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domingo, 2 de diciembre de 2012

Crónicas Antrópicas 48 - "La doble espiral de la vida".


La Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica han hecho aportes inavaluables a la hora de revelarnos sobre nuestra posición en el universo, mientras que la Paleontología hizo lo propio rastreando nuestros orígenes. Pero, ¿y nuestra propia esencia? ¿Nuestro hálito vital? ¿Qué es lo que nos proporciona nuestra vitalidad, qué nos separa de la materia inanimada? A comienzos del siglo XX, la respuesta todavía podía considerarse un misterio. Un filósofo como Henri Bergson todavía podía especular con que la vida estaba animada por un misterioso élan vital, una especie de fuerza sobrenatural que empujaba a lo viviente a un irresistible ascenso a través de niveles de conciencia; lo mismo ocurría con Teilhard de Chardin, por otra parte uno de los ases de la Paleontología de su tiempo, que intentó mezclar la moderna Paleontología con el dogma cristiano, promoviendo la existencia de una fuerza vital que lleva de lo inanimado a lo viviente, de lo viviente a lo consciente, y de lo consciente hasta el Punto Omega, que es Cristo. Hay algo de irónico en que Chardin fue procesado por el Santo Oficio, sospechoso de herejía, aunque conservó la vida; es posible que tres o cuatro siglos antes, las cosas hayan sido mucho peores para él.


Pero las teorías vitalistas se basaban en la idea de que lo no explicado era un misterio inescrutable más allá de las leyes naturales que rigen a la materia vulgar. Y los científicos estaban a punto de darle a esta postura intelectual, filosófica o teológica, un enorme y rotundo mentís: estaban al borde de explicar la vida biológica según las prosaicas leyes químicas de todos los días. A finales del siglo XIX, un fraile llamado Gregor Mendel había descubierto las llamadas leyes de la herencia; el redescubrimiento de su trabajo a inicios del siglo XX llevó a la creación del concepto de "gen" para definir la unidad básica de la herencia. Durante un tiempo se puso de moda considerar que la evolución biológica era producto de las mutaciones, y al Darwinismo se lo dio por muerto; pero las investigaciones posteriores de Ronald Fisher sobre genética de poblaciones permitieron determinar que ambos mecanismos evolutivos son complementarios: la mutación aumenta la variedad de ejemplares, mientras que la selección natural darwiniana la reduce. Surgió así la moderna Teoría de la Evolución, que contra la mitología propagada por los propagandistas del Creacionismo, no ha anulado el Darwinismo sino que lo ha expandido y enriquecido.


Pero aún quedaba el enigma de determinar la expresión material de los genes: ¿qué substancia o mecanismo permitía que la información se conservara? Se sabía que las proteínas tenían mucho que ver con el metabolismo celular, así es que se pensaba que una o un grupo de ellas debía encargarse de transmitir la herencia: sólo que no se había aislado a los responsables. Al descubrirse en 1928 que células vivas e inocuas de pneumonía podían convertirse en asesinas letales al contacto con otra cepa virulenta pero muerta, se confirmó que existía alguna clase de mecanismo para transmitir información hereditaria, y que era independiente de si el transmisor estaba vivo o no. En 1944, después de años de eliminar posibles candidatos, se descubrió que la capacidad de transmitir información entre bacterias persistía liquidando proteínas, pero se acababa si se les aplicaba una substancia destructora de una molécula llamada ácido desoxirribonucleico. El responsable era, por lo tanto, la variedad de ácido nucleico conocido como ADN.


Toda esta colosal tarea de investigación encontró remate en 1952, cuando los investigadores James Watson y Francis Crick desarrollaron un modelo en que la molécula de ADN era una doble espiral de longitud indefinida. Esta doble espiral puede abrirse en dos sendas espirales: con un mecanismo similar al de encajar dos piezas de un rompecabezas, cada espiral puede generar su correspondiente otra espiral para transformarse en un par de dobles espirales independientes. A su vez, una espiral abierta puede ser utilizada por la célula como molde maestro para producir otros ácidos nucleicos, el ARN, que a su vez es utilizado para construir las proteínas que se encargarán del metabolismo celular. De pronto, la Biología había enviado al vitalismo al mismo arcón en donde yacían otras teorías precientíficas como el geocentrismo, la generación espontánea o el flogisto. Así como la Mecánica Newtoniana había probado que para los cielos valen las mismas leyes que para la Tierra, las investigaciones en torno al ADN habían probado que las mismas leyes químicas que explican el funcionamiento de los reactivos inertes, son capaces también de explicar cómo funciona la vida.


A partir de este punto, la frontera entre lo vivo y lo inerte se ha ido haciendo cada vez más difusa. La tecnología dio el paso fundamental desde manipular el entorno del ser humano, a manipular al ser humano mismo. La Ingeniería Genética abría las puertas para todo un nuevo paradigma, el transhumanismo, a través del cual la hasta entonces considerada inamovible y casi sagrada condición humana, podía ser metamorfoseada a voluntad, incluso superada. Una nueva era se acaba de abrir para nuestra historia, y nadie puede predecir a ciencia cierta hasta dónde nos irá a llevar.

Próxima entrega: "La nueva era de la divulgación del conocimiento".

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