¡Vota por lo mejor de los primeros siete años de la Guillermocracia!

¡La Guillermocracia te llama a las filas! ¡Vota, expresa tu opinión, cuáles son los mejores artículos que se han publicado en estos (casi) siete años de vida en línea! La encuesta se encuentra en la parte inferior de esta columna. ¿Más detalles? Pincha aquí. ¡Haz oir tu voz!

miércoles, 31 de octubre de 2012

El gran ganador: La abstención.


El domingo pasado en Chile se celebraron las elecciones municipales para el período 2013-2017. Estas tuvieron una relevancia especial por varios motivos. Fueron las primeras elecciones municipales bajo un gobierno de derecha desde hace cerca de medio siglo, ya que las anteriores fueron en 2008, bajo el gobierno de la Presidenta concertacionista Michelle Bachelet; y antes de la Concertación, el gobierno de Augusto Pinochet no era partidario de recurrir a la voluntad popular para designar a los alcaldes.

Pero más importante aún, fue la primera elección en que operó el nuevo sistema de inscripción automática y voto voluntario. Para quienes lean esto fuera de Chile: bajo la ley electoral implantada en tiempos de Augusto Pinochet, la inscripción en los registros electorales era voluntaria para los mayores de edad, pero una vez inscrito, el votar era obligatorio. A lo largo de dos décadas, el sistema electoral implementado de esta manera se fue viciando de manera progresiva, ya que los políticos empezaron a repetirse el plato, las nuevas generaciones decidieron que no valía la pena inscribirse para votar por los mismos de siempre, y el padrón electoral fue envejeciendo de manera dramática. Era inevitable que el sistema colapsara apenas muriera el último inscrito, de manera que la clase política optó por ampliar el padrón electoral, permitiendo votar a cualquier ciudadano sin necesidad de registrarse; o mejor dicho, registrándolo de manera automática. Todo esto ya lo detallamos en otro artículo de la Guillermocracia ("Ahora que existe inscripción automática y voto voluntario..."), y no abundaremos en ello aquí.

Al final terminó sucediendo lo que yo predije que iba a suceder. En el estreno del sistema, las maquinarias electorales funcionaron de la misma manera que siempre, y no se produjeron cambios substanciales. Las noticias han insistido en que se produjeron algunos terremotos, como por ejemplo la esplendorosa victoria de Josefa Errázuriz sobre Cristián Labbé en Providencia, el triunfo de Carolina Tohá sobre Pablo Zalaquett en Santiago, y la derrota de Pedro Sabat a manos de la nieta de Salvador Allende en Ñuñoa. La prensa ha exacerbado la importancia de estos terremotos electorales, debido a su necesidad enfermiza de exagerar los cambios para justificar su existencia como vendedores de noticias. Pero dichos cambios de manos no configuran tendencias, sino que responden a realidades propias de cada municipio; el único valor que tienen más allá, es el puramente simbólico.

Pero por debajo de estos hechos puntuales, todo ha seguido como siempre. En realidad, el fenómeno más llamativo es la alta abstención. Según los reportes más o menos preliminares, cerca del 60% del universo electoral simplemente no concurrió a votar. De manera muy interesante, la gran brecha es generacional: son los nuevos inscritos, los menores de cuarenta años, quienes no se presentaron ante las urnas. Recordemos que cuando regresó la democracia a Chile en 1990, fue la generación de los nacidos en 1972 la que pasaba a la mayoría de edad, gentes que hoy en día ya rondan la cuarentena. Veamos qué dice eso del Chile actual.


ACTITUDES PARA SOBREVIVIR EN EL CHILE DEL 2012.

Las razones para semejante nivel de abstención parecen bastante obvias, y es muy probable que tengan que ver con el desinterés del chileno promedio en la política. Durante la dictadura militar, la política fue expropiada de las grandes masas, y fue encastillada entre las cuatro paredes de una élite. A su vez, dicha élite se fabricó para sí misma un mito fundacional por el cual ellos habrían rescatado a Chile de las garras del marxismo, y que implementaron un Chile libre y ordenado para todos; según dicho mito fundacional, que ellos prosperen es apenas consecuencial a un sistema que respeta la libertad de los individuos, y ellos no ven nada de anómalo en esto porque ellos se consideran los únicos verdaderos individuos. Ya hemos notado el carácter religioso del discurso legitimador de la élite chilena, y no insistiremos aquí (leer al respecto "Anatomía de los inútiles subversivos", también aquí en la Guillermocracia). La expresión máxima de esta mentalidad en la elección municipal del 2012 son las declaraciones de Cristián Labbé en donde comparó el triunfo de su adversaria con la victoria de la Serpiente del Paraíso, en una clara muestra de que el discurso de la élite chilena no tiene un trasfondo sociológico sino religioso, ya que no cumple con la exigencia básica del método científico, de apoyarse en la prueba empírica y de un raciocinio que genere condiciones de falsabilidad contra las cuales contrastar su opuesto, su verificabilidad.

