miércoles, 22 de agosto de 2012

Ahora que existe inscripción automática y voto voluntario...


Chile, año 2012. Se ha producido el más importante y trascendental cambio en el sistema político desde que comenzaron a asumir presidentes llevados al poder por elecciones populares en 1990. En 2012 se eliminó el antiguo sistema de inscripción voluntaria en los registros electorales con voto obligatorio, y se cambió por uno de inscripción automática, con posibilidad de votar de manera voluntaria. A primera vista, los cambios más importantes en materia de política electoral deberían ser sobre las circunscripciones o sobre los cupos de los congresistas, pero esto es aún más trascendental, porque modifica el corazón mismo del sistema electoral: los electores en sí.

Repasemos un poco. Bajo el antiguo sistema existía voluntariedad a la hora de inscribirse en los Registros Electorales, pero una vez inscrito, votar era obligatorio, so pena de pagar una multa por infringir el deber cívico. La excusa para obligar a los inscritos a votar, era que el participar dentro de un proceso cívico no sólo es un derecho sino también un deber. Aunque con ese mismo argumento debería haberse obligado a todo mayor de 18 años a inscribirse también, pero eso se quedó en voluntario, en una incongruencia del sistema antiguo que ningún defensor del mismo consiguió responder de manera coherente.

El sistema se estrenó en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 1989, bajo el cual hubo una alta participación, ya que mucha gente acudió a inscribirse y votar motivadas por la posibilidad de desbancar al candidato continuista del pinochetismo, y elegir en cambio a uno que fuera de la oposición. Pero para la siguiente elección, la de 1993, el sistema había colisionado de frente contra la otra gran institución electoral chilena, que es el sistema electoral binominal. Explicado en breve, el sistema electoral binominal consiste en que cada distrito o circunscripción electoral para senador o diputado otorga dos cupos. Si la primera lista consigue duplicar a la segunda lista, se lleva los dos cupos. Pero si la primera lista NO consigue duplicar a la segunda, la segunda también accede a un cupo. Dentro de una realidad electoral en donde un tercio era de izquierda, un tercio de centro y un tercio de derecha, y aliadas más o menos la izquierda y el centro contra la derecha debido a la manera en que se estructuró la sociedad postpinochetista, era claro que una lista de centroizquierda podía alcanzar la mayoría absoluta, pero a la lista de derecha le bastaba obtener un 34% de los votos, más o menos su propio tercio, para obtener un cupo en el Congreso. El resultado es que la lista de centroizquierda tenía dos opciones, o derechizarse o irse aún más a la izquierda, y en ninguno de los dos casos conseguía doblar de manera significativa a la derecha, sea porque si se derechiza obliga a la extrema izquierda a levantar sus propios candidatos, y si se va demasiado a la izquierda lleva a los votantes de centro a inclinarse hacia la derecha. El sistema era perfecto para producir un equilibrio de fuerzas entre los dos polos del espectro político en Chile; que la democracia y la representatividad se resintieran de ello, los diseñadores del sistema no lo consideraron importante.

Ahora bien, decíamos que el sistema binominal produjo un efecto nocivo sobre la inscripción. Debido al incómodo equilibrio entre izquierda y derecha, a la larga sucedió que la Concertación acabó por derechizarse no en su discurso, pero sí en su praxis, transformándose en continuista del modelo social y económico heredado por Pinochet. El resultado es que los votantes inscritos, que ya no se podían salir, empezaron a decepcionarse cada vez más y a votar un poco por costumbre entre dos candidatos principales que eran en esencia lo mismo, mientras que los nuevos mayores de edad, aquellos nacidos después de 1972 que por lo tanto ya se hacían mayores de edad en democracia, empezaron a no inscribirse porque eso les significa la obligación de ir a votar por candidatos que no los representaban en lo absoluto.

