domingo, 29 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 18 - "El inicio del despegue de Europa".


La visión de un ser humano hundido en la cárcel del alma, sufriendo las penas de este mundo con la esperanza de acceder al otro, se extendió por Europa Occidental durante toda la primera mitad de la Edad Media. Esto era el reflejo sicológico de una Europa azotada por las guerras, la inestabilidad política, las epidemias y las hambrunas. Pero la consolidación del Califato Abasida en Asia en el siglo IX, más la apertura de rutas comerciales a través del Asia Central hacia China, mejoraron el comercio. Durante las cruzadas, los europeos pudieron pasearse por primera vez a través del mundo de maravillas que era el Oriente. Al mismo tiempo, en Europa se había asentado el Feudalismo como sistema político. En este clima de relativa estabilidad social, bastante anárquica pero estable a grandes rasgos, a mediados de la Edad Media la región occidental de Europa comenzó una revolución social. La sociedad agraria y feudal dividida en tres órdenes, la gente que guerrea, la gente que reza, y la gente que cultiva la tierra, se vio remecida por la aparición de un cuarto grupo de personas: los burgueses, los habitantes de los burgos o ciudades, que se dedican al comercio. Este fenómeno surgió por primera vez con fuerza en el siglo XII, iniciándose y expandiéndose a partir de las principales rutas comerciales, y originó profundas fracturas sociales a lo largo y ancho de toda Europa.



En lo que a nuestra historia respecta, la aparición de la burguesía marcó un cambio de mentalidad significativo. Los burgueses solían ser caballeros desheredados, o bien antiguos campesinos fugados, que en la ciudad obtenían el aire de la libertad. Las más de las veces debían emplearse como jornaleros al servicio de las industrias incipientes, con vidas a menudo miserables, pero al menos libres del humor cambiante y despótico de algún amo feudal. Pero en algunos casos, su dedicación al comercio les generó riquezas, y con ellas, la posibilidad de adquirir una vida de lujos y esplendor al nivel de la nobleza, quizás incluso más en algunos casos. Con ello vino el cambio de mentalidad. Para esta nueva clase mercantil, el mundo ya no era un lugar sórdido y triste, sino un enorme campo fértil en oportunidades para quien las supiera aprovechar. Y con esta revolución mental, vino el consiguiente cambio en la percepción acerca del lugar del hombre en el universo. No es que renegaran de Dios y abjuraran del Cristianismo, aunque sí se mostraron más hostiles a la Iglesia Católica; en vez de ello aceptaron a Dios, pero a la vez se enorgullecieron de que el hombre pudiera pararse sobre sus dos pies frente al Creador. En la Arquitectura, esto se vio reflejado en el reemplazo de las rechonchas y pesadas catedrales románicas, por las etéreas y luminosas catedrales góticas.



La Iglesia Católica reaccionó con desconcierto ante estos nuevos sucesos, ya que la pujante burguesía era una fuerza social a la que muchas veces no conseguía meter en cintura; peor aún, muchas veces los monarcas en lucha por imponerse a los nobles y la Iglesia se apoyaban en los burgueses y sus riquezas, en una alianza fértil para ambos bandos. En el terreno teológico, esto se expresó en la apertura de la llamada "querella de los universales". Los universales son simplemente conceptos abstractos: "blanco", "riqueza", "justicia", son universales. La cuestión es, ¿existen los universales por sí mismos, tienen una entidad propia y son parte de la naturaleza, o por el contrario, son apenas palabras, convenciones sociales que podemos cambiar a voluntad? Puede parecer una discusión baladí o de una esterilidad bizantina, pero no lo era: si resulta que las palabras son convencionales, y que una rosa sigue siendo una rosa la llamemos como la llamemos, entonces esto tenía importantes consecuencias para la legitimidad o la validez de la interpretación bíblica, y por ende, para el poderío de la Iglesia Católica que se asienta sobre su pretensión de interpretar de manera legítima y correcta la realidad. Después de todo, "divinidad" o "alma" también son universales, y si las palabras para designar esos universales son convenciones, al final del camino podría ser que tales cosas ni siquiera existan en realidad. Bernardo de Claraval defendió a ultranza que las palabras son representaciones directas de las cosas, no convenciones, y consiguió la condena por herejía de Pedro Abelardo, su gran oponente intelectual, por profesar una doctrina algo más moderada sobre la materia.



