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miércoles, 25 de julio de 2012

Cuando una espada mística que mata monstruos es más interesante que el racionalismo secular.

John Carter de Marte, ejemplo egregio de aplicación de la lógica de la aventura fantástica a escenarios de Ciencia Ficción.
A inicios del presente año 2012, fui convocado junto con casi una decena de otras plumas, por la amable invitación de don Francisco José Súñer Iglesias, para escribir un artículo respecto del tema de la supervivencia (o extinción) de la Ciencia Ficción entre el público adolescente de hoy en día. Mi respuesta fue el artículo que sigue. Fue publicado en El Sitio de Ciencia Ficción el día 8 de Enero de 2012, como pueden verificar siguiendo el enlace. Creo que es una muy buena ocasión de traerlo a colación, debido a que este próximo 30 de Julio se cumplen dos años desde que la Guillermocracia está en línea. Y sin más preámbulos, el artículo "Cuando una espada mística que mata monstruos es más interesante que el racionalismo secular":

A lo largo del siglo de vida que lleva la ciencia-ficción como género reconocido, desde la época de Hugo Gernsback a la fecha de escribir esto, el género se ha ganado una justa reputación de racionalismo. No es que toda la ciencia-ficción sea racionalista ni mucho menos, pero en general, al exigírsele un componente científico a lo menos plausible o verosímil, muchas cosas que en otros géneros fantásticos son entregados al fiat de lo inexplicable o lo maravilloso, en el género debe ser conceptualizado y racionalizado según unas ciertas reglas del juego. Esto vale incluso para las obras de aventuras espaciales con poderes mutantes y telépatas, en donde incluso para esos elementos no científicos debe encontrárseles alguna clase de justificación; hasta Howard Phillips Lovecraft puede contar como ciencia-ficción si se considera que sus cuentos de fantasmas tienen una justificación extraterrestre materialista y no mágica como trasfondo. A diferencia de la fantasía bruta a lo Conan, la alta fantasía de Tolkien, u otras manifestaciones literarias similares en el siglo XX, la ciencia-ficción ha sido el género racionalista dentro de lo fantástico.

Pero esto origina una paradoja. Los lectores de ciencia-ficción no suelen llegar al género porque quieran beber racionalismo, o porque les interesara la ciencia, o por los sesudos planteamientos filosóficos que se puedan deslizar entre líneas. En el fondo, la mayor parte de los fanáticos se reclutaron por razones opuestas, en concreto por el componente de maravilla del género; y ya sabemos que lo maravilloso es irracional, en principio al menos. Ante todo, echarle un vistazo al futuro es maravilloso, y también lo es viajar al espacio o saltar en el tiempo, o matar a feos bichos extraterrestres en nombre de una Humanidad apolínea e intrépida. Para Carl Sagan, el héroe maravilloso de su infancia fue John Carter de Marte; para Isaac Asimov lo fue Doc Savage; para mí mismo fue el Capitán Futuro del anime. Los tres tenían en común ser héroes de ciencia-ficción viviendo un montón de aventuras contra muchos villanos, empujando cada día un poquito las barreras de la realidad... Que el universo fuera científicamente plausible o no, es un valor que veníamos a descubrir más adelante, no en nuestra tierna infancia. Es a medida que el lector o espectador madura, que empieza a descubrir obras y planteamientos que van más allá de la aventura, que hacen meditar o razonar, y en última instancia, se convierten en parábolas o espejos acerca de nuestra propia sociedad, nuestros sueños, nuestras esperanzas, y nuestras pesadillas.


Por desgracia, los inicios del siglo XXI son malos tiempos para el racionalismo. La ciencia-ficción tiene su espacio todavía, pero ésta parece estar arrinconada dentro de la space opera más aventurera. La franquicia fílmica de ciencia-ficción más rentable de los 2000s es Transformers de Michael Bay y secuelas, y ésta en el fondo es space opera sin ningún contenido racionalista de fondo; acá no hay reflexión sobre la relación entre robots y humanos, e incluso se incluyen elementos místicos como el All-Spark. Los robots de Transformers no tienen problemas existenciales como en BLADE RUNNER o GHOST IN THE SHELL, ni son más humanos que los humanos, ni nada. Son simplemente humanos superpoderosos que de manera incidental, y por aquello que los angloparlantes llaman the rule of cool, son gigantes de metal que se transforman en vehículos, y asumen que su misión es proteger o atacar a la Humanidad, según el bando, un poco porque sí, porque alguien tiene que ocupar los roles de buenos y villanos. Por encima en la taquilla está la clásica Star Wars, por supuesto, pero ésta en realidad es space opera aventurera de contenido místico. También superan a Transformers otras tres sagas fantásticas: Harry Potter, El Señor de los Anillos, y Piratas del Caribe. La única saga realista por encima de Transformers es James Bond... realista en el sentido de que su protagonista no utiliza artefactos místicos ni vive en un universo con dioses y demonios, para que nos entendamos (que sea acción realista es otro cuento).

