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sábado, 1 de septiembre de 2012

"...así como en los cielos".


Cuentan las crónicas de las Edades Tabernaculares, en el tiempo en que el pasado histórico de Albionis se sumerge en el océano de la mitología primigenia, que cansado de los maltratos de Cedros, el Dios de los Bosques, que se había hecho mezquino enviando la caza y haciendo madurar los árboles frutales, el joven monarca Arwanzer se volvió hacia el Dios de los Cielos, el Innominado, el único de los suyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible, y por eso, no era adorado por nadie en las Edades Tabernaculares. Y habiendo asumido Arwanzer el trono, decidió combatir la mezquindad de Cedros ordenando que se hollaran los altares sacros, que se talaran los robles consagrados, que se silenciaran las palabras de los druidas mutilando sus lenguas mentirosas. Y corrió la sangre por todos los territorios de Albionis, porque Cedros el Dios de los Bosques, le había dado vuelta la espalda a la nación.

Pero la campaña de Arwanzer era larga y dolorosa porque la mayoría de sus súbditos, ora adoraban a Cedros, ora le temían, y en ningún caso querían volverle la espalda, de manera que preferían morir, sea luchando como guerreros, sea sin resistencia como simples mártires, en defensa de su fe. Y a medida que los veranos y los inviernos se sucedían, a medida que el adolescente Arwanzer se hacía adulto entre la sangre y el fuego mezclándose por igual en las batallas, su rostro fino y anguloso se endurecía y crispaba cada vez más. Hasta que llegó un instante en que, desesperado, osó lo increíble, que es rezarle al Dios de los Cielos, el Innominado, el único de los suyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible. Y le rezó una ardiente oración, en la que utilizó, refieren las crónicas entre leyendas y verdades, las siguientes palabras:

– ¡Oh, Dios de los Cielos, Innominado, único de los tuyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible! ¡Heme aquí a tus pies en desesperación porque Cedros, el Dios de los Bosques, ha abandonado la protección de Albionis, y he decidido entregarme a la tuya! ¡Dicen que tus lágrimas son la lluvia, que tu mirada es el sol, y que tu sonrisa es el trueno todopoderoso! ¡Ayúdame a imponer Tu Culto, Tu Fe, Tu Credo, por sobre esos despreciables adoradores que se humillan serviles ante Cedros, y yo en compensación te construiré una basílica cuya cúpula será tan alta, que todos quienes se acerquen a Albionis sabrán que Tú, el Innominado, eres Verdaderamente Dios!

Y esa noche, después de haber rezado de este modo, una vez sumergido en el mundo de los sueños, Arwanzer tuvo la siguiente fantasía. En ella, estaba en el centro de una gran planicie, y en dicha planicie descubrió una doncella, cuyas formas gráciles y femeninas se medio escondían detrás de una casi transparente túnica de brumas. La belleza de su porte y femineidad de su talle remataban en unos brazos finos y extendidos como delgadas velas aromáticas, al final de los cuales unas manos bailando ingrávidas como una danza de hadas, apuntaban hacia un edificio solitario, una basílica erigida en medio de la nada. Y esta basílica, construida sobre piedras de un extraño color celeste azulino, era más ancha que una torre, pero más estrecha que un palacio, y su cúpula era alta, muy alta, rematada en un color rojo casi incendiario, que parecía querer apuñalar el cielo. Y la amorosa doncella, siempre dentro del sueño, habló de esta manera:

– Arwanzer, vos que sois el Hombre de Albionis, ¡cuidad vuestras promesas! Porque no se conoce al Incognoscible, ni se llama al Innominado de modo alguno, sin sufrir las consecuencias. Antes bien, prefiere la meditación y la reflexión. Porque quizás el Innominado no quiera cumplir su promesa si tú no eres capaz de cumplir la tuya.

Despertóse entonces Arwanzer con brusquedad, y tanto doncella como planicie y basílica habían desaparecido. A su alrededor sólo estaban las frías paredes de piedra de su palacio, los leños casi extintos de la chimenea de su dormitorio, y las pieles de oso que le abrigaban en su cubil.

Meditó Arwanzer sobre lo que aquello significaba, y si bien no llegó a desentrañar por completo el significado de las palabras del sueño, reconoció su valor profético, y decidióse a iniciar la construcción, confiando en que ello haría que el Innominado volcara en él sus favores. Sabía que su padre había erigido muchos templos a Cedros, el Dios de los Bosques, y aún así las penurias y hambrunas no cesaban, pero Arwanzer confiaba en que con el Dios de los Cielos, las cosas serían distintas.

De manera que se entregó a la obra. Eligió la planicie más ubérrima de sus dominios, y mandó traer a ella mamposteros del norte, carpinteros del Río Profundo, talladores del Reino Espléndido, artesanos del vidrio de los puertos, maderas de los bosques de la capital, mármoles de las islas en el distante sur, marfil de las junglas de los infieles, en fin, cuanto era lo mejor en hombres y en materiales para construir la basílica que había visto fugazmente en sueños.

