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domingo, 14 de octubre de 2012

Crónicas Antrópicas 41 - "El hombre y el mono".


En 1798, un economista llamado Thomas Malthus había hecho una cataclísmica profecía. Según Malthus, la población iba a crecer a un ritmo geométrico (1, 2, 4, 8...), mientras que los alimentos lo harían sólo a un ritmo aritmético (1, 2, 3, 4...). El resultado iba a ser un mundo futuro plagado por la hambruna. Dicho escenario al final no aconteció durante los siglos XIX y XX gracias al desarrollo tecnológico, pero para nuestra relación es más importante destacar la influencia que ejerció Malthus sobre un joven investigador nacido en 1809, llamado Charles Darwin. Este era un joven introvertido y tímido que encontró su gran oportunidad cuando fue contratado como investigador en la tripulación de la nave "Beagle", a bordo de la cual daría la vuelta al mundo. Una de las misiones del "Beagle" era devolver a la Patagonia a un nativo secuestrado previamente de allí, llamado Jemmy Button; Darwin fue testigo de cómo el nativo, que en el intertanto se había transformado en un hombre civilizado en Londres, regresó después a la barbarie al estar en contacto con su medio ambiente natural. La idea de que el ser humano se adapta igual que los animales a su medio ambiente, quedó marcado de manera indeleble en Darwin. Algo después observó otros ejemplos de adaptación en las islas Galápagos, en donde reconoció varias especies de pinzones, una por isla, dándose cuenta así de que el aislamiento promueve la separación de las poblaciones de una misma especie en varias de ellas.


Al regresar a Inglaterra, Darwin se encerró en su invernadero, haciendo una serie de otras observaciones. De esta manera consiguió encajar todas las piezas del problema evolutivo. Lamarck estaba equivocado: las adaptaciones adquiridas no se transmiten a la descendencia. En realidad el mecanismo es un poco más sutil que ello. Darwin observó que en una misma camada de criaturas nacen varias de ellas ligeramente diferentes entre sí, y sólo aquellas con diferencias que le permiten una mejor adaptación, se reproducen y transmiten dicha diferencia a la descendencia. El resto de la camada está condenada a perecer, y sus rasgos no se transmiten. Así, una población puede cambiar en el tiempo, puede evolucionar. Para Darwin, la naturaleza se aparecía como un escenario malthusiano en donde muchos compiten por pocos recursos: sólo los mejor adaptados serían quienes se llevarían el gran premio de sobrevivir y evolucionar. El genio de Darwin fue haber reconocido que la selección natural opera en dos fases: primero una fase positiva en donde la criatura en cuestión genera su progenie, y luego una fase negativa en donde la selección natural conserva a los mejor adaptados y les permite reproducirse, mientras que desecha a los peor adaptados.


En sus investigaciones, Charles Darwin invirtió nada más y nada menos que dos décadas. En realidad, Darwin se la pasó mucho tiempo haciendo acopio de la mayor cantidad de información posible un poco por inseguridad. Tenía una clara conciencia de que aplicando estas ideas al ser humano, terminaría por probar que éste y el simio comparten un ancestro común. La idea de que "el hombre desciende del mono", como se suele compendiar de manera algo inexacta este concepto, iba a caer como dinamita, ya que contrariaba todos los dogmas religiosos, en particular el de que el hombre había sido creado a imagen y semejanza divina. Pero a finales de la década de 1850, Darwin recibió una carta inquietante de parte de un investigador llamado Alfred Russel Wallace. Este Wallace había vivido en Sudamérica y en Indonesia, y había observado en dichos parajes lo mismo que Darwin en las Galápagos: en medios ambientes separados, las especies tienden a diversificarse. En realidad, Wallace estaba casi listo para publicar su propia versión de la Teoría de la Evolución. De la correspondencia posterior entre Wallace y Darwin, el primero reconoció con hidalguía la primacía de Darwin; ahora Darwin estaba asustado de que Wallace o alguien más le ganara la carrera por publicar, y por lo tanto se decidió a hacerlo antes de que Wallace cambiara de idea.


La publicación de "El origen de las especies" de Charles Darwin en Noviembre de 1859 cayó como una bomba. Para evitar la inevitable polémica, Darwin se centró fundamentalmente en el tema de la selección natural y omitió cualquier conclusión acerca de cómo ésta se aplicaba al ser humano. Pero los lectores victorianos la infirieron de todos modos. La implicación de que el hombre no era más que otra especie de mono resultó demasiado para los honrados victorianos, que se sentían insultados y rebajados. Se dice que una asustada dama victoriana comentó que si era efectivo que el hombre descendía del mono, entonces sería bueno que un hecho tan indigno no se supiera; la anécdota es quizás apócrifa, pero refleja muy bien el estado de turbación provocado por la publicación del libro. Incapaz de disimular por más tiempo, Darwin hundió el cuchillo hasta el último publicando "La descendencia del hombre" en 1871, en donde expone lo que era secreto a voces: el ser humano y los monos comparten un ancestro común.


Así como Copérnico y sus sucesores habían derribado la noción de que la Tierra es el centro del universo, Darwin y los darwinistas estaban echando abajo la idea de que el ser humano era una criatura especial. Los buenos victorianos encontraron después maneras de salvar esto, aprovechando el evolucionismo para justificar cosas tan bárbaras como el racismo o la xenofobia, por cierto. Pero las autoridades religiosas fueron quienes se lo tomaron para peor; si el hombre procedía del mono, entonces cabía preguntarse de dónde venía el alma. La Iglesia Católica lo resolvió a su manera: el Papa Pío XII promulgó la encíclica "Humani generis", en donde "permite" a los científicos investigar la evolución humana en lo que a su cuerpo se refiere, pero prohibe por mandato de fe creer que el alma tenga otra procedencia que la divina. En el mundo protestante, la reacción fue aún más tajante. A la vuelta de algunas décadas, la aceptación del Darwinismo en el mundo científico acabaría por provocar la reacción fundamentalista que llevaría al Creacionismo. No ayudaría que la propia Teoría de la Evolución fuera muchas veces entendida de manera errónea, cuando no francamente tergiversada por las gentes de religión que trataban de suprimirla para hacerle espacios a sus dogmas religiosos.

Próxima entrega: "El Positivismo y la autocomplacencia de Europa".

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