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domingo, 9 de diciembre de 2012

Crónicas Antrópicas 49 - "La nueva era de la divulgación del conocimiento".


La Teoría de la Relatividad, la Mecánica Cuántica, y las nuevas investigaciones acerca de nuestros orígenes y nuestra propia esencia biológica, son sucesos revolucionarios de por sí. Y sin embargo, no hubieran tenido ni la mitad de proyección o impacto en la mentalidad popular, de no ser porque en el siglo XX hubo más divulgación del conocimiento científico que en todos los siglos precedentes juntos. Ya hemos mencionado como en tiempos de la Ilustración, varios escritores decidieron dedicar sus esfuerzos no a escribir obras literarias o a escribir tratados dirigidos a otros eruditos, sino que a redactar volúmenes en donde comentaban distintos aspectos de la ciencia y la tecnología de una manera directa y accesible para el gran público. La Enciclopedia fue justamente un esfuerzo en esta dirección. En el siglo XIX, con el boom de la Educación Primaria Obligatoria y la alfabetización de grandes cantidades de la población, se hizo rentable el negocio de las revistas, las que surgieron a porfía tanto en Europa como en Estados Unidos. Y entre ellas surgieron las primeras revistas científicas. De pronto, el siglo XX marcó una gran cisura: las nuevas ideas científicas eran tan disparatadas, tan fuera de lo establecido, que la propia comunidad científica muchas veces tenía problemas para asimilar los nuevos conceptos, y el lego aún más. La divulgación científica corría el riesgo de estancarse, y la ciencia de convertirse en algo esotérico de nuevo.


Sin embargo, esto no sucedió así. Durante todo el siglo XX se sumaron cada vez más y mejores medios de comunicación, que aceleraron la divulgación de toda clase de informaciones. Primero fue la radio. Esta invención aportó un factor de inmediatez que fue aprovechado de inmediato entre otras cosas para entrevistas en vivo con distintas personalidades... incluyendo gentes del mundo de la ciencia. Eran programas marginales, por supuesto, pero estaban ahí. Uno de los puntos culminantes fue un debate radial en donde Bertrand Russell defendió el agnosticismo, emitido por la radio BBC de Londres e impreso en letras de molde para su libro "Por qué no soy cristiano". A la radio siguieron los noticiarios del cine, y en particular la televisión. Aunque al igual que la radio, las cadenas televisivas tendieron a plantear el asunto como un negocio, pronto distintas organizaciones internacionales aprovecharon el potencial de la televisión para enseñar cultura en el Tercer Mundo. Y en el mundo desarrollado, los documentales televisivos se transformaron en parte ineludible de la oferta. En 1980 se estrenó "Cosmos" de Carl Sagan, documental en trece episodios que se transformó en el programa televisivo más visto de la televisión pública hasta su minuto; todavía lejos de las cadenas privadas con programas como "MASH" o "Dallas", pero aún así un récord considerable. Y luego llegó Internet, por supuesto, aunque eso merece un capítulo aparte.


En dichos nuevos libros, radioemisiones, noticiarios de cine y programas televisivos, se forjó una nueva imagen del científico. Ahora ya no se trataba del científico loco estilo doctor Frankenstein, que iba a utilizar sus mortíferas invenciones para conquistar el mundo, sino una imagen más heroica. Había por supuesto un punto de interés en esto: se trataba de vender la ciencia como un negocio y una oportunidad para mejorar el nivel de vida de las personas. La tendencia fue esbozada de manera temprana por el editor Hugo Gernsback con su revista "Modern Electrics", fundada en 1911; no en balde, también es necesario señalar que Hugo Gernsback es llamado el Padre de la Ciencia Ficción. El progreso científico, y en particular el desarrollo tecnológico, se transformó en parte del "American way of life". La mitad del siglo XX vio la invasión de los electrodomésticos en los hogares de Estados Unidos, y en forma correlativa, la difusión de la idea de que algo como la ciencia que era capaz de proporcionar televisores, lavadoras y aire acondicionado, no podía ser algo negativo. La épica científica alcanzó un paroxismo en la década de 1960, en plena carrera espacial; fue una época en donde los astronautas y los técnicos de la NASA podían ser tan heroicos como los soldados estadounidenses combatiendo a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto que ahora el enemigo a batir eran los soviéticos, que representaban la otra cara de la ciencia: aquella que degrada al ser humano, que lo deshumaniza, que lo convierte en una tuerca o un engranaje más del sistema. La ciencia estadounidense, por el contrario, libera al ser humano al proporcionarle una existencia más confortable, y llenar de paso los bolsillos de los inventores y empresarios del rubro con montones de dinero. A la vuelta del siglo XXI, las cosas serían algo distintas, por supuesto. A inicios del siglo XX; gentes como Henry Ford podían ser considerados como héroes, pero a finales de la centuria, alguien como Bill Gates definitivamente no tendría esa reputación tan positiva.