Pero sus arquitectos parecían ser incapaces de ponerse de acuerdo sobre la visión. Había sacado Arwanzer su espada para trazar sobre la arena unos dibujos que pretendían reproducir lo que la doncella le había mostrado en sueños, pero cada arquitecto interpretaba el sueño a su manera, sólo para encontrarse desconcertados ante los arrebatos de furia del rey, que rompía todos sus pergaminos al no descubrir en ellos lo que exactamente había visto. Al fin, habiendo transcurrido un año ocioso en que los hombres eran pagados por no hacer nada, y los materiales amenazaban ruina, Arwanzer ordenó proceder de todas maneras, sin que los planos terminaran de satisfacerle por completo. Echar los cimientos de la basílica tomó nada menos que otro año completo, porque ni siquiera en las dimensiones que debían ser cubiertas por las piedras basales, había acuerdo definitivo. Pero al cabo de ese segundo año, Arwanzer se descubrió un año más viejo, y ordenó seguir adelante. Pasó un tercer año, pero luego Arwanzer decidió que ésa no era la forma correcta, y ordenó comenzar todo otra vez.

De esta manera, buscando la manera perfecta de construir la basílica para cumplir exactamente con su promesa al Dios de los Cielos, tal y como se lo había ordenado la doncella en los sueños, la construcción demoró y demoró aún más, con numerosas marchas y contramarchas. Cada día que pasaba, Arwanzer se obsesionaba aún más con la basílica, al punto que primero dejó las guerras de lado, las que encargó a sus generales, luego dejó la administración de lado, la que encargó a sus funcionarios, y finalmente dejó a su esposa de lado, la que se buscó encargado por su propia cuenta y placer, sin que ni Arwanzer se diera cuenta de ello, ni que nadie se atreviera a decírselo.

Habían pasado numerosos años desde el inicio de la construcción de la basílica, y la salud de Arwanzer comenzaba a fallarle. La vejez lo iba cobijando en su manto, y las canas aparecían al tiempo que sus fuerzas desaparecían. Su rostro ahora era fiero y estaba arrugado; su mirada era febril, en particular cuando miraba hacia la basílica, que entretanto era un monstruo ciclópeo que no terminaba de crecer. A fe de todos los asombrados visitantes que acudían a las obras, la basílica era el proyecto más importante en toda la historia arquitectónica humana, y amenazaba incluso con superar a las Columnas de los Gigantes que se conocían en el centro de la Estepa Oriental. Pero mientras más crecía, más se sucedían los accidentes, porque la estructura no era lo suficientemente firme para aguantar el peso, y las obras se retrasaban en buscar nuevas maneras y técnicas para apuntalar la siguiente etapa, y la labor misma de reconstruir lo derruido. Empezaba a hacerse evidente que Arwanzer no alcanzaría a vivir lo suficiente como para ver su grandiosa basílica terminada. Incluso, en un momento casi por completo fuera de sus cabales, Arwanzer hizo jurar a sus hijos, que ahora ya eran mozos crecidos, casi adultos, que seguirían con la obra en el más que probable caso de que el rey muriera antes de que la basílica estuviera concluida.

Y finalmente, siendo un día tan bueno como cualquiera otro para el suceso, estando Arwanzer en el medio de la basílica cuya cúpula aún ni siquiera era comenzada, sus fuerzas finalmente fallaron por completo. Los obreros se lo llevaron rápidamente hasta el palacio, en donde fue cobijado debajo de sus pieles de oso. Arwanzer deliraba, y sus labios sólo musitaban dos palabras de manera repetida y monocorde: “He fallado, he fallado, he fallado, he fallado”...

Uno de sus hijos, el mayor, el que debía heredarle (aunque algos maliciaban que era suyo sólo de nombre), tomó la mano del rey. Arwanzer pareció recuperar la cordura por un segundo.

– Penoso es el reino que te entrego, hijo, y penosa es la carga que pongo sobre tus hombros.

– No digas eso, padre – dijo el hijo. – El reino florece y fructifica. Desde que iniciaste la construcción de la basílica, dicen los ministros y mis tutores, que la paz y armonía se han impuesto. Has sido un buen gobernante, padre.

– ¡Pero cómo puede ser...! Yo nunca pude destruir a Cedros, nunca destruí su culto...

– ¿Destruirlo? – preguntó su hijo, y soltó una risilla. – Padre, desde que empezaste la basílica, te olvidaste de perseguirlos, y ellos salieron de los bosques a admirar la basílica. Y decidieron que Cedros reina en los bosques y el Innominado en los Cielos, de manera que también se han contratado en la basílica y han trabajado en ella.

Los ojos de Arwanzer se abrieron con fuerza. Recordó las palabras de la doncella: si él era capaz de cumplir su promesa, el Innominado también cumpliría la suya. Arwanzer no había sido capaz de cumplir, pero había dado su mejor esfuerzo en ello... y aparentemente el Innominado tampoco había pretendido cumplir por completo su parte del trato, ignorados como son los comercios entre los dioses... pero había solucionado los problemas de Albionis. De una manera extraña, pero si el Dios de los Cielos es llamado el Incognoscible, es porque quienes saben pueden dar testimonio de historias parecidas.

– Entonces muero en paz – suspiró Arwanzer, mientras sus labios esbozaban una sonrisa.

Nadie tuvo corazón para decirle que, así como el Innominado, el Incognoscible, rodea sus planes de misterio, quizás tampoco se comportara con Arwanzer como un hombre, honrando y respetando su trato, y dándole la paz y el descanso eternos. Pero tampoco nadie supo que Arwanzer, al expeler su último suspiro, tenía el raro convencimiento de que, dejando su huella en sus intrincados métodos, el Dios de los Cielos quizás no fuera un hombre, después de todo.

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