¡¡¡Blogoserie a la carta en la Guillermocracia!!!

No lo olvides. Durante Abril y Mayo está abierta la votación para que ayudes a decidir sobre el argumento y características de la blogoserie a la carta que estamos planeando publicar acá en la Guillermocracia. Vota en la parte inferior de esta página, o bien, pincha el enlace para mayores detalles.
- POR ORDEN DEL DIRECTOR SUPREMO DE LA GUILLERMOCRACIA.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 39 - "Ciencia para todos".


La revolución científica propiciada en la Astronomía desde Copérnico a Newton, o en la Biología desde Vesalio a Spallanzani, o en la Geología de Leonardo a Hutton, era ante todo un asunto de salones. Las gentes ilustradas, las que sabían leer y escribir, eran quienes podían estar al tanto de las novedades científicas, y por lo tanto sabían que las verdades oficiales acerca del mundo, tal y como eran planteadas por la religión, estaban siendo cada vez más aparcadas en beneficio de resultados obtenidos por el mucho más confiable método científico. Pero hasta el siglo XVIII, en Europa los capaces de leer y escribir eran los menos: los nobles y aristócratas, y las clases burguesas. Más allá estaba el grueso de los trabajadores y el campesinado, que frecuentemente no tenían más instrucción que las letras elementales y algo de aritmética básica, si es que tenían suerte. Este grueso de la población todavía era adicta al púlpito, y su visión del mundo se conservaba más o menos similar a la religión de la Edad Media. Algunas cosas habían cambiado, por supuesto; en particular gracias a los descubrimientos geográficos, era evidente que nuevos productos y avances existían. Pero el cambio ideológico y de mentalidad promovido por los nuevos avances científicos, eso era algo que no se esperaba que llegara al grueso de las personas.


Pero en el transcurrir de los siglos XVII y XVIII, la burguesía se hizo dueña del mapa económico. La nobleza que hasta finales de la Edad Media y el Renacimiento seguía siendo una fuerza social de peso, se había transformado en una casta ociosa y estéril, empezando a labrar así los sepulcros a los que irían a dar los privilegiados de 1789 después de ser exterminados en la guillotina. Los burgueses tenían una mentalidad enemiga de las castas: eran partidarios de una meritocracia que recompensara el esfuerzo individual en vez de la procedencia de clase. En el seno de la burguesía comenzó así a prosperar la idea de abrir las instituciones, incluso de preparar al pueblo en masa para el ejercicio de la democracia. El movimiento intelectual conocido como la Ilustración, en el siglo XVIII, se declaró enemigo franco de la Iglesia Católica, a la que acusó de oscurantismo y superstición; según los ilustrados, el bajo pueblo nunca iba a ser libre e instruido sino hasta erradicar lo que calificaban como mentiras del clero. La ciencia pasó a ser así, para los ilustrados, una herramienta de poder: el asilo contra la opresión.


Debido a esto, comenzó a florecer tímidamente un nuevo género literario: la divulgación científica. Anteriormente los textos se escribían en carácter de libros técnicos, para preparar a los especialistas científicos y técnicos a manejar la ciencia. Pero a partir de la Ilustración, empezaron a surgir libros destinados ya no al especialista, sino a cualquier persona que supiera leer y escribir, y quisiera instruirse en un determinado ámbito de la ciencia. Uno de los pioneros importantes en el campo de la divulgación científica fue Bernard de Fontenelle, cuyo "Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos" editado en 1686 es el antepasado lejano de los libros, revistas y programas de televisión de divulgación científica, astronómica en este caso.



La divulgación del conocimiento se aceleró bruscamente cuando en 1751, y hasta 1772, se inició la publicación de la "Enciclopedia", obra tan influyente que su título se transformó en el nombre genérico de todas las enciclopedias posteriores. Esta obra no es la primera enciclopedia, por supuesto, y ya hemos mencionado a enciclopedistas más antiguos como Plinio el Viejo o Isidoro de Sevilla; lo que marcó un antes y un después, es la idea de industrializar la producción del conocimiento, haciendo que un grupo de escritores se encargara de un artículo, con un editor general compilándolos todos. Además, la información fue organizada por primera vez no de manera temática, sino por el método más racional posible: cada artículo fue publicado por estricto orden alfabético. La enciclopedia se transformaría así, durante los siglos siguientes, en la más efectiva manera de expandir el conocimiento.


Con todo, los efectos de esta revolución tardarían en asentarse, por la sencilla razón de que el grueso de la gente no sabía leer ni escribir. No sería sino hasta la instauración de la Educación Primaria Obligatoria, ya en el siglo XIX, que el conocimiento se democratizaría hasta un punto tal, que las nuevas visiones del universo que ofrecía la ciencia se volvieran algo al alcance del grueso público. Los efectos fueron gigantescos: a la vuelta de un par de siglos, la Revolución Industrial acabaría transformándose en la sociedad del conocimiento. Pero esto no fue un triunfo completo. Muchas gentes se asustaron ante el concepto básico de que las verdades científicas son provisionales; mucha gente se sentiría más segura si hubiera verdades eternas y fundamentales que nunca cambien. De esta manera, la divulgación de la ciencia acarrearía consigo el efecto contrario de recrudecer de la ignorancia y la superstición. Desde el Creacionismo hasta la New Age, la superstición estaba lista para pelear el campo de batalla contra la ciencia hasta las últimas consecuencias; batalla ésta en la que estamos sumergidos incluso el día de hoy, y de la cual se puede muy bien afirmar que depende el mismísimo destino de la Humanidad.

Próxima entrega: "La evolución de la Teoría de la Evolución".

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pobre Apollo Creed.

Oye, Apollo, como la franquicia no se trata de ti, te irás cada vez más por el caño con cada siguiente secuela.

Nunca he sido demasiado fan de las películas de Rocky Balboa. Por una serie de motivos, vine a verlas algo tarde en la vida: supongo que se gozan o disfrutan mejor cuando uno es un niño, considerando que son filmes de entretención pura y dura. Pero tengo respeto por la saga. Aunque por lo general se promociona por el lado de las palizas en el ring, no le digo nada nuevo a nadie que las haya visto si comento que las películas se tratan de otras cosas, en particular de relaciones humanas, y la gran pelea suele estar reservada para el final. Pero puesto a comentar la saga, y a la espera de que escriba alguna Interminablelogía al respecto, hablemos por el momento de ese gran personaje que es Apollo Creed. Grande sí, pero cada vez menos a medida que avanzaba la saga. Porque si hay algo triste de ver en una maratón de películas de Rocky, es cómo Apollo Creed va decayendo. Por supuesto que el siguiente artículo está lleno de spoilers, así es que si nunca has visto las películas de Rocky...

En "Rocky", la película original de 1976, Apollo Creed es definitivamente una presencia. Asistimos durante buena parte del metraje a la vida de un perdedor llamado Rocky Balboa, que nunca podrá salir del agujero que él llama su vida. Y de pronto, por distintos motivos, el campeón Apollo Creed se encuentra sin oponente para pelear por el Bicentenario; recordemos que es 1976, y que Estados Unidos cumplía 200 años desde la Declaración de Independencia. Entonces tienen la gran idea de que Apollo Creed le dará lugar a un don nadie para pelear por el título. La pelea será puro espectáculo, por supuesto, pero generará publicidad, y sobre todo, dinero.

Hasta el minuto, Apollo Creed se ve grande y majestuoso. Contra él, Rocky no tiene ninguna oportunidad. El propio Rocky lo sabe. Comienza la pelea, e incluso Apollo Creed se lo toma a broma. Pero Rocky no está dispuesto a dejarse pasar la aplanadora: si no puede obtener una victoria material, al menos dará lo mejor de sí. Al darse cuenta de que Rocky no se dejará caer, Apollo Creed se molesta, y se decide a soltarse una ensalada de mamporros al pobre Rocky. El gran final no es la victoria de Rocky, sino que ha conseguido resistir a Apollo Creed; un triunfo moral, para entendernos. El buen nombre y la estatura de Apollo Creed han quedado a salvo.

Apollo Creed luchando por hacerse de la franquicia de Rocky contra Rocky, en una época en donde el spin-off todavía no era una opción.

Sólo que después tenía que venir la secuela. Y si Rocky no había ganado en la primera, tendría por fuerza que hacerlo en la segunda. Para lo cual, el personaje de Apollo Creed debía regresar. Y es en este punto en donde comienza la decadencia del personaje. El Apollo Creed majestuoso y lleno de confianza en la primera película, acá es un hombrecillo nervioso y neurótico: resulta que todo el público se abanderizó con Rocky, y Apollo Creed ya no es popular. Para volver a ser grande, Apollo Creed debe tratar de hacer que Rocky vuelva al ruedo, y vencerlo otra vez. Algo patético, bien mirado, que el ganador tenga que manipular al perdedor para asegurar su sitial de ganador. Por supuesto que tratándose de una revancha, y siendo cine y no la realidad, esta vez Rocky vence a Apollo Creed sin problemas. En la lona quedó el personaje grande y majestuoso, que ahora ha pasado a ser otro boxeador más. Respetable todavía, pero ya no tan heroico como antes.

