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domingo, 22 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 17 - "El encuentro de la ciencia y el Islam".


Como decíamos, la gran crisis que abatió al Imperio Romano en Europa, no tocó tan de cerca al Medio Oriente. La rica vida cultural de la región siguió adelante durante un buen tiempo, hasta que en el siglo VII aparecieron nuevos actores políticos: los árabes. Impulsados por la religión del Islam, en cerca de un siglo los árabes se construyeron un imperio que iba desde la India hasta España, aglutinando de esa manera a las regiones más ricas y prósperas de Eurasia bajo un solo cetro. Una muy extendida simplificación histórica señala que los árabes se encargaron de tomar el conocimiento del mundo griego, traducirlo, y enviarlo de vuelta a Europa, ayudando así a salvar la ciencia antigua. Este retrato no es esencialmente erróneo, pero sí demasiado inexacto.



En realidad, la persona de los conquistadores árabes mismos jugó un papel histórico bastante marginal. Eran hordas de fanáticos islámicos que venían de una sociedad simple y tribal como la del desierto, y que conquistaban y arrasaban en nombre del Corán. Es famoso que el califa Omar en 641 ordenó quemar la Biblioteca de Alejandría con el argumento de que si los libros estaban acordes con el Corán eran superfluos, y si eran contrarios al mismo eran heréticos. Estos árabes de mentalidad tribal impusieron un sistema bastante simple de gobierno, que pronto se vio incapacitado para atender las complejas necesidades de sociedades más civilizadas. Hacia el siglo IX, los árabes del desierto ya no tenían ningún rol en la política, y sus descendientes se habían asimilado a la vida de las regiones civilizadas; de árabes tenían sólo el nombre y la ascendencia. El gran despegue científico por lo tanto no fue obra de los árabes, sino de los pueblos sedentarios subyugados por éstos, en particular de persas y bizantinos, que bajo el nuevo gobierno islámico siguieron desarrollando ciencia y tecnología.



Parte importante del gran desarrollo científico del mundo islámico, que los llevó a descubrir cosas como la circulación menor de la sangre o la fisiología del estómago, por no hablar de sus maravillosos progresos astronómicos, se debió a la estabilidad política vivida bajo el Califato. Otra fuente de desarrollo fue que los árabes, en sus conquistas, se adentraron lo suficiente en Asia como para abrir rutas comerciales con la India y China. A través de dichas rutas no sólo viajaron mercancías, sino también ideas y conocimientos. Los islámicos adoptaron así los números de la India y la pólvora de China, entre otras innovaciones.



Pero el dominio del Califato, que tantos beneficios trajo a la civilización del Medio Oriente, se convirtió en un arma de doble filo. La fuente última de legitimidad del Califato era el Islam, que a su vez se basaba en el Corán. Cualquier desarrollo científico podía en potencia convertirse en un arma arrojadiza contra la religión, y por lo tanto, minar las bases del poder político. Esto se convirtió en un freno para la innovación y el desarrollo, por supuesto. Quizás el caso más extremo fue el de los mutazilíes, una escuela de pensamiento que alcanzó su apogeo en el siglo IX, y que trató de compatibilizar el racionalismo con la revelación coránica. Después de un tiempo en que fueron tolerados, los mutazilíes comenzaron a ser perseguidos por los pensadores islámicos ortodoxos, so pretexto de restarle valor al Corán. El Califato apoyó la persecusión de los mutazilíes, dándose cuenta de que una actitud de excesivo cuestionamiento racional podía destruir las bases de su propio poder. De esta manera, el poder religioso y político unidos en una sola mano, frenaron cualquier intento del mundo científico por adentrarse en el problema de la naturaleza del universo, y el rol del ser humano en él. Tales cosas, se argumentaba, ya estaban resueltas en el Corán, y cuestionarlas implicaba caer en la herejía.



De esta manera, entre los siglos VIII y XIII los científicos musulmanes estaban ubicados a la cabeza de la investigación científica mundial, y podían haber desatado sin problemas la Revolución Industrial cerca de medio milenio antes de James Watts. Pero el peso opresivo de la ortodoxia islámica mal entendida, sumado al absolutismo monárquico del Califato, impidieron la expresión de un pensamiento científico verdaderamente libre. El resultado es que los conocimientos acumulados por los científicos islámicos se irradiaron hacia Europa, y allí tuvieron ocasión de germinar durante el Renacimiento y de ahí en adelante. Esa es la historia de cómo fueron los europeos del Renacimiento, y no los musulmanes bajo el Califato, quienes cambiaron para siempre nuestras nociones acerca del lugar del hombre en el universo.

Próxima entrega: "El inicio del despegue de Europa".

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