domingo, 13 de mayo de 2012

Crónicas Antrópicas 20 - "Los alquimistas".


En la fase de transición desde el pensamiento escolástico medieval al pensamiento científico moderno, destinado a revolucionar nuestra concepción acerca del lugar del ser humano en el universo, los alquimistas jugaron un papel importante. La alquimia hoy en día es mirada como charlatanería, y ninguna persona seria la practica, pero para su época, el concepto básico de la misma fue revolucionario. Los alquimistas son populares en su imagen de buscadores de la piedra filosofal metidos en sus laboratorios, pero esto es una caricatura y una verdad incompleta. La búsqueda de la piedra filosofal no sólo tenía por objeto transmutar los metales en oro, sino que esto era una parte o manifestación de algo más amplio: la búsqueda de la verdad universal. Lo que introdujeron los alquimistas medievales como algo nuevo en Europa, fue la experimentación: sus teorías tenían mucho de esotérico, pero no les servían de base sólo para cogitaciones como los pensadores escolásticos, sino también para actividad de laboratorio. Así, la alquimia allanó el terreno para la Química moderna, pero en un sentido más general, ayudó a desarrollar el concepto de método científico.



En realidad, todas las grandes civilizaciones de la Historia se han decantado en algún momento u otro por el estudio de la naturaleza en sus componentes esenciales, con la esperanza de utilizarlos y transformarlos en cosas beneficiosas. Los monjes taoístas en China tuvieron reputación de buscar el elíxir de la inmortalidad, por ejemplo. Los antiguos griegos y los científicos del mundo islámico no fueron inmunes a esto, por supuesto, e hicieron sus propias investigaciones. Como de costumbre, la alquimia entró a Europa a través de la traducción al latín de un texto en árabe, concretamente cuando Roberto de Chester completó la traducción del "Liber de compositione alchimiae" a mediados del siglo XII. Parece ser que no existía en latín una expresión que permitiera designar a la nueva disciplina, de manera que el mencionado Roberto de Chester tomó la palabra árabe al-kimia, que a su vez parece derivar del griego chemeia (χημεία), que significa Química. Y la palabra quedó en el vocabulario hasta hoy.



Por debajo del pensamiento alquimístico late con fuerza la tradición filosófica grecorromana. La investigación alquimística parte de la idea de que toda la naturaleza es una especie de unidad dentro de su multiplicidad, y que detrás de ella existe un principio eterno e intangible que se expresa a través de la materialidad de las cosas. De ahí que los alquimistas hicieran algunas asunciones que se nos antojan disparatadas, pero que dentro de dicho sistema hacen perfecto sentido. Por ejemplo, las nociones de macrocosmos y microcosmos, reforzadas por la expresión "como es arriba es abajo", y que abrió la compuerta para la Astrología: todo lo celeste debía tener correspondencia con lo terrestre. En consecuencia, echarle una mirada a los astros era una buena manera de hacer Medicina, ya que la efectividad de una terapia podía depender mucho del signo zodiacal bajo la cual se hiciera, por aquello de las influencias benéficas de los astros. Por cierto, el concepto de unir las fuerzas celestes con las terrestres fue revolucionario para su tiempo, ya que se creía siguiendo a Aristóteles que el mundo supralunar (más allá de la Luna) era perfecto e inmutable, y por lo tanto no tenía nada que ver con la decadencia y la fugacidad del mundo sublunar (más acá de la Luna); hoy en día, la ciencia entiende y acepta que todo el universo se rige por un mismo conjunto de leyes naturales, sin distinciones geográficas entre sus distintas regiones.



La búsqueda de la piedra filosofal y del elíxir de la vida también descansa sobre este pilar. Si toda la naturaleza es una unidad, entonces todas las cosas pueden transformarse unas con otras. La experimentación alquimística parecía darles la razón: si se mezclan, calientan, congelan o dejan reposar tales o cuales substancias, entonces éstas pueden desaparecer, y aparecer otras nuevas. La piedra filosofal, entre otras cosas, era algo así como la esencia de todo lo que existe: su búsqueda no tenía sólo el objetivo sórdido de fabricar oro, sino también de encontrar la llave definitiva de la existencia en sí. Lo mismo ocurre con el elíxir de la vida, respecto de la fuerza vital.



Pero la alquimia no dejaba de ser mirada con sospechas. En parte por la Iglesia Católica, a quien toda esa actividad experimental no le hacía gracia, menos aún considerando que no se basaban en la Revelación sino en los textos ocultistas y herméticos de los filósofos grecorromanos resucitados vía el mundo árabe. Además, la propia actividad degeneró cuando no pocos inescrupulosos aseguraron a los reyes poder fabricar la piedra filosofal y obtener grandes cantidades de oro: algunos reyes picaron y financiaron experimentos alquimísticos, mientras que otros los persiguieron, en el entendimiento de que si lograban fabricar oro, entonces sus propias reservas de oro terminarían por carecer de valor. Y a la larga, ya en el siglo XVIII, la investigación había avanzado lo suficiente como para dejar atrás toda la parafernalia ocultista: en ese siglo, la Alquimia daría paso definitivamente a la Química moderna.

Próxima entrega: "Hacia el Renacimiento".

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