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miércoles, 16 de mayo de 2012

Los privilegiados de 1789.


Juzgar de manera retrospectiva un evento que salió mal es fácil. Sabemos cómo acabaron las cosas, y vemos claro cuáles son los indicios que anunciaban la catástrofe. Pero viviendo la situación en el terreno, con un montón de señales en todas direcciones, las más importantes pueden pasar desapercibidas. Tratándose de la Revolución Francesa, parece obvio pensar que los privilegiados deberían haber aflojado un poco el nudo, si es que querían seguir manteniendo más o menos intacto el viejo orden del cual profitaban. Haber defendido sus privilegios más allá de todo lo razonable, dado el juego de fuerzas sociales de la época, terminó por resultar suicida. Porque miopía de la clase privilegiada de 1789 fue claramente un factor determinante en la gigantesca rebelión en la Francia de dicho año. Parece tan claro hoy en día, que uno puede preguntarse cómo es que ellos no vieron venir lo que iba a pasar. Se suele decir que el monarca Luis XV, un privilegiado él mismo, dijo cerca de su muerte: "après nous, le déluge" ("después de nosotros, el diluvio"). No es una metáfora banal, ya que en el siglo XVIII se creía a pie juntillas en la historia bíblica, y el Diluvio Universal era la máxima catástrofe conocida. ¿Cómo es que nadie más de los privilegiados, aparte de Luis XV, percibió lo que ocurría?

Repasemos un poco lo que era la Francia de 1789. Aunque en los libros de Historia se dice que era un "Estado moderno", en realidad esta modernidad es muy distinta de la nuestra. Para empezar, era una monarquía absoluta. En teoría, en este tipo de régimen el poder está concentrado de manera total en el rey, sin otro contrapeso político. Por eso, el calificativo de "absoluta" puede inducirnos a engaño. En realidad, después de la muerte de Luis XIV en 1715 no había existido un monarca en verdad poderoso, porque tanto Luis XV como Luis XVI eran débiles y vacilantes. Al amparo de esta debilidad, la aristocracia apoyada por el clero había incrementado en mucho su poder, y se había amparado en los "parlamentos". Estos parlamentos no son instituciones como el moderno Parlamentarismo, sino que eran órganos políticos semiformales, destinados a defender los privilegios. En realidad, eran parientes del Parlamento de Inglaterra, en el sentido de que habían nacido en tiempos medievales para defender los privilegios frente al rey. Pero el Parlamento de Inglaterra había evolucionado y estaba en lo que podríamos llamar vías de democratización, y la Inglaterra del siglo XVIII había devenido en una monarquía constitucional con un muy complejo sistema político que se sostenía en costumbres no escritas y precedentes prácticos. Los parlamentos franceses en cambio eran retrógrados y servían como órgano de presión para la defensa de los privilegios, no para la democracia.

En lo económico, Francia estaba en la ruina. Bajo los tiempos de Luis XIV, y conscientes de que era necesario mejorar el comercio y la industria para financiar el estado de guerra crónico bajo el Rey Sol, se había emprendido el fomento de la marina, de los transportes nacionales, del financiamiento a la burguesía industrial. Pero esto que podríamos llamar de manera muy liberal como "política de subsidios", había disminuido en el siglo XVIII. El dinero ahora se gastaba tanto en guerras ruinosas como aquella en la que Francia perdió el Canadá en 1763, la Guerra de los Siete Años, o en su apoyo a la independencia de Estados Unidos en 1776. El resto se gastaba en una burocracia creciente, pero perdida en la ineficiencia de un laberinto de reglamentos y normas casuísticas, y en una corte parásita que vivía de sus propias rentas. La tierra estaba enormemente concentrada, y por lo tanto, los poderosos tenían pocos incentivos para cultivarla, a resultas de lo cual, extensos sectores de Francia permanecían improductivos. En cuanto a los ingresos, éstos venían en lo principal de los impuestos cobrados al comercio, y que por lo tanto debía pagar la burguesía, ya que los privilegiados no trabajaban. Circulaba en el aire la idea de cobrar un impuesto a la tierra, lo que hubiera gravado a los privilegiados, pero éstos naturalmente se oponían a ello. Para colmo, Francia no era una unidad económica, sino que estaba fraccionada en un montón de regiones, cada una de ellas con sus propias aduanas, lo que encarecía el comercio. Suprimir dichas aduanas hubiera permitido activar el comercio y la industria, pero los derechos de tales aduanas iban al bolsillo de los privilegiados latifundistas, que también por lo tanto se oponían a ello.

Mapa de Francia en el siglo XVII, elaborado por el afamado cartógrafo Nicolas Sanson.


