domingo, 17 de junio de 2012

Crónicas Antrópicas 25 - "El heliocentrismo".


Todo ser humano está en el centro de su propio campo de visión, y salirse de él para transformarse en un "observador externo" implica un considerable esfuerzo intelectual y de voluntad. El concepto de estar en el centro del universo es entonces una prolongación casi natural de la psicología humana. Esa es la idea subyacente a cada gran imperio llamándose con un nombre que expresara ser "el universo conocido", desde la China del "Celeste Imperio" pasando por el Egipto faraónico de las "Dos Tierras", hasta llegar al Tahuantisuyo o las "Cuatro Regiones" del Imperio Inca. Es también el concepto común en muchas culturas primitivas acerca de que el mundo es plano y el cielo es una gigantesca bóveda en donde están tachonadas las estrellas; esta visión incluso figura en el primer capítulo del Génesis en la Biblia. Los griegos desarrollaron la idea de que la Tierra era redonda, pero incluso ellos por lo general la concibieron como "el centro del universo". Esta idea era apoyada por Aristóteles bajo la intuición de que los objetos caen porque en su concepto, su lugar natural es el centro de la Tierra. Parece habérsele pasado por alto la posibilidad de que otros cuerpos encontraran como lugar natural, el centro de algún planeta que no fuera la Tierra, al menos en la cercanía de dichos planetas.



Aún así, algunos griegos se atrevieron a aventurarse un poco más allá. En un brillante ejercicio de intuición, el filósofo Filolao de Crotona, inspirándose en las enseñanzas pitagóricas, afirmó que la Tierra y los planetas giran alrededor de un gigantesco fuego central; lástima que incluyera el sol entre los cuerpos en órbita de ese fuego central, y lástima además que no parezca haber apoyado sus ideas con algún argumento científico de peso. Pero en el siglo III antes de Cristo apareció Aristarco de Samos, quien entregó una primera evidencia. Es poco lo que se sabe de Aristarco, e incluso la única obra que se le atribuye, "De los tamaños y distancias (del Sol y de la Luna)", hay dudas sobre su autoría. Aún así, parece ser que Aristarco midió la distancia del Sol y de la Luna a la Tierra. Cuando encontró que la distancia del Sol era veinte veces mayor que la de la Luna, parece haber tenido una intuición de que quizás el Sol fuera el centro del universo, después de todo, y la Tierra giraba a su alrededor, con la Luna alrededor de la Tierra; en realidad el Sol está cerca de 400 veces más lejos que la Luna, pero lo que cuenta aquí es el razonamiento. Cerca de un siglo después, otro astrónomo llamado Seleuco de Seleucia parece haber llegado a conclusiones similares, según anota el historiador griego Plutarco, pero el razonamiento de Seleuco se ha perdido para la posteridad.



Durante la Edad Media, tanto en el mundo árabe como en el cristiano, al adoptarse el "Almagesto" de Claudio Ptolomeo como el gran manual de Astronomía, el geocentrismo primó, ya que Ptolomeo era adepto de dicha doctrina, siguiendo a Hiparco de Nicea. Además, sus observaciones eran congruentes con el fragmento de la Biblia en que Dios detiene el Sol y la Luna a favor de los israelitas. Pero andando el tiempo, habían cada vez más dudas de que éste fuera el verdadero sistema del universo. Sólo que para dar el salto siguiente, el sacar a la Tierra del centro del universo, se debía no sólo saltarse la autoridad de la Iglesia Católica, sino además atreverse a una revolución mental que trastocaba todo lo conocido hasta la fecha.



Resulta irónico que este salto lo diera un sacerdote católico. Nacido en 1473, fue un hombre versado en muchas cosas, incluyendo Medicina y Derecho Canónico, además de estudiar Astronomía en la Universidad de Cracovia. En la Universidad de Padua en Italia reforzó sus conocimientos de Medicina, pero de manera igualmente irónica, no le prestó atención a la Astrología, que debido a la tradición ocultista se consideraba como de importancia vital para la práctica médica en la época. Cerca de la cuarentena, ya había desarrollado las ideas claves del heliocentrismo, pero intimidado por el peso de la Iglesia Católica, se decidió a no publicarlas sino hasta edad muy tardía. En 1533, la tesis fue expuesta a una comisión de la Iglesia Católica, que lejos de censurarla, alentó a Copérnico en la misma; debemos recordar que por el tema del calendario, la Iglesia tenía vivo interés en los temas astronómicos por aquellos días. Finalmente la teoría heliocéntrica de Copérnico vio la luz en 1543: un ejemplar de la misma llegó hasta las manos de su autor cuando éste ya se encontraba en su lecho de muerte, con 70 años.



El libro "De las revoluciones de las esferas celestes" ("De revolutionibus orbium coelestium"), publicado el mismo año en que Vesalio revolucionó la Medicina, es considerado una de las obras más influyentes del pensamiento humano. En realidad, la idea central de Copérnico es muy simple: los planetas avanzan en su órbita, pero a veces retrogradan, y la teoría geocéntrica debe postular los epiciclos y deferentes para arreglar esto. Pero si asumimos un modelo heliocéntrico, dichos "rizos" que hacen los planetas en sus órbitas se explican de manera muy sencilla, como meras ilusiones ópticas relacionadas con la posición cambiante de la Tierra, el punto de observación, al lado de órbitas planetarias de distinta velocidad, proyectadas contra un fondo de esferas fijas. Todo esto, apoyado con algunos cálculos basados en observaciones al movimiento de los planetas. De manera brusca, todo el esquema del cielo se simplificaba maravillosamente. Pero a la vez implicaba una profunda revolución mental: la Tierra, el cuerpo celeste habitado por el hombre como señor del universo bajo Dios, ya no era el centro de todo lo que existe. Ahora el Sol pasaba a ser el centro del universo, y la Tierra una mera comparsa. Era un sorbo difícil de tragar para la mentalidad de la época, y la teoría heliocéntrica pronto levantaría una tormenta académica e incluso religiosa a su alrededor.

Próxima entrega: "Comienza la batalla intelectual por el heliocentrismo".

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