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domingo, 25 de noviembre de 2012

Crónicas Antrópicas 47 - "La progenie del ser humano".


Si la Astronomía, la ciencia que define nuestro lugar en el universo, se vio revolucionada con la Mecánica Cuántica y la Teoría de la Relatividad, la Paleontología que investiga entre otras cosas nuestros orígenes como especie experimentó un enorme tirón hacia adelante durante el siglo XX. Hasta mediados del siglo XIX, la cuestión de nuestros orígenes todavía era en muchos respectos un misterio que bien podía ser respondido de acuerdo a criterios teológicos. Pero en la década de 1850, hubo dos enormes tirones hacia adelante. Uno de ellos fue la publicación en 1859 de "El origen de las especies" de Charles Darwin, que entregó los primeros argumentos científicos a favor de la hipótesis de que el hombre bien podría provenir de un homínido prehistórico. Este hallazgo le daba base científica a un inquietante descubrimiento de la época: tres años antes, en 1856, en el valle alemán de Neanderthal, se había descubierto un cráneo que era indiscutiblemente humano, pero no de un humano moderno. El hallazgo del Hombre de Neanderthal abrió directamente la puerta a la investigación científica de nuestros ancestros de una manera organizada, metódica y racional. Es decir, científica.


Durante más de tres décadas, la investigación científica de nuestros orígenes se centró en Europa. Por una parte, el grueso de las universidades y centros investigativos estaba en dicho continente, de manera que el primer lugar en donde emprenderían un viaje al campo, sería en los alrededores de tales sitios. Además, en la época se creía firmemente en la superioridad de la raza blanca sobre las restantes por razones biológicas, y por lo tanto, parecía lógico que el eslabón perdido entre el hombre y el mono apareciera en dicho continente: si la evolución iba mucho más adelantada en Europa que en tierras de negros o asiáticos, era natural suponer que el ser humano moderno debía haber aparecido antes en Europa, y de allí debería haber irradiado hacia el resto del mundo.



La gran sorpresa vino en 1891. Para finales del siglo XIX, Europa se había repartido políticamente el mundo como una torta de cumpleaños, y por lo tanto, los investigadores tenían mucha más seguridad para investigar en otras regiones del mundo. En el año mencionado, en la localidad de Trinil en Java, apareció un fósil de "hombre mono". La sorpresa vino cuando se determinó que el llamado "Hombre de Java", que en la actualidad lo sabemos perteneciente a la especie Homo Erectus, era mucho más simiesco que el ser humano actual, y además más antiguo. Nunca se había encontrado un fósil tan antiguo como el Pitecántropo Erecto en Europa. Por fuerza, los paleontólogos debieron volverse hacia otras regiones del mundo. Una vez investigados Africa y Asia, la historia primitiva del ser humano debió revisarse: ahora parecía evidente que el paso del antepasado simiesco común hasta el actual ser humano debió producirse en Africa, y a Europa el hombre moderno llegó como una irradiación.


El siglo XX vio un aluvión de nuevos fósiles, que permitieron construir un muy bien razonado mapa de la evolución humana. Se descubrió así que el Homo Sapiens no era el descendiente en línea directa de los simios, sino el último superviviente de un frondoso árbol de especies homínidas, todas las cuales se encuentran hoy en día extintas. El paso de los primates a los llamados grandes simios debió producirse en algún momento hace veinte o quince millones de años atrás; la aparición de los ancestros homínidos más remotos, quizás hace unos cuatro millones de años. Los grandes simios se dividieron en dos grupos, los australopitecinos por un lado y los homínidos por el otro. Fueron los homínidos los que finalmente ganaron la carrera, abandonando Africa y conquistando el mundo. Uno de los últimos vástagos de ellos soy yo, escribiendo este artículo para la Guillermocracia, y otro de esos vástagos es usted, leyendo esta entrega de las Crónicas Antrópicas: tanto usted como yo, ambos compartimos un ancestro común africano sumergido en algún punto del pasado de la Humanidad.


La aplicación de las novísimas técnicas procedentes de la Genética, a finales del siglo XX, produjeron una nueva revolución. Los científicos consiguieron determinar el ritmo promedio en que se acumulan las mutaciones en el acervo genético humano. Investigando a distintas tribus y razas alrededor del mundo, hicieron un mapa de las mutaciones a lo largo y ancho del planeta. Una misma mutación revela un mismo antepasado común: mientras más extendida geográficamente esta mutación, por fuerza ha de ser más antigua. De esta manera, en el año 2005, hicieron el asombroso hallazgo de que todos los seres humanos descendemos de una colonia de homínidos que abandonó Africa hace unos 50.000 años. No fue el primer grupo de homínidos que salió del continente, por supuesto: ahí está el Hombre de Java, más de medio millón de años más antiguo, para atestiguarlo. Pero sí es el que nos agrupa a todos como especie humana. Estamos más hermanados de lo que pensábamos, y eso sólo hace más provinciano y estúpido el que nos peleemos en guerras fraticidas por motivos tan fútiles como la patria o la religión. Siempre hemos sido una única especie, una única familia, y es la ciencia moderna la que nos ha proporcionado las bases irrefutables de dicha verdad.

Próxima entrega: "La doble espiral de la vida".

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