¿Quiénes eran estos privilegiados? En principio, eran sucesores de las grandes clases sociales de la Edad Media. Los aristócratas eran los antiguos caballeros feudales que alguna vez habían peleado batallas lanza en ristre y debajo de enormes armaduras acorazadas, pero que en el origen de Francia como estado nacional en los siglos XV y XVI, habían perdido buena parte de su señorío a favor de la monarquía central, pero que conservaban algunos privilegios de esos tiempos remotos, incluyendo el traspaso de sus títulos de manera hereditaria. Eran secundados por el clero, clase social que por la regla de celibato no se engendraba a sí misma, pero que a través de los seminarios se reproducía por cooptación. En este caso, la Iglesia Católica conservaba muchas tierras, las que administraba como un ente único. Francia había hecho algunos intentos por nacionalizar la Iglesia Católica francesa, a la manera de Enrique VIII en la Inglaterra del siglo XVI, lo que había derivado en la doctrina llamada "galicanismo". Sin embargo, la aristocracia hizo causa común con la Iglesia Católica, e impidió este movimiento.

Estos privilegiados controlaban lo principal de la sociedad francesa. La religión estaba en sus manos, y la Iglesia Católica tenía poder para perseguir a los intelectuales demasiado peligrosos, ya no para quemarlos, pero sí para encarcelarlos. El conocido agnóstico y crítico social Voltaire se pasó una temporada en la prisión de la Bastilla por condenar el Catolicismo como superstición, entre otras cosas, y su obra literaria fue condenada de manera íntegra en el Index, el repertorio de libros prohibidos cuya impresión, comercialización y lectura constituía delito. Existía censura periodística, por supuesto. La administración también estaba en sus manos, ya que los intendentes para cada región de Francia eran todos aristócratas. Y en cuanto al Ejército, la tropa era conformada por reclutas de baja extracción social, pero la oficialidad era toda perteneciente a la nobleza, siendo imposible el ascenso por méritos. En resumen, los privilegiados controlaban todos los resortes que permitían imponer coacción a la sociedad como un todo. Lo que no estaba en manos de los privilegiados era el comercio y la industria, que estaban en control de la burguesía. Sin embargo, no existía lo que hoy en día llamaríamos libertad empresarial, y para crear un nuevo negocio, había que realizar una seguidilla de trámites y obtener permisos que para la autoridad eran discrecionales, lo que por supuesto abría las puertas para la arbitrariedad. De manera que ni en su propia parcela empresarial, los burgueses eran perfectamente libres. Además, también existían ciertos privilegios bajo la forma de gremios, en los oficios más comunes, aunque lejos de ser un problema, esto evitaba una crisis todavía más calamitosa, ya que aseguraba condiciones de trabajo en algo decentes y dignas para quienes pertenecían a dichos gremios.

En definitiva, la Francia de 1789 estaba colapsada económicamente debido a los abusos de los privilegiados, que gravaban a Francia con su parasitismo, que impedían el ascenso de una burguesía meritocrática, y que al manejar todos los hilos institucionales, cortaban cualquier posibilidad de reforma.

Adorno de reja en el Palacio de Versalles con el sol como motivo escultórico, en homenaje a Luis XIV el Rey Sol.

En este cuadro, cabe la pena preguntarse por qué la monarquía, si teóricamente era absoluta, no hizo en realidad nada. La respuesta no es fácil, pero quizás tenga que ver con el temperamento de Luis XV y Luis XVI. Luis XV había ascendido al trono siendo apenas un niño de cinco años, y a medida que creció y se hizo hombre, se limitó a gestionar el sistema tal y como lo había encontrado. Su antecesor, su bisabuelo Luis XIV, había luchado fieramente con la aristocracia en la llamada Fronda, a mitad del siglo XVII, y la había conseguido domesticar, pero a cambio había creado un sistema absolutista que sólo podía funcionar con un hombre de carácter como él. Luis XV no tenía carácter, y eso le pasó la cuenta a Francia. Al morir Luis XV, Luis XVI sufrió un poco de lo mismo: era un hombre más feliz cazando o reparando relojes, que gobernando. Luis XVI ha pasado a la Historia como un hombre quizás algo simplón, incluso estúpido, pero no parece haber sido nada de esto. Al menos, tuvo la inteligencia de rodearse de estupendos colaboradores, como los ministros Calonne, Turgot y Necker. Pero no tuvo la fuerza de voluntad necesaria para apoyar las políticas de éstos en contra de los privilegiados. Todos ellos proponían una serie de reformas financieras que, en última instancia, de una forma u otra, implicaban que los privilegiados iban a perder privilegios. Los privilegiados se defendieron en los parlamentos, y los ministros acabaron defenestrados por un Luis XVI que, muy en el fondo, no quería hacerse demasiados problemas gobernando. Tampoco ayudaba que el gobierno de Francia estuviera en Versalles. Hoy en día, Versalles está dentro del Gran París, pero en 1789 era un poblado fuera de dicha ciudad. Como parte de sus medidas para refundar a Francia casi desde cero, Luis XIV había ordenado construir el Palacio de Versalles en 1661, como un edificio que funcionara tanto como palacio majestuoso, como centro neurálgico del Gobierno. Esto había fortalecido a la Francia como un todo por un lado, pero por el otro sembró una peligrosa semilla: el Gobierno francés se aisló de lo que ocurría en París. Su tataranieto Luis XVI vivía en un Versalles tan aislado, que su esposa María Antonieta había podido montarse una granja y jugar a la campesina como un pasatiempo artificioso, sin verse en la penosa necesidad de ver a un campesino o a un menesteroso de verdad, sin el hálito del romanticismo que la reina buscaba en su juego pastoril.