Esto tuvo por consecuencia que para las grandes masas se abrieron tres posibles opciones. La primera de ellas, la rebelión abierta, fue abortada de manera rápida ya durante la dictadura militar; pereció en efecto en el Cajón del Maipo, en el año 1986, cuando el atentado terrorista del grupo extremista Frente Popular Manuel Rodríguez contra Augusto Pinochet fracasó. Luego, la victoria de la Concertación en el plebiscito de 1988 terminó de legitimar la vía pacífica, y por ende, eliminar la posibilidad de una rebelión abierta. Aunque siempre cabe la posibilidad de que los cascos más calientes entre los inútiles subversivos terminen por orquestar una guerrilla armada, o algo peor.

Las otras dos opciones son el adecuarse y la apatía. El adecuarse es la actitud propia de una clase media que se vio privilegiada con una falsa sensación de prosperidad. En realidad, la economía chilena ha progresado en lo macroeconómico, pero ha sido muy regresiva en lo microeconómico: las cifras del PIB son muy generosas, pero al precio de ahondar las diferencias sociales. Pero esto, mucha gente de las clases medias en las décadas de 1990 y 2000 no lo notaron porque tuvieron mayor acceso a bienes materiales. Pero este acceso no fue producto de que mejorara su economía. En realidad, este acceso se produjo por dos razones que, analizadas en última instancia, muestran su carácter ilusorio.

La primera de ellas es la bajada de precios en los bienes de retail (supermercados, multitiendas y cadenas de farmacia), producida por las sucesivas compras y fusiones empresariales de dichos años. Estas fusiones llevaron a una rebaja de los costos marginales en la producción, poniendo bienes que antes eran de lujo, tales como la mayonesa en frasco o los licores de marca, al alcance del bolsillo de la clase media. Lo que el común de la clase media no fue capaz de ver en esos años, es que la cara negra de esa bajada en los costos de producción se pagó a nivel social, con la eliminación de puestos de trabajo, así como en la precarización del empleo: al haber menos empresas y racionalizarse los costos, esto significó menores salarios, y trabajos de menor calificación para todo el mundo. Asimismo, menos empresas y más grandes hacen que los profesionales liberales tales como abogados o contadores tengan menos clientela, lo que redunda en su nivel de ingresos. En definitiva, el beneficio de la mayor accesibilidad a los bienes de consumo se vio frenado en buena medida por la precarización del empleo y la disminución de la capacidad de ahorro del común de los chilenos, de la inmensa mayoría que no posee rentas de capital, y depende de su trabajo para subsistir.

El segundo mecanismo que produjo una ilusión de riqueza, es el crecimiento del crédito. El crédito en efecto crea la ilusión de riqueza al inyectar cantidades masivas de dinero fresco con el cual se puede adquirir más bienes de consumo; pero quienes piden los préstamos no suelen ver que el crédito no genera mayor riqueza para el endeudado, sino que sólo aumenta las obligaciones a pagar. A la larga quien pide un crédito no se enriquece sino que se empobrece vía el pago de intereses. La única riqueza verdadera es la que nace de la remuneración por el trabajo, o bien por las rentas de los bienes de capital, y no de todos estos últimos tampoco, como quedó de manifiesto después del estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos el año 2008. Pero en la época de la bonanza crediticia, la clase media conformada principalmente por los profesionales liberales decidieron que el modelo y el sistema marchaban bien porque la vida era más fácil, sin darse cuenta de que esto es un espejismo o ilusión de riqueza, no la riqueza misma.