Como resultado, en el año 2010 la clase política era elegida por una base de votantes tremendamente envejecida, que iba desde cerca de 40 años hacia arriba, y que por lo tanto eran tanto votantes como elegidos mucho más conservadores que la sociedad chilena como un todo, que en el intertanto se estaba haciendo cada vez más liberal. A la vez, las propias mesas electorales empezaron a cerrarse o fusionarse, porque los electores más viejos iban muriendo, con el resultado de que la masa de electores amenazaba con encogerse. Afortunadamente, después de muchos años, la clase política recogió el guante y se dio cuenta de que con cada vez menos electores no hay democracia posible, de manera que dieron el paso lógico de darle paso a la inscripción automática.


La nueva participación en el proceso electoral.

Bajo la nueva ley, la inscripción es automática y el voto es voluntario. Es decir, cualquiera mayor de 18 años, por el solo hecho de serlo, certificado por el Registro Civil, es inscrito de manera automática en los registros electorales. Esto, sin que el ahora nuevo elector deba hacer ningún trámite por su cuenta. En resumidas cuentas, cumpliendo 18 años se encuentra habilitado para votar sin más trámite.

Por su parte el voto es voluntario. Es decir, si el votante siente que ningún candidato lo representa, ahora no debe necesariamente votar a regañadientes por el menos malo, o recurrir a la opción alternativa de anular el voto rayándolo con alguna inscripción injuriosa contra la clase política. En vez de eso, puede quedarse tranquilamente en casa, indiferente al proceso.

Me atrevo a vaticinar, con todo, que el cambio no va a ser visible ni en las elecciones municiplaes a finales del 2012, ni en las presidenciales y parlamentarias a finales del 2013. Después de todo, existen dos grandes bloques políticos consolidados, con sus respectivas colas de clientelas y cacicazgos, y éstos no van a cambiar, reajustarse o desaparecer en el lapso de uno o dos años. Me atrevo a vaticinar que los candidatos a ser presentados para las mencionadas elecciones van a ser tradicionales y con un discurso tradicional, y apoyados por los políticos tradicionales de siempre. Muchos que estén ilusionados de que el nuevo sistema represente una ventaja, van a salir desilusionados porque van a tener que votar por los mismos de siempre, los mismos que no han tenido ni la voluntad ni la capacidad para corregir el modelo, y aminorar sus cada vez más evidentes injusticias sociales.

Pero para las elecciones presidenciales de finales del 2017, es posible que las cosas sean distintas. Acá en la Guillermocracia vamos a hacer un poco de futurología, y haremos la predicción de dos escenarios posibles para el 2017.


El escenario 1: Ampliación de la crisis social.

Parte importante de la crisis social que vive Chile, y que estalló con fuerza a través de la rebelión de los estudiantes el año 2011, radica en la alienación de la clase política respecto de la sociedad chilena como un todo. La clase política en general tiene buenos trabajos, está bien remunerada, lleva a sus hijos a buenos colegios, y es endogámica en el sentido de que se relacionan, se casan y se aparean entre sí. Los chilenos como un todo en cambio están mal pagados y siempre expuestos a perder su trabajo, tienen acceso a una educación cara y de pésima calidad, y no puede mejorar su situación entrando en relaciones con la gente de la cota mil debido a que estas gentes se han ido precisamente más arriba de la cota mil para no tener que tratar con la plebe. Dicho factor puede pesar mucho a la hora de que la nueva modificación cambie el sistema.

El punto es que ahora nadie está obligado a votar. Para los años 2012 y 2013, el sistema no va a cambiar de manera fundamental, ni los políticos que lo integran. Por lo tanto, puede acrecentarse la desilusión general. Los que van a tener motivación para votar son justamente los que tienen que ganar algo con su voto, y éstos son los clientes de los partidos políticos, quienes ya estaban inscritos antes de la modificación de la ley electoral de todas maneras. Como además ahora nadie está obligado a votar, los desilusionados no contribuirán con su voto para nada, y seguirán canalizando su decepción a través de movimientos sociales cada vez más violentos y contestatarios. El resultado sería un país más inestable, más necesitado de orden, en definitiva un país cada vez más parecido a la crisis que vivió antes del advenimiento de Augusto Pinochet. Sería la catástrofe, en definitiva. Incluso para muchos de los actores del mundo político actual, que deberían comenzar a pensar en hacer lo que el resto de los chilenos: trabajar.