Este mismo Bernardo de Claraval era un hombre cortado a la antigua usanza, y prefería la vida de los monasterios: al mando de su propia orden monástica, los cistercienses, fundó decenas de ellos durante el siglo XII. En el tiempo que le quedó libre de actividades, predicó y consiguió lanzar la Segunda Cruzada. Bernardo detestaba las ciudades y las consideraba como antros de perdición, como sumideros en donde todo el orden feudal, que ante sus ojos era justo porque era el orden preconizado por Dios, era tragado de la faz de la Tierra como por un agujero negro. Su visión del ser humano se acercaba mucho a la de San Agustín, para quien el ser humano es una pobre criatura caída y necesitada de la Gracia de Dios. Pero un siglo después, a inicios del siglo XIII, vino un religioso de una visión radicalmente distinta: Francisco de Asís. Este concebía la naturaleza como un espacio de comunión entre todos los seres, el humano incluido, y cantó la existencia humana integrada al mundo como algo gozoso. Para Francisco de Asís, no en vano el santo patrón de los animales, la condición humana no era algo por lo que afligirse, sino el regalo de la existencia que Dios le hace a las personas.



En medio de esta revolución a caballo entre los siglos XII y XIII, el campo mental estaba abonado para que reingresara la ciencia grecorromana a Europa. El contacto con el mundo musulmán permitió que los textos árabes de Medicina, Matemáticas y Astronomía pasaran a Europa. En el siglo XII surgió en España la Escuela de Traductores de Toledo, que vertió mucho de esos libros desde el árabe al latín. En consecuencia, los eruditos pudieron leer por primera vez en siglos a Aristóteles, por ejemplo. El resultado es que este cambio de mentalidad iba a poner a Europa en el camino de una revolución científica. Aún estamos a siglos del Renacimiento Científico, pero las bases para el mismo ya están arrojadas.

Próxima entrega: "Se abre paso el método científico".

viernes, 27 de abril de 2012

ZOOCINE - "Titanic".



JORDAN: ¡Chicos, estoy feliz, feliz, feliz!

VÍCTOR: ¿Y eso por qué sería, chica...?

JORDAN: Llevé a mi sobrina de ocho años a ver... ¡“Titanic”! ¡En 3D! ¡Y le gustó!

CHILEKENT69: ¿Le metiste “Titanic” a tu sobrinita de ocho años? ¡Criminal! ¡Asesina!

LAURENCIO: Ay... Dios.

VÍCTOR: ¿Y consiguió llegar hasta el final sin dormirse...?

JORDAN: ¡Vieras, estaba fascinada! Los trajes, ese tremendo barco...

CHILEKENT69: Ese tremendo iceberg...

JORDAN: Veo que pierdo el tiempo con ustedes tratando de compartir mi entusiasmo por LA MEJOR PELÍCULA DE TODOS LOS TIEMPOS.

LAURENCIO: Lo siento, Jordan, pero si hablamos de la película más marketeada de todos tiempos, podría ser... Pero esa película no es más que un montón de clichés vacíos y sin substancia, y además tremendamente conservadores, sin ningún mensaje social de ninguna clase...

JORDAN: ¡Ya! ¡Me aburrieron! A ver, díganme por qué encuentran mala “Titanic”. ¡Vamos, bombardeen! Apuesto a que es porque no les gustan las películas románticas. ¡Admítanlo, machos!

VÍCTOR: Pues... a mí me gustó...

CHILEKENT69: Víctor DiCaprio, sal del closet, por favor...

VÍCTOR: Lo único que no me gustó es la parte del comienzo, tan latera... Sólo para que James Cameron nos muestre que tiene una cámara no sé qué para bajar al Titanic y todo.

JORDAN: ¡Pero Rose es tan adorable...! Y es feliz regresando al lugar en donde naufragó...

CHILEKENT69: No me lo creo. Yo que la vieja, después de casi ahogarme en mitad del océano, no me volvía a subir a un barco nunca. Menos para ir a la misma zona del hundimiento.

