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domingo, 12 de agosto de 2012

Crónicas Antrópicas 32 - "El camino del empirismo científico".


Galileo Galilei con su defensa de la observación empírica por sobre el dogmatismo religioso como manera de entender el mundo, es un heraldo de los nuevos tiempos del desarrollo mental de la civilización, mientras que René Descartes, en su afán de tratar de comprender el universo a partir de la especulación pura, es quizás el último gran representante científico occidental de la manera escolástica de entender el universo. La enconada defensa del heliocentrismo por Galileo suele hacer olvidar otro aporte mucho más precioso: el desarrollo del método científico. Hoy en día, el método científico nos parece una obviedad. Pero en los días de Galileo, era todo un enfoque nuevo y diferente acerca de cómo entender el mundo. El método escolástico era formular o plantear dogmas que sonaran razonables, y deducir desde allí verdades sobre el mundo. El método científico opera justamente al revés: a partir de los hechos puntuales se deducen las leyes generales del universo. La Mecánica de Galileo resultó mucho más perfecta que la aristotélica porque su formulación de las leyes del péndulo las hizo midiendo un péndulo de verdad, y las leyes de la inercia las hizo analizando matemáticamente móviles de verdad, no especulando sobre ellos.



En esto no debemos minimizar una importantísima revolución conceptual que operó a finales del siglo XVI. Nos referimos en concreto al desarrollo de la notación algebraica. El álgebra era una disciplina conocida desde la Edad Media en Europa, y durante el Renacimiento se independizó por primera vez de su herencia arábiga para comenzar su propio desarrollo. Pero los textos sobre álgebra no eran todo lo precisos que se hubiera deseado. Y entonces vino la labor combinada de dos sabios. Rafael Bombelli (1526-1572) fue el primer matemático occidental que pudo habérselas con los números imaginarios. Estos fueron llamados así de manera posterior por René Descartes, en lo esencial para burlarse de ellos. Pero los números imaginarios fueron un gran salto hacia adelante en las Matemáticas, ya que eran los primeros que no tenían relación con algo de la naturaleza como los números negativos, que pueden entenderse como la resta de algo (sacar manzanas de un canasto, por ejemplo), o los números racionales que pueden verse como la división de algo (repartir una torta entre varias porciones, por ejemplo). Los números imaginarios son una pura abstracción matemática independiente de la naturaleza, o al menos, la naturaleza más evidente a los ojos, ya que no hay manera alguna de realizar con objetos materiales la operación matemática para obtenerlos (en concreto, extraer la raíz cuadrada de un número negativo). Por otra parte su colega François Viète (1540-1603) tuvo una idea que hoy en día se nos antoja obvia, pero que en su tiempo fue revolucionaria: si en el álgebra tratamos con cantidades abstractas que no representan números aritméticos sino relaciones entre ellos, ¿por qué no simbolizamos estas cantidades abstractas con letras del alfabeto? Viète, en efecto, inventó la notación algebraica moderna tal y como la conocemos. Estos aportes permitieron dividir aguas entre la naturaleza material por una parte, y el razonamiento matemático abstracto por la otra, lo que ayudó a su vez a aplicar herramientas matemáticas al análisis de los resultados de los experimentos en que se aplicara el método científico. El poder de esta nueva combinación iba a desplegarse con toda su fuerza con la obra de Isaac Newton, un siglo después.



A comienzos del siglo XVII, estas nuevas concepciones cristalizaron en la obra de Francis Bacon. Los mitógrafos suelen decir que Francis Bacon inventó el método científico. En realidad su contribución es mucho más modesta: el método científico ya existía, como lo prueba Galileo Galilei, e incluso científicos muy anteriores; lo que hizo Bacon fue meramente formularlo en términos teóricos, en  crear un marco conceptual a lo que los científicos modernos ya venían haciendo por instinto. Aún así, hubo una pequeña batalla intelectual entre los partidarios del empirismo a lo Bacon, y del racionalismo a lo Descartes. Descartes recelaba de los sentidos porque una mala percepción puede engañarnos, y prefería confiar en la razón; Bacon por el contrario recelaba de la razón porque un mal razonamiento puede engañarnos, y prefería contar con la observación de lo percibido por los sentidos. A la larga, fue el punto de vista baconiano el que terminó por imponerse, debido a que una de las consecuencias de aplicar el método científico es la posibilidad de autocorrección.