Uh, no sé si me dejarán unirme a mí también...

En "Rocky III", la decadencia continúa. Ahora el gran oponente de Rocky es Clubber Lang, interpretado por el inimitable Mr. T. Clubber Lang le pasa el camión encima a Rocky, y éste queda en un estado crítico para una eventual revancha. En estas condiciones aparece ahora Apollo Creed para apoyar a Rocky. Se confirma entonces la decadencia: el antiguo antagonista de Rocky que pasó de ser victorioso a vencido, ahora está rebajado a apenas el mentor del héroe. Es como si Darth Vader se hubiera reconvertido en Obi-Wan Kenobi. Y todo porque fue apaleado en el ring. Según "Rocky III", si eres boxeador y quieres hacerte amigo de un colega de profesión, tienes que darle una paliza frente a miles de espectadores. Muy triste todo. Apollo Creed entrena a Rocky para que éste finalmente derrote a Clubber Lang. La escena final es un clásico del cine de los ochentas: Apollo Creed y Rocky Balboa se suben a un ring en solitario para tener su tercer match, esta vez sin testigos. Aunque en plena decadencia como personaje, al menos la película tiene la decencia de escondernos el resultado final: termina con su primer encuentro de puños, y a partir de ahí es especulación el saber quién de los dos ganaría ese desempate.

Y en "Rocky IV" es donde Apollo Creed toca fondo como personaje. El antiguo antagonista devenido en mentor, ahora es apenas el amigo negro del héroe. Y ya sabemos lo que pasa en Hollywood con el amigo negro del héroe. Apollo Creed se sube al ring para pelear con el ruso Ivan Drago, y éste no sólo lo derrota, sino que lo mata a golpes. Así de simple. El personaje que antaño fue el gran obstáculo de Rocky Balboa, ahora sólo sirve como un pedazo de carne para que después Rocky Balboa tenga motivos por los que vengarse de Ivan Drago. Además, Apollo Creed está puesto en escena por la misma razón que Wolverine en los X-Men o Worf en la serie televisiva de "Viaje a las estrellas: La nueva generación": para ser el grande y bruto que es apaleado por el villano para probar que el villano es tan poderoso, que se la puede con un grande y bruto sin problemas. Se me ocurren pocos ejemplos más flagrantes de decadencia de un personaje en una saga de películas, que el de Apollo Creed.

¿El rubio ario o el negro estadounidense? Una pista: en Hollywood, el negro siempre muere.

Terminemos dando alguna nota sobre el actor que lo interpretó. Para Carl Weathers, Apollo Creed fue el gran crédito de una carrera fílmica más bien discreta. Además de actuar en cuatro películas de Rocky Balboa, actuó en "Fuerza 10 de Navarone". Su otro rol bastante reconocible es ser uno de los compañeros de Arnold Schwarzennegger en "Depredador"; para no desentonar, el personaje de Weathers muere junto con todo el resto del elenco, salvo el protagonista. Después de eso ha tenido una carrera en descenso, que lo ha llevado incluso a ser actor de voz en "Balto III"... no en la primera entrega de la saga del perro ártico, sino en la tercera. Para que hablemos de decadencia. Aunque para quienes hemos visto las películas de Rocky, es imposible no tenerle afecto al personaje. Quizás por el cariño que despiertan los perdedores en buena lid.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 38 - "Adentrándose en el misterio de la vida".


La instauración de la Mecánica Newtoniana como herramienta primordial para entender el universo permitió emancipar a la Astronomía en definitiva del campo místico y religioso. Otro tanto estaba ocurriendo, aunque a velocidad más lenta, en lo que a la historia de la Tierra se refiere. Pero aún otro cambio conceptual se estaba preparando, uno que atañe al ser humano ya no en relación a su medio ambiente, sino a él mismo, a su propia esencia. Se trataba de las primeras exploraciones en torno al misterio de la vida. Misterio tanto más complicado por cuanto nadie ha podido definir exactamente qué es la vida. Si a una persona se le presentan varias cosas de distinto tipo, lo más seguro es que pueda distinguir casi al cien por ciento a las vivas de las inertes, pero no pueda decidir qué tienen en común todas las cosas vivas que ha separado, y que las hace estar vivas. La respuesta más socorrida es probablemente que las cosas vivas tienen una especie de alma o espíritu. Irónicamente, algunos griegos trataron de derribar la frontera que ponía a lo vivo separado de lo inerte, e intentaron explicar la vida como un caso especial de su física de los cuatro elementos. Pero a la larga se impuso la idea de que la vida no es de naturaleza material sino espiritual. Esta creencia fue favorecida por la Iglesia Católica, por supuesto, para explicar que el ser humano tiene un alma a imagen y semejanza de Dios. Funciona bien si uno quiere un poco de consuelo ante la insignificancia del ser humano frente al universo, pero un científico no puede aceptar esto de manera acrítica sin antes explorar las alternativas.


En la antigua Grecia, Aristóteles creyó en la generación espontánea, esto es, que la vida puede surgir de manera intempestiva a partir de lo inerte. De esta manera, Aristóteles le daba carpetazo a las interpretaciones materialistas de otros filósofos. La Iglesia Católica tomó con beneplácito las ideas aristotélicas sobre la generación espontánea, porque parecían darle sustrato científico a varios pasajes de la Biblia en donde el poder de Dios pareciera haberse encargado de hacer surgir criaturas suyas a voluntad. De esta manera, ir en contra de la teoría de la generación espontánea implicaba el doble trabajo de por un lado explicar la naturaleza de la vida, y por el otro atacar otro dogma eclesiástico más. No era algo fácil, pero en medio del descreimiento general en los dogmas cristianos, hubo investigadores que intentaron poner a prueba la teoría de la generación espontánea. Un primer batacazo le fue asestado de manera indirecta por van Leeuwenhoek y sus investigaciones microscópicas, al descubrir la existencia de los espermatozoides: de esta manera, comenzó a asestarse la idea de que el hombre no introducía "energía vital" en el cuerpo de la mujer, sino que inoculaba literalmente semillas, demasiado pequeñas éstas para ser vistas a simple vista. Leeuwenhoek incluso pensó que en la cabeza de los espermatozoides iba literalmente un hombrecillo completo que se desarrollaba en el útero femenino. Aunque desencaminado, su intuición no iba tan mal: hoy en día sabemos que en cada espermatozoide viaja la mitad de un ser humano, en forma de código genético, y que la otra mitad espera en el óvulo, para unirse en forma de una nueva persona completamente original.


El campo de batalla más prominente entre los campeones de la teoría de la generación espontánea y sus retadores era ciertamente asqueroso: la putrefacción de la carne. Allí es donde se encuentra el más obvio ejemplo posible de generación espontánea: la aparición de gusanos en la carne podrida. Dicha carne está muerta, y sin embargo, aparece nueva vida de ella: punto para la generación espontánea. Sólo que un científico italiano llamado Francesco Redi encontró la manera de poner a prueba esta idea. Su solución fue sencilla: tomar un pedazo de carne muerta, y sellarla de manera hermética para que ni el aire ingresara a la misma. Resultado: no aparecieron gusanos ni larvas ni moscas de ninguna clase. No era una prueba de que la generación espontánea como teoría fuera incorrecta, por supuesto, ya que se trataba de un caso particular y nada más. Pero los defensores de la generación espontánea tuvieron que empezar a revisar sus resultados.


El descubrimiento del mundo microscópico abrió una nueva trinchera para los defensores de la generación espontánea: a medida que nueva evidencia iba dejando en claro que la generación espontánea no funciona en el mundo visible, al menos defendieron la idea de que los microorganismos sí podían surgir por este mecanismo. De otra manera no podía explicarse, argüían, que se generaran tan rápido en un medio esterilizado. Pero un biólogo italiano del siglo XVIII llamado Lazaro Spallanzani llevó a cabo algunos brillantes experimentos para demostrar lo contrario: ni siquiera entre los microbios se da la generación espontánea. Creando sellos herméticos a prueba incluso de criaturas microscópicas, probó que éstas no podían surgir. Spallanzani de esta manera consolidó un concepto hoy en día básico para la biología: lo vivo sólo puede proceder de lo vivo.


