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domingo, 22 de julio de 2012

Crónicas Antrópicas 30 - "La guerra por la perfección de los cielos".


Tanto Kepler como Galileo estaban seguros que el modelo copernicano era esencialmente correcto. Sin embargo, faltaba aún la esquiva prueba final. El mismo año 1609 en que Galileo Galilei empezó sus trabajos con el telescopio, Johannes Kepler publicó su tratado "Astronomia Nova". En el mismo postuló las revolucionarias dos primeras leyes del movimiento planetario. La Primera Ley del Movimiento Planetario dice que los planetas se mueven alrededor del Sol en elipses, y el Sol ocupa uno de sus focos. Para aclarar: los dos focos de la elipse son los puntos desde los cuales la suma de la distancia de los puntos de la elipse misma a éstos es siempre la misma. Si usted quiere entenderlo de manera práctica, pruebe a clavar dos clavos sobre una plancha de madera, luego pase un cordel alrededor de ellos que sea un buen poco más largo que la distancia entre los dos clavos, y a continuación ténselo con un lápiz y hágalo girar en torno a los dos clavos, dibujando la forma que salga. Esa forma que saldrá es una elipse, y usted entenderá que el cordel no ha cambiado de tamaño, y por lo tanto, la suma de los dos lados entre el lápiz y cada uno de los clavos es siempre la misma. Nadie se había dado cuenta de que las órbitas planetarias son elipses y no círculos antes de Kepler porque las órbitas planetarias presentan una excentricidad muy baja, es decir, sus focos tienen muy poca distancia entre sí, y por lo tanto, dichas órbitas son casi circulares; se ha dicho de manera quizás impropia, pero muy gráfica, que el círculo sería un caso especial de elipse en que los dos focos están en el mismo punto exacto. Fue necesario todo el genio matemático de Kepler para declarar que las órbitas planetarias no eran circulares, sino elípticas con una muy baja excentricidad.


La segunda ley kepleriana es que todo planeta "barre" áreas iguales en tiempos iguales. En consecuencia, cuando está más cerca del Sol se acelera y cubre más distancia, y cuando está más lejos se vuelve más lento y cubre menos distancia. Kepler no fue capaz de adivinar el motivo de esto, de manera que recurrió a una explicación mística y ocultista por la cual el Sol como Padre de Todo atrae a los planetas con más fuerza cuando éstos se encuentran más cercanos. Esto último no fue demasiado científico, pero de cualquier manera, la "Astronomia Nova" fue un significativo golpe en las costillas contra Aristóteles, ya que las órbitas planetarias no respondían a la perfección del círculo, sino a la relativa imperfección del óvalo, y además, el movimiento de los planetas tampoco era de una velocidad constante. El impacto final vendría cuando a través de la Tercera Ley del Movimiento Planetario, enunciada en 1619, calculara una relación matemática entre la velocidad planetaria y la estructura geométrica de su órbita.


Mientras tanto, Galileo Galilei estaba lanzado a la defensa pública del heliocentrismo, amparado en su posición como astrónomo oficial de la corte de los Médicis en Florencia. Sin embargo, la Iglesia Católica acosada por el avance de la Reforma Protestante, se sintió en la obligación de defender la ortodoxia católica a ultranza, y su actitud tibia hacia el heliocentrismo mutó en hostilidad decidida. En 1616 declaró el heliocentrismo como herético, se incluyó la obra de Copérnico en el Indice de Libros Prohibidos, y se prohibió a Galileo Galilei defender estas ideas: sus protectores florentinos nada pudieron hacer al respecto. Pero en 1623, aprovechando que su amigo Maffeo Barberini fue elegido como Papa Urbano VIII, vio llegada una nueva oportunidad de defender el heliocentrismo. En 1632 publicó los "Diálogos sobre los dos sistemas del mundo", en donde bajo la apariencia de un diálogo supuestamente mesurado entre un defensor del heliocentrismo y del geocentrismo, Galileo se dedicó a probar la primera teoría y ridiculizar la segunda. Incluso el nombre de los personajes es decidor: Salviati (el salvador) defiende el heliocentrismo, y Simplicio (el simple) defiende el geocentrismo. Esta vez no hubo perdón posible, y Galileo fue llamado a comparecer ante la Santa Inquisición.



El juicio contra Galileo Galilei ha sido objeto de una frondosa mitología. Es visto en la actualidad como el martirio de un hombre de ciencia y razón sobre la superstición y el oscurantismo. Sin embargo, la realidad histórica como de costumbre no fue tan maniquea. En primer lugar, la Iglesia Católica utilizó el juicio contra Galileo para reafirmar su autoridad moral no sólo por prepotencia, sino también porque en el intertanto, Europa estaba embrollada en la Guerra de los Treinta Años, la última gran guerra europea de religión, y se sentía obligada a justificarse a sí misma en un escenario geopolítico en donde el católico cardenal Richelieu de Francia apoyaba a los protestantes de Alemania para minar al católico Sacro Imperio Romano Germánico; la Iglesia Católica trataba de mantener al máximo la imagen y apariencia de ortodoxia para poder seguir jugando un rol decisivo en la política europea. Además, Galileo Galilei estaba equivocado en algunos respectos: según Galileo, las mareas eran la prueba decisiva del heliocentrismo, cuando en realidad esto no es así. Las mareas son provocadas por la influencia de la Luna sobre la Tierra, y eso no tiene nada que ver con el heliocentrismo: de hecho, Kepler se lo hizo ver a Galileo, y éste en respuesta rechazó la sugestión kepleriana. Según la mitología histórica, Galileo fue torturado por la Inquisición, lo que tampoco es verdad; de todas maneras es probable que se le haya amenazado con la tortura como parte del procedimiento estándar durante el juicio, celebrado en 1634 con un Galileo ya septuagenario, y esto sumado al ejemplo de la quema de Giordano Bruno en 1600, hayan motivado la famosa retractación de Galileo Galilei.



Galileo y Kepler, los dos mayores titanes intelectuales de su tiempo, compartieron un destino infausto. Al morir su protector el Emperador Rodolfo en 1618, Kepler quedó en el aire. Sus últimos años fueron desgraciados, con su madre siendo juzgada como bruja, y en general pillado en medio del fuego cruzado de la ya mencionada Guerra de los Treinta Años. Después de su muerte, su epitafio reza: "Medí los cielos, ahora mido las sombras. Encadenada al cielo estuvo mi mente, ahora encadenados a la tierra están mis restos". Galileo, por su parte, fue condenado a arresto domiciliario de por vida en 1634, falleciendo finalmente en 1642. Abandonó entonces la Astronomía y volvió a su primer amor, la mecánica terrestre; ayudado por sus amigos, envió clandestinamente un escrito adicional sobre el tema de la inercia a Holanda, en donde fue publicado en 1638. El juicio contra Galileo fue significativo en el eclipse de la ciencia en el mundo católico, y en condenar a Italia y el mundo hispánico en general al retraso y la ignorancia generalizados. El legado de Galileo y Kepler, atrapados entre la guerra mortal de católicos contra protestantes, sería recogido finalmente en la protestante Inglaterra, cuando su labor de demolición de la física aristotélica fuera finalmente redondeada y completada a finales de ese mismo siglo XVII por uno de los mayores genios científicos de todos los tiempos: Isaac Newton.

Próxima entrega: "En el mundo de la libertad académica holandesa".

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