Hemos mencionado la Ciencia Ficción. Dicho género literario y cinematográfico jugó un rol clave en la difusión científica. La Ciencia Ficción como arte tiene muchos méritos por sí mismo, incluyendo obras de gran calidad literaria y profunda reflexión filosófica, la vara con la que debería medirse toda obra de arte, pero de manera colateral, contribuyó a popularizar ideas científicas. Nadie entendía a partir de las ecuaciones de Albert Einstein en qué consistía la equivalencia de la materia y la energía o la dilatación del tiempo y la contracción del espacio, pero estos conceptos sí que podían hacerse más claros con un relato de ficción en donde la bomba atómica, el reactor nuclear, o el hiperespacio fueran parte integral de la trama. Hugo Gernsback, que de "Modern Electrics" saltó en 1926 a ser el editor de "Amazing Stories", la primera revista exclusivamente de Ciencia Ficción, exigía de los relatos a editar que éstos fueran muy rigurosos en lo científico. John W. Campbell, que revolucionó el género al hacerse cargo de otra revista, "Astounding Stories" en 1937, elevó el estándar literario, pero siguió manteniendo la exigencia de que el progreso científico y tecnológico fueran presentados de manera optimista. El tecnooptimismo en donde la ciencia todo lo podía resolver y el mundo del futuro sería próspero y brillante, se transformó en la seña de identidad, casi en la caricatura, de la llamada Edad de Oro del género, que duró entre 1937 y 1964, si fechamos el inicio del período siguiente en la llegada de Michael Moorcock a la dirección de la revista "New Worlds" en Inglaterra. Quizás el paroxismo de esta manera de concebir la divulgación científica sea el personaje del Capitán Futuro, creado por Edmond Hamilton en 1940, y popularizado en Latinoamérica por una versión posterior en anime de 1979; el Capitán Futuro es un intrépido viajero del espacio que lucha contra villanos interestelares, pero es también un científico que utiliza la ciencia para imponer el bien sobre el mal. Es difícil ver una visión más triunfalista acerca de los beneficios de la ciencia para la Humanidad que ésta.


Gracias a la Ciencia Ficción, muchos conceptos científicos hasta entonces abstractos fueron convertidos en algo fácil de digerir para las masas. Muchas veces, la ciencia podía ser grotescamente distorsionada, como por ejemplo presentar naves espaciales que viajaran a velocidades superiores a la de la luz, o máquinas del tiempo, cosas ambas que son imposibles para el estado actual de la investigación científica. Pero este efecto deformador quedó compensado con las legiones y legiones de científicos que, siendo niños, se inspiraron en los héroes de ficción para encontrar su vocación entre los matraces o las pizarras llenas de cálculos matemáticos. El caso llegó al ridículo cuando William Gibson en "Neuromante" desarrolló todo lo que pensaba iba a ser la computación del futuro, y los informáticos a leer la novela se preguntaron por qué no desarrollar las ideas gibsonianas... e inventaron el mundo computacional tal y como lo conocemos hoy en día. Pareciera casi inevitable que se diera este paso, toda vez que los escritores y guionistas siempre andan a la caza de ideas nuevas, y los avances científicos eran un surtidor inagotable de éstas. Pero no es exagerado afirmar que muchas ideas científicas de la gente proceden más de la Ciencia Ficción que de la ciencia misma. Lo que tiene su vertiente positiva, por supuesto: después de todo la ciencia se trata de lo que actualmente es posible, mientras que la Ciencia Ficción se trata además de lo que eventualmente podría llegar a ser.

Próxima entrega: "Superstición en la era del conocimiento científico".

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