Pero por supuesto, lo vivo no está separado de lo inerte. De hecho, lo vivo puede convertirse en algo inerte, cuando muere. ¿Cabe la idea de hablar de alguna clase de fuerza vital que mantiene a la vida andando? A finales del siglo XVIII, un químico francés llamado Antoine Lavoisier llegó a una conclusión magistral. Investigando un tema completamente aparte, que es la teoría del flogisto, la explicación científica estándar de aquel entonces para la combustión, Lavoisier descubrió la manera en que se relaciona un gas entonces recientemente descubierto, llamado oxígeno, con el fenómeno mencionado. Y Lavoisier cayó en la cuenta de algo fundamental: la combustión puede funcionar a un ritmo rápido, generando una llama de fuego, o bien a ritmo lento. Lavoisier tuvo la genial idea de que dicha combustión a ritmo lento es lo que ocurría al interior del cuerpo humano, y de hecho al interior de todas las criaturas vivientes: por eso necesitamos respirar oxígeno, y respirando sólo aire viciado nos asfixiamos. De esta manera la respiración, vinculada con el alma a través de la idea del "aliento vital", pasó a ser explicada en términos puramente materiales, sin intervención de lo espiritual o sobrenatural. Después de Lavoisier, la idea por la cual la vida tiene una categoría esencialmente diferente a lo inerte quedó cada vez más arrinconada. Hoy en día entendemos la vida en lo principal como una serie de procesos bioquímicos encadenados de una manera extraordinariamente compleja. Y la idea de que la vida funciona gracias a una "fuerza vital" o a alguna clase de poder espiritual, hoy en día está desterrada del lenguaje científico, y sólo pervive dentro del pensamiento espiritual, místico o religioso, atascado en una visión precientífica del universo.

Próxima entrega: "Ciencia para todos".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Anatomía de los inútiles subversivos.


Los años 2011 y 2012 han sido los más duros que ha vivido Chile desde el regreso de la democracia en 1990. Desde la asunción del gobierno de Sebastián Piñera, ha ido creciendo la tensión social, las manifestaciones se han hecho más violentas, y el gobierno ha respondido con una dureza tal, que han saltado las alarmas respecto acerca de si las fuerzas de orden y seguridad no estarían infringiendo los derechos humanos de la gente.

La frase que quedó para el bronce fue cuando un ministro del gobierno al que no quiero recordar, soltó el desafortunado calificativo de "inútiles subversivos" para referirse a los manifestantes. La frase es reveladora de la mentalidad de la élite gobernante y empresarial, y por eso merece un análisis.

¿Qué es una persona útil para la élite chilena? Podemos hacernos una idea si analizamos el discurso oficial sobre la ética del trabajo y del triunfo. Dentro del discurso de la élite chilena, el triunfo social se obtiene en exclusiva mediante el esfuerzo y el emprendimiento. Esto es una hipocresía manifiesta, ya que los triunfadores en Chile muchas veces vienen de los mismos círculos empresariales y políticos, con quienes se conectan a través de redes de matrimonio endogámico. O bien, si son gentes externas, lo logran mediante el apadrinamiento de alguien dentro del círculo interno. En definitiva, las élites chilenas se cooptan a sí mismas, y por lo tanto, hay personas que pueden estudiar y trabajar hasta el final de sus días sin ver un progreso excesivo en sus vidas. Si Bill Gates, Steve Jobs, Larry Page, Sergey Brin o Mark Zuckerberg hubieran tratado de surgir en Chile con los métodos que los llevaron a la cima, hoy en día no habrían llegado a nada más lejos que conserje de edificio.

Esto permite explicar que, dentro de la mentalidad de la élite chilena, una persona que no triunfa en la vida se lo tiene merecido: el triunfo en Chile no es sólo el hecho objetivo de tener una fortuna, sino también un certificado de sana moral. El que no triunfa es un "flojo", un "inútil". Para la élite chilena, es una ley social que al trabajo sigue el éxito, casi como la luz de la ampolleta sigue al encender el interruptor de la electricidad. Pero los hechos son otros: la gente en Chile triunfa porque está adentro de la élite, o consigue hacerse cooptar por ella por su obsecuencia, no por su mérito. Pero si esto último es un hecho, ¿por qué las élites no lo ven? Sencillo: porque eso implicaría renunciar a un jugosísimo privilegio: el de darle sanción al éxito, y por lo tanto el de ser juez para calificar a las personas. Así, el éxito necesita de una sanción: la de las propias élites. Es decir, un miembro de la élite funciona como padrino para el aspirante, y lo coopta para que surja en la vida. De esta manera, la definición de flojo o inútil es tautológica: son útiles quienes son elegidos por las élites, y a su vez son elegidos por las élites los útiles. De esta manera, la definición de "miembro útil para la sociedad" por parte de las élites no responde a una realidad social, sino a un dogma religioso, religión en la que ellos por supuesto son los sumos sacerdotes. Al resto de la ciudadanía no le queda sino ir a la misa en los templos que dicha religión han preparado para usted: el mall.

Pero hay más. Un inútil se expone sólo a ser ignorado: para ser abiertamente descalificado se requiere de algo más. Para calificar como digno del desprecio de la élite, además de ser inútil se debe ser un "subversivo". Un subversivo es simplemente una persona que está dispuesta a cambiar el orden social. Etimológicamente la palabra se descompone en el latín sub-versio, que significa tornar o cambiar, más el prefijo sub que significa bajo; o sea, "cambiar por debajo", en otras palabras. Y esto también merece un análisis. Aunque la expresión "inútil subversivo" haya sido dicha en tono peyorativo, pretender cambiar el orden social no es necesariamente algo negativo. De hecho, es algo positivo si el orden social no funciona.

Por lo tanto, cabe preguntarse si el orden social chileno funciona, para tener pistas de si el subversivo es una figura positiva o negativa. La respuesta es una rotunda negativa. Un modelo en donde un puñado de familias concentran el grueso de la riqueza nacional en su conjunto, es un modelo en donde según todos los dogmas económicos, incluyendo aquellos propios del neoliberalismo, no puede haber competencia. Y donde no hay competencia no funciona el mercado. En definitiva, bajo el modelo en que vivimos, la sociedad entera está controlada por un monopolio que extiende sus redes y sucursales por todo el mapa social: las multitiendas que le vende productos a usted, la banca que lo financia a usted, las grandes empresas que le dan trabajo a usted, los políticos que lo representan a usted.

Así, Chile se ha transformado en un régimen similar al que existía en las salitreras a comienzos del siglo XX, en donde a los trabajadores se les pagaba en fichas que no podían canjear en otra parte sino en la pulpería de la misma salitrera, que era manejada por los mismos dueños de la salitrera que pagaban las fichas en primer lugar. Al trabajador chileno, su salario se le paga en pesos chilenos, que deben reinvertir en el monopolio que le paga al trabajador chileno su salario en primer lugar; sacar el dinero de Chile es una opción sólo reservada para los que tienen suficiente para movilizar su dinero al extranjero, salvo que se recurra a los corredores financieros que forman parte del mismo monopolio. No es de sorprenderse que haya tanto subversivo rondando allá afuera, subversivo que sería feliz si de verdad existiera libre mercado en Chile.

Por lo tanto, el inútil subversivo no es una categoría moral, y menos una descalificación. Sólo puede ser esto último desde la perspectiva de la élite, pero como dicha calificación parte de una justificación con características religiosas, no tiene ningún valor racional alguno. Por el contrario, el inútil subversivo es un fenómeno social, el producto lógico de un sistema en donde una élite atrincherada en su posición construye un dique para acumular toda el agua y no dejar que casi nada fluya hacia abajo. El inútil es aquel que, dentro de la mentalidad de la élite, no contribuye en nada a la construcción y mantención del dique; que el inútil bien puede elegir no contribuir con un dique del que él mismo no se beneficia, es algo que al miembro de la élite se le escapa, porque ser miembro de la élite implica también adoptar un credo religioso, el de la santidad de la propia élite. Así, cualquiera que no trabaje activamente en subir aún más el dique, es un inútil subversivo. Es el dique mismo, o mejor dicho su altura desmesurada, lo que crea a los inútiles subversivos, y en tanto el dique sea así de enorme, los inútiles subversivos simplemente no van a desaparecer.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 37 - "¿Cuál es la edad de la Tierra?".


Mientras la imagen de la Tierra dentro del universo era modificada de manera radical por la ríada de descubrimientos astronómicos acumulados por Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler e Isaac Newton, por mencionar sólo a los más prominentes, otros científicos se dirigían a la Tierra misma. Por supuesto que nuestro mundo presenta muchas peculiaridades. ¿Por qué existen los volcanes? ¿Qué significa el registro fósil? Y detrás de todo esto, una pregunta fundamental: ¿cuándo y cómo se formó la Tierra? La verdad es que durante siglos, los científicos no tenían muchas respuestas. Todo lo relativo a la Tierra misma solía resolverse con especulaciones filosóficas, y en algunos casos con explicaciones toscas. Durante la Edad Media, se hizo creencia común que los volcanes eran otras tantas bocas del infierno: la lava era prueba de que el inframundo existía, y allí estaban los condenados. Era difícil hacer ciencia a partir de ello.


