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domingo, 15 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 16 - "En el caldero cultural bizantino".


En los libros y en la enseñanza clásica de Historia acá en el mundo occidental, suelen destacarse con fuerza y detalles los eventos de Europa Occidental después del Imperio Romano, y pasarse muy de refilón lo que ocurría en el Imperio Bizantino o el Medio Oriente. Y sin embargo, la relación en cuanto a importancia histórica es exactamente la inversa: los hechos más importantes e influyentes estaban ocurriendo allá, no en la Europa Occidental. En Mediterráneo Oriental y el Medio Oriente, repartidos entre el Imperio Bizantino y el Imperio Sasánida primero, y los bizantinos y el Califato musulmán después (llamémoslo así por brevedad, ya que hubo varios consecutivos, y a ratos más de uno), el comercio y la industria seguían más o menos bullentes y la cultura se había logrado conservar en condiciones mucho mejores que en la castigada Europa Occidental. Al menos hasta la tempestad de las invasiones árabes en el siglo VII, la "caída de las tinieblas" con que se suele retratar el inicio de la Edad Media, es una expresión del todo errónea. Y después de los árabes, aún así la antigua cultura siguió preservándose.



El Imperio Romano de Oriente devino en Imperio Bizantino a lo largo de una serie de crisis. Sus riquezas superiores le permitieron pagar rescate a los hunos, que no saquearon sus dominios. Una serie de emperadores fuertes y competentes aseguraron la supervivencia del imperio entre los siglos V y VI. A medida que el Imperio Romano de Occidente decaía y moría, y por lo tanto los lazos culturales con Europa Occidental se cortaban, el ascendente cultural latino declinaba, y la herencia cultural griega renacía. Por lo tanto, el Imperio Romano de Oriente de cariz romano o grecorromano, dio paso de manera paulatina a un Imperio Bizantino por entero griego. Y lo más importante, no hubo un quiebre cultural directo, de manera que mucho de la antigua cultura grecorromana pudo conservarse de manera mucho más adecuada que en Occidente.



Mientras que la Iglesia Católica se enseñoreó sin problemas del campo en Europa Occidental, ante la falta de un poder político fuerte, en el Imperio Bizantino dicha Iglesia lo tuvo más difícil. Las relaciones entre Iglesia e Imperio en Bizancio siempre fueron difíciles. El Imperio Bizantino había heredado del Imperio Romano una institución llamada cesaropapismo, que consiste más o menos en la intervención del Estado en los asuntos religiosos. Por lo tanto, el Imperio estaba más que dispuesto a utilizar la religión como arma política a una escala que nunca se vio en la Europa Occidental de la Edad Media. Esto tuvo como consecuencia que el dogma religioso se transformó en un arma política: una estupenda manera de deshacerse de los enemigos políticos para prosperar y hacer carrera, era hacer una acusación de herejía. La historia del Imperio Bizantino estuvo así ensangrentada con querellas y disturbios populares de naturaleza religiosa, en que dos o más facciones se acusaban mutuamente de herejes y se destruían por ello.



Todo este clima le dio a la cultura bizantina un matiz muy peculiar. El legado científico grecorromano siguió vivo en el mundo bizantino. Una muestra de lo elaborado de las matemáticas bizantinas, lo constituyen los cálculos necesarios para que Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles pudieran construir la Basílica de Santa Sofía, en el siglo VI, una obra maestra arquitectónica de una técnica imposible en el Occidente contemporáneo. Uno de los más importantes secretos tecnológicos bizantinos fue el fuego griego, una preparación química que funcionaba más o menos como el moderno napalm, y se le arrojaba a los barcos enemigos para incendiarlos; la supervivencia milenaria del Imperio Bizantino residió en medida no despreciable, en este secreto tecnológico. Incluso tenemos una de las escasas narraciones de viajes en donde más o menos tenemos la seguridad de que el viajero hizo tal viaje en vez de inventárselo, como era moneda corriente en la Antigüedad: el relato de Cosmas Indicopleustes en el siglo VI. Si bien éste cometió el error de considerar a la Tierra como un tabernáculo, metiendo una gigantesca montaña al centro para que el Sol tuviera donde ponerse en la noche, girando alrededor de esa montaña gigantesca.



Pero por otra parte, el papel desmedido de la religión y la Teología en los asuntos políticos hizo poco seguro para los eruditos y científicos el hacer investigación independiente, y menos cuestionar el rol de la Humanidad en el mundo tal y como lo expresaban las Escrituras. Desde el cierre de la Academia de Platón en el siglo VI hasta la condena del prominente erudito Ioannis Italos en el XI, la vida fue muy insegura para los adeptos a la filosofía grecorromana por su olor a paganismo, y por extensión, para los continuadores del cultivo de la ciencia grecorromana. No es raro que el genio erudito bizantino se haya torcido desde la investigación científica creativa hacia el enciclopedismo. Durante cerca de un milenio, lo que más se produjo en materia cultural bizantina, fueron enciclopedias. Algunas de ellas, como la Suda del siglo X por ejemplo, son fuentes invaluables de datos acerca del mundo antiguo, ya que compilan citas y hechos de fuentes más antiguas hoy en día perdidas. De esta manera, un poco siguiendo los pasos de la China Imperial, el Imperio Bizantino se perdió la valiosísima oportunidad de haber dado el salto científico desde el mundo grecorromano hacia una visión del mundo que podríamos calificar como propia del Renacimiento Científico.

Próxima entrega: "El encuentro de la ciencia y el Islam".

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