domingo, 29 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 18 - "El inicio del despegue de Europa".


La visión de un ser humano hundido en la cárcel del alma, sufriendo las penas de este mundo con la esperanza de acceder al otro, se extendió por Europa Occidental durante toda la primera mitad de la Edad Media. Esto era el reflejo sicológico de una Europa azotada por las guerras, la inestabilidad política, las epidemias y las hambrunas. Pero la consolidación del Califato Abasida en Asia en el siglo IX, más la apertura de rutas comerciales a través del Asia Central hacia China, mejoraron el comercio. Durante las cruzadas, los europeos pudieron pasearse por primera vez a través del mundo de maravillas que era el Oriente. Al mismo tiempo, en Europa se había asentado el Feudalismo como sistema político. En este clima de relativa estabilidad social, bastante anárquica pero estable a grandes rasgos, a mediados de la Edad Media la región occidental de Europa comenzó una revolución social. La sociedad agraria y feudal dividida en tres órdenes, la gente que guerrea, la gente que reza, y la gente que cultiva la tierra, se vio remecida por la aparición de un cuarto grupo de personas: los burgueses, los habitantes de los burgos o ciudades, que se dedican al comercio. Este fenómeno surgió por primera vez con fuerza en el siglo XII, iniciándose y expandiéndose a partir de las principales rutas comerciales, y originó profundas fracturas sociales a lo largo y ancho de toda Europa.



En lo que a nuestra historia respecta, la aparición de la burguesía marcó un cambio de mentalidad significativo. Los burgueses solían ser caballeros desheredados, o bien antiguos campesinos fugados, que en la ciudad obtenían el aire de la libertad. Las más de las veces debían emplearse como jornaleros al servicio de las industrias incipientes, con vidas a menudo miserables, pero al menos libres del humor cambiante y despótico de algún amo feudal. Pero en algunos casos, su dedicación al comercio les generó riquezas, y con ellas, la posibilidad de adquirir una vida de lujos y esplendor al nivel de la nobleza, quizás incluso más en algunos casos. Con ello vino el cambio de mentalidad. Para esta nueva clase mercantil, el mundo ya no era un lugar sórdido y triste, sino un enorme campo fértil en oportunidades para quien las supiera aprovechar. Y con esta revolución mental, vino el consiguiente cambio en la percepción acerca del lugar del hombre en el universo. No es que renegaran de Dios y abjuraran del Cristianismo, aunque sí se mostraron más hostiles a la Iglesia Católica; en vez de ello aceptaron a Dios, pero a la vez se enorgullecieron de que el hombre pudiera pararse sobre sus dos pies frente al Creador. En la Arquitectura, esto se vio reflejado en el reemplazo de las rechonchas y pesadas catedrales románicas, por las etéreas y luminosas catedrales góticas.



La Iglesia Católica reaccionó con desconcierto ante estos nuevos sucesos, ya que la pujante burguesía era una fuerza social a la que muchas veces no conseguía meter en cintura; peor aún, muchas veces los monarcas en lucha por imponerse a los nobles y la Iglesia se apoyaban en los burgueses y sus riquezas, en una alianza fértil para ambos bandos. En el terreno teológico, esto se expresó en la apertura de la llamada "querella de los universales". Los universales son simplemente conceptos abstractos: "blanco", "riqueza", "justicia", son universales. La cuestión es, ¿existen los universales por sí mismos, tienen una entidad propia y son parte de la naturaleza, o por el contrario, son apenas palabras, convenciones sociales que podemos cambiar a voluntad? Puede parecer una discusión baladí o de una esterilidad bizantina, pero no lo era: si resulta que las palabras son convencionales, y que una rosa sigue siendo una rosa la llamemos como la llamemos, entonces esto tenía importantes consecuencias para la legitimidad o la validez de la interpretación bíblica, y por ende, para el poderío de la Iglesia Católica que se asienta sobre su pretensión de interpretar de manera legítima y correcta la realidad. Después de todo, "divinidad" o "alma" también son universales, y si las palabras para designar esos universales son convenciones, al final del camino podría ser que tales cosas ni siquiera existan en realidad. Bernardo de Claraval defendió a ultranza que las palabras son representaciones directas de las cosas, no convenciones, y consiguió la condena por herejía de Pedro Abelardo, su gran oponente intelectual, por profesar una doctrina algo más moderada sobre la materia.



Este mismo Bernardo de Claraval era un hombre cortado a la antigua usanza, y prefería la vida de los monasterios: al mando de su propia orden monástica, los cistercienses, fundó decenas de ellos durante el siglo XII. En el tiempo que le quedó libre de actividades, predicó y consiguió lanzar la Segunda Cruzada. Bernardo detestaba las ciudades y las consideraba como antros de perdición, como sumideros en donde todo el orden feudal, que ante sus ojos era justo porque era el orden preconizado por Dios, era tragado de la faz de la Tierra como por un agujero negro. Su visión del ser humano se acercaba mucho a la de San Agustín, para quien el ser humano es una pobre criatura caída y necesitada de la Gracia de Dios. Pero un siglo después, a inicios del siglo XIII, vino un religioso de una visión radicalmente distinta: Francisco de Asís. Este concebía la naturaleza como un espacio de comunión entre todos los seres, el humano incluido, y cantó la existencia humana integrada al mundo como algo gozoso. Para Francisco de Asís, no en vano el santo patrón de los animales, la condición humana no era algo por lo que afligirse, sino el regalo de la existencia que Dios le hace a las personas.



En medio de esta revolución a caballo entre los siglos XII y XIII, el campo mental estaba abonado para que reingresara la ciencia grecorromana a Europa. El contacto con el mundo musulmán permitió que los textos árabes de Medicina, Matemáticas y Astronomía pasaran a Europa. En el siglo XII surgió en España la Escuela de Traductores de Toledo, que vertió mucho de esos libros desde el árabe al latín. En consecuencia, los eruditos pudieron leer por primera vez en siglos a Aristóteles, por ejemplo. El resultado es que este cambio de mentalidad iba a poner a Europa en el camino de una revolución científica. Aún estamos a siglos del Renacimiento Científico, pero las bases para el mismo ya están arrojadas.

Próxima entrega: "Se abre paso el método científico".

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