Hemos reseñado el alcance del conformismo hacia el sistema; ahora toca hablar de la apatía. Esta es la actitud más propia de las clases bajas que no pudieron emerger ni acceder más que a la periferia del éxito económico. Son gentes que siguen viviendo en poblaciones inseguras, con cada vez más delincuencia y drogadicción, y que miran a los políticos como gentes que no hacen nada por ellos. Pero al no tener acceso a otro tipo de discurso que el oficial, terminan bombardeados por la idea de que el éxito o fracaso en la vida es producto del esfuerzo individual, lo que sólo es una verdad a medias. El resultado final es la desesperanza aprendida, la idea de que nunca podrán salir de donde están. Esta apatía puede adquirir un matiz pasivo o activo, como enquistarse en una rutina de trabajo y familia sin mayores proyecciones personales, o como conducta delictiva encaminada no a cambiar el sistema, sino a parasitar el mismo.

Lo que sigue adelante es altamente especulativo, pero creo se corresponde bien con la idea de lo que ocurrió en las elecciones municipales, desde la mirada de las actitudes generales de la población hacia el sistema. En general, el mayor defensor del modelo tal y como está es la Alianza, el grupo político de derecha que a través del Presidente Sebastián Piñera está en el gobierno. El resto de los grupos políticos han tratado de capitalizar el descontento de una manera u otra, oponiéndose en lo principal a Piñera. El grado de reformismo al modelo es relativo, variando entre los que le introducirían sólo arreglos cosméticos menores, y los que llamarían derechamente a una asamblea constituyente para refundar a Chile desde sus mismas bases. El polo común que une a todas estas gentes, desde los comunistas a los demócratacristianos, pasando por concertacionistas, humanistas, díscolos, etcétera, es la idea de combatir al modelo tal y como está. O sea, de adoptar una actitud de rebelión contra el sistema, pero siempre dentro de la legalidad y la institucionalidad.


CÓMO LA ACTITUD HACIA EL SISTEMA SE REFLEJA EN EL NIVEL DE ABSTENCIÓN.

Ahora bien, veamos las cifras. Según reportes preliminares, la Alianza se llevó aproximadamente un treinta y cinco por ciento de la votación final, lo que no debería ser una sorpresa para nadie, porque ésa es en promedio la cifra habitual que saca la derecha en todas las votaciones. El resto de los votos emitidos fue preferentemente para los candidatos de oposición, estén en la parte del espectro que estén. Ahora bien, si entendemos que votó sólo un cuarenta por ciento del universo de votantes, y por tanto se abstuvo el sesenta por ciento, entonces tenemos resultados cercanos a los de la siguiente tabla:
  • 14% (o sea, el 35% del 40% que votó) - Favorables a la Alianza y al continuismo del modelo socioeconómico.
  • 26% (o sea, el 65% del 40% que votó) - Favorable a los grupos opositores, en cualquier parte del espectro que se ubiquen, que propugnan la modificación del modelo.
  • 60% (o sea, la totalidad que no votó) - Apáticos respecto de la política.
Veamos ahora la distribución de la riqueza por quintiles en Chile; para efectos, el quintil I es el más pobre, y el quintil V es el más rico. Según la encuesta Casen del año 2009, la línea de corte para el quintil V, el más rico, estaba en 286.406 pesos per capita (ver aquí); considerando un tipo de cambio de 500 pesos por dólar, son algo más de 570 dólares; habla bien a las claras de la desigualdad en Chile, que si la familia de usted tiene un ingreso superior a 570 dólares por cada miembro de la misma, lo que es un ingreso relativamente modesto para el nivel de precios en Chile, entonces usted está dentro del veinte por ciento más rico de todos los chilenos, ya que cuatro de cada cinco chilenos vive con menos dinero en el bolsillo que usted.

Y sin embargo, ni siquiera todo el quintil V, el que para defender su nivel de vida es quien tendría mayores incentivos para votar por la Alianza, votó por ella. Por definición, cada quintil abarca al veinte por ciento de la población chilena, pero la Alianza se llevó sólo el 14% de los votos totales del universo votante. Hubo incluso dentro del quintil más favorecido por el modelo, gente que votó contra los representantes más conspicuos del modelo. O que se abstuvo de votar, sea porque aunque estén dentro del veinte por ciento más rico de los chilenos, aún así tienen conciencia de lo precario de su situación económica, o sea porque dan tan por garantizado el modelo, que no se toman la molestia de concurrir a las urnas.

