivos de almacenamiento de información a una escala nunca antes soñada. La Enciclopedia tardó décadas en compendiar el conocimiento en el siglo XVIII; la misma cantidad de información y aún más fue recopilada por la Wikipedia en apenas dos o tres años, y desde ese entonces ha seguido creciendo.


Durante la Guerra Fría, gracias a la invención del ICBM, el misil balístico intercontinental, un nuevo peligro se cernió a la hora de ir a una guerra: la idea de que la capital de un país podía ser bombardeada y el país mismo descabezado en el primerísimo ataque de una conflagración nuclear. Era un peligro nuevo, que ni César ni Napoleón nunca debieron afrontar de manera tan crasa. En respuesta, los militares desarrollaron la idea de descentralizar la red computacional, de manera que si un ataque nuclear borraba Washington, el resto de la red pudiera seguir funcionando, y Estados Unidos pudiera seguir teniendo alguna posibilidad de defensa. Nació así ARPANET, la primera gran red de computadoras descentralizadas. Los científicos tomaron la idea de ARPANET, y le dieron uso en el mundo científico: ahora, cada instituto de investigación podía ser un centro o nodo dentro de la red computacional. El intercambio de información, que históricamente había seguido un criterio vertical, de autoridad, se democratizó: ahora más que nunca, el intercambio de información era algo que se hacía entre pares. Cuando Internet salió del mundo militar y científico, y comenzó la construcción masiva de la autopista de la información a comienzos de la década de 1990, el proceso se aceleró a la enésima potencia dentro del mundo de las grandes corporaciones, de los gobiernos, y del público en general. Un nuevo concepto, el de democracia digital, había nacido.


Este fenómeno colisionó de lleno con una característica sociológica del siglo XX: la cultura de las masas. Gracias a la democratización política, y a la Educación Primaria Obligatoria, surgió una poderosa clase media que fue mucho más próspera que cualquier grupo profesional en cualquier minuto de la Historia Universal. De pronto, por el puro peso de las cifras de población, por debajo de la cultura de las élites surgió también una cultura de las masas, más banal y superficial. Al final del proceso, ya en el mundo de Internet, las propias élites comenzaron a disolverse en una imparable carrera por asimilar ideas y conceptos de la cultura de masas. Ideas de la cultura popular tales como la Ciencia Ficción, como la Fantasía Epica, como el Jazz, como el Rock, se abrieron paso hacia la cultura de las élites, y se refinaron a una escala nunca antes vista dentro de dichas manifestaciones artísticas. A inicios del siglo XXI, la idea generalizada acerca del rol del ser humano en el mundo no eran las cogitaciones de una élite cada vez más asediada en sus castillos intelectuales, sino las de masas que estaban recibiendo divulgación científica... y también ideas religiosas anticientíficas.


Nadie duda de que Internet es una gran herramienta para elevar el nivel cultural de la gente, si se la usa de manera adecuada. A inicios del siglo XXI, la búsqueda de un dato ya no implica hojear aparatosos volúmenes sino ingresar una expresión en un motor de búsqueda como Google. La idea de consular una enciclopedia ya no es abrir un mamotreto, sino examinar la Wikipedia. Esto ha llevado a una banalización del conocimiento. Irónicamente, la disponibilidad del conocimiento ha hecho bajar su valor, y por lo tanto, la gente valora incluso menos que antes el ser culto. La generación con más acceso al conocimiento en la Historia es, en términos relativos, también la más bruta e inculta de todas. Al final del camino están los estudiantes para quienes la idea de hacer un trabajo de investigación es copiar y pegar, sin ninguna clase de razonamiento, a veces sin siquiera editar la fuente. La ciencia está más disponible que nunca, pero en un caso similar a los árboles que no dejan ver el bosque, el común de las mentes está menos preparada que nunca para separar el grano de la paja, para discriminar la información útil de la inútil, para en definitiva construirse una imagen de mundo acorde a la evidencia empírica.


Y eso no es todo. Los viejos enemigos de la ciencia, las religiones que desearían verla sometida y aplastada, han adoptado las armas de la ciencia en contra de ella. De esta manera, todos los grandes grupos religiosos tienen su página o portal de Internet, para predicar supuestas verdades reveladas que, de ser adoptadas por toda la gente, significarían la destrucción de la ciencia que posibilitó la invención de Internet en primer lugar. La ciencia que inventó Internet está así bajo ataque de toda clase de grupos que predican la pseudociencia de los cristales, de las profecías mayas, o del Diseño Inteligente. La democracia digital ha cambiado la faz de la Humanidad, pero el ser humano se encuentra más huérfano de verdades que nunca, y en su búsqueda por alguna certeza sólida están cayendo víctimas de todos aquellos quienes predican, sin ninguna razón pero con mucha convicción, que ellos son la Verdad, el Camino, la Luz y la Vida. De esta manera, a inicios del siglo XXI, Internet se ha transformado en el último campo de batalla entre la razón empírica y científica que tanto ha hecho por mejorar la vida de la Humanidad por un lado, y las siniestras regresiones a las eras de las tinieblas cuya última meta es amarrar a la gente de regreso en el oscurantismo para utilizarlas como rebaños en sus ambiciones de poder.

Próxima entrega (y última de las Crónicas Antrópicas): "La civilización en la encrucijada".

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