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domingo, 5 de agosto de 2012

Crónicas Antrópicas 31 - "Holanda a la cabeza del progreso científico".


Durante el siglo XVII se produjo la traslación definitiva de la cultura científica europea desde Italia y Europa Central hasta las protestantes Inglaterra y Holanda. Su espíritu libertario, su emprendimiento mercantil, y su fomento a la libre discusión de las ideas, fueron el caldo de cultivo ideal para que los aportes de gigantes como Galileo Galilei y Johannes Kepler encontraran asidero. La labor combinada de ambos había hecho dar a nuestro conocimiento de la naturaleza un salto colosal hacia adelante, pero esto no venía sin problemas. Galileo y Kepler habían hecho una magnífica labor de demolición del aristotelismo, pero el heliocentrismo aún no estaba probado. Además, si bien se sabía que la mecánica aristotélica no funcionaba, aún no quedaba claro qué la iba a reemplazar. Las leyes del movimiento planetario de Kepler no eran por completo aceptadas, y las observaciones de Galileo, si bien importantísimas en sí mismas, iban un tanto ayunas de un respaldo teórico sólido por detrás. El mayor aporte de Galileo en el campo estrictamente teórico no fue la defensa del heliocentrismo, labor en la que se probó quizás algo torpe, sino en la enunciación de varias leyes científicas relativas al movimiento de los cuerpos terrestres, y que rematan en su concepto de inercia. Pero nadie adivinaba cómo encajaba todo esto dentro de un nuevo marco teórico.



Quién se lanzó a la empresa fue René Descartes. Hoy en día, Descartes es un nombre olvidado en la historia científica, hundido como está debajo de su etiqueta de filósofo. Su obra más importante es el "Discurso del método" de 1637, en donde defiende la idea de que puede dudarse de todo, ya que conocemos las cosas con los sentidos, y los sentidos pueden engañarnos. Pero no se puede dudar del propio pensamiento, de donde sale su famosa expresión "cogito ergo sum" (pienso, luego existo). Se ha argumentado, y con razón, que Descartes y su promoción del solipsismo en realidad es un callejón sin salida filosófico, por mucho que Descartes trate de probar (infructuosamente) la existencia de Dios, el alma y el mundo a partir de este postulado, pero no debe olvidarse lo que esta afirmación significó en su contexto histórico: el rechazo absoluto a toda clase de dogma de autoridad. En una época en donde todavía la autoridad eclesiástica, sea de la Iglesia Católica o de los pastores protestantes, era un argumento de peso que podía arrojarse a la mesa de cualquier discusión intelectual, esta propuesta ideológica cartesiana estaba bastante cerca de calificar como peligroso terrorista revolucionario del intelecto. Por mucho menos, Galileo había estado a un pelo de caminar hacia la hoguera en la católica Italia. Pero Descartes escribía en la protestante Holanda, y fue aclamado como una de las mayores luminarias de su tiempo.



En realidad, la Holanda del siglo XVII era probablemente la nación más ilustrada del planeta. En ella, la Guerra de los Treinta Años fue tan solo el epílogo de un conflicto mayor de ochenta años contra España, que se libró entre 1568 y 1648. Holanda florecía gracias al comercio y la industria, y había abrazado el protestantismo como reacción contra el dominio de un Imperio Español cada vez más católico, reaccionario, y sobre todo atrasado institucionalmente. Como resultado, los holandeses defendieron a ultranza la libertad intelectual. Además, se benefició de la inmigración de trabajadores e intelectuales capacitados que escapaban de naciones más opresivas para poder desarrollarse profesionalmente. En los salones holandeses se congregaron las mayores luminarias intelectuales de su tiempo: Hugo Grocio sentó las bases del Derecho Internacional; Galileo Galilei envió allí su último manuscrito científico; Christiaan Huygens inventó el reloj de péndulo y se transformó en la mayor eminencia astronómica y matemática de la época entre Kepler y Newton; Simon Stevin desarrolló la Hidrostática; Anton van Leeuwenhoek descubrió el mundo microscópico... Y esto sin considerar la constelación de pintores como Rubens o Rembrandt, y sus grandes aportes a la historia del arte universal.



Fue en este medio ambiente, que Descartes ofreció la primera teoría científica moderna que trataba de explicar el universo con prescindencia de la Iglesia Católica. Hoy en día solemos olvidar que en el siglo XVII la Filosofía y las Ciencias eran actividades íntimamente ligadas, y que a la ciencia todavía se la llamaba "filosofía natural". Descartes describió un mundo lleno de partículas, en el cual la fricción entre las mismas crea el fuego, la agitación entre ellas crea los fluidos, y la cohesión de éstas crea los objetos sólidos. Descartes creó también la primera teoría sobre la génesis del Sistema Solar, argumentando que como la naturaleza no permite el vacío y por lo tanto cada espacio vacío dejado por una partícula debe ser ocupado por otra, entonces esto debe crear vórtices circulares que, a la larga, deben haber generado a los planetas. Descartes ofrece también una explicación sobre por qué los objetos caen hacia la Tierra, y lo que se explicaría porque las partículas sólidas de la Tierra no dejan hueco, mientras que las partículas de la atmósfera, al estar agitadas, sí crearían huecos a través de los cuales la materia debería deslizarse. Es una explicación precaria, pero al menos es mejor que la ofrecida por Johannes Kepler para explicar las órbitas planetarias alrededor del Sol. Descartes también teoriza que la luz se desplaza de manera instantánea, a velocidad infinita, lo que en su tiempo podía pasar por cierto porque, en efecto, nadie había medido la velocidad de la luz.



Hoy en día es fácil ridiculizar las teorías cartesianas porque sabemos hasta qué punto son grotescos los errores científicos de Descartes. Tampoco ayuda que Descartes fuera un intelectual puramente teórico, que confiaba en la fuerza de la razón, en particular la suya propia, por encima de la comprobación empírica. Ni que la teoría de los torbellinos de Descartes fue un obstáculo significativo al progreso científico durante cerca de tres cuartos de siglo. Pero debemos considerar que es el primer esfuerzo vasto por entender la mecánica del universo en términos puramente científicos y no religiosos y en particular no bíblicos, después del caos generalizado en que el mundo científico estaba sumido después de las desconcertantes revelaciones de Galileo y Kepler. Podemos decir de Descartes que se equivocó intentándolo, en vez de equivocarse sin intentar nada en lo absoluto. Aún la oposición contra Descartes resultó fructífera, toda vez que obligó a afianzar aún más los argumentos a favor de la nueva mecánica que estaba por venir, la llamada Mecánica Newtoniana que iba a arribar a finales del mismo siglo.

Próxima entrega: "El camino del empirismo científico".

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