La línea de corte para el quintil más rico por debajo del quintil V, o sea el quintil IV, estaba según la misma encuesta en los 159.807 pesos por cabeza. Comparemos este dato con el sueldo mínimo, que en ese año 2009 estaba en los 165.000 pesos (en la actualidad está en los 193.000 pesos). Si usted está empleado en un trabajo de baja calificación y es remunerado por el salario mínimo, y no tiene familia, entonces usted está dentro del cuarenta por ciento de gente más rica de Chile; he ahí otro apunte sobre la desigualdad del ingreso en Chile. Si usted es un joven profesional sin familia, y su sueldo está entre el salario mínimo y los mencionados 286.406 pesos, usted también está en este tramo. Si usted no tiene compromisos familiares entonces tendrá capacidad de ahorro, pero si usted trabaja por esa remuneración y tiene familia, su capacidad de ahorro disminuirá a cero. No es raro que ellos, la clase media más empobrecida, estén luchando por una educación gratuita y de calidad, como reza el eslógan. Y es muy posible que ellos hayan sido quienes concurrieron a votar, pero no lo hicieron por la Alianza sino por los candidatos opositores, sea de la filiación política que sean.



Y los otros tres quintiles son las clases bajas que hacen lo imposible por tratar de sobrevivir en una sociedad chilena cada vez más conflictiva y en riesgo de fractura. Son los que hacen suyo el eslógan de la película "Alien contra Depredador", de que gane quien gane, nosotros perdemos. Son los mismos que no tienen ningún incentivo para votar. No debe ser casualidad que haya una correlación matemática entre que tres de cinco quintiles conforman un sesenta por ciento de la población, y el nivel de abstención alcanzó justamente esa cifra. Por supuesto que esto no es a rajatabla: hay gentes de clases bajas que votaron, por supuesto, pero esto se compensa con las abstenciones entre la gente de las clases medias y altas que por uno u otro motivo decidieron abstenerse de votar.

Por supuesto que este análisis es muy básico. Como alguien apuntó, dentro de la elección en cerca de 350 municipios hay cerca de 350 peculiaridades en cerca de 350 elecciones distintas. En Valparaíso, por ejemplo, una comuna enormemente deprimida en lo económico, lo natural hubiera sido la victoria del candidato de la oposición por sobre la reelección del candidato de la Alianza, pero esto no llegó a ser porque a la oposición no se le ocurrió nada mejor que postular a Hernán Pinto, político muy desprestigiado por una serie de razones que como son de dominio público, no reproduciré aquí. Además hay comunas de bajos ingresos muy politizadas por otras circunstancias: Arica por ser una ciudad fronteriza en donde la inmigración y el narcotráfico son un tema de bastante relevancia, comunidades mapuches por el elemento indigenista, etcétera. Pero si uno piensa en la victoria de la opositora Josefa Errázuriz por sobre el aliancista Cristián Labbé en una comuna tan clase media aspiracional como Providencia, este modelo que he diseñado resulta perfecto para explicar lo que está sucediendo.

No pretendo hacer pasar este modelo que he diseñado por un análisis exhaustivo y acabado de la situación; todo lo anterior no pretende ser más que un ensayo, no una monografía exhaustiva sobre la cuestión. Es posible que el análisis precedente deba ser afinado con nuevas cifras, prevenciones y previsiones. Pero creo que se corresponde muy bien con el retrato de un Chile que no ha sido capaz de evolucionar hacia un modelo socioeconómico más inclusivo. La falta de representatividad de los políticos y de las élites en general se correlacionan mucho con la desigualdad de ingresos; a enormes desigualdades, una disminución de las mismas se premia con un mayor entusiasmo para votar, por la percepción de que el voto sirve para mejorar las cosas, y por lo tanto, con menores niveles de abstención. Esto llega hasta un punto en donde predomina la actitud acomodaticia por sobre el espíritu de beneficiarse del voto, por supuesto, pero Chile parece estar lejos de ese punto, hoy por hoy.


¿Y MAÑANA...?

Ahora preguntémosnos acerca de qué ocurrirá a futuro. Pueden haber varios escenarios posibles. Uno de ellos, es que la clase política se asuste, y busque ganar representatividad a la fuerza, instaurando la obligatoriedad del voto. Es poco probable que esto suceda, porque la idea del voto obligatorio no es popular, y la clase política ya está demasiado desprestigiada y presionada por las redes sociales para que alguien de sus filas decida marchar a un sacrificio que sólo beneficiará a sus pares. Pero no deja de ser un escenario posible. En este caso, los votantes se transformarán en rehenes de la clase política, lo que llevará a un recrudecimiento de la falta de legitimidad de los políticos. La gente seguiría votando por la Concertación o por la Alianza, pero lo haría por inercia, no por verdadera afección, y el resultado sería que a una elección victoriosa seguiría de inmediato una rebelión social similar a la de los estudiantes durante el 2011, o quizás peor. Al abstenerse, un sesenta por ciento de la gente está diciendo que prefiere ser un inútil subversivo a ser un rehén del sistema, lo que no deja de ser peligroso.

