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domingo, 24 de junio de 2012

Crónicas Antrópicas 26 - "Comienza la batalla intelectual por el heliocentrismo".


La revolución copernicana es uno de los eventos más importantes de toda la Historia Universal. Significó un cambio de paradigma sin precedentes al sacar a la Tierra desde el centro del universo. Pero también, y esto no es menor, fue la primera gran rebelión del pensamiento racional en contra del oscurantismo religioso. Como hemos dicho en las Crónicas Antrópicas, la religión es un primer medio, más o menos imperfecto, para tratar de comprender y esbozar la realidad. Debido a su predominio social, la religión tiene en la mayor parte de las sociedades la posibilidad de cooptar a la ciencia, estableciendo verdades sobre el universo como dogma de fe y retardando el desarrollo de la misma o manipulando sus resultados para reforzar la credibilidad de su fe. Aunque Nicolás Copérnico era sacerdote, su teoría heliocéntrica no le debía nada a la Iglesia Católica, e incluso iba directamente en contra de su enseñanza. El apoyo a la teoría copernicana no fue sólo un hecho científico, sino también político: significó la defensa de la libertad de pensamiento y de la investigación secular por sobre la prepotencia intelectual de la Iglesia Católica, que con su brazo armado de la Inquisición, más tarde o más temprano iba a ponerse en campaña para reestablecer los dogmas de toda la vida, ahogar el desarrollo científico, y reestablecer el imperio católico sin contemplaciones.



En realidad, las hostilidades tardaron en estallar por varios motivos. La Iglesia Católica a mediados del siglo XVI tenía un vivo interés en la Astronomía, debido al siempre pendiente tema de la reforma del calendario, que se resolvería finalmente en 1582 con la implementación del calendario gregoriano. De esta manera, cuando la teoría heliocéntrica saltó al ruedo, se tomó las noticias con cautela. Copérnico había tenido la prudencia de presentar su sistema como un modelo matemático, sin la pretensión de que fuera la realidad. De esta manera, el heliocentrismo en principio no era herético. Los defensores del heliocentrismo podían aducir, y la Iglesia Católica concordó a lo menos en principio, que la teoría copernicana respetaba la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra, pero para efectos prácticos, sólo en lo que a los cálculos se refiere, se tratarían las matemáticas del universo como si es que fuera al revés. Pero este acomodo no podía funcionar por demasiado tiempo. En primer lugar, más tarde o más temprano, como efectivamente sucedió, los astrónomos abandonaron la máscara de la sutileza teológica y empezaron a defender lisa y llanamente que si las matemáticas heliocéntricas funcionaban mejor que las geocéntricas, era porque el universo en sí debía ser heliocéntrico.



Y en segundo término, la actitud de la religión se hizo mucho más dura en la segunda mitad del siglo XVI. En 1517, el monje alemán Martín Lutero había lanzado la Reforma Protestante, y había quebrado a la Cristiandad europea en dos. Al enterarse de las ideas copernicanas, el ya anciano Lutero despotricó tachando a Copérnico de loco y refutando sus ideas no con ciencia sino con las Sagradas Escrituras. En el paso del siglo XVI al XVII, la Iglesia Católica obligada a defender su legitimidad, debió endurecer su doctrina en el proceso histórico conocido como la Contrarreforma. Una de las consecuencias de que la Contrarreforma acabara con la Iglesia del Renacimiento, es que cualquier resabio de tolerancia intelectual desapareció, y el poder y la disposición de la Inquisición para perseguir la herejía se vio reforzado. Y esto eran muy malas noticias para los astrónomos o teóricos que quisieran defender el heliocentrismo dentro de los países católicos.



El ejemplo más egregio de esto es quizás Giordano Bruno. Este teórico en realidad no era astrónomo, pero se permitió algunos vuelos intelectuales en los cuales llevó el heliocentrismo hasta sus conclusiones lógicas. Nicolás Copérnico seguía sosteniendo que el universo era finito, en realidad del tamaño del Sistema Solar, sólo que con el Sol en el centro. Bruno en cambio se dio cuenta de que si consideramos al Sol como una estrella, entonces las restantes estrellas pueden no ser fuegos tachonados contra la esfera celeste, sino otros soles que también pueden tener sus propios planetas alrededor. Inspirándose en los filósofos griegos, Giordano Bruno postuló un universo infinito en el tiempo y en el espacio, algo inaudito para la mentalidad de la época, y que por supuesto contradice la cosmovisión que la Biblia desarrolla en el Génesis, incluyendo el dogma de la creación ex nihilo, o sea, que Dios haya creado el universo desde el caos informe. La Inquisición respondió a las ideas de Giordano Bruno con el muy intelectual expediente de apoderarse de su persona, forzarle a abjurar, y cuando esto último fracasó, quemarle en la hoguera como hereje en 1600.



En la segunda mitad del siglo XVI, apareció un pensador que intentó reconciliar el geocentrismo con el heliocentrismo. Este astrónomo se llamó Tycho Brahe, y postuló un sistema híbrido llamado el "modelo ticónico". En el modelo ticónico, todos los planetas giran alrededor de la Tierra, pero a su vez la Tierra gira alrededor del Sol. El sistema tiene la virtud intelectual de mezclar el heliocentrismo y el geocentrismo en una única solución de compromiso. Por lo mismo, resultó una teoría inesperadamente popular entre los astrónomos. Irónicamente, Tycho Brahe sería también maestro del primer matemático que crearía un modelo de las órbitas planetarias, tal y como se ajustan al heliocentrismo: Johannes Kepler.

Próxima entrega: "Europa ya no es una isla".

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