domingo, 15 de julio de 2012

Crónicas Antrópicas 29 - "El advenimiento de la era del telescopio".


Durante la Edad Media y buena parte del Renacimiento era dogma de fe, apoyado en la autoridad de los sabios grecorromanos y de la Iglesia Católica, que los cielos eran eternos, perfectos e inmutables, a diferencia de la Tierra en donde todo es transitorio y sujeto a degradación y decadencia. Todo esto se vino abajo en 1572. En dicho año fue observada una nova stella, una estrella nueva, en la constelación de Cassiopea; sabemos hoy en día que la misma era en realidad una supernova tan brillante como el mismísimo planeta Venus. El astrónomo Tycho Brahe, el mismo al que nos hemos referido a propósito del llamado modelo ticónico, publicó un tratado en donde bautizó a estas explosiones de estrellas con su nombre actual de novas y supernovas. Según la física aristotélica, dicho fenómeno debía ser sublunar, por debajo de la órbita de la Luna, ya que el universo supralunar es inmutable. Pero en ese caso, observó Tycho Brahe, dicho fenómeno debería presentar paralaje. Si usted está en una habitación y mira hacia un jarrón puesto sobre una mesa, y se mueve alrededor de esa mesa, entonces el jarrón va a cambiar de posición respecto del fondo de la habitación: en términos técnicos, el jarrón presenta paralaje. Pero si dicho jarrón no está en una mesa dentro de su habitación sino dos calles más allá, usted puede moverse a todo lo ancho de la calle y no observará una diferencia significativa del jarrón contra el fondo, porque el jarrón mismo está demasiado lejos: el jarrón por lo tanto en este caso no presenta paralaje. Tycho Brahe observó que la nova no presentaba paralaje, y por lo tanto, debía estar más allá de la Luna. La idea causó escándalo: era el primer argumento científico y no meramente teórico de que algo no funcionaba en la mecánica aristotélica.



Tycho Brahe fue contratado como astrónomo real por el Emperador Rodolfo II de Austria, en parte debido a que este monarca conocido por su superstición elaborara tablas astrológicas personales que sirvieran para predecir el futuro. En sus labores, Tycho Brahe contrató a un joven llamado Johannes Kepler. Dicha colaboración resultó una dupleta dorada: Brahe era buen astrónomo pero mal matemático, mientras que Kepler era la inversa, un mal astrónomo pero un buen matemático. Cuando Brahe falleció en 1601, Kepler heredó sus observaciones astronómicas, y empezó a trabajar con ellas.




Hoy en día tenemos la idea de que Kepler fue un gran revolucionario de la Astronomía, y esto no deja de ser verdad. Sólo que eso obliga a olvidarnos de sus ideas más místicas. Kepler era un devoto estudioso de la Filosofía del Renacimiento y de los antiguos griegos, y aún del conocimiento ocultista. Kepler era un matemático, pero también un místico y un soñador. No en balde, fue además autor del "Somnum", una de las primeras novelas de Ciencia Ficción, publicada en forma póstuma en 1634. La primera obra kepleriana fue el "Mysterium Cosmographicum" de 1596, en donde combinó una acertada defensa del modelo heliocéntrico copernicano con una teoría influida por Pitágoras, en donde trató de encajar cada órbita planetaria dentro de los cinco sólidos perfectos pitagóricos: el tetraedro, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro. Dicha teoría es hilarante y descabellada desde el punto de vista actual, pero no debemos olvidar que en la época el heliocentrismo era todavía una teoría discutida y no existían pruebas definitivas de su realidad, y por lo tanto, bien cabía la posibilidad de que alguna de esas especulaciones temerarias terminara por dar en el clavo. Si Kepler se hubiera quedado aquí, hoy en día sería apenas recordado como autor de una payasada demencial; por suerte, siguió adelante con sus investigaciones sin prejuicios, y se transformó en pilar de la cada vez más imparable revolución astronómica.




En paralelo, llegaron novedades desde Italia. En dicha tierra había un científico llamado Galileo Galilei, que estaba haciendo promisorios experimentos con los cuales también desafiaba la mecánica aristotélica. Es famosa la estampa de Galileo subiéndose a la Torre de Pisa para dejar caer balas de cañón y probar así que había que introducirle correcciones a la mecánica aristotélica; todo esto, dentro de la división aristotélica del universo que hemos mencionado, se encuadraba dentro de la llamada mecánica terrestre. Pero en 1609, el interés de Galileo Galilei por las balas de cañón se movió rápidamente hacia otro terreno, hacia la llamada mecánica celestial, cuando descubrió que los holandeses habían inventado un aparato llamado el catalejo, y que consistía en un tubo con lentes que amplificaban la distancia. Los holandeses, con mentalidad pragmática y comercial, utilizaban este aparato para escrutar el mar en busca de naves enemigas, pero Galileo tuvo la idea de perfeccionarlo y apuntarlo no al mar sino al cielo. Acababa de nacer el telescopio.




A través del telescopio, todo un nuevo universo se abrió para Galileo Galilei. Descubrió que la Vía Láctea no era una nebulosa ni la leche de una diosa griega, sino que eran cientos de estrellas invisibles al ojo desnudo, pero que eran claramente distinguibles con el nuevo aparato. Descubrió que el Sol no era una esfera de fuego redonda y perfecta, sino que presentaba manchones oscuros, las llamadas manchas solares. Y en la Luna descubrió todo un nuevo paisaje con cráteres de distintos tipos y tamaños. Y por primera vez en la Historia, Galileo aumentó el tamaño del sistema solar, al descubrir cuatro nuevos cuerpos celestes: los llamados satélites galileanos (Io, Calisto, Europa y Ganímedes) en órbita alrededor de Júpiter. Galileo y Kepler llegaron a escribirse correspondencia compartiendo estos descubrimientos, y entonces quedó de manifiesto lo que Tycho Brahe certeramente había intuido: Aristóteles se equivocaba al hablar de un mundo supralunar perfecto e inmutable. De ahí a pensar que quizás no existiera diferencia substancial entre la mecánica terrestre y la celeste había un paso, aunque si era el caso, todavía debía encontrarse el nexo de unión. Cada vez era más evidente que el terremoto intelectual desatado por Copérnico era una avalancha imparable, y nadie podía predecir hacia dónde conduciría.


Próxima entrega: "La guerra por la perfección de los cielos".

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