JORDAN: Que eres pesado, Chilekent, si casi no deben quedar icebergs con el calentamiento global. No sé, yo amo a la señora... no vieja, por favor, ella es una lady... Pero bueno, saltémosnos el comienzo. Aparece Jack, gana la apuesta, se sube al barco... Siempre me pongo con pañuelitos en esa parte, porque sé que al final va a terminar... bueno, como termina.

LAURENCIO: Ahí tienes otro mensaje de la sociedad capitalista. Si eres pobre, no trates de mejorar tu fortuna. Ni siquiera aproveches los golpes de fortuna del azar. La película entera apesta a conservadurismo barato. Sal del cine y sigue como siempre para que nada cambie, borrego.

JORDAN: Pero bueno, después se conocen Jack y Rose, y...

CHILEKENT69: Sí, mierda, la hora y media entera más aburrida de mi vida. ¿No podían ir directo a la parte del hundimiento, digo yo? ¿O por qué creían que íbamos a verla en primer lugar...?

VÍCTOR: Bueno, al menos Kate Winslet estaba rica... cuando Jack la dibuja en pelotas...

JORDAN: ¡Víctor, amo esa escena! ¡Con qué sensibilidad...!

CHILEKENT69: Hueón... ¿Viste “Criaturas celestiales”? Ahí también aparece en pelotas, muestra un poco más de tetas, y además hace tortillas con otra mina. Lo de “Titanic” no es ná, hueón.

JORDAN: Fue el sensible comentario de género de Chilekent69. Ya, sigamos mejor. Está la película, y entonces emerge... ese iceberg. Grande. Macizo. En la noche.

LAURENCIO: Ahí tenemos uno de los pocos puntos de inspiración de la película, cuando el iceberg erecto sobre el mar liso y calmo, simboliza una profunda y rotunda masculinidad... Lo que se vincula con la idea del Destino Inmisericorde, del Dios Tonante del Antiguo Testamento listo para castigar los pecados del Pueblo Elegido... Conservador, sí, pero al menos más inteligente.

CHILEKENT69: O sea, que cuando a Dios se le para, eso son los icebergs, ¿eso es...?

LAURENCIO: Chilekent... le matas toda la poesía al cine.

JORDAN: ¡Y el barco cruje! ¡Y se raja!

CHILEKENT69: Ahora nuestra chica Jordan se identifica con el barco violado por un iceberg que es la cosita erecta de Dios. Eso explica muchas cosas.

LAURENCIO: ¡Herido y violado como una damisela! ¡Como Dios cuando manda a Oseas a casarse con una prostituta que...! Eh... lo siento, perdonen, mi hermana se hizo amiga de unos Testigos, así es que tengo la casa llena de Atalayas. En fin... sigan.

CHILEKENT69: Y el pijecito va con una pistolita de mierda a matar al otro hueón, en vez de salvarse. ¿Por qué? Porque es el malo, por eso. No me la compro. Además, como una hora hueveando barco arriba, barco abajo, barco arriba, barco abajo...

JORDAN: Y al final, terminan solos en alta mar... y él se congela y hunde como sacrificio para su amada... ¡Chilekent, hueón, cómo no te podíh emocionar con eso!

LAURENCIO: El pobre se muere para que la niñita rica se salve, y el orden social queda mantenido. Ella no se casa con el rico malo, pero tampoco se corrompe casándose con el pobre bueno. Después tiene una vida burguesa casándose con otro, criando hijos... Y el emotivo sacrificio de Jack queda como una capsulita del pasado, como una escapadita sin consecuencias de la que no se le habla a nadie porque sería... indecoroso. Y la película le gusta a las chicas...

CHILEKENT69: ¡Además el malo ni se muere! ¡Nos dicen que se suicida, pero ni siquiera lo vemos saltarse la tapa de los sesos, chorrear de sangre la escena...!

JORDAN: Sólo faltas tú, Víctor. Vamos, búrlate. Es película de minas, así es que sé hombre, y...

VÍCTOR: A lo mejor el símbolo fálico es el propio “Titanic”. Por eso no le gusta a los hombres...

domingo, 22 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 17 - "El encuentro de la ciencia y el Islam".


