domingo, 1 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 14 - "El final del mundo pagano".


La Edad Axial fue un período de grandes cambios en la mentalidad general de la Humanidad. Las antiguas respuestas religiosas fueron cuestionadas, y nuevos conceptos acerca del hombre y su lugar en el universo fueron desarrollados a partir desde una visión humanista, incluso antropocéntrica. El racionalismo griego, seguido más o menos después bajo el Imperio Romano, fue allí donde este proceso llegó más lejos. Y sin embargo, a finales del Imperio Romano, todo eso estaba a punto de acabar. No es que el legado griego iba a desaparecer para siempre, pero sí que iba a adormecerse durante cerca de un milenio, hasta volver a encontrar su lugar durante el Renacimiento.



Durante los siglos III y IV después de Cristo, hubo una serie de transformaciones en la política eurasiática. Los grandes imperios empezaron una imparable carrera hacia la desintegración. La conexión entre civilizaciones trajo como consecuencia indeseable, la propagación de nuevas plagas y epidemias que originaron una crisis demográfica. Parece ser también que comenzaron a producirse algunos cambios ambientales que rematarían en un clima más frío a comienzos de la Edad Media. La respuesta de las sociedades eurasiáticas fue sumergirse en un ciclo creciente de guerras y perturbaciones sociales que agudizaron la dinámica social que venía arrastrándose desde hacía siglos. El Imperio Han en China se fraccionó en varios reinos combatientes entre sí. El Imperio Romano inició una lenta e imparable decadencia. El Imperio Sasánida no fue capaz de consolidarse. Sólo el Imperio Gupta pareció permanecer firme, aunque en el siglo V inició su propia decadencia. Como parte del cuadro, varios pueblos de la estepa eurasiática, incluyendo a los hiung-nu (los hunos) comenzaron a presionar contra las regiones más civilizadas, buscando saquearlas y vivir a costa de ellas.



En el mundo grecorromano, las consecuencias fueron devastadoras. La crisis demográfica y la mayor pobreza económica incentivó a que muchos bárbaros cruzaran la frontera. Más o menos en el siglo IV, Roma se había llenado de bárbaros que habían acarreado consigo su visión más primaria y religiosa del mundo. La antigua clase senatorial por su parte, desgarrada por las guerras civiles del siglo III, había desaparecido casi por completo. En consecuencia de todo esto, la cultura grecorromana se había diluído hasta casi desaparecer, y con ella, prácticamente toda la inspiración humanista. Siguiéndola a ella, se secó casi por completo el manantial de la ciencia. El campo quedó entonces abonado para ser tomado por asalto por las religiones orientales. La que consiguió aprovechar mejor el campo fue el Cristianismo, que partió su carrera como una oscura secta judía, y que experimentó un crecimiento espectacular durante la gran crisis política que sacudió al Imperio Romano en el siglo III. El Cristianismo predicaba que la vida en el mundo podía ser mala, pero eso era lo de menos, ya que ésta no era sino el preparativo para una existencia de ultratumba en donde los buenos y los justos serían salvados y aliviados de sus penas; éste era un mensaje muy seductor para las masas ávidas de consuelo espiritual en medio de sus tribulaciones materiales. Además, basada en los principios de solidaridad de su religión, la Iglesia Católica organizó una poderosa red de apoyo social que contrarrestó de manera eficaz la crisis social, en lo que a sus fieles y adherentes se refiere.



Pero en lo que a la visión del ser humano se refiere, el Cristianismo no dejaba de ser otra religión de inspiración antigua que pretendía tener todas las respuestas. Por lo tanto, existía dentro del Cristianismo una profunda vena anticientífica. A los cristianos se les exigía creer ciegamente en Cristo, y se les enseñaba que el único lugar del ser humano es como hijos de Dios, aceptando sumisamente su voluntad, expresada a través de los sacerdotes que proclamaban tener las verdades supremas. En respuesta, el Imperio Romano vivió violentos estallidos anticientíficos. En el año 392 después de Cristo, Teodosio proclamó al Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Una de las consecuencias fue que una turba de cristianos se tomó por asalto la Biblioteca de Alejandría, el último gran bastión del conocimiento antiguo, y quemó una enorme cantidad de libros que constituían el legado clásico, censurado como restos de una cultura pagana y anticristiana.



En el año 410, los visigodos llegaron hasta las mismísimas puertas de Roma, y la saquearon. El Imperio Romano se vio conmocionado de punta a cabo; era la primera vez que Roma era saqueada por bárbaros desde el ataque de los galos hacia 390 antes de Cristo, o sea, unos ocho siglos antes. Para los pueblos del Imperio, acostumbrados a que éste fuera casi una parte inmutable del orden universal, fue casi como un acabo de mundo. Los estallidos religiosos se multiplicaron; en uno de ellos la matemática griega Hipatia, la última gran luminaria de la ciencia grecorromana, fue asaltada por la multitud y linchada en las calles de Alejandría. Mientras tanto, San Agustín se lanzaba a escribir "La ciudad de Dios", obra en donde enseñaba que el Imperio Romano y por extensión la cultura pagana, eran una "ciudad de destrucción", que no tenía otro propósito histórico dentro de un supuesto plan divino que preparar el advenimiento de la "ciudad de Dios" identificada con la Iglesia Católica. Para San Agustín no existían más hechos que los expresados en la Biblia, y en las conclusiones intelectuales que se le antojaban como razonables, sin comprobación ulterior en la experiencia o en los hechos; la ciencia como manera de interrogar a la realidad y obtener respuestas de ella, no tenía ningún papel en su visión del mundo. No en balde, con San Agustín ya hemos cruzado el umbral desde la Antigüedad clásica hacia el pensamiento medieval. La ciencia occidental iba a tener por delante un larguísimo camino para recobrarse de todo esto.

Próxima entrega: "Bajo el signo de la Iglesia Católica".

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