miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿Ya no hay nosotros?


Hay un aspecto de las películas románticas antiguas que no deja de darme nostalgia. Fíjense ustedes en sus afiches. En ellos, la pareja protagónica siempre suele aparecer junta y en contacto físico. Puede ser algo tan suave como darse las manos y mirarse a los ojos, o puede ser que él esté tomándola en brazos, o ambos se abrazan mirando hacia un lugar común. Una variación solía ser por supuesto mostrar a una dama llorosa y a un varón cerca, para mostrarnos que la película romántica iba a ser de sacar pañuelos... En cualquier caso, en dichos afiches se nos ilustra que vamos a ver una película romántica porque el varón y la dama hacen alguna clase de contacto físico, o al menos visual. Que luego la película en sí valiera la pena, es otra cosa.

Hoy en día, en cambio, son pocos los afiches de película con un componente romántico, en donde aparezcan abrazados. Parece por el contrario predominar el afiche en donde el personaje aparece en solitario. O al menos si hay un afiche mostrándolos abrazados, es apenas uno en medio de la marejada de afiches con la hilera de personajes de turno. Podría decirse que la idea es multiplicar los afiches para así acaparar más presencia por parte de los fanáticos. Así, un fanático de Harry Potter o Crepúsculo podría postear en su blog, Facebook, Twitter o Tumblr, varios afiches simultáneamente, y con ello el valor de promoción de la película crece simplemente copando más espacios en Internet.

Pero creo que hay una causa más profunda de ello, y que responde a la retroalimentación que existe entre los personajes de ficción y su público objetivo. Cuando la gente sigue a un personaje de ficción, lo hace porque ostenta o defiende ciertos valores que esa gente considera atractivos. Y a la inversa, los personajes de ficción al hacerse atractivos para su público, refuerzan conductas y concepciones preexistentes dentro de dicho público: el público se siente reforzado por su personaje de ficción al ver un ejemplo de que lo que ellos creen o pregonan, en realidad es lo que dicho personaje de ficción está haciendo. Aplicado a nuestro problema, descubriríamos entonces que el cambio de los afiches, en donde el contacto corporal se ha ido difuminando con el tiempo, tiene una componente sicológica más profunda: a la gente le gusta estar menos en contacto con sus parejas.

Todo este rodeo fue para entrar en el tema de que, en mi consideración, ya no existe un nosotros dentro de las relaciones de pareja. O al menos, no en la mayoría de ellas. Para nadie es un misterio que la sociedad desde finales del siglo XX se ha ido haciendo cada vez más individualista y competitiva, y esto tiene por supuesto su correlato en las relaciones de pareja. Me permito citar la canción Sexo de Los Prisioneros: "ella no es una mujer para amar, sino un enemigo al cual doblegar". La canción se refiere a las mujeres porque el vocalista de la banda es hombre, pero a la inversa es también por desgracia muy válido.

En la vida cotidiana me ha tocado observar multitud de parejas que parecieran no serlo. Describiré la escena, y ustedes me dirán si la han visto también. Se trata de dos jóvenes que llegan y se van juntos desde un mismo lugar. Pero desde que llegan hasta que se van, parecieran estar por completo desapegados. Se sientan juntos, pero prestan atención a distintas conversaciones. Cuando los dos están involucrados en una misma conversación, nunca se miran entre sí, sólo miran a los otros interlocutores que son extraños. Hay poco roce corporal, ni siquiera se toman la mano mientras están juntos. En cada intervención suya, ignoran por completo la intervención anterior de su pareja. Y si se dirigen la palabra entre sí, hablan con algo que pretende pasar por ternura, pero en realidad es demasiado evidente que se trata de condescendencia. El mensaje claro es que a pesar de ser una pareja, en el fondo son dos extraños que están juntos por alguna razón.

Es cierto que hay un poco de pudor, además del respeto por el otro que está solitario o atraviesa por problemas de pareja. Pero no hablamos de subirse arriba de la mesa y hacer exhibición de gimnasia o acrobacia sexual; sólo hablamos de contacto físico. El punto aquí es lo que la actitud corporal revela. Dos personas que tienen interés el uno en el otro, tienden a volverse para estar más o menos frente a frente entre sí; si dos personas tienden a lo contrario, a darse la espalda, es signo seguro de que se ignoran, o peor aún, se desprecian. Lo mismo con los diálogos: al momento de hablar, las personas nos dirigimos en particular a todos quienes nos interesan que nos escuchen. Si no estamos viendo a una persona entre varias mientras estamos hablando, quiere decir que esa persona no es importante para nosotros, porque implícitamente ni siquiera pretendemos que le llegue el mensaje. Piénsenlo ustedes desde el punto de vista contrario, desde la persona que no recibe esa mirada. Si han estado en un grupo de gente en donde todos se dirigen la palabra entre sí y nadie los mira a ustedes, hasta tener la extraña e incómoda sensación de que sobran o están de más en dicho grupo, entenderán lo que quiero decir.