Pero ya en el Renacimiento, algunos personajes empezaron a hacerse preguntas más científicas sobre la Tierra. Leonardo da Vinci hizo algunas expediciones en donde exploró el fascinante mundo de los fósiles, y constató que muchos residuos de criaturas acuáticas podían ser encontrados en montañas altísimas. Pero en la época, lo más cercano a un registro de la historia de la Tierra era la palabra de la Biblia, y dentro de sus páginas, el único cataclismo tan dantesco que podía explicar ello era el Diluvio Universal. De este modo, dicho Diluvio se transformó en la explicación más recurrente y socorrida para todo lo geológico que no tenía explicación. Y sin embargo, la Biblia en un punto tenía razón, y representaba un progreso por sobre el pensamiento científico de los griegos: el mundo no era infinito en el tiempo, sino que había tenido un origen. Entre los múltiples intentos por datar este origen, el más famoso de todos es el que llevó a cabo el obispo Ussher, quien hizo algunos meticulosos cálculos sobre la cronología interna del relato bíblico, para llegar a la conclusión de que la Creación fue el año 4004 antes de Cristo. La solemnidad con la que Ussher hizo estos cálculos, que hoy se nos antoja ridícula, nos hace olvidar que el relato bíblico era lo más avanzado que existía en materia de Geología en su época, de manera que el suyo fue un esfuerzo intelectual serio y honesto por dilucidar una materia muy difícil... y que en definitiva estuviera desencaminado respecto al lugar en donde debía buscar las evidencias no es algo por lo que pueda culpársele, habida cuenta su entorno intelectual, religioso y social.


Y sin embargo, ya estaban despuntando los brotes de una nueva ciencia: la Geología. Ya en la segunda mitad del siglo XVII, Nicolás Steno hizo una interesante proposición: ya que existen estratos en cualquier corte geológico, puede suponerse que los de arriba son los más recientes, porque se han depositado como capa encima de otros más antiguos. Esta proposición es obvia hoy en día, pero en su tiempo hizo cavilar a los científicos. Finalmente fue aceptado, tratando de acomodarlo dentro del relato bíblico: los estratos más recientes se habían colocado sobre los más antiguos no debido a la acumulación sucesiva a lo largo de las eras, sino de manera brusca durante el Diluvio Universal. Hoy en día sabemos que un evento catastrófico como el Diluvio Universal no deja tras de sí estratos tan ordenados y llenos de fósiles o restos arqueológicos como el común del registro geológico, sino que por el contrario, genera un enorme estrato de cieno o lodo petrificado, absolutamente ayuno de cualquier otro rastro: es la diferencia entre una acumulación ordenada por épocas, en que hay tiempo para que todo sedimente, y un aluvión que lo arrasa todo y aplasta todo lo anterior. Pero en la época, nadie se atrevió a cuestionar el relato bíblico. Aunque todavía faltaba por llegar el siglo XVIII.


En la época de la Ilustración, los científicos decidieron saltarse el relato bíblico por completo, y lanzarse a una especulación más temeraria de la edad de la Tierra. El primer experimento en esa dirección lo emprendió el conde de Buffon. Este personaje escribió durante casi cuatro décadas una vasta enciclopedia sobre la naturaleza llamada "Historia natural" precisamente, que su muerte dejó inconclusa. Para su experimento, Buffon tomó una bola de hierro y la calentó al rojo vivo. Luego, reloj en mano, calculó cuánto tiempo tardaba dicha bola en enfriarse hasta la temperatura ambiente. Luego, extrapoló los resultados a la Tierra entera, y proclamó que desde el origen hipercaliente del mundo a la fecha habían transcurrido 75.000 años. Su método era tosco hasta la grosería, y su estimación resultó terriblemente insuficiente. Pero no importa: lo importante es que por primera vez se había tratado de determinar la edad de la Tierra no a través de especulaciones de sillón, sino que a través de un procedimiento experimental. Además, en una época en donde se creía en una Tierra de seis mil años, elevar dicha cifra más de diez veces debió haberle provocado vértigo a más de alguien. De hecho, Buffon tuvo problemas con el clero debido a este experimento: una vez más, los sacerdotes cristianos trataron de obstruir el progreso de la ciencia, para que el relato bíblico no fuera cuestionado, y así conservar sus posiciones de poder.


Poco después de Buffon, en 1795, James Hutton publicó su seminal "Teoría de la Tierra". En su obra hizo un prolijo análisis del tema de los estratos. Hutton llegó a una conclusión que, aunque modificada con posterioridad, permanece esencialmente correcta: los estratos se forman debido a la acción de un ciclo sin fin de erosión, sedimentación y posterior elevación. Con esto, se abrían las puertas a la idea de que la Tierra no ha sido siempre estable, de que su superficie y geografía han ido cambiando con el tiempo. Y lo más importante: contra la idea catastrofista de que todos los fenómenos geológicos se debían al Diluvio Universal, se oponía ahora la idea del cambio y la transformación graduales del planeta a lo largo de las eras. La Tierra estática e inmóvil que es una jovencita de 6000 años de antigüedad, empezaba a quedar lentamente en el pasado. Durante el siglo XIX, la Geología daría un salto de gigante, y nuestra imagen de la Tierra quedaría alterada para siempre: por primera vez empezaríamos a entender los mecanismos por los cuales el mundo está "vivo" y en evolución. En paralelo, por supuesto, fue muy importante empezar a develar otro gran misterio: qué es la vida. La labor combinada de varios científicos del siglo XVIII arrojó algunas respuestas muy interesantes.

Próxima entrega: "Adentrándose en el misterio de la vida".

miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿De qué hablan los economistas cuando hablan de economía?

Adam Smith (1723-1790), fundador de la moderna teoría económica.
Nadie duda de que los economistas tienen un rol estelar en el mundo actual. La ciencia económica es considerada como el remedio y la clave para la solución de los problemas mundiales, en el discurso político al menos. Y no pocas gentes les hacen caso como si fueran oráculos. Por otra parte, está la ahora mítica imagen del economista que profetiza que todo marcha muy bien, mientras que por el contrario, todo pareciera marchar muy mal. Y claro, una explicación simple y breve sería que los economistas sólo dicen lo que los poderosos quieren escuchar. Pero esto también ha acarreado desprestigio sobre la economía como ciencia. Por lo tanto, antes de leer el diario o arrojar alguna piedra, metafórica o literal, bien podemos preguntarnos de qué hablan los economistas cuando hablan de economía. Porque a lo mejor todo lo que hay no es sino un monstruoso malentendido. Así es que, examinemos por un instante el discurso de los economistas, qué es lo que dicen, qué es lo que deberían decir, y cómo deberían decirlo.

Lo primero que debemos mencionar, es la separación entre ciencia económica y política económica. Dicho de manera muy simple, la ciencia económica es la descripción de cómo funciona la asignación de riquezas dentro de una sociedad. En otros términos, es la descripción de cómo las decisiones de los agentes económicos influyen en la creación o destrucción de riqueza para ellos y para los demás. La palabra clave aquí es descripción. La ciencia económica no recomienda ni receta nada: sólo se limita a decir cómo son las cosas. Una descripción hecha por la ciencia económica puede ser correcta o incorrecta, según si se ajusta a los hechos o no.

La política económica, por el contrario, se trata acerca de cómo queremos que sea la sociedad, en lo que a asignar recursos se refiere. La política tiene que ver con decisiones de orden valórico. Así, las decisiones de política económica no son correctas o incorrectas en lo que se refiere a la realidad, sino a una determinada escala de valores.

John Maynard Keynes (1883-1946), principal teórico del moderno estado del bienestar.

Un ejemplo práctico nos ayudará. Tomemos la afirmación clásica de que "si aumentamos la recaudación de impuestos, el Estado tendrá más recursos para invertir en programas públicos". Esa es una afirmación de ciencia económica, porque describe un hecho: si se recaudan más impuestos, en efecto las arcas fiscales estarán más llenas, y habrá más fondos para programas públicos o para lo que se tercie; asumamos para efectos que los funcionarios actúan con eficiencia a la hora de recaudar, y con corrección a la hora de resistir la tentación de no llevarse ese excedente para la casa, sólo para no complicar las cosas por el minuto. En cambio, la afirmación "deberíamos aumentar la recaudación de impuestos para que el Estado tenga más recursos para invertir en programas públicos" no es una afirmación científica sino política: no hay nada correcto o incorrecto en esa afirmación porque no estamos evaluando la realidad, sino expresando valores: consideramos que los programas sociales son tan importantes, que estamos dispuestos a sacrificar el bienestar económico de los privados para financiarlos. Si analizamos las afirmaciones contrarias, la diferencia se hace más aguda. La frase "si aumenta la recaudación de impuestos, el Estado tendrá menos recursos" es incorrecta, por razones que la más sencilla aritmética revela: esta afirmación no es científica. En cambio, no hay nada incorrecto desde el punto de vista científico con la frase "deberíamos disminuir la recaudación de impuestos, aunque el Estado tenga menos recursos", porque no estamos describiendo una realidad, sino sólo expresando un valor, a saber, que es mejor dejar el dinero en el bolsillo de los privados aún a costa de los programas sociales del Estado. Otro cuento es la corrección valórica de tal afirmación, lo que dependerá de la escala de valores de quien la formule. Así, un monetarista ortodoxo valoraría dicha frase de manera positiva, mientras que un socialista o comunista también ortodoxo la valoraría de manera negativa. Ese es un debate en el cual por supuesto no entraremos aquí: sólo queremos marcar la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones.

