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domingo, 21 de octubre de 2012

Crónicas Antrópicas 42 - "El Positivismo y la autocomplacencia de Europa".


La Ilustración, que había sido una honda reacción contra la mentalidad premoderna anclada en el conservadurismo y el peso del Cristianismo, había sufrido una contrarreacción por parte del movimiento del Romanticismo; sin embargo, a mediados del siglo XIX, el espíritu ilustrado seguía sobreviviendo, transmutado en el Positivismo. La Ilustración partía de una concepción del ser humano como una criatura racional, y por lo tanto, que debía ser dejada en libertad para hacer uso de ésta de la manera más racional posible, lo que a su vez beneficiaría a la sociedad como un todo. La Ilustración así había devenido en los distintos liberalismos que atravesaron los siglos XIX y XX. El Positivismo era algo menos extremo que la Ilustración: no era tan fundamentalista como la Ilustración, dando por supuesto aquello que no se conoce, sino que proclamaba sencillamente ignorar lo incognoscible. Para los positivas, lo realmente importante es lo que puede ser medido y pesado en términos científicos: todo lo demás no vale la pena de ser discutido. El Positivismo es así una ideología liberal hasta la médula: la mejora de las condiciones de vida de las personas llegará de las manos de la ciencia, y el desarrollo tecnológico servirá para darle mayores libertades a las personas. Que el desarrollo tecnológico condujera a jornadas de trabajo de catorce horas en fábricas insalubres, y a conventillos atestados y mefíticos, era algo que los positivistas solían considerar como el inevitable precio a pagar por la evolución humana hacia un estadio superior de la civilización.


Por supuesto que en este clima, el Darwinismo cayó como en terreno abonado. Lo que era una teoría estrictamente científica, en las manos de los filósofos políticos y teóricos sociales se transformó en un manifiesto político. Herbert Spencer acuñó el término "darwinismo social". Para Spencer, había que dejar marchar a la sociedad por sí misma: la sociedad como un todo se hace más fuerte si los más fuertes arrollan a los débiles. Su darwinismo social fue por supuesto muy popular entre quienes eran los fuertes, precisamente, o sea, la burguesía industrial feliz de que su afán depredador se viera bendecido por nada menos que las leyes de la naturaleza misma. Resulta irónico que se adscriba a Darwin frases tales como "la supervivencia del más apto", que en realidad pertenecen a Spencer. En "La descendencia del hombre", Darwin ponía énfasis justo en lo contrario: para Darwin, la clave del triunfo evolutivo del hombre no estaba en dejar a cada ser humano librado a su suerte, sino en los cuidados que la sociedad prodiga a los más débiles y desvalidos. Pero ya se sabe lo que pasa cuando alguien está demasiado entusiasmado en obtener lecturas interesadas de los textos de turno.


No fue el único uso desviado que recibió el Darwinismo. En la época, los europeos estaban construyendo sus imperios coloniales. Los europeos embarcados en esta empresa eran países claramente anglosajones como Inglaterra por ejemplo, o al menos no demasiado latinos como Francia. El Darwinismo proporcionó a los entusiastas del imperialismo un agradecido pretexto para sus empresas: no se trataba de guerras de conquista, sino del legítimo derecho del hombre blanco para someter a las culturas y civilizaciones motejadas de inferiores. Al final del camino estaban los apologistas que se quejaban de la "pesada carga del hombre blanco" de "propagar la civilización" entre los salvajes. Y aún más allá, el Darwinismo sería mezclado de manera burda con las ideas del "superhombre" de Nietzsche, la idea de que "el hombre es una cuerda tendida entre el mono y el superhombre", para justificar el exterminio de "razas inferiores" por parte del Tercer Reich.


Muchos enemigos del Darwinismo pierden de vista por supuesto que el Darwinismo es una teoría científica, y por lo tanto es ilegítimo leerlo como justificación ética para esto o aquello; este hecho, los enemigos del Darwinismo se lo saltan de manera interesada, y terminan en la caricatura de que "la evolución de las especies es negativa porque Hitler la defendía". Por supuesto, la moderna Teoría de la Evolución ha avanzado de manera significativa sobre la base darwiniana. A comienzos del siglo XX fueron desempolvados los trabajos de un monje llamado Gregorio Mendel, que en 1867 había postulado las leyes de la herencia. El hallazgo de la herencia y la acuñación del concepto de gen permitieron rellenar un vacío importante en la teoría evolutiva darwiniana: ¿por qué nacen criaturas distintas dentro de una misma especie en primer lugar? Hoy en día sabemos que las mutaciones genéticas son responsables de aumentar la diversidad de una especie, haciendo nacer ejemplares levemente distintos entre sí dentro de la misma, y que la selección natural opera de manera inversa, suprimiendo la diversidad por la eliminación de los "menos aptos". Pero los críticos de la evolución no siempre son conscientes de los errores más comunes a la hora de entender la Teoría de la Evolución.


Por supuesto, la idea de que el Darwinismo justifique el imperialismo y el racismo fue atacada con fuerza desde el Socialismo. Un autor en particular puso con rudeza el dedo en la llaga, añadiendo sal y limón a la herida; este autor, Herbert George Wells, era un socialista inglés y además un darwiniano convencido. Su novela "La guerra de los mundos" de 1897 describe una invasión de los marcianos contra Inglaterra. La moraleja de la novela es clara: "esto que los ingleses le hacemos a otras culturas en nombre de la civilización y la supervivencia de la especie, es lo que una cultura incluso más avanzada podría hacernos a nosotros, y con el mismo derecho". En el siguiente siglo no serían los marcianos sino los nazis quienes pondrían a Inglaterra en peligro; nazis inspirados, como ya hemos dicho, en otra lectura interesada del Darwinismo. Pero por el minuto, a finales del siglo XIX, el mundo occidental nadaba en una nube de autosatisfacción. A ello contribuía que las ciencias físicas parecían casi por entero conocidas. A finales del siglo XIX, nadie se imaginaba que la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica estaban a las puertas, y nuestra concepción del universo iba a cambiar para siempre.

Próxima entrega: "Abriéndose camino hacia el átomo".

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