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sábado, 24 de noviembre de 2012

High Fantasy Manga 6 - "¡Se agota el tiempo! El plazo está llegando y la frontera está lejos".


En los bellos parajes que separaban al monasterio del frondoso y umbrío bosque de Castilla alrededor, Ximena y don Rodrigo paseaban en conjunto.

– Oh, mi adorada Ximena, cuán cansado estoy... Porque he amado la justicia y odiado la iniquidad, es que marcho al destierro.

– No tenéis sólo la armadura de caballero, amado mío, sino también el corazón de uno – repuso Ximena. – Cuán orgullosa me siento de que hayáis arrancado ese juramento a Alfonso.

– Pero, mi amada... Os he puesto en peligro a vos y a cuantos amo, y...

Ximena acalló a Rodrigo poniendo suavemente la yema de sus dedos sobre los labios del guerrero. Luego de la breve pausa, ella habló:

– Vuestros guerreros saben cuál es su deber y cuál es su sacrificio. Quienes os ayuden, preferirán la justicia de vuestra causa a la inequidad de Alfonso. Y yo... Yo juré quereros, amaros y serviros como vuestra mujer y vuestra esposa, hasta que nuestros días se hayan terminado sobre esta Tierra.

Se sintió el chasquido de una ramita quebrándose, y tanto Ximena como Rodrigo Díaz se dieron vuelta con rapidez. Antes de cualquier reacción, Ximena sacó una flecha de su carcaj con una mano y el arco corto con la otra, todo en un solo movimiento, y disparó.

– ¡Ay! ¡Mi trasero! – se sintió un grito entre la espesura.

– ¡Vos, miserable entrometido! – gritó don Rodrigo, al darse cuenta de que quien espiaba a la pareja era Drakkon Inferno Tremendis, y que al tratar de irse, había recibido el flechazo en toda la profundidad de sus posaderas, que por suerte estaban bien acojinadas debido a su gordura.

– ¡Ah! – dijo Ximena, desdeñosa. – ¡Os gusta espiar, señorito! Entonces... – añadió, y lo siguiente lo dijo con voz baja, rasposa y con mucho desprecio: – Espía... ESTO.

Y le descargó una recia patada en toda las costillas a Drakkon Inferno Tremendis.

– ¡Ay! – gritó Drakkon Inferno Tremendis, revolcándose de dolor en el piso. – ¡Más, por favor!

– ¿Ah? ¿Te gusta? – gritó Ximena. – ¡Ahí va otra! – dijo, y le descargó otra patada.

– ¡Ay, sí! – gritó Drakkon Inferno Tremendis. – ¡¡¡SÍ, SÍ, SÍ, AMA, SIIIIIIIÍ...!!!

– ¿Es eso una daga... – preguntó Ximena, llamándole la atención de un detalle en la entrepierna de Drakkon Inferno Tremendis – ...o es que... te... alegras de verme? Yiak, Yokoshima...

Al ser referido como “Yokoshima” por Ximena, Drakkon Inferno Tremendis ya no pudo aguantarse más. Una manchita apareció allí donde parecía esconder una daga en su entrepierna.

– ¡Te quiero fuera de mi hueste, vicioso contra natura! – gritó Rodrigo Díaz. – ¡O si no...!

– Déjalo, déjalo – dijo Ximena, conciliadora. Y luego, con arrogante superioridad, añadió: – Me cae en gracia. Llevémoslo.

– ¿Llevémoslo? ¿Nosotros? ¡Pero...! No, Ximena, tú no vienes conmigo. El camino del exilio es largo, y no podremos...

– ¿Me quieres dejar con este fornicador sola en el monasterio...? – rio Ximena con suavidad. – A uno de los dos tienes que llevar...

– Eh... No – dijo Rodrigo Díaz. – No te puedo llevar, pero tampoco me puedo llevar a este lujurioso conmigo. La única solución, es que deberéis venir ambos. Para vigilar a este... villano.

Drakkon Inferno Tremendis ya se alegraba por las nuevas, cuando de pronto fue izado limpiamente en el aire por Rodrigo Díaz, cuya manopla de acero se engarfiaba como una tenaza sobre su cuello.

– Seguidme dando problemas, y os enfrentaréis a mi cólera. ¿Me habéis oído...?

– Eh, sí, claro, por supuesto... – dijo Drakkon Inferno Tremendis, y trató de ahogar una risilla al pensar que quizás podría encontrar la ocasión de ser aporreado y lacerado otra vez por la guerrera.

Al caer la tarde, los monjes empezaron a rezar sus oraciones, y todos marcharon a dormir. Drakkon Inferno Tremendis no necesitó mayores atenciones médicas por sus costillas rotas, habida cuenta de que estas heridas internas eran producto de una paliza graciosa y no de un serio enfrentamiento final, de manera que según las leyes de su universo, se repondría con mucha rapidez y sin secuelas.

A la mañana siguiente, el grupo estaba otra vez congregado.

