domingo, 10 de junio de 2012

Crónicas Antrópicas 24 - "Hacia la revolución astronómica".


Durante la Edad Media europea, la Astronomía fue dominada por completo por las doctrinas de Claudio Ptolomeo. Este erudito alejandrino escribió hacia el año 150 después de Cristo un manual que los árabes al traducirlo llamaron "Almagesto", que significa "Lo más grande". En la época de Ptolomeo, existían eruditos que sostenían la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol, pero en la materia, Ptolomeo prefirió seguir a un sabio llamado Hiparco de Nicea. Hiparco sostenía lo contrario, es decir, que el Sol es quien gira alrededor de la Tierra. Esto provocaba un problema con las observaciones astronómicas, ya que al ser observados, los planetas tienen un movimiento muy peculiar en el cielo: por lo general avanzan en su órbita, pero a veces y con regularidad, retroceden un poco haciendo un rizo, y luego siguen avanzando en su dirección primitiva. Hiparco era heredero intelectual de Aristóteles, un sabio que acertó en muchas cosas, pero que cometió el error de considerar la Tierra como el centro del universo, con un añadido: más allá de la órbita de la Luna todo es perfecto e inmutable, mientras que abajo de la misma, todo está sometido a la muerte y la corrupción. Y como la forma perfecta es el círculo, Hiparco se obligó a si mismo a explicar el problema de las órbitas planetarias considerándolas un gran círculo llamado epiciclo, en el cual se insertaban otros círculos más pequeños llamados deferentes. Con este sistema de círculos en círculos, Hiparco explicaba el peregrino movimiento de los planetas. Ptolomeo lo siguió, y después la Iglesia Católica adoptó esto como verdad científica oficial, porque permitía explicar el pasaje de la Biblia en donde el patriarca Josué pide a Dios que detenga al Sol y la Luna para terminar una masacre contra sus enemigos, a lo que Dios por supuesto accede, siempre según la Biblia.



Sólo que éste no fue el final de la historia. En medio de todo esto, y siguiendo a otros manuales grecorromanos distintos, traducidos también por los árabes, una serie de ideas antiguas sobre el universo se abrieron paso. Entre ellas, las nociones que hoy en día llamamos la Astrología occidental. La Iglesia Católica condenó una y otra vez la actividad astrológica, en teoría porque según el dogma cristiano, el futuro sólo puede ser conocido por Dios, siendo la Astrología por lo tanto un engaño del demonio; en realidad, lo que la Iglesia temía era que los astrólogos abrieran una brecha en su monopolio del conocimiento, ya que si los astrólogos en verdad podían predecir el futuro leyendo las estrellas, entonces se debilitaba la voluntad de las personas de recurrir al Dios cristiano para obtener su gracia, y por supuesto, con ello la mismísima Iglesia perdía parte de su base de fieles. Aún así, la supuesta seriedad de la Astrología le valió que los reyes durante muchos siglos encargaran tablas y horóscopos a sus astrónomos reales, y los protegieran dentro de sus cortes. Nostradamus en el siglo XVI vivió entre otras cosas de confeccionar horóscopos, así como varios de los más notables astrónomos de la posterior Revolución Científica, tales como Tycho Brahe o Johannes Kepler.



Durante el siglo XIII vino la revolución de las universidades, y dentro de ellas, la Astronomía se hizo de un lugar. El texto más destacado de la época fue "Tractatus de Sphaera", un manual escrito por Juan de Sacrobosco en el cual se detalla la teoría geocéntrica. Con el paso del tiempo, los astrónomos europeos empezaron a hacer observaciones cada vez más detalladas del cielo, en parte por un propósito utilitario: además de confeccionar horóscopos, haciendo mapas de los cielos podían ayudar a los navegantes a guiarse por las estrellas, lo que no era menor en los orígenes de la Era de los Descubrimientos geográficos. Pero esto trajo consigo un problema. Las observaciones más detalladas fueron revelando nuevas anomalías en el movimiento de los planetas. La respuesta de los sabios y eruditos fue ir introduciendo más deferentes en los epiciclos, para así mantener la teoría de Hiparco de Nicea en vigencia. El modelo geocéntrico fue haciéndose entonces mucho más complicado y difícil de entender, y más aún, de aplicar a la realidad cotidiana de los cielos.



En paralelo, se gestó un nuevo problema. El calendario al uso, el llamado Calendario Juliano, llevaba varios días desfasado. Julio César, o mejor dicho su astrónomo particular Sosígenes, habían enfrentado el problema de que el año calendario se quedaba "corto" en casi seis horas cada año, ya que la Tierra gira alrededor del Sol no en 365 días cabales, sino que tarda una fracción adicional de día en ello. Sumadas estas horas, daban un día entero de desfase cada cuatro años; este problema lo había arreglado metiendo un día adicional cada cuatro años, que son nuestros actuales años bisiestos. Pero entonces se suscitó el problema inverso, ya que el año calendario quedó "largo" por algunos minutos, los cuales al acumularse a lo largo de quince siglos, habían producido nada menos que un desfase de diez días, lo que introdujo el caos en el cómputo de las fiestas móviles de la Iglesia Católica, entre ellas nada menos que la Semana Santa. Por lo mismo, ésta mandó llamar al astrónomo Regiomontano para investigar el tema y proponer una solución; lástima que Regiomontano falleció en 1476, por causas desconocidas y con apenas cuarenta años. Por distintos motivos, el problema de la reforma del calendario quedó en el aire durante un siglo entero más.



Por todo lo anterior, la actitud de la Iglesia Católica frente a la Astronomía debió relajarse un tanto, y ahora fueron los propios escolásticos empezaron a poner en duda la teoría geocéntrica. En el siglo XIV, Nicolás Oresme consideró en su "Livre du ciel et du monde" que es erróneo considerar que la Biblia apoya un modelo geocéntrico, y que si la Tierra girara en torno a su eje en vez de los cielos, veríamos exactamente lo mismo que en un modelo geocéntrico. Asimismo, tuvo la brillante intuición de rebatir el argumento según el cual si la Tierra girara entonces todos saldríamos despedidos debido a los vientos racheados, contestando que eso no ocurriría si la atmósfera terrestre viajara con el mismo impulso acompañando a la superficie del planeta: esto, dicho nada menos que un cuarto de milenio antes de que Galileo Galilei desarrollara la teoría de la inercia. Pero quien llegó más lejos fue Nicolás de Cusa, quien escribió ya entrado el siglo XV. Este erudito no contraría la teoría geocéntrica, pero visualiza al universo como un todo en el cual Dios es a la vez centro y circunferencia; en consecuencia, deben existir otros mundos, incluso posiblemente habitados, cada uno de los cuales consideraría ser ellos mismos el centro del universo. El universo así tendría su "centro en todas partes, y su circunferencia en ninguna"; esta expresión no era nueva... sólo que los escolásticos solían aplicársela a Dios, no al universo en sí como lo hace Nicolás de Cusa. Esta idea asimismo va en contra del dogma aristotélico de un mundo supralunar perfecto versus uno sublunar corrupto. De esta manera, la atmósfera mental ya estaba allanada, en materia astronómica, para que alguien diera el siguiente paso lógico conceptual: considerar que el modelo astronómico se simplificaría notablemente si desecháramos el modelo geocéntrico y adoptáramos uno heliocéntrico. Para ello, habría que esperar hasta el advenimiento de Nicolás Copérnico.

Próxima entrega: "El heliocentrismo".

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