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domingo, 23 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 38 - "Adentrándose en el misterio de la vida".


La instauración de la Mecánica Newtoniana como herramienta primordial para entender el universo permitió emancipar a la Astronomía en definitiva del campo místico y religioso. Otro tanto estaba ocurriendo, aunque a velocidad más lenta, en lo que a la historia de la Tierra se refiere. Pero aún otro cambio conceptual se estaba preparando, uno que atañe al ser humano ya no en relación a su medio ambiente, sino a él mismo, a su propia esencia. Se trataba de las primeras exploraciones en torno al misterio de la vida. Misterio tanto más complicado por cuanto nadie ha podido definir exactamente qué es la vida. Si a una persona se le presentan varias cosas de distinto tipo, lo más seguro es que pueda distinguir casi al cien por ciento a las vivas de las inertes, pero no pueda decidir qué tienen en común todas las cosas vivas que ha separado, y que las hace estar vivas. La respuesta más socorrida es probablemente que las cosas vivas tienen una especie de alma o espíritu. Irónicamente, algunos griegos trataron de derribar la frontera que ponía a lo vivo separado de lo inerte, e intentaron explicar la vida como un caso especial de su física de los cuatro elementos. Pero a la larga se impuso la idea de que la vida no es de naturaleza material sino espiritual. Esta creencia fue favorecida por la Iglesia Católica, por supuesto, para explicar que el ser humano tiene un alma a imagen y semejanza de Dios. Funciona bien si uno quiere un poco de consuelo ante la insignificancia del ser humano frente al universo, pero un científico no puede aceptar esto de manera acrítica sin antes explorar las alternativas.


En la antigua Grecia, Aristóteles creyó en la generación espontánea, esto es, que la vida puede surgir de manera intempestiva a partir de lo inerte. De esta manera, Aristóteles le daba carpetazo a las interpretaciones materialistas de otros filósofos. La Iglesia Católica tomó con beneplácito las ideas aristotélicas sobre la generación espontánea, porque parecían darle sustrato científico a varios pasajes de la Biblia en donde el poder de Dios pareciera haberse encargado de hacer surgir criaturas suyas a voluntad. De esta manera, ir en contra de la teoría de la generación espontánea implicaba el doble trabajo de por un lado explicar la naturaleza de la vida, y por el otro atacar otro dogma eclesiástico más. No era algo fácil, pero en medio del descreimiento general en los dogmas cristianos, hubo investigadores que intentaron poner a prueba la teoría de la generación espontánea. Un primer batacazo le fue asestado de manera indirecta por van Leeuwenhoek y sus investigaciones microscópicas, al descubrir la existencia de los espermatozoides: de esta manera, comenzó a asestarse la idea de que el hombre no introducía "energía vital" en el cuerpo de la mujer, sino que inoculaba literalmente semillas, demasiado pequeñas éstas para ser vistas a simple vista. Leeuwenhoek incluso pensó que en la cabeza de los espermatozoides iba literalmente un hombrecillo completo que se desarrollaba en el útero femenino. Aunque desencaminado, su intuición no iba tan mal: hoy en día sabemos que en cada espermatozoide viaja la mitad de un ser humano, en forma de código genético, y que la otra mitad espera en el óvulo, para unirse en forma de una nueva persona completamente original.


El campo de batalla más prominente entre los campeones de la teoría de la generación espontánea y sus retadores era ciertamente asqueroso: la putrefacción de la carne. Allí es donde se encuentra el más obvio ejemplo posible de generación espontánea: la aparición de gusanos en la carne podrida. Dicha carne está muerta, y sin embargo, aparece nueva vida de ella: punto para la generación espontánea. Sólo que un científico italiano llamado Francesco Redi encontró la manera de poner a prueba esta idea. Su solución fue sencilla: tomar un pedazo de carne muerta, y sellarla de manera hermética para que ni el aire ingresara a la misma. Resultado: no aparecieron gusanos ni larvas ni moscas de ninguna clase. No era una prueba de que la generación espontánea como teoría fuera incorrecta, por supuesto, ya que se trataba de un caso particular y nada más. Pero los defensores de la generación espontánea tuvieron que empezar a revisar sus resultados.


El descubrimiento del mundo microscópico abrió una nueva trinchera para los defensores de la generación espontánea: a medida que nueva evidencia iba dejando en claro que la generación espontánea no funciona en el mundo visible, al menos defendieron la idea de que los microorganismos sí podían surgir por este mecanismo. De otra manera no podía explicarse, argüían, que se generaran tan rápido en un medio esterilizado. Pero un biólogo italiano del siglo XVIII llamado Lazaro Spallanzani llevó a cabo algunos brillantes experimentos para demostrar lo contrario: ni siquiera entre los microbios se da la generación espontánea. Creando sellos herméticos a prueba incluso de criaturas microscópicas, probó que éstas no podían surgir. Spallanzani de esta manera consolidó un concepto hoy en día básico para la biología: lo vivo sólo puede proceder de lo vivo.


Pero por supuesto, lo vivo no está separado de lo inerte. De hecho, lo vivo puede convertirse en algo inerte, cuando muere. ¿Cabe la idea de hablar de alguna clase de fuerza vital que mantiene a la vida andando? A finales del siglo XVIII, un químico francés llamado Antoine Lavoisier llegó a una conclusión magistral. Investigando un tema completamente aparte, que es la teoría del flogisto, la explicación científica estándar de aquel entonces para la combustión, Lavoisier descubrió la manera en que se relaciona un gas entonces recientemente descubierto, llamado oxígeno, con el fenómeno mencionado. Y Lavoisier cayó en la cuenta de algo fundamental: la combustión puede funcionar a un ritmo rápido, generando una llama de fuego, o bien a ritmo lento. Lavoisier tuvo la genial idea de que dicha combustión a ritmo lento es lo que ocurría al interior del cuerpo humano, y de hecho al interior de todas las criaturas vivientes: por eso necesitamos respirar oxígeno, y respirando sólo aire viciado nos asfixiamos. De esta manera la respiración, vinculada con el alma a través de la idea del "aliento vital", pasó a ser explicada en términos puramente materiales, sin intervención de lo espiritual o sobrenatural. Después de Lavoisier, la idea por la cual la vida tiene una categoría esencialmente diferente a lo inerte quedó cada vez más arrinconada. Hoy en día entendemos la vida en lo principal como una serie de procesos bioquímicos encadenados de una manera extraordinariamente compleja. Y la idea de que la vida funciona gracias a una "fuerza vital" o a alguna clase de poder espiritual, hoy en día está desterrada del lenguaje científico, y sólo pervive dentro del pensamiento espiritual, místico o religioso, atascado en una visión precientífica del universo.

Próxima entrega: "Ciencia para todos".

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