Hasta ahí es muy sencillo. Pero las cosas se complican. Por un lado, la economía tiene una desventaja como ciencia: trata con gente. Un veterinario puede estudiar a un perro y un geólogo una roca, y el perro cuando mucho morderá al estudioso, y la roca cuando mucho aprovechará cualquier descuido del geólogo para vengarse resbalando y cayéndole sobre el pie; pero en principio, las opiniones del estudioso a la hora de estudiar al perro o la roca le serán indiferentes a estos sujetos de estudio. El economista, en cambio, si intenta observar la sociedad y operar sobre ella para experimentar, tendrá resultados que serán demasiado complejos para obtener conclusiones definitivas, en parte por la reacción de las personas, y en parte porque la sociedad misma es tremendamente compleja.

Además, están los intereses creados. Como con las afirmaciones de política económica no se puede decir que sean correctas o incorrectas, no hay manera de ganar un debate de esta naturaleza. Por lo tanto, los políticos y economistas suelen optar por el camino de disfrazar afirmaciones de política económica, como si fueran afirmaciones de ciencia económica.

Tomemos un ejemplo. Una frase recitada como mantra en estos días es "si flexibilizamos el mercado laboral, habrá más empleo". En realidad, la afirmación es cierta en términos de ciencia económica, pero este empleo será también un empleo de peor calidad, porque la misma ciencia económica enseña que al disminuir las protecciones al trabajador, el empleo se hará más precario. Lo que tenemos por lo tanto es una afirmación disfrazada de ciencia económica, pero que no lo es: es una afirmación de política económica. Lo que el economista o político de turno quiere decir en realidad es "debemos flexibilizar el mercado laboral, y que el grueso de los trabajadores sufra precarización es un mal necesario". El problema es que si lo dijera así, se encontraría con una violenta oposición por parte de quienes no quieren flexibilizar el mercado laboral, por lo que debe disfrazar sus afirmaciones como ciencia económica para tener un mínimo de respetabilidad. Y la gente que no entiende de la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones, o se compra el discurso porque viene avalado por los aromas de santidad de una actividad científica, o lo combate por sus consecuencias prácticas sin darse cuenta de que la ciencia económica no es su enemiga porque esta última es valóricamente neutra.

Milton Friedman (1912-2006), principal exponente del monetarismo neoliberal.

Al prestarse al juego de venderse a la política económica, y en particular a ciertas políticas económicas bien conocidas en particular, los economistas han terminado por desprestigiar su propia disciplina. Los economistas tratan todo lo posible de que sus recomendaciones aparezcan avaladas por la ciencia, pero la trampa es que desde el momento en que dejan de describir y pasan a recomendar, ya no están actuando como científicos sino como políticos. Por supuesto que lo negativo no es que los economistas hagan recomendaciones políticas: nadie mejor que ellos para hacerlas, habida cuenta de que son los mejores expertos dentro del campo. Lo negativo es trasvestir afirmaciones políticas, que pueden ser cuestionadas desde el punto de vista valórico, y en última instancia de qué queremos como proyecto de sociedad, en afirmaciones científicas que estarían así blindadas de cualquier crítica valórica.

La ciencia económica es algo positivo, porque nos ayuda a entender cómo funciona la sociedad como un todo, y es la base para implementar políticas económicas. A la vez, la política económica es importante porque ayuda a guiar el funcionamiento global de la sociedad en lo que a asignación de recursos se refiere. Pero para obtener el mejor rendimiento de ambas actividades, la ciencia y la política, es necesario mantener las aguas separadas. Se pueden practicar ambas actividades incluso al unísono, pero sus conclusiones deben separarse. Si no se separan, el economista está pecando por falta de honradez intelectual.

Pero no debemos culpar de todo a los economistas que por ego académico o por intereses creados tratan de pasar ideologías por ciencia. También la culpa de este trasvestismo la tiene el grueso público. Si el común de la gente no entiende de economía y no sabe cómo funcionan las cosas, es fácil engañarle. En así que se allana el camino para que la práctica de la economía termine por transformarse en el mero recitar de mantras y consignas, tanto por parte de los liberales como de los socialistas, por ponerles nombre a las dos posiciones más importantes de los debates económicos cruzados. Nadie está diciendo que el grueso público deba tener un magister en finanzas o algo, pero entender cómo funcionan los aspectos más básicos de la economía ayudaría un montón a separar el grano de la paja, y a valorar la actividad de los verdaderos economistas por sobre los que fungen de portavoces de intereses económicos creados y más o menos inconfesos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 36 - "El universo bajo el signo de Newton".


El mayor aporte de Isaac Newton a la ciencia fue haber creado el marco matemático que permitía explicar toda la física entonces conocida de acuerdo a un mismo set de leyes. Hoy en día, los científicos asumen que una de las propiedades del universo es la isonomía: las mismas leyes científicas son válidas para todo el universo con independencia del lugar geográfico en que se encuentre el observador. Como hemos mencionado, esta idea no ha sido asumida siempre. Aristóteles, y los científicos griegos que lo siguieron a él, asumieron que existía una separación entre la mecánica celeste y el mundo supralunar (sobre la órbita de la Luna), perfecto e inmutable, y la mecánica terrestre y el mundo sublunar (bajo la órbita de la Luna), cambiante y sometido a corrupción. Desde la publicación de los "Principios matemáticos de filosofía natural" en 1687, dicha idea quedó desterrada para siempre.


El nuevo universo newtoniano cautivó la imaginación de la totalidad del siglo XVIII y XIX. No fue un triunfo inmediato, de todos modos: durante unas cuantas décadas, Newton fue combatido por los franceses, que todavía defendían la ahora obsoleta mecánica cartesiana, y por los alemanes, que defendían la prioridad de Leibniz sobre el cálculo infinitesimal; hoy en día, parece ser que tanto Newton como Leibniz desarrollaron el mismo por separado. Pero a la larga, las observaciones le dieron cada vez más la razón a Newton. Uno de los más grandes triunfos de la mecánica newtoniana fue que su amigo y protector Edmond Halley predijera, basándose en las ecuaciones newtonianas, que los cometas de 1531, 1607 y 1682 en realidad eran el mismo, y que volvería a pasar en 1758. Cuando esta predicción se cumplió, dicho cometa fue llamado con el nombre del científico que la formuló: el cometa Halley. Los cometas dejaron de ser el objeto de espanto y horror que auguraban malos presagios astrológicos, para ser otros cuerpos celestes adicionales del sistema solar, a lo menos entre la gente ilustrada.


Dicho sea de paso, el siglo XVIII vio la primera gran expansión del sistema solar conocido. En 1781 William Herschel, astrónomo alemán afincado en Inglaterra, descubrió a través del telescopio un nuevo planeta: Urano. Este descubrimiento fue significativo porque era el primer planeta descubierto a través del telescopio, y el primero que no puede ser visto por el ojo humano desde la Tierra. Esto alentó la cacería de eventuales nuevos cuerpos celestes en un cada vez más creciente sistema solar. En 1846 se descubriría Neptuno; en 1930 a su vez se descubrió Plutón, el último planeta incorporado a la lista, si bien después fue "degradado" a la condición de "planeta enano" en 2005. En 1801 se descubrió un cuerpo celeste minúsculo llamado Ceres, entre Marte y Júpiter: fue el primero de una nueva retahíla de los mismos, que recibieron el nombre de "asteroides". Todo lo anterior asentó una idea mental también nueva: el Sistema Solar es mucho más grande de lo que suponíamos con anterioridad, y numerosas regiones del mismo son invisibles al ojo humano desnudo.



El triunfo de los conceptos newtonianos llevó a una concepción mecanicista del universo. Newton consideraba que el universo era una especie de gran reloj, y que Dios era el Gran Relojero. En el siglo XVIII se hizo muy popular la noción de que si el ser humano conociera todas las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos, y se tomara una imagen precisa de la situación del universo en un determinado instante, podría entonces predecirse todo su pasado y todo su futuro. Esto conllevaba el hecho de que quizás no hubiera Gran Relojero después de todo: las leyes naturales lo explicaban todo. Las ideas científicas de Newton, hombre creyente él mismo, sentaron la base para una oleada de ateísmo, o al menos de deísmo, que recorrió a la intelectualidad europea del siglo XVIII. El máximo defensor de esta manera determinista de entender el universo fue Pierre-Simon Laplace, matemático que hizo importantes progresos en el entendimiento de la mecánica del sistema solar. Se cuenta que Napoleón Bonaparte, después de leer un libro de Laplace, le preguntó por qué en ningún minuto se refería a Dios. La respuesta de Laplace fue la de todo un científico ilustrado mecanicista del siglo XVIII: "Sire, nunca he necesitado de una hipótesis semejante".