Como decíamos, la gran crisis que abatió al Imperio Romano en Europa, no tocó tan de cerca al Medio Oriente. La rica vida cultural de la región siguió adelante durante un buen tiempo, hasta que en el siglo VII aparecieron nuevos actores políticos: los árabes. Impulsados por la religión del Islam, en cerca de un siglo los árabes se construyeron un imperio que iba desde la India hasta España, aglutinando de esa manera a las regiones más ricas y prósperas de Eurasia bajo un solo cetro. Una muy extendida simplificación histórica señala que los árabes se encargaron de tomar el conocimiento del mundo griego, traducirlo, y enviarlo de vuelta a Europa, ayudando así a salvar la ciencia antigua. Este retrato no es esencialmente erróneo, pero sí demasiado inexacto.



En realidad, la persona de los conquistadores árabes mismos jugó un papel histórico bastante marginal. Eran hordas de fanáticos islámicos que venían de una sociedad simple y tribal como la del desierto, y que conquistaban y arrasaban en nombre del Corán. Es famoso que el califa Omar en 641 ordenó quemar la Biblioteca de Alejandría con el argumento de que si los libros estaban acordes con el Corán eran superfluos, y si eran contrarios al mismo eran heréticos. Estos árabes de mentalidad tribal impusieron un sistema bastante simple de gobierno, que pronto se vio incapacitado para atender las complejas necesidades de sociedades más civilizadas. Hacia el siglo IX, los árabes del desierto ya no tenían ningún rol en la política, y sus descendientes se habían asimilado a la vida de las regiones civilizadas; de árabes tenían sólo el nombre y la ascendencia. El gran despegue científico por lo tanto no fue obra de los árabes, sino de los pueblos sedentarios subyugados por éstos, en particular de persas y bizantinos, que bajo el nuevo gobierno islámico siguieron desarrollando ciencia y tecnología.



Parte importante del gran desarrollo científico del mundo islámico, que los llevó a descubrir cosas como la circulación menor de la sangre o la fisiología del estómago, por no hablar de sus maravillosos progresos astronómicos, se debió a la estabilidad política vivida bajo el Califato. Otra fuente de desarrollo fue que los árabes, en sus conquistas, se adentraron lo suficiente en Asia como para abrir rutas comerciales con la India y China. A través de dichas rutas no sólo viajaron mercancías, sino también ideas y conocimientos. Los islámicos adoptaron así los números de la India y la pólvora de China, entre otras innovaciones.



Pero el dominio del Califato, que tantos beneficios trajo a la civilización del Medio Oriente, se convirtió en un arma de doble filo. La fuente última de legitimidad del Califato era el Islam, que a su vez se basaba en el Corán. Cualquier desarrollo científico podía en potencia convertirse en un arma arrojadiza contra la religión, y por lo tanto, minar las bases del poder político. Esto se convirtió en un freno para la innovación y el desarrollo, por supuesto. Quizás el caso más extremo fue el de los mutazilíes, una escuela de pensamiento que alcanzó su apogeo en el siglo IX, y que trató de compatibilizar el racionalismo con la revelación coránica. Después de un tiempo en que fueron tolerados, los mutazilíes comenzaron a ser perseguidos por los pensadores islámicos ortodoxos, so pretexto de restarle valor al Corán. El Califato apoyó la persecusión de los mutazilíes, dándose cuenta de que una actitud de excesivo cuestionamiento racional podía destruir las bases de su propio poder. De esta manera, el poder religioso y político unidos en una sola mano, frenaron cualquier intento del mundo científico por adentrarse en el problema de la naturaleza del universo, y el rol del ser humano en él. Tales cosas, se argumentaba, ya estaban resueltas en el Corán, y cuestionarlas implicaba caer en la herejía.



