domingo, 30 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 39 - "Ciencia para todos".


La revolución científica propiciada en la Astronomía desde Copérnico a Newton, o en la Biología desde Vesalio a Spallanzani, o en la Geología de Leonardo a Hutton, era ante todo un asunto de salones. Las gentes ilustradas, las que sabían leer y escribir, eran quienes podían estar al tanto de las novedades científicas, y por lo tanto sabían que las verdades oficiales acerca del mundo, tal y como eran planteadas por la religión, estaban siendo cada vez más aparcadas en beneficio de resultados obtenidos por el mucho más confiable método científico. Pero hasta el siglo XVIII, en Europa los capaces de leer y escribir eran los menos: los nobles y aristócratas, y las clases burguesas. Más allá estaba el grueso de los trabajadores y el campesinado, que frecuentemente no tenían más instrucción que las letras elementales y algo de aritmética básica, si es que tenían suerte. Este grueso de la población todavía era adicta al púlpito, y su visión del mundo se conservaba más o menos similar a la religión de la Edad Media. Algunas cosas habían cambiado, por supuesto; en particular gracias a los descubrimientos geográficos, era evidente que nuevos productos y avances existían. Pero el cambio ideológico y de mentalidad promovido por los nuevos avances científicos, eso era algo que no se esperaba que llegara al grueso de las personas.


Pero en el transcurrir de los siglos XVII y XVIII, la burguesía se hizo dueña del mapa económico. La nobleza que hasta finales de la Edad Media y el Renacimiento seguía siendo una fuerza social de peso, se había transformado en una casta ociosa y estéril, empezando a labrar así los sepulcros a los que irían a dar los privilegiados de 1789 después de ser exterminados en la guillotina. Los burgueses tenían una mentalidad enemiga de las castas: eran partidarios de una meritocracia que recompensara el esfuerzo individual en vez de la procedencia de clase. En el seno de la burguesía comenzó así a prosperar la idea de abrir las instituciones, incluso de preparar al pueblo en masa para el ejercicio de la democracia. El movimiento intelectual conocido como la Ilustración, en el siglo XVIII, se declaró enemigo franco de la Iglesia Católica, a la que acusó de oscurantismo y superstición; según los ilustrados, el bajo pueblo nunca iba a ser libre e instruido sino hasta erradicar lo que calificaban como mentiras del clero. La ciencia pasó a ser así, para los ilustrados, una herramienta de poder: el asilo contra la opresión.


Debido a esto, comenzó a florecer tímidamente un nuevo género literario: la divulgación científica. Anteriormente los textos se escribían en carácter de libros técnicos, para preparar a los especialistas científicos y técnicos a manejar la ciencia. Pero a partir de la Ilustración, empezaron a surgir libros destinados ya no al especialista, sino a cualquier persona que supiera leer y escribir, y quisiera instruirse en un determinado ámbito de la ciencia. Uno de los pioneros importantes en el campo de la divulgación científica fue Bernard de Fontenelle, cuyo "Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos" editado en 1686 es el antepasado lejano de los libros, revistas y programas de televisión de divulgación científica, astronómica en este caso.



La divulgación del conocimiento se aceleró bruscamente cuando en 1751, y hasta 1772, se inició la publicación de la "Enciclopedia", obra tan influyente que su título se transformó en el nombre genérico de todas las enciclopedias posteriores. Esta obra no es la primera enciclopedia, por supuesto, y ya hemos mencionado a enciclopedistas más antiguos como Plinio el Viejo o Isidoro de Sevilla; lo que marcó un antes y un después, es la idea de industrializar la producción del conocimiento, haciendo que un grupo de escritores se encargara de un artículo, con un editor general compilándolos todos. Además, la información fue organizada por primera vez no de manera temática, sino por el método más racional posible: cada artículo fue publicado por estricto orden alfabético. La enciclopedia se transformaría así, durante los siglos siguientes, en la más efectiva manera de expandir el conocimiento.


Con todo, los efectos de esta revolución tardarían en asentarse, por la sencilla razón de que el grueso de la gente no sabía leer ni escribir. No sería sino hasta la instauración de la Educación Primaria Obligatoria, ya en el siglo XIX, que el conocimiento se democratizaría hasta un punto tal, que las nuevas visiones del universo que ofrecía la ciencia se volvieran algo al alcance del grueso público. Los efectos fueron gigantescos: a la vuelta de un par de siglos, la Revolución Industrial acabaría transformándose en la sociedad del conocimiento. Pero esto no fue un triunfo completo. Muchas gentes se asustaron ante el concepto básico de que las verdades científicas son provisionales; mucha gente se sentiría más segura si hubiera verdades eternas y fundamentales que nunca cambien. De esta manera, la divulgación de la ciencia acarrearía consigo el efecto contrario de recrudecer de la ignorancia y la superstición. Desde el Creacionismo hasta la New Age, la superstición estaba lista para pelear el campo de batalla contra la ciencia hasta las últimas consecuencias; batalla ésta en la que estamos sumergidos incluso el día de hoy, y de la cual se puede muy bien afirmar que depende el mismísimo destino de la Humanidad.

Próxima entrega: "La evolución de la Teoría de la Evolución".

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