Y sin embargo, la mecánica newtoniana tenía un punto débil por debajo de la línea de flotación. Para que la misma funcionara, Newton había postulado que los cuerpos se mueven en referencia a un espacio y tiempo que son absolutos, objetivamente independientes de dichos cuerpos. Dicha idea encontró oposición en su época: tanto Leibniz como el obispo Berkeley objetaron con sensatez que el espacio y el tiempo no tenían sentido alguno si no se referían a la posición o movimiento de los cuerpos. Quizás la mayor rebelión contra el espacio y tiempo absolutos de Newton provino del filósofo Immanuel Kant, quien propuso que éstos no existían como realidad objetiva, sino que eran presupuestos que la mente aplicaba a las experiencias para tratar de categorizarlas de algún modo; las ideas kantianas presentan varios problemas, por supuesto, pero el debate acerca de la verdadera naturaleza del espacio y el tiempo (¿son realidades objetivas y externas al sujeto, o son sólo interpretaciones subjetivas de la mente sobre fenómenos que no pueden ser adscritos a un espacio o tiempo en particular?) es algo que ni siquiera el día de hoy puede considerarse zanjado. A la larga, este cuestionamiento a la mecánica newtoniana, sumado a otros, terminarían por probar sus límites. Sobre el espacio y tiempo absolutos de Newton, estaba asomándose la larga sombra de otro genio comparable que iba a desarrollar su obra un cuarto de milenio después: Albert Einstein.

Próxima entrega: "¿Cuál es la edad de la Tierra?".

miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿Ya no hay nosotros?


Hay un aspecto de las películas románticas antiguas que no deja de darme nostalgia. Fíjense ustedes en sus afiches. En ellos, la pareja protagónica siempre suele aparecer junta y en contacto físico. Puede ser algo tan suave como darse las manos y mirarse a los ojos, o puede ser que él esté tomándola en brazos, o ambos se abrazan mirando hacia un lugar común. Una variación solía ser por supuesto mostrar a una dama llorosa y a un varón cerca, para mostrarnos que la película romántica iba a ser de sacar pañuelos... En cualquier caso, en dichos afiches se nos ilustra que vamos a ver una película romántica porque el varón y la dama hacen alguna clase de contacto físico, o al menos visual. Que luego la película en sí valiera la pena, es otra cosa.

Hoy en día, en cambio, son pocos los afiches de película con un componente romántico, en donde aparezcan abrazados. Parece por el contrario predominar el afiche en donde el personaje aparece en solitario. O al menos si hay un afiche mostrándolos abrazados, es apenas uno en medio de la marejada de afiches con la hilera de personajes de turno. Podría decirse que la idea es multiplicar los afiches para así acaparar más presencia por parte de los fanáticos. Así, un fanático de Harry Potter o Crepúsculo podría postear en su blog, Facebook, Twitter o Tumblr, varios afiches simultáneamente, y con ello el valor de promoción de la película crece simplemente copando más espacios en Internet.

Pero creo que hay una causa más profunda de ello, y que responde a la retroalimentación que existe entre los personajes de ficción y su público objetivo. Cuando la gente sigue a un personaje de ficción, lo hace porque ostenta o defiende ciertos valores que esa gente considera atractivos. Y a la inversa, los personajes de ficción al hacerse atractivos para su público, refuerzan conductas y concepciones preexistentes dentro de dicho público: el público se siente reforzado por su personaje de ficción al ver un ejemplo de que lo que ellos creen o pregonan, en realidad es lo que dicho personaje de ficción está haciendo. Aplicado a nuestro problema, descubriríamos entonces que el cambio de los afiches, en donde el contacto corporal se ha ido difuminando con el tiempo, tiene una componente sicológica más profunda: a la gente le gusta estar menos en contacto con sus parejas.

Todo este rodeo fue para entrar en el tema de que, en mi consideración, ya no existe un nosotros dentro de las relaciones de pareja. O al menos, no en la mayoría de ellas. Para nadie es un misterio que la sociedad desde finales del siglo XX se ha ido haciendo cada vez más individualista y competitiva, y esto tiene por supuesto su correlato en las relaciones de pareja. Me permito citar la canción Sexo de Los Prisioneros: "ella no es una mujer para amar, sino un enemigo al cual doblegar". La canción se refiere a las mujeres porque el vocalista de la banda es hombre, pero a la inversa es también por desgracia muy válido.

En la vida cotidiana me ha tocado observar multitud de parejas que parecieran no serlo. Describiré la escena, y ustedes me dirán si la han visto también. Se trata de dos jóvenes que llegan y se van juntos desde un mismo lugar. Pero desde que llegan hasta que se van, parecieran estar por completo desapegados. Se sientan juntos, pero prestan atención a distintas conversaciones. Cuando los dos están involucrados en una misma conversación, nunca se miran entre sí, sólo miran a los otros interlocutores que son extraños. Hay poco roce corporal, ni siquiera se toman la mano mientras están juntos. En cada intervención suya, ignoran por completo la intervención anterior de su pareja. Y si se dirigen la palabra entre sí, hablan con algo que pretende pasar por ternura, pero en realidad es demasiado evidente que se trata de condescendencia. El mensaje claro es que a pesar de ser una pareja, en el fondo son dos extraños que están juntos por alguna razón.

Es cierto que hay un poco de pudor, además del respeto por el otro que está solitario o atraviesa por problemas de pareja. Pero no hablamos de subirse arriba de la mesa y hacer exhibición de gimnasia o acrobacia sexual; sólo hablamos de contacto físico. El punto aquí es lo que la actitud corporal revela. Dos personas que tienen interés el uno en el otro, tienden a volverse para estar más o menos frente a frente entre sí; si dos personas tienden a lo contrario, a darse la espalda, es signo seguro de que se ignoran, o peor aún, se desprecian. Lo mismo con los diálogos: al momento de hablar, las personas nos dirigimos en particular a todos quienes nos interesan que nos escuchen. Si no estamos viendo a una persona entre varias mientras estamos hablando, quiere decir que esa persona no es importante para nosotros, porque implícitamente ni siquiera pretendemos que le llegue el mensaje. Piénsenlo ustedes desde el punto de vista contrario, desde la persona que no recibe esa mirada. Si han estado en un grupo de gente en donde todos se dirigen la palabra entre sí y nadie los mira a ustedes, hasta tener la extraña e incómoda sensación de que sobran o están de más en dicho grupo, entenderán lo que quiero decir.

Otro punto es la condescendencia. Muchas personas tratan a sus parejas con descalificativos, incluso sin darse cuenta de que lo están haciendo. Los "que eres tonto" o "que eres tontita" parecieran estar a la orden del día en muchos casos, incluso en público. Si se le pregunta a esa persona acerca de por qué trata mal a la persona que es su pareja, y que por lo tanto es a quien más quiere, la respuesta estándar es "si es de cariño, èl (o ella) sabe que no es en serio". Incluso puede haber una extensión a la respuesta: "él (o ella) también me trata igual"... No lo ven como una falla en la relación, pero creo que lo es. Si uno quiere o admira a alguien hasta el extremo de querer ser su pareja y persona especial, entonces uno debería querer genuinamente que esa persona brilla y reluzca. Si la denigramos, aunque sea de broma, le enviamos justo el mensaje contrario. Si lo hacemos en público, además, le decimos que no vale ni siquiera para que tenga un poco de respeto de parte de su persona especial en público. Denigrar así a la otra persona, aunque sea de broma, es una señal de que no se respeta ni se estima a dicha persona. Y en última instancia es también una señal de falta de autoestima o de respeto por uno mismo porque, si esa persona vale tan poco, ¿por qué nos conformamos con ella si no es porque no podemos acceder a algo mejor?

Y ya que entramos al terreno de la autoestima, creo que esto se vincula de manera decisiva con el problema de ya no hay nosotros. Vivimos en una sociedad competitiva e individualista en donde hacemos todo lo posible por imponernos al resto. Valemos en tanto tenemos cosas que podamos exhibir. Conozco a cierto bloguero cuya respuesta estándar contra los troll de internet es "tengo un blog con más de 100 seguidores y otro con más de 200, ¿cuántos seguidores tienes tú?" (es cierto: los tiene). Cuando le pregunté acerca de por qué se rebajaba a dar una respuesta de ese calibre, me contestó que por comodidad, por ser la vía más corta de deshacerse de los trolls dentro de su propia lógica trolera. Un troll, por definición, busca hacerse lugar en internet pisoteando los méritos de los demás, y lo que este bloguero hace es básicamente pisotearlo de vuelta. Ahora bien, uno puede validarse teniendo 100 seguidores en un blog... o teniendo a un seguidor o seguidora como pareja en la vida real.

Esto es más que una metáfora. Muchas personas, dentro de la sociedad en que vivimos, se validan a través de una pareja que los siga. Recuerdo a una chica de la universidad a la que por supuesto no identificaré, que cometió la imprudencia de conversar temas íntimos con la encargada de la fotocopiadora estando yo presente. La chica comentaba que le daba lata salir con sus amigas porque todas tenían novio. Lo decía en un tono que dejaba bien en claro que le gustaría tener un novio no porque le gustaría conocer a alguien valioso, ni siquiera por tener compañía, sino para lucirse con él delante de sus amigas igual que ellas se lucían con los suyos delante de ella.

En este contexto, una pareja ha dejado de ser una persona o un ser humano con ideas, aspiraciones y proyectos propios, para transformarse en un recurso. Y ojalá que ese recurso se comporte como apéndice a mis propias ideas, aspiraciones y proyectos. La pareja tiene ciertas cualidades que se pueden exhibir, tales como atractivo físico, un automóvil, o dinero. Cazar a esa pareja y mantenerla cazada implica por supuesto meter mano a dichos beneficios a destajo. El final del camino son las chicas que prefieren a los chicos con situación resuelta y desdeñan a los que sólo tengan inteligencia o buen corazón, y los chicos que prefieren a las chicas con buena carrocería y que desdeñan a, me repito aquí, las que sólo tengan inteligencia o buen corazón.