De esta manera, entre los siglos VIII y XIII los científicos musulmanes estaban ubicados a la cabeza de la investigación científica mundial, y podían haber desatado sin problemas la Revolución Industrial cerca de medio milenio antes de James Watts. Pero el peso opresivo de la ortodoxia islámica mal entendida, sumado al absolutismo monárquico del Califato, impidieron la expresión de un pensamiento científico verdaderamente libre. El resultado es que los conocimientos acumulados por los científicos islámicos se irradiaron hacia Europa, y allí tuvieron ocasión de germinar durante el Renacimiento y de ahí en adelante. Esa es la historia de cómo fueron los europeos del Renacimiento, y no los musulmanes bajo el Califato, quienes cambiaron para siempre nuestras nociones acerca del lugar del hombre en el universo.

Próxima entrega: "El inicio del despegue de Europa".

miércoles, 18 de abril de 2012

¿Se hace más productiva la sociedad si disminuyen los impuestos?


Uno de los mantras más repetidos por parte de cierta ala de economistas, es que los impuestos deberían disminuir para que la sociedad como un todo sea más productiva. Según este razonamiento, el impuesto es una distorsión a la asignación de recursos, ya que quienes deben pagarlos, los perciben como un costo que lo traspasan a los consumidores. Por lo tanto, los impuestos hacen que la gente consuma menos y produzca menos, y son un freno a la competitividad. Supongamos como ejemplo que el óptimo social de la producción del producto X es 20, pero hay un impuesto. Entonces, del producto X ya no se producirán 20 sino 18, porque los productores estarán menos entusiasmados al percibir que sus ganancias se irán a los bolsillos del Fisco. Y la sociedad entera como un todo pierde dos enteros de dicho producto.

Suena razonable. Pero las cosas en Economía nunca suelen ser tan sencillas. El contraargumento obvio para esto, es que los impuestos ayudan a financiar políticas públicas. Por ejemplo, planes de salud o educación públicas. Sin embargo, razonan los partidarios de disminuir los impuestos, el Estado es ineficiente para asignar recursos, porque los funcionarios siempre están más interesados en llenarse los bolsillos que en financiar dichos programas. Además, si los privados se financian tales cosas directamente, se elimina el costo de tener que pagarle al funcionario respectivo. Disminuir los impuestos significa que los privados tendrán así más dinero para costearse estas cosas, en vez de esperar a que el Estado se las provea, y que de paso les provea lo que no quieren, o les provea un producto público de calidad dudosa.

Si entendemos la Economía como una ciencia, entonces debemos atenernos a los resultados de las observaciones. Desde la década de 1980 en adelante, que el mundo ha atravesado por una oleada desreguladora que, entre otras cosas, implica disminuir impuestos. Y sin embargo, dichas disminuciones de impuestos no necesariamente van acompañado de un aumento de la productividad de la sociedad como un todo. ¿A qué se debe esta paradoja?

En realidad, hay varios puntos de fuga a partir de los cuales el ahorro procedente de la disminución de impuestos se desvanece. El razonamiento de que menos impuestos equivalen a mayor productividad, requiere como premisa no confesada que la totalidad de dicho ahorro será destinado a producir. Es decir, será invertido. Por ejemplo, si pago menos impuestos, me va a ser más fácil comprarme una máquina para fabricar algo. O bien, si soy un profesional liberal, voy a poder comprarme más y mejores útiles para el desenvolvimiento de mi profesión. Es una idea bienintencionada, pero...

No siempre las personas dedican sus ahorros a la inversión. La posibilidad alternativa es que lo destinen al consumo. El ABC del asunto es que si usted tiene dinero, puede gastárselo en bienes que lo recompensarán con ingresos futuros (inversión) o que no le darán tal recompensa (consumo). En muchos casos, este consumo es de productos que son por naturaleza efímeros. Pensemos por ejemplo en la comida. Usted se come un plato de comida, y esa comida se destruye en sus dientes y en su estómago. Ahora bien, puede usted razonar que ese es un costo inevitable porque usted debe comer o se muere, ¿no? Sí, pero existen comidas y comidas. Los privados por ejemplo pueden elegir no comer lechuga u otro plato saludable, sino comida chatarra; los privados pueden elegir envenenarse el hígado con papas fritas y huevos fritos. Podemos decir que es su propia responsabilidad, es cierto, pero a la larga, la obesidad representa un costo mayor para el sistema de salud como un todo. Después de todo, los recursos invertidos en salud son recursos que no pueden ser destinados a otras dolencias más inevitables, o simplemente a cosas más constructivas.