Para cualquiera persona que pensara un poco, todo lo anterior era el caldo de cultivo ideal para engendrar un estallido aún más violento que la Fronda. Luis XV parece haberlo visto venir, y los filósofos de la Ilustración por descontado que se dieron cuenta. Pero los privilegiados no. Entonces cabe preguntarse qué fue lo que ocurrió. ¿Jugaron los privilegiados un juego maquiavélico en donde apostaron a imponerse frente a cualquiera revolución? ¿O por el contrario, fueron demasiado estúpidos o demasiado confiados para darse cuenta del maremoto que se les venía encima...?

Probablemente la clave esté en el aislamiento de los privilegiados. Debido a que los privilegiados imponían las reglas del juego de la institucionalidad, para llegar a ser uno de ellos, dichas reglas del juego debían ser acatadas. Por lo tanto, los privilegiados sólo hablaban con privilegiados, o con gente del pueblo llano (burgueses o campesinos) que estuvieran dispuestos a decirles que sí a todo. Para la gente que dijera NO, existían los calabozos de la Bastilla. Poco a poco, esto debió haberle ido lavando el cerebro a los privilegiados, a confundir un orden social por definición perecedero o al menos sujeto al cambio constante que es propio de los asuntos humanos, con la naturaleza misma e inmutable de las cosas.

Luis XVI en su ropaje de coronación, por el pintor Joseph Duplessis.

Por supuesto que esto no se hubiera sostenido sin un discurso legitimador, y la aristocracia lo había encontrado en la Iglesia Católica. En los tiempos de Luis XIV, el Obispo Bossuet había dicho justamente todo lo que los privilegiados, incluyendo el rey, querían oir: que el orden natural de las cosas exige que haya privilegiados y gente oprimida, y que el monarca absoluto lo es por la gracia divina misma de Dios. Por lo tanto, rebelarse contra el monarca no sólo es una traición, sino también un pecado. Los privilegiados podían repetirse esto como un mantra, una y otra vez, hasta acabar convenciéndose, y por lo tanto cegarse ante cualquier señal en contrario. Resulta curioso observar que en plena era "moderna", se repetían planteamientos de carácter casi feudal. Y de hecho, los parlamentos de los privilegiados se vendían a sí mismos la idea de que al defender sus fueros, estaban en realidad defendiendo al "pueblo de Francia" contra el despotismo de un monarca tiranizando a sus súbditos. Pero sobre la tiranía de los privilegiados sobre el pueblo llano, en los parlamentos nada se decía: después de todo, a ellos les tocaba callar y sufrir, porque ése era el orden natural de las cosas, mismo orden natural que los llevaba a vociferar abiertamente contra cualquier iniciativa monárquica de gravarlos con algún impuesto.

El papel de la Ilustración en todo esto probablemente se ha exagerado. Es cierto que se crió una camada de filósofos ávidos de cambiar el estado de cosas, pero el movimiento fue bastante inefectivo por varias razones. En primer lugar, no estaban de acuerdo en qué sistema iba a reemplazar, y las propuestas iban desde la monarquía constitucional hasta la democracia. Además, la gente del pueblo llano no sabía leer, y por lo tanto, tendían a predicarle a la burguesía, mientras que por otro lado, muchos de ellos frecuentaban los salones de los aristócratas, que los invitaban de cuando en cuando para lucirse como patronos del pensamiento. Y al acudir, estos pensadores desacreditaban en parte sus propias ideas, dando a entender que éstas no eran más que frívolos juegos intelectuales sin proyección política posterior. En realidad, los burgueses utilizaron las ideas ilustradas a posteriori, para justificar sus propios intereses, ya que el pueblo llano, al ser más ignorante, se dejaba convencer con facilidad por el discurso oficial que la Iglesia Católica proclamaba desde el púlpito. Para el pueblo llano, el rey no era un enemigo a batir, sino una especie de supremo protector de los franceses: su odio solía estar dirigido contra los privilegiados locales, no contra la Corona de Francia misma.

