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sábado, 16 de junio de 2012

High Fantasy Manga 5 - "¡Belleza deslumbrante! Ximena, la prometida de Rodrigo Díaz".



Con paso lento, cansino, las huestes de Rodrigo Díaz salieron siguiendo a su líder hacia el destierro. Al fondo, uno de los campesinos que contemplaban a los caballeros con respeto y fervor casi religiosos, comentó:

– ¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!

Drakkon Inferno Tremendis vaciló por un instante en qué debía hacer: ¿seguir a Rodrigo Díaz, o quedarse en Burgos y tratar de profitar de alguna manera? Estaba en este debate interior, cuando de pronto un caballero se le acercó y le espetó a voz en cuello, señalando a la hueste de Rodrigo Díaz:

– ¡Por qué no os largáis con los vuestros!

– Pero ellos no son...

– ¡Yo os vi venir con ellos, así es que con ellos os váis, bellaco!

– ¡Pero ni siquiera tengo cabalgadura...!

– ¡Hala! – gritó el caballero. – ¡Traed a esa mula vieja y desdentada! ¡Traédmela, he dicho!

– ¡Pero, mi señor...! – protestó un hombre. – ¡Esa mula es mía, es toda mi posesión, es...!

– ¡Que me la traigáis, he dicho! ¡Si no me la dáis, reo seréis de cómo le moleré a este infeliz las costillas a palos, por no largarse con su hueste!

En ese instante se acercó Rodrigo Díaz.

– ¡Decidme qué ocurre, García Ordóñez!

– No hablaré con voz, infanzón, que vos habéis...

– ¿Deseáis que os haga mi prisionero otra vez? Porque mi voto he dado de obedecer al Rey, pero no de obedeceros a vos, tanto mas que yo os mantuve prisionero, y no vos prisionero a mí.

García Ordóñez apretó los dientes.

– Este villano ha llegado con vos, y con vos se larga. En esa mula vieja y desdentada, que este viejo va a entregar.

– ¡Mi mula! ¡Mi mula! ¿Con qué labraré la tierra si no...? – protestó el viejo.

– ¡Decidme, buen hombre! – soltó Rodrigo Díaz. – En cuánto avaluáis vuestra mula.

El viejo lo meditó por un minuto y, temblando ante la incertidumbre, lanzó una cifra más bien baja.

– Tened – dijo Rodrigo Díaz, estirando mano desde su faltriquera hasta la palma del pobre viejo. La cantidad de monedas que habían en la mano de Rodrigo Díaz, eran más o menos el doble de la cifra que había dicho el viejo.

– ¡Pero, mi señor...! ¡No podéis!

– Tomadlo – dijo Rodrigo Díaz, con una sonrisa benevolente, y luego, mirando con severidad a García Ordóñez, añadió: – Que la merced de un infanzón os sirva de consuelo por la prepotencia de un conde.

– Es vuestro dinero, y vos sabéis en qué lo malgastáis – soltó García Ordóñez, tratando de distanciarse de la situación con las palabras, para no tener que llegar a los hechos: bien había visto la fulminante derrota de Alfonso VI a manos de Rodrigo Díaz, para querer enfrentarle ahora.

El viejo, por su parte, se retiró con la felicidad pintada en el rostro, y las monedas bien sujetas en la mano, yendo a casa para guardarlas.

De esta manera partieron otra vez desde Burgos don Rodrigo Díaz y su comitiva, integrada ahora por Drakkon Inferno Tremendis y su mula vieja y desdentada.

– ¡Muy bien! – dijo Alvar, con jovialidad. – ¡Ahora sólo te hace falta bautizar a tu mula!

– Creo que la llamaré... Rocinante – dijo Drakkon Inferno Tremendis.

Alvar lanzó una sonora carcajada.

– ¡Esa cosa flaca ni para rocín le da! ¡Vamos, dadle un nombre serio!

– ¿Un nombre serio? – dijo Drakkon Inferno Tremendis para sí. – Bien. Tendrá un nombre serio. Se llamará... ¡¡¡STORMSLAYER!!!

– ¿Esturlaya...? – preguntó Alvar, rascándose la cabeza de manera inconscientemente inútil, porque llevaba un yelmo que le cubría el pelo. – ¿Qué clase de nombre es ése?

– Se llama Esturlaya y punto – intervino Rodrigo Díaz, sin voltearse hacia atrás para ver a quienes conversaban, y con toda la seriedad del mundo. Luego, dirigiéndose con severidad a Drakkon Inferno Tremendis, siguiendo sin voltearse para mirarlo, le dijo: – Sólo cuida que Esturlaya no sea de mala laya.

Ahora fue toda la caravana la que se rio a carcajadas con la ocurrencia, y éste, que ni siquiera había entendido porque ignoraba que “laya” fuere una palabra castellana, se rehundió en sí mismo.