Vamos más allá y pensemos en el alcohol: si usted se toma un trago en un bar, estará consumiendo dinero que se destruirá. Usted no necesita realmente el trago desde el punto de vista de que le aporte vitaminas o minerales. Y como instancia de socialización, un trago en un lugar fino y elegante puede ser considerado como más costoso que otros medios de socialización, como por ejemplo comprarse una cerveza y consumirla entre cuatro amigotes en un departamento. Disminuir los impuestos especiales al alcohol hará el trago más barato, pero eso sólo estimulará al consumo de un producto que se destruye. Es cierto que existe toda una industria asociada al servicio de alcohol, incluyendo los pubs y los mozos que llevan el trago a las mesas, pero puede pensarse seriamente si ello compensa los costos de, digamos, manejar borracho por las calles.

Además, las personas pueden simplemente optar por no invertir ni consumir, sino simplemente ahorrar. En este caso, el dinero se queda estancado, sin circular hacia ninguna parte. En la economía chilena se da un caso monstruoso de esto con el llamado Fondo de Utilidades Tributables, mejor conocido como FUT. Este es un fondo contable a donde van a parar todas las ganancias de la empresa que no son retiradas. No siempre lo que hay en el FUT se reinvierte, pero como no se paga impuestos hasta que se retira, entonces ahí existe un enorme fondo de utilidades sobre las cuales no se ha pagado ningún impuesto. El FUT es técnicamente ahorro, pero es un ahorro que está estancado ahí, para que no pague impuestos. Pero la única manera de destrabar esto sería eliminar el impuesto a la renta de las empresas, lo que por supuesto sería una atrocidad mayor. La única manera de evitar este tapón no es disminuir los impuestos, sino por el contrario aumentarlos, creando en este caso alguna clase de impuesto que grave al FUT. O eliminándolo derechamente, y cobrando el impuesto a la renta sobre las rentas que ingresan a la empresa, no sobre las que se retiran.

Además, los impuestos permiten corregir problemas puntuales de la sociedad. Es el caso por ejemplo de los impuestos al consumo suntuario. Si usted consume alcohol o cigarrillos, es probable que mucho del precio que está pagando en realidad sean impuestos extraordinarios que el Estado se lleva en compensación por consumir productos que ocasionan daño o riesgo social. Después de todo, un borracho es un delincuente potencial, si llega a perder la cabeza, y un adicto a la nicotina es un enfermo de cáncer en potencia, por lo que puede a la larga recargar el sistema de salud. No todos los impuestos son así de útiles, y de hecho algunos pueden ser muy desacertados. Pero no es cierto que todos los impuestos introducen distorsiones: en el caso que comentamos, lo que hace el impuesto en realidad es corregir una distorsión que se produce por riesgo social inherente al consumo de estos productos.

Y el argumento más notorio es que mientras más disminuyen los impuestos, más disminuyen los fondos para financiar programas esenciales para la mantención de la sociedad. Imagínese usted una sociedad donde usted no pudiera cruzar una calle muy concurrida porque no hubiera semáforos. O una sin tribunales de justicia en donde usted pudiera reclamar si alguien no le paga una deuda. O una en donde los privados tuvieran que financiar directamente a la policía, y por lo tanto, los policías no perseguirían a un ladrón que lo ha asaltado in fraganti a usted hasta que usted le pagara por los servicios prestados. Suena ridículo, pero sin un Estado que pague tales cosas, así es como debería financiarse la policía. O eso, o la ley del más fuerte, y rece porque usted tenga el garrote más grande y las mayores fuerzas para usarlo. Y ya se imagina usted quién financia al Ejército, ¿verdad? Por alguna razón, los que argumentan sobre disminuir los impuestos nunca se atreven a tocar a los valientes soldados y decirles que, bien, deberían buscar cómo financiarse solitos. Y esas cosas hacen más productiva a una sociedad: el empresario está más seguro de que no asaltarán su establecimiento si hay policías cuidando allá afuera, y está también más seguro de que los contratos que firme serán respetados con tribunales que se encarguen de hacerlos cumplir. Todas esas cosas mejoran la productividad, pero requieren de impuestos para financiarse.

