domingo, 7 de octubre de 2012

Crónicas Antrópicas 40 - "La evolución de la Teoría de la Evolución".


La posición del ser humano como una criatura absolutamente única, en torno a la cual gira toda la Creación, había recibido ya serios golpes. El desarrollo del heliocentrismo había sacado a la Tierra del centro del universo, e incluso el Sol aparecía cada vez más como otra estrella en el firmamento, si bien todavía más o menos en el centro de la Vía Láctea, que en la mentalidad de la temprana Modernidad era la única galaxia. Pero aún se consideraba que la especie humana era única y separada de los animales. Después de todo, la Biblia enseñaba que el hombre había sido creado a imagen y semejanza de Dios, para crecer y multiplicarse, llenar la Tierra, y enseñorearse sobre la naturaleza y todas sus bestias. Aunque en el siglo XVIII el relato bíblico era cada vez más puesto en duda, aún persistía la idea de que el ser humano tenía un estatus especial en el concierto de la naturaleza. Pero el surgimiento de la Teoría de la Evolución derrumbaría todo ese bello castillo de sueños. Resulta una ironía que la idea de un mundo en evolución está implícita dentro de la mentalidad bíblica: dentro de la Biblia, Dios tiene un plan que viene ejecutándose a lo largo del devenir de las edades, y que rematará en el Apocalipsis y el Juicio Final. Esto no es evolución biológica, por supuesto, pero es evolución: según la Biblia, el mundo y la sociedad humana tienen un comienzo, habrán de tener un final, y entremedio muchas cosas cambiarán unas a partir de otras.


En el siglo XVI se recomenzó la labor de los antiguos sabios grecorromanos, de catalogar las especies naturales. Esta obra culminó con el extraordinario trabajo de Carlos Linneo en el siglo XVIII, quien sentó las bases de la moderna Taxonomía, la ciencia que clasifica a las especies, diseñando un gran esquema de la naturaleza. Linneo hizo dos aportes fundamentales. En primer lugar creó el primer gran mapa de las especies, evitando las características más superficiales tales como su dieta o costumbres y enfocándose en los parecidos morfológicos razonables entre ellas; en este sentido, aunque mejorado y sobre todo ampliado una infinidad de veces, los taxónomos modernos siguen siendo herederos de los esquemas de Linneo. Este sabio sueco inventó también la nomenclatura binominal que utilizamos hoy en día para darle nombre científico a las especies, en donde el primer nombre es el género al que pertenece, y el segundo el propio de la especie. Así, fue Linneo quien bautizó al ser humano como Homo sapiens, es decir, la especie sapiens dentro del género Homo. Linneo creía estar elaborando una especie de mapa de la mente de Dios: la posibilidad de crear una especie de árbol de la vida (aunque no sería Linneo quien usaría este concepto sino sus sucesores) era para él la prueba definitiva de que la Creación no era anárquica ni carecía de sentido, sino que había una mente universal, la de Dios mismo, que lo había planificado de una manera ordenada y racional. Irónicamente, el esquema de Linneo funciona en buena medida porque acertó de lleno al grueso de los linajes evolutivos, y por lo tanto su esquema se transformaría en otra prueba de la evolución. Así, las especies más cercanas en la clasificación de Linneo, suelen ser aquellas que tienen un antepasado común más reciente: un caballo y un ser humano están relacionados más o menos de cerca porque su antepasado reciente es un mamífero que data de hace algunas decenas de millones de años, mientras que éstos respecto de un pez están más alejados porque el ancestro común en dicho caso se mide por cientos de millones de años.


En paralelo en el siglo XVIII, los geólogos empezaron a entender que la edad de la Tierra quizás sobrepasaba de largo los seis mil años bíblicos. Un poderoso argumento en contra de la evolución se venía abajo: que no había tiempo suficiente para ella. Si la edad de la Tierra se medía por decenas o cientos de miles de años, incluso por millones, entonces sí que había tiempo suficiente para que las criaturas evolucionaran. Además, la idea de evolución ayudaba a explicar de dónde salían algunos fósiles que no se correspondían a bestias modernas, ni tampoco parecían aludidos en la Biblia como anteriores al Diluvio Universal; el siglo XIX fue fértil en estos hallazgos, hasta el punto que para toda una categoría de reptiles gigantes prehistóricos ya extintos, en 1842 se acuñó la palabra dinosaurio, que significa lagarto terrible en griego. Al mismo tiempo se comenzaron a proponer los primeros mecanismos que no requerían catastrofismo para explicar ciertos hechos geológicos; en este tiempo fue cuando por primera vez se postuló que los casquetes polares quizás habían avanzado en otra época, sumergiendo al mundo en una era glacial. La mentalidad ya había cambiado hasta el punto que podía aceptarse la evolución a nivel científico. Pero ello sólo sería posible si alguien daba con un mecanismo que permitiera explicar su funcionamiento.



En realidad, a comienzos del siglo XIX ya estaba arraigándose la idea de que las criaturas vivientes habían evolucionado de algún modo. Un sabio inglés llamado Erasmus Darwin postuló una bastante completa teoría evolutiva, aunque por haberla puesto en verso en vez de redactar un tratado científico, nadie le hizo mucho caso. En 1809, un erudito francés llamado Jean-Baptiste Lamarck, que había hecho extensos estudios en los fósiles de invertebrados, postuló la primera teoría evolutiva moderna en su libro "Philosophie Zoologique". El concepto clave del Lamarckismo, como se llamaría después a su teoría, sería la idea de que las criaturas evolucionan mediante la adaptación: para Lamarck, todas las criaturas vivientes tienen un impulso a explorar y explotar su medio ambiente. Para lograrlo de manera más eficiente, deben cambiar. Así, los primeros ancestros de la jirafa tenían cuellos de longitud normal, pero la necesidad y posibilidad de alcanzar las más altas hojas habían llevado a sucesivas generaciones de éstas a estirar sus cuellos hasta la longitud actual. Aunque después se demostraría errado, el Lamarckismo levantaría cabeza una y otra vez en la historia posterior de la ciencia. Jean-Louis Agassiz, uno de los mayores ases de la Geología en el siglo XIX, fue un lamarckiano convencido. En el siglo XX, el ruso T. D. Lysenko denunció el Darwinismo como una teoría burguesa, y promovió el Lamarckismo en la Unión Soviética, con desastrosos resultados para las cosechas de dicho país, dicho sea de paso. La verdad es la primera víctima de las guerras, suele decirse, y eso vale también para las guerras ideológicas.


En realidad, Lamarck había cometido un serio error. Puede que un músculo que se ejercite crezca de tamaño, lo que se llama un carácter adquirido, pero Lamarck creía que dichos caracteres adquiridos se heredaban. Hoy en día sabemos que no existe herencia de caracteres adquiridos, o al menos no de otra manera que no sea modificando los genes mismos, por supuesto, pero en la época de Lamarck, la investigación de los genes era algo que todavía pertenecía al futuro. La idea fundamental de Lamarck de que las criaturas se adaptan al medio ambiente resultaría sin embargo correcta; lo que no había recibido una adecuada explicación era el método, el cómo. El hombre que iba a dar con la respuesta al enigma nació el mismo 1809 en que Lamarck publicaba su "Philosophie Zoologique", y era nieto de Erasmus Darwin: se trataba de Charles Darwin, que exactamente medio siglo después de la mencionada obra lamarckiana, iba a publicar su revolucinario "El origen de las especies".

Próxima entrega: "El hombre y el mono".

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