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domingo, 26 de agosto de 2012

Crónicas Antrópicas 34 - "El bienio milagroso".


El mundillo científico en la segunda mitad del siglo XVII presentaba una cara distinta a la de un siglo antes. Mientras que en la época de Tycho Brahe la ciencia era todavía una actividad cortesana, o bien hecha por gentes con mucho dinero a disposición, y practicada en un relativo aislamiento, un siglo después ya existía una sólida red de corresponsales, así como incipientes comunidades científicas dentro de las cuales se consolidaba el círculo virtuoso de las propuestas, las formulaciones teóricas, los experimentos y las revisiones de los mismos; existía lo que configura el método científico, en definitiva. Pero mientras las vetustas formulaciones medievales acerca del cosmos habían saltado en pedazos, aún nadie encontraba la manera en que todo podía encajar dentro de un nuevo modelo. Galileo Galilei y sus experimentos sobre la inercia habían revolucionado la mecánica terrestre, y Johannes Kepler con sus leyes del movimiento planetario por su parte había revolucionado la mecánica celeste, pero nadie entendía cuál era el punto de relación entre estos dos ámbitos de la realidad. Para la física medieval, por descontado, no había conexión: el mundo celeste era diferente y más perfecto que el terrestre. Pero esta propuesta ya no podía ser sostenida en serio a finales del siglo XVII.




El 8 de Enero de 1642 por el Calendario Gregoriano falleció Galileo Galilei; el 25 de Diciembre del mismo año por el Calendario Juliano nació Isaac Newton, ya que Inglaterra no adoptaba todavía la reforma gregoriana del calendario, en la cual la fecha de nacimiento es el 4 de Enero de 1643. Newton tuvo una vida familiar no diremos desgraciada, pero sí complicada: su madre no pareció entender su devoción hacia las ciencias, y trató de convertirlo en un granjero. En 1661 ingresó al Trinity College de la Universidad de Cambridge; pero en Agosto de 1665, la institución cerró sus puertas por la amenaza de la peste, que al año siguiente se cebaría sobre Londres. El bienio entre 1665 y 1667 es seguramente el más revolucionario en toda la historia científica humana: Isaac Newton, vuelto a su hogar natal, tuvo el tiempo y el genio para desarrollar no una, sino tres innovaciones científicas absolutamente decisivas. Estas son el cálculo infinitesimal por un lado, sus descubrimientos acerca de la naturaleza de la luz por el otro... y la formulación de la ley de gravitación universal.


En realidad, los esbozos de las matemáticas que iba a usar Newton estaban en el aire por aquellas fechas. Durante el siglo XVII, una retahíla de matemáticos en particular italianos, habían conseguido sentar las bases del álgebra moderna tal y como se la conoce. Esto llevó a que el cálculo infinitesimal fuera descubierto de manera independiente por el erudito alemán Gottfried Leibniz. Surgió entonces una amarga disputa entre ambos sabios, y luego entre ambas escuelas de matemáticos, la inglesa y la alemana, por el tema de la prioridad. Newton era hombre de carácter retraído y odiaba las polémicas, y estuvo a punto de no publicar sus trabajos. Pero su amigo Edmond Halley lo convenció de lo contrario, además de apoyarlo financieramente. El resultado es la publicación en 1687 de "Principios matemáticos de filosofía natural", uno de los más importantes libros científicos de todos los tiempos. Como el título revela, en la época todavía se consideraba "filosofía" a la actividad científica, una muestra de que el escolasticismo todavía no estaba en completa retirada en la época de Newton. El propio Newton, además de revolucionar la ciencia moderna, trabajó en actividades tan espirituosas como la alquimia, o los intentos por computar la fecha del fin del mundo a partir del descifrado de los códigos numéricos de la Biblia. Además, consideraba su trabajo como una especie de cruzada religiosa: desarrollar las matemáticas que rigen el movimiento del universo era algo así como descifrar la mismísima mente de Dios.



Isaac Newton hizo un interesante ejercicio de abstracción, partiendo su tratado con las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos que no sufren fuerzas sobre sí. Estas son las famosas leyes del movimiento newtoniano: un cuerpo permanece en reposo o en movimiento uniforme si no es afectado por una fuerza externa, la aceleración de un cuerpo es directamente proporcional a la fuerza aplicada al mismo e inversamente proporcional a su masa, y dos cuerpos que ejercen fuerza mutuamente lo hacen en iguales magnitudes pero en direcciones opuestas. Con este set de leyes, más la aplicación del cálculo infinitesimal, Newton fue capaz de construir un cuerpo matemático que explicara las leyes keplerianas. La joya de la corona fue la incorporación de un nuevo concepto que explicara los movimientos planetarios: la fuerza de gravedad.


Con la incorporación de la misma al modelo, Newton consiguió el milagro de cerrar la brecha entre la mecánica celeste y la terrestre: la misma fuerza de gravedad que explicaba la caída de las manzanas en nuestro mundo, explicaba también por qué la Luna se mantenía orbitando alrededor de la Tierra. Esta idea, que hoy en día se nos antoja de una obviedad absoluta, en la época de Newton fue una revolución. Newton dedicó una buena parte de su tratado a desmontar los absurdos matemáticos que se seguían de la entonces más o menos aceptada teoría de los vórtices de Descartes, lo que motivó una oleada de críticas especialmente en Francia y Holanda, en donde la defensa de Descartes se tornó un asunto de orgullo nacional. Pero a la larga la ciencia mostró su enorme capacidad para corregirse a sí misma: el peso superior de la evidencia a favor de las tesis newtonianas terminaría por imponerse a comienzos del siglo XVIII. Destacando una vez más que lo importante de la ciencia no es que sea a prueba de errores, sino su enorme capacidad de autocorrección de los mismos. Parte importante de la fuerza de la mecánica newtoniana es que por fin permitía explicar cómo funciona el modelo heliocéntrico; no en balde, hacía apenas unos poquitos años que se había obtenido al fin la prueba experimental definitiva que permitió descartar para siempre tanto el modelo geocéntrico como el ticónico.

Próxima entrega: "La confirmación del modelo heliocéntrico".

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