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domingo, 8 de julio de 2012

Crónicas Antrópicas 28 - "Una plataforma para la ciencia moderna".


La gran revolución mental que estaban experimentando los europeos ilustrados del siglo XVI vino acompañada también por la manera en que la ciencia, el conocimiento y la actividad intelectual se plasmó. En la Edad Media, la elaboración y circulación de los libros era una actividad compleja, debido a la lenta labor de los copistas, sumada a la interjerencia de la Iglesia Católica. Pero con la invención de la imprenta de tipos móviles, el costo de construirse una biblioteca particular disminuyó ostensiblemente. Al mismo tiempo, esto no hubiera tenido impacto alguno de no ser por la libertad mercantil existente en la Europa del siglo XVI, en donde los libros podían circular casi sin restricciones ni censuras. Hubo por supuesto instancias en la que ciertos libros fueron censurados, decomisados y quemados por heréticos o inmorales, pero no fue sino hasta 1559 que la Iglesia Católica instituyó el Index, el tristemente célebre índice de libros prohibidos, y aún éste no tuvo aplicación más que en los países católicos, mientras que en las naciones protestantes fue letra muerta. Y aún así, muchos libros que criticaban abiertamente a la sociedad, podían circular si dichas críticas se escondían detrás del velo de la sátira literaria, como es el caso del "Elogio de la locura" de Erasmo de Rotterdam, o como fantasías al estilo de la "Utopía" de Tomás Moro. No en balde, el siglo XVI vio la irrupción de la moderna literatura utópica.



Como consecuencia de todo lo anterior, sobrevino una explosión de conocimiento, y la investigación científica tuvo las manos libres como nunca antes en la Historia. La bonanza material del sistema capitalista burgués permitió que por primera vez los científicos pudieran más o menos valerse por sí mismos, en vez de depender del patronazgo de los reyes o de la Iglesia Católica, como había sido el caso desde la China de los mandarines hasta la Alejandría de los Tolomeos, aunque ello matizado con el hecho de que la mayor parte de la ciencia era hecha por aristócratas o burgueses de fortuna. Esta independencia de medios ayudó a la libertad académica, lo que a su vez redundó en las temerarias aproximaciones a la naturaleza por parte de muchos científicos que en dicha época la redescubrieron en terreno, después de haberla estudiado durante siglos únicamente por los manuales de los antiguos griegos y romanos como Aristóteles o Plinio el Viejo.



Todas estas tendencias fueron más acusadas en el mundo protestante que en el católico. En 1517, Martín Lutero lanzó la llamada Reforma Protestante, y aunque él mismo tenía una mentalidad anticientífica, su ideario sirvió inadvertidamente para cuestionar y sacudir en definitiva la autoridad intelectual de la Iglesia Católica. De esta manera, durante el siglo XVI de manera tímida, y ya abiertamente durante el XVII, las naciones del norte de Europa, particularmente Inglaterra y Holanda, superaron por primera vez a los grandes centros culturales de Italia y España, que se habían desarrollado gracias al contacto con la cultura arábiga. A su vez, el mundo islámico pasaba por su propia oleada de cambios, incluyendo las guerras entre los otomanos y la reciente dinastía safavida de Irán, lo que contribuyó decisivamente al ocaso de la cultura científica musulmana, que en lo intelectual adoptó más o menos el perfil deprimido que mantuvo durante toda la Modernidad. Volviendo a Europa, y de manera no demasiado sorpresiva, el único campo en donde los intelectuales italianos mantuvieron la delantera durante el siglo XVII fue en las Matemáticas, la única rama del conocimiento científico en donde hay recompensa para la mentalidad escolástica en vez del empiricismo. Y aún así, dicho dominio terminaría por desvanecerse en el paso de los siglos XVII al XVIII, gracias a la arremetida de los matemáticos ingleses y alemanes.




Una consecuencia de todo lo anterior, es el relativo eclipse de los hombres universales. Aunque solemos asociar el hombre universal a personajes renacentistas como Leonardo da Vinci, la verdad es que dicha tendencia es más característica de la Edad Media que de la Modernidad. La razón es obvia: en la Edad Media el conocimiento acumulado de Europa era tan poco, que una sola persona podía estudiarlo y aprenderlo sin problemas en su completitud, siempre y cuando supiera leer y escribir y tuviera acceso a los libros o la cátedra académica. Ejemplos de esto fueron Isidoro de Sevilla, que escribió su enciclopedia "Etimologías" en la España del siglo VII, o Alberto Magno, el teólogo del siglo XIII que fue maestro intelectual de Tomás de Aquino. Pero con la explosión de investigaciones del siglo XVI, aún más pronunciada en el siglo XVII, ya no hubo manera de que un solo hombre pudiera saberlo todo. Quizás el último ejemplo de hombre universal en Occidente sea Wolfgang Goethe, quien vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, y que era filósofo, escritor y matemático entre otras cosas, pero cuya mentalidad era ya claramente un anacronismo. Contemporánea a Goethe fue la "Enciclopedia" de los ilustrados franceses, quienes para compendiar todo el conocimiento de su época, debieron trabajar en equipo, algo que era innecesario en la época de las mencionadas "Etimologías" de Isidoro de Sevilla.



El gran sucesor en la temprana Modernidad de lo que el hombre universal como prototipo de la acumulación de conocimientos fue para la Edad Media y el Renacimiento, fue la academia científica. Estas surgieron al principio de manera bastante informal, como redes de intelectuales que se escribían correspondencia entre sí. Y cuando vivían en los mismos países, se visitaban mutuamente y discutían de ciencia en sus cenáculos, como ocurrió en la llamada Edad de Oro de la Holanda del siglo XVII. Pronto, estas reuniones informales se fueron protocolizando cada vez más, hasta que en 1660 se dio el paso definitivo de fundar de manera oficial la primera sociedad científica del planeta. Esta fue la Royal Society de Londres, cuyos estatutos fueron aprobados en el antedicho año. Países como Inglaterra o Francia pronto le dieron su apoyo a estas academias, aunque con motivos algo interesados. Después de todo, era su oportunidad de darse algo de publicidad por vía de mecenazgo, y además, les permitía mantener un cierto control sobre la actividad científica, que como era liderada por sabios dispuestos a cuestionarlo todo en nombre de la ciencia, podía resultar propensa a utilizar sus métodos críticos más allá del campo científico y adentrarse en lo político. Pero aunque debiendo avanzar con cautela debido a los resabios sociales de la Edad Media, las academias científicas y los científicos en general ya no eran estrellas aisladas en el firmamento, sino toda una gigantesca constelación abocada a la titánica empresa de develar los secretos de la naturaleza. Y su misión, incluso el día de hoy, aún no ha terminado.


Próxima entrega: "El advenimiento de la era del telescopio".

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