Y esto produce esa clase de situaciones que describía más arriba, sobre las parejas que en realidad nunca se comportan como pareja ni tienen gestos de tales. El mensaje es claro: yo valgo y mi pareja va detrás de mí. Cuando si hubiera verdadero aprecio y afecto dentro de una relación saludable, el mensaje debería ser el inverso: mi pareja es el ser más valioso del mundo, y vale el tiempo y los esfuerzos que le dedico a su compañía. Y como los afines se juntan con los afines porque a las personas nos gusta sentirnos reforzadas por gente de nuestra propia clase, entonces estas personas que quieren ser atendidas por su pareja pero que en reciprocidad la ignoran, se acompañan por otras que responderán con la misma conducta. La relación de pareja termina transformándose entonces en una competición para ver cuál de los dos es más cool, cuál la lleva más, y en definitiva, cuál dirige y se merece aprecio de los demás. A costa de la pareja, naturalmente.

Algunos van a considerar que le daré a este posteo un final aburrido, pero quiero mencionar la fuente de donde salieron todas estas reflexiones, por prosaica que sea. A santo de otra cosa estaba repasando el Código Civil, y me (re)encontré con el artículo "En los contratos bilaterales ninguno de los contratantes está en mora dejando de cumplir lo pactado, mientras el otro no lo cumple por su parte, o no se allana a cumplirlo en la forma y tiempo debidos". Aplicando la idea subyacente a este artículo a un ámbito extrajurídico, si vemos a una relación de pareja como un pacto implícito de respeto, aceptación y fidelidad, entonces podríamos decir que una persona de la pareja no estaría obligada a dar tales cosas si no las está recibiendo en primer término. ¿Y qué pasa si ambos miembros del pacto se acogen al mismo principio y dicen que no van a jugársela por una relación hasta que el otro lo haga? No sé cuál sea la respuesta de ustedes a la cuestión en el ámbito de las relaciones de pareja, pero como pista les dejo la respuesta habitual de la jurisprudencia cuando el tema se plantea en términos jurídicos: que no existe ninguna relación porque no hay un verdadero encuentro de voluntades que pueda hacerla surgir en un comienzo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Crónicas Antrópicas 35 - "La confirmación del modelo heliocéntrico".


Pocos años antes de la publicación de los "Principios matemáticos de filosofía natural" de Isaac Newton en 1687, la observación experimental del sistema solar había dado un paso de gigante, al conseguir al fin la evidencia directa del modelo heliocéntrico. Este había sido planteado por primera vez de manera moderna por Nicolás Copérnico en 1543, pero desde entonces sólo se habían acumulado evidencias circunstanciales respecto del mismo. A finales del siglo XVI, Tycho Brahe había propuesto un modelo alternativo, el modelo ticónico, que no podía ser descartado a la ligera. A comienzos del XVII, Galileo Galilei había obtenido evidencia indirecta, pero no la prueba definitiva de que el modelo heliocéntrico en realidad fuera la clave para explicar al sistema solar. Y entonces...


La luz era uno de los grandes misterios científicos. Ni qué decir las asociaciones que la misma presenta con la religión: la luz en todos los grandes credos religiosos se asimila con la divinidad. Los antiguos griegos habían hecho algunas observaciones, como por ejemplo Euclides postulando que la misma viaja en línea recta, pero poco más había conseguido averiguarse. En el siglo XVI se hicieron experimentos para medir la velocidad de la luz, que dieron como resultado el que ésta era instantánea. Pero a comienzos del siglo XVII se razonó que si ella fuera instantánea, entonces fenómenos como la reflexión o la refracción no podrían ocurrir, debido a que para producirse éstos, la luz necesita tiempo, aunque sea uno brevísimo, para pasar a través de los cuerpos que producen la refracción. La luz debía tener alguna velocidad, aunque altísima, demasiado alta para ser medida sobre la superficie terrestre.



La respuesta apareció de manera inesperada a propósito de otro tema, como a veces pasa en el mundo científico. Uno de los grandes temas en la época era la determinación de la longitud en el mar: un error de un grado en dicha medición podía sacar a una nave más de 100 kilómetros de su ruta, lo que no es menor. Galileo Galilei había propuesto utilizar sus recientemente descubiertos satélites de Júpiter como una especie de reloj cósmico; ya que los satélites de Júpiter orbitan alrededor del planeta gigante y por lo tanto a veces estando detrás del mismo no pueden verse desde la Tierra (están eclipsados, en otras palabras), elaborando tablas de eclipses de dichos satélites sería posible disponer de una especie de reloj cósmico a partir del cual tener una "hora universal" a partir de la cual, sumando y restando la hora local del barco en ruta, sería posible determinar la longitud, un poco igual a cómo en la actualidad se puede calcular qué tan al este u oeste está un país determinando su diferencia con la hora del meridiano de Greenwich.


Pero un científico danés llamado Ole Rømer hizo en 1676 un hallazgo interesante: a veces Io, el satélite galileano más cercano a Júpiter, se eclipsa antes de lo que correspondería, y a veces después. Rømer hizo una especulación temeraria: Io no se acelera ni se retrasa, sino que nosotros desde la Tierra lo vemos así porque tanto la Tierra como Júpiter se están moviendo, alejando o acercándose según el momento de la órbita... y la luz necesita más tiempo en llegar desde Io cuando Júpiter y la Tierra se están alejando, que cuando se están acercando. Calculando la diferencia, Rømer hizo la primera estimación más o menos fiable de la velocidad de la luz: unos 220.000 kilómetros por segundo. Esta cifra se queda corta en cerca de 80.000 kilómetros por segundo de la estimación actual (299.792 kilómetros por segundo), pero lo importante es que por primera vez se tenía prueba de que la velocidad de la luz no es infinita ni su propagación instantánea, por muy alta que fuera la velocidad.


Pero más importante aún: los cálculos de Ole Rømer sólo tenían sentido y encajaban si es que se asumía que tanto Júpiter como la Tierra giraban alrededor del Sol. Si el modelo geocéntrico o el ticónico fueran el correcto, entonces seguirían produciéndose dichas diferencias que conducirían a medir la velocidad de la luz, pero los valores numéricos no serían los mismos. De esta manera, en 1676 se tuvo la primera evidencia irrefutable de que el modeo heliocéntrico es el correcto para entender el sistema solar. Con todo, aceptar las observaciones de Rømer implicaba también la aceptación de las leyes keplerianas del movimiento planetario, algo que todavía era discusión en el candelero. Pero Newton tuvo muy en cuenta las observaciones de Rømer, y en sus "Principios matemáticos de filosofía natural" defendió las matemáticas detrás del modelo kepleriano del sistema solar. Con esto, quedó sellada la nueva visión del sistema solar. La Edad Media en la Astronomía había quedado definitivamente atrás.

Próxima entrega: "El sistema solar bajo el signo de Newton".

sábado, 1 de septiembre de 2012

"...así como en los cielos".


Cuentan las crónicas de las Edades Tabernaculares, en el tiempo en que el pasado histórico de Albionis se sumerge en el océano de la mitología primigenia, que cansado de los maltratos de Cedros, el Dios de los Bosques, que se había hecho mezquino enviando la caza y haciendo madurar los árboles frutales, el joven monarca Arwanzer se volvió hacia el Dios de los Cielos, el Innominado, el único de los suyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible, y por eso, no era adorado por nadie en las Edades Tabernaculares. Y habiendo asumido Arwanzer el trono, decidió combatir la mezquindad de Cedros ordenando que se hollaran los altares sacros, que se talaran los robles consagrados, que se silenciaran las palabras de los druidas mutilando sus lenguas mentirosas. Y corrió la sangre por todos los territorios de Albionis, porque Cedros el Dios de los Bosques, le había dado vuelta la espalda a la nación.

Pero la campaña de Arwanzer era larga y dolorosa porque la mayoría de sus súbditos, ora adoraban a Cedros, ora le temían, y en ningún caso querían volverle la espalda, de manera que preferían morir, sea luchando como guerreros, sea sin resistencia como simples mártires, en defensa de su fe. Y a medida que los veranos y los inviernos se sucedían, a medida que el adolescente Arwanzer se hacía adulto entre la sangre y el fuego mezclándose por igual en las batallas, su rostro fino y anguloso se endurecía y crispaba cada vez más. Hasta que llegó un instante en que, desesperado, osó lo increíble, que es rezarle al Dios de los Cielos, el Innominado, el único de los suyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible. Y le rezó una ardiente oración, en la que utilizó, refieren las crónicas entre leyendas y verdades, las siguientes palabras:

– ¡Oh, Dios de los Cielos, Innominado, único de los tuyos cuya naturaleza es verdaderamente incognoscible! ¡Heme aquí a tus pies en desesperación porque Cedros, el Dios de los Bosques, ha abandonado la protección de Albionis, y he decidido entregarme a la tuya! ¡Dicen que tus lágrimas son la lluvia, que tu mirada es el sol, y que tu sonrisa es el trueno todopoderoso! ¡Ayúdame a imponer Tu Culto, Tu Fe, Tu Credo, por sobre esos despreciables adoradores que se humillan serviles ante Cedros, y yo en compensación te construiré una basílica cuya cúpula será tan alta, que todos quienes se acerquen a Albionis sabrán que Tú, el Innominado, eres Verdaderamente Dios!