Caricatura política de la época, que muestra al tercer estado (los burgueses y el pueblo) cargando en andas a los otros dos que son la nobleza y el clero.


La chispa que encendió la hoguera fue la hambruna generalizada producto de las malas cosechas de 1787 y 1788, cuya consecuencia fue que el precio del pan subió hasta las nubes. A mediados de 1788 la situación se hizo tan insostenible, que estallaron revueltas en provincias; si bien localizadas, que el pueblo pasara a la rebelión abierta dice mucho sobre la angustia de esos días. La situación sólo podía ser salvada vía generosos subsidios por parte de la Corona, pero ésta se encontraba en bancarrota. La única manera de financiarse era imponer medidas de austeridad fiscal y recortes de presupuesto a la Corona, lo que ésta no estaba dispuesta a hacer, y además cobrando impuestos a los privilegiados, quienes una vez más se defendieron alegando sus "libertades". Luis XVI hizo conato de ceder, pero ahora el pueblo llano, ante la disyuntiva de movilizarse o perecer de hambre, había optado por la supervivencia. Al borde del colapso social, Luis XVI convocó a los Estados Generales. La idea era que al reunir en una misma "mesa de diálogo" a los privilegiados y a los diputados del pueblo, saliera un acuerdo en que el pueblo pudiera de nuevo ser reducido a la obediencia, ahora con un pacto legítimo y no por algo que pudiera percibirse como prepotencia de los privilegiados.

Pero apenas convocados los Estados Generales, a inicios de 1789, surgieron los conflictos. El pueblo llano, el llamado "tercer estado", o sea el que no era ni la nobleza ni el clero, exigió que el voto para cada iniciativa fuera por diputado y no por estado. La maniobra de los privilegiados era que al votar, el voto fuera por estado, de manera que al unirse la nobleza y el clero, serían dos votos contra uno, lo que bloquearía cualquier posibilidad de reforma, y mantendría el status quo inalterado. En cambio, al haber una abrumadora mayoría de diputados del tercer estado, al permitir el voto individual, todas las reformas saldrían aprobadas de manera automática.

El Juramento del Juego de Pelota, en que los diputados del tercer estado se juramentaron a no disolverse hasta darle a Francia una nueva Constitución.


Finalmente se produjo el "quiebre de la mesa de diálogo", y los diputados del tercer estado abandonaron los Estados Generales, y se unieron en una Asamblea Nacional. Y se juramentaron a darle a Francia una constitución. Lejos de entender que su prepotencia e intransigencia era lo que había empujado al tercer estado a dicha rebelión, los privilegiados lo sintieron no sólo como un ataque a sus privilegios, sino que casi como un acto de terrorismo institucional. El siguiente paso fue de una miopía atroz, pero razonable dentro de los cálculos de estos privilegiados empeñados en defender el "orden institucional" a cualquier precio. Enviaron a los soldados de la guardia nacional a suprimir este organismo "inconstitucional" por la fuerza. Con lo que no contaron, es que los cuadros de la guardia nacional se alimentaban preferentemente con reclutas salidos desde los desposeídos, y por lo tanto, ante la enconada defensa de los diputados del tercer estado, optaron por desobedecer.

Se supo a mediados de julio de 1789, que el ministro Necker, quien defendía cortarle privilegios a los privilegiados, había sido despedido por Luis XVI, y corrió por París el rumor de que se preparaba una degollina general en contra de la Asamblea General. Esto último puede ser cierto o no, pero el caso es que el pueblo, inflamado, corrió al Hospital de los Inválidos a proveerse de armas, el día 13. Al día siguiente marcharon contra la Bastilla. El resto es un cuento atrozmente conocido: la debilidad de Luis XVI lo llevó a ceder y jurar la Constitución sin verdadera convicción, su cobardía lo llevó a fugarse, y luego vino la venganza hace largo tiempo anhelada del pueblo soberano francés en contra de los privilegiados, que festejó la masacre de los aristócratas en la guillotina. Esto, mientras aquellos que alcanzaron a escapar a tiempo debían arrostrar las penalidades del exilio. A la larga, la monarquía absoluta de estilo dieciochesco caería, Francia atravesaría un siglo de distintos sistemas políticos, la Iglesia Católica perdería casi todo su poder hasta el punto que Francia es casi paradigma universal de Estado no confesional, y en medio de todo esto, una nueva casta de privilegiados ahora vinculados a la burguesía industrial, más o menos tratarían de repetir el mismo ciclo, aunque a la larga consiguieron evitar el mismo funesto destino, durante el siglo XX a lo menos.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

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