Otro punto es la condescendencia. Muchas personas tratan a sus parejas con descalificativos, incluso sin darse cuenta de que lo están haciendo. Los "que eres tonto" o "que eres tontita" parecieran estar a la orden del día en muchos casos, incluso en público. Si se le pregunta a esa persona acerca de por qué trata mal a la persona que es su pareja, y que por lo tanto es a quien más quiere, la respuesta estándar es "si es de cariño, èl (o ella) sabe que no es en serio". Incluso puede haber una extensión a la respuesta: "él (o ella) también me trata igual"... No lo ven como una falla en la relación, pero creo que lo es. Si uno quiere o admira a alguien hasta el extremo de querer ser su pareja y persona especial, entonces uno debería querer genuinamente que esa persona brilla y reluzca. Si la denigramos, aunque sea de broma, le enviamos justo el mensaje contrario. Si lo hacemos en público, además, le decimos que no vale ni siquiera para que tenga un poco de respeto de parte de su persona especial en público. Denigrar así a la otra persona, aunque sea de broma, es una señal de que no se respeta ni se estima a dicha persona. Y en última instancia es también una señal de falta de autoestima o de respeto por uno mismo porque, si esa persona vale tan poco, ¿por qué nos conformamos con ella si no es porque no podemos acceder a algo mejor?

Y ya que entramos al terreno de la autoestima, creo que esto se vincula de manera decisiva con el problema de ya no hay nosotros. Vivimos en una sociedad competitiva e individualista en donde hacemos todo lo posible por imponernos al resto. Valemos en tanto tenemos cosas que podamos exhibir. Conozco a cierto bloguero cuya respuesta estándar contra los troll de internet es "tengo un blog con más de 100 seguidores y otro con más de 200, ¿cuántos seguidores tienes tú?" (es cierto: los tiene). Cuando le pregunté acerca de por qué se rebajaba a dar una respuesta de ese calibre, me contestó que por comodidad, por ser la vía más corta de deshacerse de los trolls dentro de su propia lógica trolera. Un troll, por definición, busca hacerse lugar en internet pisoteando los méritos de los demás, y lo que este bloguero hace es básicamente pisotearlo de vuelta. Ahora bien, uno puede validarse teniendo 100 seguidores en un blog... o teniendo a un seguidor o seguidora como pareja en la vida real.

Esto es más que una metáfora. Muchas personas, dentro de la sociedad en que vivimos, se validan a través de una pareja que los siga. Recuerdo a una chica de la universidad a la que por supuesto no identificaré, que cometió la imprudencia de conversar temas íntimos con la encargada de la fotocopiadora estando yo presente. La chica comentaba que le daba lata salir con sus amigas porque todas tenían novio. Lo decía en un tono que dejaba bien en claro que le gustaría tener un novio no porque le gustaría conocer a alguien valioso, ni siquiera por tener compañía, sino para lucirse con él delante de sus amigas igual que ellas se lucían con los suyos delante de ella.

En este contexto, una pareja ha dejado de ser una persona o un ser humano con ideas, aspiraciones y proyectos propios, para transformarse en un recurso. Y ojalá que ese recurso se comporte como apéndice a mis propias ideas, aspiraciones y proyectos. La pareja tiene ciertas cualidades que se pueden exhibir, tales como atractivo físico, un automóvil, o dinero. Cazar a esa pareja y mantenerla cazada implica por supuesto meter mano a dichos beneficios a destajo. El final del camino son las chicas que prefieren a los chicos con situación resuelta y desdeñan a los que sólo tengan inteligencia o buen corazón, y los chicos que prefieren a las chicas con buena carrocería y que desdeñan a, me repito aquí, las que sólo tengan inteligencia o buen corazón.

Y esto produce esa clase de situaciones que describía más arriba, sobre las parejas que en realidad nunca se comportan como pareja ni tienen gestos de tales. El mensaje es claro: yo valgo y mi pareja va detrás de mí. Cuando si hubiera verdadero aprecio y afecto dentro de una relación saludable, el mensaje debería ser el inverso: mi pareja es el ser más valioso del mundo, y vale el tiempo y los esfuerzos que le dedico a su compañía. Y como los afines se juntan con los afines porque a las personas nos gusta sentirnos reforzadas por gente de nuestra propia clase, entonces estas personas que quieren ser atendidas por su pareja pero que en reciprocidad la ignoran, se acompañan por otras que responderán con la misma conducta. La relación de pareja termina transformándose entonces en una competición para ver cuál de los dos es más cool, cuál la lleva más, y en definitiva, cuál dirige y se merece aprecio de los demás. A costa de la pareja, naturalmente.

Algunos van a considerar que le daré a este posteo un final aburrido, pero quiero mencionar la fuente de donde salieron todas estas reflexiones, por prosaica que sea. A santo de otra cosa estaba repasando el Código Civil, y me (re)encontré con el artículo "En los contratos bilaterales ninguno de los contratantes está en mora dejando de cumplir lo pactado, mientras el otro no lo cumple por su parte, o no se allana a cumplirlo en la forma y tiempo debidos". Aplicando la idea subyacente a este artículo a un ámbito extrajurídico, si vemos a una relación de pareja como un pacto implícito de respeto, aceptación y fidelidad, entonces podríamos decir que una persona de la pareja no estaría obligada a dar tales cosas si no las está recibiendo en primer término. ¿Y qué pasa si ambos miembros del pacto se acogen al mismo principio y dicen que no van a jugársela por una relación hasta que el otro lo haga? No sé cuál sea la respuesta de ustedes a la cuestión en el ámbito de las relaciones de pareja, pero como pista les dejo la respuesta habitual de la jurisprudencia cuando el tema se plantea en términos jurídicos: que no existe ninguna relación porque no hay un verdadero encuentro de voluntades que pueda hacerla surgir en un comienzo.

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