El escenario 2: El golpe sobre el tablero.

Como en las elecciones de 2012 y 2013 no va a cambiar nada de manera substancial, será la misma clase política de siempre la que continuará a cargo. El resultado es que eso abrirá frente para que algún nuevo protagonista, un outsider del sistema, entre para ganarse el afecto de los desilusionados. Es pura economía: si existe demanda para un candidato diferente, terminará por surgir la oferta de un candidato diferente. Si este candidato tiene carisma, puede obtener una victoria avasalladora. Es lo que pasó en Estados Unidos con Barack Obama, que se presentó como la alternativa a Washington, entendiendo Washington como la política de siempre. Es lo que pasó también en Chile en 1920, cuando dentro de la viciada y paralítica República Parlamentaria el candidato tradicionalista Luis Barros Borgoño, representante de la política de siempre, fue desafiado exitosamente por Arturo Alessandri quien por primera vez apeló a la creciente clase media como fuerza política, al grito de "¡mi querida chusma!". Aunque después Alessandri haya resultado un Presidente bastante más conservador de lo que prometía ser.

Suponiendo dicho escenario, sería posible que el candidato alternativo obtenga una victoria bastante contundente sobre el o los candidatos tradicionalistas, que en este modelo saldrían del piñerismo o del bacheletismo. ¿Cómo sería eventualmente este candidato? Existen dos posibilidades.

Por un lado, tenemos la posibilidad de que sea un político serio y responsable, un estadista en todo el sentido del término. Eso es algo que en Chile no ha existido desde cuando menos un par de décadas, debido a que al tener sus cupos políticos asegurados, la clase política no siente presión ninguna por superarse ni hacer las cosas bien; en este escenario, un estadista supone una amenaza contra los políticos tradicionales, que tienen muchos incentivos a cerrar filas en su contra, perpetuando así la política de siempre. Pero si llegara a surgir, este hipotético estadista sería capaz de aglutinar lo mejor de las fuerzas políticas, tanto antiguas como nuevas, y muñequear hasta rebajarle presión al dique social que vivimos en Chile debido a la demasiado desigual distribución del ingreso. En definitiva, lo que tendríamos sería un nuevo Pedro Aguirre Cerda capaz de dirigir a la sociedad y ponerla en una senda de desarrollo y en un ciclo virtuoso social.

La segunda posibilidad es que ese nuevo contendiente sea un líder populista, un seductor de masas que las lisonjee hasta convertirse en el líder supremo, y una vez en dicho puesto, fomentar un autoritarismo que, en principio, nadie cuestionaría debido a que la gente está desilusionada de la democracia de todos modos. Tendríamos en Chile entonces una réplica de la Venezuela de Hugo Chávez, con conflictos sociales aún más agudos que los actuales, y con un resultado difícil de avizorar.


¿Y en definitiva...?

En definitiva, el resultado no dependerá de la clase política. Ellos son políticos porque alguien vota por ellos: si nadie lo hace, dejan de ser políticos. El resultado depende de los votantes. Si el votante promedio chileno saca su espíritu cívico, hace sus deberes, se informa sobre la institucionalidad vigente, tiene una idea clara de qué cambios deben introducirse para mejorar la sociedad como un todo, y se aboca a exigirle a sus políticos que pongan en ejecución dichos cambios, el resultado podría ser un verdadero milagro chileno. Si por el contrario, el votante promedio chileno se inclina hacia la flojera, no se informa, y no vota de manera responsable bajo las manidas excusas de que todos son lo mismo y de que un solo voto no cambia nada, entonces estamos condenados al desastre, aún en escala mayor debido a la posibilidad de negarse a votar. Una cosa sí es segura: ahora que la base de votantes se ha ampliado hasta hacerse coextensiva a virtualmente toda la población chilena mayor de 18 años, tendremos por fin un retrato fiel de qué clase de sociedad tenemos, y de cuánto amor a sus tradiciones cívicas siente el chileno en su corazón.

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