Y esa noche, después de haber rezado de este modo, una vez sumergido en el mundo de los sueños, Arwanzer tuvo la siguiente fantasía. En ella, estaba en el centro de una gran planicie, y en dicha planicie descubrió una doncella, cuyas formas gráciles y femeninas se medio escondían detrás de una casi transparente túnica de brumas. La belleza de su porte y femineidad de su talle remataban en unos brazos finos y extendidos como delgadas velas aromáticas, al final de los cuales unas manos bailando ingrávidas como una danza de hadas, apuntaban hacia un edificio solitario, una basílica erigida en medio de la nada. Y esta basílica, construida sobre piedras de un extraño color celeste azulino, era más ancha que una torre, pero más estrecha que un palacio, y su cúpula era alta, muy alta, rematada en un color rojo casi incendiario, que parecía querer apuñalar el cielo. Y la amorosa doncella, siempre dentro del sueño, habló de esta manera:

– Arwanzer, vos que sois el Hombre de Albionis, ¡cuidad vuestras promesas! Porque no se conoce al Incognoscible, ni se llama al Innominado de modo alguno, sin sufrir las consecuencias. Antes bien, prefiere la meditación y la reflexión. Porque quizás el Innominado no quiera cumplir su promesa si tú no eres capaz de cumplir la tuya.

Despertóse entonces Arwanzer con brusquedad, y tanto doncella como planicie y basílica habían desaparecido. A su alrededor sólo estaban las frías paredes de piedra de su palacio, los leños casi extintos de la chimenea de su dormitorio, y las pieles de oso que le abrigaban en su cubil.

Meditó Arwanzer sobre lo que aquello significaba, y si bien no llegó a desentrañar por completo el significado de las palabras del sueño, reconoció su valor profético, y decidióse a iniciar la construcción, confiando en que ello haría que el Innominado volcara en él sus favores. Sabía que su padre había erigido muchos templos a Cedros, el Dios de los Bosques, y aún así las penurias y hambrunas no cesaban, pero Arwanzer confiaba en que con el Dios de los Cielos, las cosas serían distintas.

De manera que se entregó a la obra. Eligió la planicie más ubérrima de sus dominios, y mandó traer a ella mamposteros del norte, carpinteros del Río Profundo, talladores del Reino Espléndido, artesanos del vidrio de los puertos, maderas de los bosques de la capital, mármoles de las islas en el distante sur, marfil de las junglas de los infieles, en fin, cuanto era lo mejor en hombres y en materiales para construir la basílica que había visto fugazmente en sueños.

Pero sus arquitectos parecían ser incapaces de ponerse de acuerdo sobre la visión. Había sacado Arwanzer su espada para trazar sobre la arena unos dibujos que pretendían reproducir lo que la doncella le había mostrado en sueños, pero cada arquitecto interpretaba el sueño a su manera, sólo para encontrarse desconcertados ante los arrebatos de furia del rey, que rompía todos sus pergaminos al no descubrir en ellos lo que exactamente había visto. Al fin, habiendo transcurrido un año ocioso en que los hombres eran pagados por no hacer nada, y los materiales amenazaban ruina, Arwanzer ordenó proceder de todas maneras, sin que los planos terminaran de satisfacerle por completo. Echar los cimientos de la basílica tomó nada menos que otro año completo, porque ni siquiera en las dimensiones que debían ser cubiertas por las piedras basales, había acuerdo definitivo. Pero al cabo de ese segundo año, Arwanzer se descubrió un año más viejo, y ordenó seguir adelante. Pasó un tercer año, pero luego Arwanzer decidió que ésa no era la forma correcta, y ordenó comenzar todo otra vez.

De esta manera, buscando la manera perfecta de construir la basílica para cumplir exactamente con su promesa al Dios de los Cielos, tal y como se lo había ordenado la doncella en los sueños, la construcción demoró y demoró aún más, con numerosas marchas y contramarchas. Cada día que pasaba, Arwanzer se obsesionaba aún más con la basílica, al punto que primero dejó las guerras de lado, las que encargó a sus generales, luego dejó la administración de lado, la que encargó a sus funcionarios, y finalmente dejó a su esposa de lado, la que se buscó encargado por su propia cuenta y placer, sin que ni Arwanzer se diera cuenta de ello, ni que nadie se atreviera a decírselo.

Habían pasado numerosos años desde el inicio de la construcción de la basílica, y la salud de Arwanzer comenzaba a fallarle. La vejez lo iba cobijando en su manto, y las canas aparecían al tiempo que sus fuerzas desaparecían. Su rostro ahora era fiero y estaba arrugado; su mirada era febril, en particular cuando miraba hacia la basílica, que entretanto era un monstruo ciclópeo que no terminaba de crecer. A fe de todos los asombrados visitantes que acudían a las obras, la basílica era el proyecto más importante en toda la historia arquitectónica humana, y amenazaba incluso con superar a las Columnas de los Gigantes que se conocían en el centro de la Estepa Oriental. Pero mientras más crecía, más se sucedían los accidentes, porque la estructura no era lo suficientemente firme para aguantar el peso, y las obras se retrasaban en buscar nuevas maneras y técnicas para apuntalar la siguiente etapa, y la labor misma de reconstruir lo derruido. Empezaba a hacerse evidente que Arwanzer no alcanzaría a vivir lo suficiente como para ver su grandiosa basílica terminada. Incluso, en un momento casi por completo fuera de sus cabales, Arwanzer hizo jurar a sus hijos, que ahora ya eran mozos crecidos, casi adultos, que seguirían con la obra en el más que probable caso de que el rey muriera antes de que la basílica estuviera concluida.

Y finalmente, siendo un día tan bueno como cualquiera otro para el suceso, estando Arwanzer en el medio de la basílica cuya cúpula aún ni siquiera era comenzada, sus fuerzas finalmente fallaron por completo. Los obreros se lo llevaron rápidamente hasta el palacio, en donde fue cobijado debajo de sus pieles de oso. Arwanzer deliraba, y sus labios sólo musitaban dos palabras de manera repetida y monocorde: “He fallado, he fallado, he fallado, he fallado”...

Uno de sus hijos, el mayor, el que debía heredarle (aunque algos maliciaban que era suyo sólo de nombre), tomó la mano del rey. Arwanzer pareció recuperar la cordura por un segundo.

– Penoso es el reino que te entrego, hijo, y penosa es la carga que pongo sobre tus hombros.

– No digas eso, padre – dijo el hijo. – El reino florece y fructifica. Desde que iniciaste la construcción de la basílica, dicen los ministros y mis tutores, que la paz y armonía se han impuesto. Has sido un buen gobernante, padre.

– ¡Pero cómo puede ser...! Yo nunca pude destruir a Cedros, nunca destruí su culto...

– ¿Destruirlo? – preguntó su hijo, y soltó una risilla. – Padre, desde que empezaste la basílica, te olvidaste de perseguirlos, y ellos salieron de los bosques a admirar la basílica. Y decidieron que Cedros reina en los bosques y el Innominado en los Cielos, de manera que también se han contratado en la basílica y han trabajado en ella.

Los ojos de Arwanzer se abrieron con fuerza. Recordó las palabras de la doncella: si él era capaz de cumplir su promesa, el Innominado también cumpliría la suya. Arwanzer no había sido capaz de cumplir, pero había dado su mejor esfuerzo en ello... y aparentemente el Innominado tampoco había pretendido cumplir por completo su parte del trato, ignorados como son los comercios entre los dioses... pero había solucionado los problemas de Albionis. De una manera extraña, pero si el Dios de los Cielos es llamado el Incognoscible, es porque quienes saben pueden dar testimonio de historias parecidas.

– Entonces muero en paz – suspiró Arwanzer, mientras sus labios esbozaban una sonrisa.

Nadie tuvo corazón para decirle que, así como el Innominado, el Incognoscible, rodea sus planes de misterio, quizás tampoco se comportara con Arwanzer como un hombre, honrando y respetando su trato, y dándole la paz y el descanso eternos. Pero tampoco nadie supo que Arwanzer, al expeler su último suspiro, tenía el raro convencimiento de que, dejando su huella en sus intrincados métodos, el Dios de los Cielos quizás no fuera un hombre, después de todo.
Related Posts with Thumbnails

¡Blogoserie a la carta!: ¿De qué género quieres que sea el o la protagonista?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuántos protagonistas quieres que sean?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuál será la ambientación?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Contra quién se enfrentan el o los héroes?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuál es la motivación del protagonista?