– Muy bien... – le dijo Rodrigo Díaz a sus hombres. – Somos caballeros que luchamos por el bien y la justicia, pero nos esperan días largos y bregas difíciles. No tenemos dinero en nuestras arcas para reparar nuestras armaduras ni darle pienso a nuestros corceles. Como ningún cristiano puede darnos cobijo ni monedas, en el castillo encantado del judío Vidas habremos de obtener ambos. Quien quiera abandonar la expedición, puede hacerlo ahora sin deshonra, que si alguien se acobarda de tal cosa, yo le libero.

Todos siguieron con la vista marcialmente al frente. Nadie se movió, salvo Drakkon Inferno Tremendis, cuya cabeza y vista fueron rostro a rostro para ver si alguien se acobardaba.

– ¡En marcha! – dijo Rodrigo Díaz.

El grupo entero empezó a marchar. Drakkon Inferno Tremendis se sintió una vez más en el centro de la épica, de manera que empezó a tararear el tema de “Game of Thrones”. En mala hora, porque su desafinación se amplificaba en su no muy delgada barriga, de manera que Estorlaya terminó por aburrirse y empacarse.

La hueste entera siguió, pero se detuvo más allá. Drakkon Inferno Tremendis sintió que lágrimas de felicidad le asaltaban porque ahora sí le estaban considerando hasta el punto de detenerse hasta que la mula pudiera avanzar otra vez... hasta que reparó en que no le esperaban sino que se reían de él.

– ¡Oigan, des... GRACIADOS!!! – gritó Drakkon Inferno Tremendis, perdiendo la paciencia. – ¿No se supone que tienen un plazo que cumplir antes de que si los pillan en Castilla los maten?

– Pues, leñe, mira que el chico tiene razón, ¿eh?... – dijo uno. – Sigamos camino.

– ¡Hey! ¡Pero...! ¡¡¡Para dónde van!!! ¡¡¡Espérenme!!! ¡¡¡Espérenme!!! Vamos, mula tonta, vamos... Vamos... Está bien, tú te lo buscaste. Mira esto.

Y parándose solemnemente delante de la mula, Drakkon Inferno Tremendis le dijo:

– YO... DRAKKON INFERNO TREMENDIS... TE CONJURO... ¡¡¡CAMINA!!!

Lo dijo tan fuerte y resultó tan amenazante, que Estorlaya, asustado, se dio la media vuelta y le plantó a Drakkon Inferno Tremendis una soberbia coz en la panza.

Rodrigo Díaz y los suyos, atónitos, miraron hacia el cielo para ver pasar a Drakkon Inferno Tremendis volando como la mitología dice que hacen los dragones. En cosa de segundos, el aerolito en cuestión siguió la trayectoria del sol desde el naciente hasta el poniente, y así como había surgido desde los árboles atrás, cayó en los árboles adelante, a una distancia indeterminada.

Perdido, Drakkon Inferno Tremendis empezó a vagar por el bosque. ¿Cómo es que iba a sobrevivir...? No tenía a su mula, que podría habérsela comido en caso de emergencia. No tenía a sus compañeros. Y... ¡ay! No tenía tampoco a Ximena para que le diera alguna sexy paliza.

De manera que, extrañándola mucho, Drakkon Inferno Tremendis agarró una piedra y se machacó él mismo la cabeza, hasta dejarse algunos recios chichones. Después de lo cual, tiró la piedra.

– No es lo mismo si no lo hace ella – dijo lastimeramente.

Cayó la noche, y Drakkon Inferno Tremendis pasó mucho frío durmiendo al pie de un árbol, entre unos arbustos. Creyó incluso sentir el aliento de un lobo paseándose, pero al sentir que el lobo estornudaba, sintió alivio: no lo olfatearía.

El día siguiente transcurrió igual. Cayó la noche nuevamente, y Drakkon Inferno Tremendis, que había vagado durante horas por el bosque, terminó por rendirse. Hambreado, encontró finalmente un arroyuelo, y cuando se puso a beber del mismo y levantó la cabeza...

Delante suyo, en una laguna, estaba Ximena bañándose. Cada musculo de su cuerpo desnudo estaba bien colocado, su busto era amplio y remataba con aureolas y pezones al gusto de Drakkon Inferno Tremendis. Y su trasero era tan firme, que chorreaba el agua por él como por una vertiente.

– ¡¡¡DRAKKOOOOOOOOONNNNNNN...!!! – gritó Rodrigo Díaz, apareciendo entre unos arbustos y percatándose de que el aludido había estado mirando a su chica bañándose desnuda.

– ¡Ay! – gritó ella, tapándose pudorosamente las partes más comprometedoras de su anatomía.

Rato después, Drakkon Inferno Tremendis respiraba trabajosamente a través de sus heridas, amarrado sobre Estorlaya, que había sido encontrada por los hombres de Rodrigo Díaz. Este se lo había llevado, convencido de que era mejor tenerlo en el grupo que abandonarlo, para que no volviera a estar espiando a Ximena.

Finalmente, apareció en el horizonte un castillo ruinoso y tétrico, rodeado de árboles secos, y con cuervos revoloteando sobre sus almenas.

– He ahí – dijo Rodrigo Díaz. – El castillo encantando de Vidas.

つづく

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