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domingo, 1 de julio de 2012

Crónicas Antrópicas 27 - "Europa ya no es una isla".


El siglo XVI fue una profunda época de cambios dentro de la mentalidad europea. La nueva Medicina de Vesalio y la revolución copernicana hicieron mucho por arrasar la antigua mentalidad medieval. Mientras que las clases bajas de la sociedad seguían creyendo más o menos piadosamente en las verdades oficiales enseñadas por los religiosos, fueren éstos católicos o protestantes, las clases más ilustradas comenzaban a preguntarse de manera más racional y científica por su verdadera posición en el universo. A todo lo anterior se sumaba por supuesto el descubrimiento de nuevas culturas y civilizaciones. La Era de los Descubrimientos no sólo había conducido hasta América, sino también hasta las culturas del Lejano Oriente, y hasta las desconocidas tierras africanas, trayendo consigo no sólo noticias o relatos de viajeros, sino también dudas: ¿cómo encajan los europeos dentro de la nueva geografía mundial?



El descubrimiento de América significó un remezón espiritual de proporciones. En la Edad Media se daba más o menos por sentado que las grandes regiones del mundo eran tres: Europa, Asia y Africa. Y esta ordenación tripartita del mundo concordaba con una mentalidad dispuesta a descubrir el tres por todas partes. Después de todo, Dante Alighieri había escrito la "Divina Comedia" en tercetos agrupándolos en tres grandes partes de 33 cantos cada uno, para honrar a la Santísima Trinidad. La aparición de América trastocó todo este esquema. Nadie se explicaba a ciencia cierta cómo encajaba América dentro del esquema geográfico total. Además, había consecuencias religiosas. Los indios, ¿eran seres humanos dotados de alma, o monos salvajes de apariencia humana? Era una duda razonable si se considera que los descubrimientos en Africa habían asombrado a los europeos con criaturas como el gorila o el chimpancé. ¿Descendían los nativos americanos también de Adán como enseñaba la Biblia? Y si nunca habían oído hablar de Jesucristo ni se les había predicado el Evangelio, ¿alcanzaba la redención de Jesucristo también para ellos?



Los más grandes polemistas respecto de este tema fueron Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. Ambos se embrollaron, junto con otros teólogos, en las llamadas Polémicas de Indias. La discusión no era baladí. De lo que resultara en la misma, iban a inspirarse las diversas leyes que los monarcas españoles iban a promulgar para sus dominios americanos. Siguiendo a Aristóteles, Ginés de Sepúlveda enseñaba que había hombres superiores e inferiores, estos últimos nacidos para la esclavitud. Por lo tanto, y siguiendo otros razonamientos teológicos, era lícito esclavizar a los nativos de América. Bartolomé de las Casas sostenía la posición contraria, que ellos eran seres humanos y que debía reconocérsele a lo menos ciertos derechos. Finalmente, la polémica se inclinó del lado humanista, y los teólogos españoles terminaron aceptando la idea de que dichos nativos eran también seres humanos. Quizás sea demasiado calificar a dicha idea como revolucionaria, pero sí podemos decir que constituía un serio cambio de paradigma respecto de las verdades universales aceptadas como tales en el Medioevo.



En realidad, las consecuencias de las Polémicas de Indias en la vida práctica fueron más bien menores. Convencidos por los razonamientos humanistas, los reyes españoles hicieron mucho por promulgar legislaciones que protegieran a los indios, y de manera bien intencionada, se les enseñara el Cristianismo, lo que para ellos era la suma y compendio de la bondad humana. En los hechos tales normas, cuando llegaban a América, se aplicaban poco y mal, debido a que los encomenderos y la clase dominante blanca tenía más interés en mantener a indígenas y mestizos sojuzgados, que en convertirlos en ciudadanos iguales a ellos. Pero no fue un debate estéril: los argumentos relativos a la igualdad de las personas, y en mayor escala de los pueblos, fueron sometidos a una mayor elaboración, desde la cual emergieron los primeros principios del Derecho Internacional moderno tal y como lo conocemos. Las ideas de la llamada Segunda Escolástica, como se conoce a esta escuela de pensadores españoles, iban a fructificar en la república independiente de Holanda, a inicios del siglo XVII, cuando un jurista llamado Hugo Grocio compendiará las bases del Derecho Internacional, llamado entonces derecho de gentes, vinculándolo a la idea de que todos los hombres por el solo hecho de ser hombres, tenían a lo menos un cierto estándar de derechos. Todas estas ideas que hoy en día damos por sentados, eran revolucionarias para la época. Recordemos que apenas algo más de un siglo antes, todavía España y Portugal a lo menos aceptaban la idea de la potestad suprema del Papa sobre todo el mundo, incluso de las tierras inexploradas, como noción religiosa y jurídica que sirvió de base para legitimar la repartición del mundo en los años 1493 y 1494.



Sin embargo, los europeos no dieron el siguiente paso lógico de considerar a todas las culturas y civilizaciones por igual. Su énfasis en los derechos de las personas tenía un marcado sesgo paternalista: puede que todas las personas fueran iguales, pero las otras culturas, si bien dignas de respeto, lo eran sólo como curiosidad antropológica, no como modelos de los cuales aprender o tomar lo mejor de ellas. Para estos europeos, la civilización que cuenta de verdad es la civilización occidental. Incidentalmente, el desarrollo de la Cartografía, paralelo al de los descubrimientos geográficos por supuesto, ayudó a cimentar esta imagen. A mediados del siglo XVI, el geógrafo y cartógrafo holandés Gerardo Mercator produjo los primeros globos terráqueos. En ellos, Europa quedaba arriba. Esto no siempre fue así: en la Edad Media, a veces los mapas estaban "cabeza abajo" respecto del estándar actual, con el sur hacia arriba, o bien, como el Mapa de Hereford de más o menos 1300, con el este hacia arriba. Inicialmente, esto respondía a la cuestión práctica de que el grueso de la navegación occidental, incluyendo las naciones exploradoras y sus respectivos puertos, estaban en el Hemisferio Norte. Pero a la larga, esta imagen de "Europa arriba" ayudaría a fomentar de manera inconsciente el europeocentrismo que caracterizaría a la civilización occidental durante el siguiente medio milenio.

Próxima entrega: "Una plataforma para la ciencia moderna".

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