Por lo tanto, afirmar que si disminuyen los impuestos la sociedad se hará más productiva de manera automática es una simplificación del problema. Puede que en efecto, eliminar o rebajar ciertos impuestos ayuden a potenciar la actividad económica en tales o cuales rubros, eso nadie lo niega. Pero de ahí a afirmar que cualquier disminución de impuestos ayuda a mejorar la productividad porque sí, por consecuencia necesaria o inflexible ley de la sociedad, eso no es ciencia económica sino dogma. Un dogma harto conveniente a ciertos sectores muy reducidos de la sociedad, por supuesto, pero no a toda ella como un conjunto.

domingo, 15 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 16 - "En el caldero cultural bizantino".


En los libros y en la enseñanza clásica de Historia acá en el mundo occidental, suelen destacarse con fuerza y detalles los eventos de Europa Occidental después del Imperio Romano, y pasarse muy de refilón lo que ocurría en el Imperio Bizantino o el Medio Oriente. Y sin embargo, la relación en cuanto a importancia histórica es exactamente la inversa: los hechos más importantes e influyentes estaban ocurriendo allá, no en la Europa Occidental. En Mediterráneo Oriental y el Medio Oriente, repartidos entre el Imperio Bizantino y el Imperio Sasánida primero, y los bizantinos y el Califato musulmán después (llamémoslo así por brevedad, ya que hubo varios consecutivos, y a ratos más de uno), el comercio y la industria seguían más o menos bullentes y la cultura se había logrado conservar en condiciones mucho mejores que en la castigada Europa Occidental. Al menos hasta la tempestad de las invasiones árabes en el siglo VII, la "caída de las tinieblas" con que se suele retratar el inicio de la Edad Media, es una expresión del todo errónea. Y después de los árabes, aún así la antigua cultura siguió preservándose.



El Imperio Romano de Oriente devino en Imperio Bizantino a lo largo de una serie de crisis. Sus riquezas superiores le permitieron pagar rescate a los hunos, que no saquearon sus dominios. Una serie de emperadores fuertes y competentes aseguraron la supervivencia del imperio entre los siglos V y VI. A medida que el Imperio Romano de Occidente decaía y moría, y por lo tanto los lazos culturales con Europa Occidental se cortaban, el ascendente cultural latino declinaba, y la herencia cultural griega renacía. Por lo tanto, el Imperio Romano de Oriente de cariz romano o grecorromano, dio paso de manera paulatina a un Imperio Bizantino por entero griego. Y lo más importante, no hubo un quiebre cultural directo, de manera que mucho de la antigua cultura grecorromana pudo conservarse de manera mucho más adecuada que en Occidente.



Mientras que la Iglesia Católica se enseñoreó sin problemas del campo en Europa Occidental, ante la falta de un poder político fuerte, en el Imperio Bizantino dicha Iglesia lo tuvo más difícil. Las relaciones entre Iglesia e Imperio en Bizancio siempre fueron difíciles. El Imperio Bizantino había heredado del Imperio Romano una institución llamada cesaropapismo, que consiste más o menos en la intervención del Estado en los asuntos religiosos. Por lo tanto, el Imperio estaba más que dispuesto a utilizar la religión como arma política a una escala que nunca se vio en la Europa Occidental de la Edad Media. Esto tuvo como consecuencia que el dogma religioso se transformó en un arma política: una estupenda manera de deshacerse de los enemigos políticos para prosperar y hacer carrera, era hacer una acusación de herejía. La historia del Imperio Bizantino estuvo así ensangrentada con querellas y disturbios populares de naturaleza religiosa, en que dos o más facciones se acusaban mutuamente de herejes y se destruían por ello.