Drakkon Inferno Tremendis tenía sentimientos encontrados. Por una parte, Rodrigo Díaz lo despreciaba, e incluso le había hecho pasar el ridículo de su vida, habiéndose atrevido a vencerle en batalla. ¡A él, a Drakkon Inferno Tremendis, a él que había inventado todo el universo en donde vivían! Pero luego, había luchado nada más y nada menos que contra Alfonso VI.

Drakkon Inferno Tremendis recordaba las clases del profesor que se había ensañado con sus alumnos metiéndoles el Cantar de Mio Cid a mansalva. La obra ni siquiera comenzaba con el Juramento de Santa Gadea. O al menos eso le parecía recordar, que al profesor ése era muy fácil perderle el hilo. En cambio, este Rodrigo Díaz había librado un intenso duelo. Drakkon Inferno Tremendis era terco, orgulloso y tenía una vena de resentimiento, pero no se podía decir que era una mala persona, de manera que, muy a su pesar, comenzaba a simpatizarle Rodrigo Díaz.

– ¿Y a dónde vamos, don Rodrigo...? – se atrevió a preguntar finalmente.

– Al monasterio de San Pedro de Cardeña – dijo Rodrigo Díaz.

– ¿Y qué hay allá? – preguntó Drakkon Inferno Tremendis.

Pero Rodrigo Díaz nada respondió. Drakkon Inferno Tremendis se acercó un poco más, pero al ver el ceño adusto de Rodrigo Díaz, no se atrevió a decir nada.

– No seas impertinente, mozo – le censuró Alvar. – ¿Acaso no sabes que doña Ximena, la prometida de don Rodrigo, está en ese monasterio...?

– No lo sabía – dijo Drakkon Inferno Tremendis, y estuvo a punto de disculparse con Rodrigo Díaz por haberlo ofendido, pero luego reflexionó en que un caballero bien parado que se gana el respeto de los demás, no anda por la vida disculpándose. Y Drakkon Inferno Tremendis no había perdido de vista su objetivo.

Después de un tiempo marchando, arribaron hasta un monasterio. Drakkon Inferno Tremendis en realidad nunca se había detenido a imaginarlo cuando había creado el universo en donde estaban inmersos, de manera que no cabía la esperanza de imaginarse cómo sería. En todo caso, le había parecido una buena idea que los sacerdotes, por aquello de ser personas más espirituales que el resto, sea esto en dirección hacia el Cielo o hacia el Infierno, no fueran humanos sino elfos. De manera que cuando llegó al monasterio, que era una construcción antigua estándar para la cultura de Drakkon Inferno Tremendis, lo vio repleto de monjes con hábitos, tonsuras... y de raza élfica.

– Bienvenido seáis, don Rodrigo – dijo uno de los elfos, con mucha amabilidad, un rasgo que hasta el minuto Drakkon Inferno Tremendis no había tenido ocasión de observar.

– Don Sancho, os saludo, y os agradezco por haberle dado hospitalidad a mi prometida.

– Sancho es el abad del monasterio – le explicó Alvar a Drakkon Inferno Tremendis, hablándole de cerca. – Para que no vayáis a mandaros otra de las vuestras.

En ese instante salió desde el monasterio una presencia cegadora: una doncella embutida en una armadura de exquisitas terminaciones, con amplias hombreras, amplio espacio para el busto, talle ceñido, y caderas revestidas de placas que lucían como una especie de minifalda; los muslos estaban al descubierto, pero hasta encima de la rodilla llegaban una especie de botas de metal. La tripulante de tal atavío guerrero era una dama de pelo azulino, ojos gatunos y de color rojo, pómulos algo salientes, labios finos y algo taimados, y una expresión facial que indicaba una gran concentración de voluntad. Irradiaba un potente ki de ella que dejó turulato a Drakkon Inferno Tremendis.

– Ximena, mi amada – dijo Rodrigo Díaz.

Un sordo gusano verde empezó a moverse (de manera figurada) por el estómago de Drakkon Inferno Tremendis. Esa dama de formas rotundas, guerreras, que sería capaz de apalearlo, machacarlo, hacerlo sufrir, torturarlo, y en general reducir a Drakkon Inferno Tremendis a una pulpa balbuceante y llorosa, era todo lo que éste quería en una compañera de vida. Y en ese minuto odió con todas sus fuerzas a Rodrigo Díaz porque ÉL era quien tenía a la dama. A partir de ese minuto, Drakkon Inferno Tremendis se hizo el juramento de que, costara lo que costara, haría suya a Ximena. La epopeya medieval decía otra cosa, pero no la escrita por Drakkon Inferno Tremendis. El pondría el punto final, y costara lo que costara, lo haría dentro de doña Ximena...

つづく

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