Si uno mira hacia el manga o anime, el panorama es más o menos similar. Un listado de series de anime populares debería incluir a Saint Seiya, Slayers, Bleach, Naruto, Claymore, Inuyasha o One Piece, todas ellas de corte fantástico. Los tiempos en que héroes de ciencia-ficción como el Capitán Futuro, Astroboy o los protagonistas de Macross eran populares, parecen haberse desvanecido. No es que no se haga manga o anime de ciencia-ficción, pero hoy por hoy, la última gran franquicia del género es quizás Neon Genesis Evangelion, que difuminaba al máximo sus elementos científicos en pos de una ambientación y un trasfondo cargado de misticismo.



Creo que la explicación a esto es muy sencilla, y tiene que ver con un signo de los tiempos. Nuestra sociedad a inicios del siglo XXI en general odia o desprecia el racionalismo. Volvamos al tiempo de la Revolución Francesa. Antes de 1789, se esperaba que la gente no pensara, sino que acatara ciegamente un conjunto de convicciones sociales: existe una jerarquía, es el orden natural de las cosas, Dios lo ha dispuesto así... El cuestionamiento racional de la naturaleza y la sociedad nos llevó a huir de ese mundo, y crear un mundo con democracia, justicia universal y derechos humanos, en que quizás éstos no siempre eran respetados, pero al menos se hizo políticamente incorrecto desdeñarlos, porque lo racional es sostener que estos principios otorgan un piso mínimo de garantías a las personas, lo que a su vez retroalimenta y fortalece a la sociedad como un todo.

Y entonces vino la convulsionada década de 1980. Se vino abajo el Muro de Berlín, y de pronto sobrevino el Fin de la Historia. El libremercadismo había triunfado, y todos íbamos a ser más felices y prósperos. ¿Por qué? Porque las leyes de la economía así lo decían, y la economía, nos dijeron, es una ciencia racional.

Sólo que las cosas no salieron tan así. En la generación siguiente, se produjo más riqueza que en toda la historia pasada de la Humanidad. Pero ésta se ha concentrado en unos pocos, la clase media está siendo arrasada, y los pobres son pobres en un mundo de hiperabundancia que no es para ellos. Y todo esto, nos dijeron, es RACIONAL. Porque las leyes de la economía funcionan así. Y la gente, asociando una cosa con la otra, no sólo le volvió la espalda a los grandes discursos sociales, sino en muchos casos, también a la Modernidad, y en definitiva a la racionalidad como tal. El auge de los fundamentalismos religiosos, del conservadurismo valórico, de las pseudociencias y de los misticismos algo tienen de eso. Y la ciencia-ficción, el género literario racional por excelencia, por fuerza debía resentirse.



En el imaginario fantástico místico a lo Tolkien, el bien y el mal suelen estar muy bien diseñados. El mal es oscuro, frío, y no hay pizca de redención para él. El bien es puro, prístino, y tiene ganado desde la página 1 su derecho a triunfar y aniquilar a sus enemigos. En una literatura más racionalista, las cosas son distintas. Existen héroes y villanos, por supuesto, pero lo racional es concederle a lo menos un argumento al villano, y en casos muy avanzados, incluso a tratar de entenderse con él. El Star Trek clásico, no el remake misticista del 2009, fue el mayor ejemplo de esta manera de concebir la ciencia-ficción como un imaginario racionalista. Pero si la gente quiere misticismo y no racionalismo, se volverá a géneros que sí le ofrezcan este ingrediente a paladas. Lo hemos visto en estos años, con el auge que ha experimentado la fantasía épica a costa de la ciencia-ficción.

Los niños y adolescentes han buscado siempre en la literatura el sentido de la maravilla. Antaño eran los piratas de Sandokán o la jungla de Tarzán. Durante cerca de un siglo, la ciencia-ficción ocupó un nicho importante al respecto. En la actualidad es la fantasía épica el género que transporta a dichos niños y adolescentes a mundos de maravilla. Y en un presente con el corazón destrozado por el abuso del racionalismo, dichos adolescentes crecen para hacerse acólitos de la fantasía épica, no de la ciencia-ficción. Quizás en un futuro la tendencia se revierta; pero esto implica que el gran público en general, y los adolescentes en particular, vuelvan a reencontrarse con la racionalidad, y consideren maravilloso otra vez al héroe que utiliza la ciencia, no la magia o el poder de los dioses, para salvar al universo.

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