El otro escenario posible es que se produzca el gran tiraje por la chimenea dentro de la clase política, y el surgimiento de liderazgos nuevos que apelen a tales masas. Fue lo que ocurrió en Estados Unidos con Barack Obama en 2008, y en Chile con Arturo Alessandri en 1920; este último apeló a los votantes que no se sentían representados por la política tradicional, y obtuvo una resonante victoria electoral. De cara a las elecciones presidenciales del 2013, todo el mundo está de acuerdo en que, salvo que suceda algo muy inesperado, los grandes candidatos van a ser Laurence Golborne por la Alianza, y Michelle Bachelet por la Concertación. Pero estos dos grandes podrían verse desafiados por algún nuevo candidato que se infiltre entre ellos. Marco Enríquez Ominami trató de hacerlo por los palos en el 2009, pero resultó un fracaso al tener que lidiar con un sistema electoral que favorecía la bipolarización de los votos; ahora en la elección del 2013 para el período 2014-2018, puede tener una verdadera oportunidad de pasar a la segunda vuelta, incluso de ganar la elección, si consigue articular un discurso que le llegue al corazón de ese sesenta por ciento que se abstuvo. Lo que sí está claro, es que parece poco probable que ese sesenta por ciento se mueva por un candidato tradicional, ni por Bachelet ni por Golborne, ni por nadie de ambas tiendas políticas.

Incluso es posible predecir algunas características de esa fuerza política que puede llegar a emerger. En primer lugar, por su necesidad de apelar a las clases más bajas, tendrá un fuerte sesgo populista. Es poco probable que llegue a los extremos de Hugo Chávez en Venezuela, o de Evo Morales en Bolivia, debido a que Chile es un país de tradición autocrática, y a sus habitantes en general no les gustan los discursos revolucionarios. Pero eso mismo hará que el nuevo líder de esa fuerza política sea un caudillo de índole más bien pragmática, un Maquiavelo que, en forma paradojal, aumente el autoritarismo en Chile como remedio contra la élite. En vez de ser una Revolución Francesa desde abajo, sería un despotismo ilustrado desde arriba. O el triunfo de la igualdad y el despotismo, como lo llamó el historiador británico Arnold J. Toynbee. Dicho referente político debería surgir a la izquierda de la Concertación, pero no será una izquierda tradicional debido a la necesidad de pragmatismo, y cuando surja, terminará por engullir y fagocitar a los restos de la moribunda Concertación, transformándose en el nuevo referente contra la Alianza; una buena cantidad de políticos viejos deberán pasar a retiro, con algunos pocos que conseguirán acomodarse de una manera u otra en el nuevo escenario.

Como predije anteriormente, es poco probable que esto ocurra en la elección del año 2013. Dicha elección es demasiado pronto, y por lo tanto todavía están activas las maquinarias políticas tradicionales, que postularán a candidatos también de corte tradicional. La Concertación apostará por Michelle Bachelet debido a su popularidad, y si ella llegara a aceptar y luego a ganar, lo hará con un discurso crítico hacia la Alianza, pero continuista en relación a un modelo que ella misma ayudó a administrar mientras fue Presidenta de Chile entre 2006 y 2010. La Alianza apostará por Laurence Golborne justamente para vender la imagen de un político que no es tradicional, un outsider, en definitiva un aliancista que no es demasiado aliancista; la precandidatura presidencial de Andrés Allamand está muerta en embrión porque él ha estado en el escenario político desde la época del plebiscito de 1988, y por lo tanto está demasiado identificado con la política tradicional para calar en la gente. Sólo algo extraordinario o inesperado podría cambiar este mapa político.

Pero para el 2017 habrá tiempo de que todos estos fenómenos cuajen. Y entonces habrá un escenario político diferente al que vivimos hoy en día. Pero no tan diferente que nos lleve a transformarnos en una Venezuela chavista. Suceda lo que suceda, el modelo seguirá adelante. Después de todo, si el sesenta por ciento que se abstuvo cuestionara al modelo de raíz, no se habrían abstenido en primer lugar: en vez de eso, habrían ido a votar en masa por los comunistas.

No hay comentarios:

¡Vota por lo mejor de los primeros siete años de la Guillermocracia!

Related Posts with Thumbnails