En definitiva, a partir del siglo XVII la investigación científica fue codificada de acuerdo a un sistema. El método científico consiste en varios pasos. Primero, observar hechos determinados, y formular una hipótesis que los explique. Luego, a partir de esa hipótesis, formular predicciones para otros hechos distintos. A continuación se realizan experimentos bajo condiciones controladas que permiten verificar si las predicciones en cuestión se cumplen de acuerdo a la hipótesis planteada. Si no se cumple, debe formularse una hipótesis distinta. Si se cumple, la hipótesis es elevada al rango de ley natural. A su vez, dicha ley natural permanecerá vigente tanto tiempo como los hechos la confirmen: si llegan nuevos hechos, habrá que explicarlos con una nueva hipótesis, y la ley natural tal y como está planteada deberá ser ajustada. El consenso en dicho método permitió construir la actual comunidad científica occidental, ya que los propios científicos, obrando como pares entre sí, adoptaron la costumbre de replicar los experimentos ajenos para verificar los resultados por sí mismos. De esta manera, sucesivas hipótesis erróneas pueden descartarse en favor de los experimentos exitosos que conducen a la formulación de leyes naturales cada vez más precisas. El método científico así se consolidó como la más perfecta manera de entender la naturaleza, y la razón misma por la cual el conocimiento científico es superior en todos los sentidos al dogma religioso como manera de entenderla e interpretarla.



A partir de este punto comenzó también la revuelta de la religión en contra de la ciencia. La gente que abraza la religión, lo hace en busca de verdades trascendentes e inmutables, y es por lo tanto incapaz de aceptar el golpe a la mesa que resulta cada nueva revelación según el método científico. La ciencia no puede ofrecer verdades totales, ni puede aceptarlas tampoco: todo lo que puede hacer es trabajar con verdades parciales relacionadas con las investigaciones que hayan arribado a resultados exitosos, y poner en cuestión todo el resto, ya que una ley natural formulada hoy en día de acuerdo a una hipótesis verificada, podría revelarse como inexacta o errónea más adelante si surgen nuevos hechos que la invaliden. Y esto choca con las inseguridades de la gente religiosa, por no hablar de su sed de dominio y su ambición de poder. El dogma religioso pretende ser verificable sin serlo, ya que se basa en un decreto del poder religioso, el que se arroga por sí la autoridad moral por vía de revelación espiritual más allá del mundo material. El conocimiento científico por su parte no es verificable, ya que toda ley natural se expone a ser defenestrada si llega una nueva tanda de hechos que la desbanque; por eso decimos que el conocimiento científico sólo es falsable, pero no verificable. En ese sentido el conocimiento científico es humilde, ya que sólo pretende explicar la realidad en el estado actual de nuestro conocimiento, mientras que el dogma religioso es arrogante, porque pretende explicar toda la realidad con observaciones insuficientes. Aunque por cierto que es posible encontrar gente dogmática y autoritaria dentro del mundo científico, pero los daños que éstos pueden provocar al conocimiento en sí son morigerados por la presión de los pares y su estricto ceñirse a la observación empírica como árbitro final, en vez del decreto arbitrario de una autoridad eclesiástica. Pero la Historia probará que la ciencia, aunque más perfecta que la religión para explicar el mundo, no tendrá la batalla ganada. Durante el siguiente medio milenio, la ciencia librará una enconada lucha en dos frentes, por un lado arrancándole cada vez más parcelas de conocimiento a la naturaleza, y por la otra batallando de manera constante contra el fanatismo, la estupidez, la fe ciega, el dogmatismo, la superstición, la ignorancia, las seudociencias que se presentan como verdades alternativas con iguales derechos democráticos, incluso la sicopatía de numerosos líderes religiosos que se sienten el alfa y el omega del conocimiento, y el por otra parte comprensible afán de pertenencia que lleva a la gente a inclinarse hacia las supuestas verdades de la religión.

Próxima entrega: "El descubrimiento del mundo microscópico".

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