Todo este clima le dio a la cultura bizantina un matiz muy peculiar. El legado científico grecorromano siguió vivo en el mundo bizantino. Una muestra de lo elaborado de las matemáticas bizantinas, lo constituyen los cálculos necesarios para que Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles pudieran construir la Basílica de Santa Sofía, en el siglo VI, una obra maestra arquitectónica de una técnica imposible en el Occidente contemporáneo. Uno de los más importantes secretos tecnológicos bizantinos fue el fuego griego, una preparación química que funcionaba más o menos como el moderno napalm, y se le arrojaba a los barcos enemigos para incendiarlos; la supervivencia milenaria del Imperio Bizantino residió en medida no despreciable, en este secreto tecnológico. Incluso tenemos una de las escasas narraciones de viajes en donde más o menos tenemos la seguridad de que el viajero hizo tal viaje en vez de inventárselo, como era moneda corriente en la Antigüedad: el relato de Cosmas Indicopleustes en el siglo VI. Si bien éste cometió el error de considerar a la Tierra como un tabernáculo, metiendo una gigantesca montaña al centro para que el Sol tuviera donde ponerse en la noche, girando alrededor de esa montaña gigantesca.



Pero por otra parte, el papel desmedido de la religión y la Teología en los asuntos políticos hizo poco seguro para los eruditos y científicos el hacer investigación independiente, y menos cuestionar el rol de la Humanidad en el mundo tal y como lo expresaban las Escrituras. Desde el cierre de la Academia de Platón en el siglo VI hasta la condena del prominente erudito Ioannis Italos en el XI, la vida fue muy insegura para los adeptos a la filosofía grecorromana por su olor a paganismo, y por extensión, para los continuadores del cultivo de la ciencia grecorromana. No es raro que el genio erudito bizantino se haya torcido desde la investigación científica creativa hacia el enciclopedismo. Durante cerca de un milenio, lo que más se produjo en materia cultural bizantina, fueron enciclopedias. Algunas de ellas, como la Suda del siglo X por ejemplo, son fuentes invaluables de datos acerca del mundo antiguo, ya que compilan citas y hechos de fuentes más antiguas hoy en día perdidas. De esta manera, un poco siguiendo los pasos de la China Imperial, el Imperio Bizantino se perdió la valiosísima oportunidad de haber dado el salto científico desde el mundo grecorromano hacia una visión del mundo que podríamos calificar como propia del Renacimiento Científico.

Próxima entrega: "El encuentro de la ciencia y el Islam".

miércoles, 11 de abril de 2012

Temporada 1 de "Game of Thrones": El sueño húmedo de Maquiavelo.


Por alguna razón, no había despachado todavía mi comentario acerca de la primera temporada de Game of Thrones, y entre medio llegó la segunda temporada, estrenada ahora en abril de 2.012. De manera que, aprovechando el impulso, hablemos un poco de esta serie de televisión, en particular de la primera temporada, que es la primera incursión de las clásicas series de HBO en terreno fantástico. Tengamos en cuenta que yo no me leído las novelas originales, de manera que comento sólo por la serie en sí, y a riesgo de repetirme, más en concreto por la primera temporada únicamente. Y en segundo término, ya he escrito de antemano un artículo sobre el paralelo entre Game of Thrones y la Guerra de las Rosas en Inglaterra, de manera que no me repetiré sobre eso aquí.

La serie en cuestión fue estrenada en 2.011, y se extendió en su primera temporada por diez capítulos. Aunque fue promocionada un poco como una serie en donde los buenos no son tan buenos, los malos no son tan malos, y en definitiva hay muchos personajes principales, todos ellos de diversa importancia, lo cierto es que no es necesario ahondar demasiado para darse cuenta de que los verdaderos protagonistas son la familia Stark. Un poco como los Corleone en El Padrino, los Stark podrán ser presentados como políticos y maquiavélicos, pero son los más honorables dentro del corro de familias luchando por el poder imperial, de manera que la delineación entre héroes y villanos, aunque traten de difuminarla, sigue estando ahí. Se supone que los Stark son una de las siete grandes casas reales que gobiernan la región civilizada del continente de Westeros, todos ellos unificados bajo un solo monarca universal, que es el rey Robert Baratheon. Que para condimentar la historia, no ha llegado al trono por herencia, sino usurpándoselo a un rey antiguo que era un déspota sanguinario. Así como se presenta, el sistema político son puras monarquías al estilo de El príncipe de Maquiavelo, sin repúblicas o sistemas políticos más abiertos, en otra muestra de que la imaginación sociopolítica no es el fuerte de los escritores de Fantasía Epica.

La trama de los diez capítulos se desarrolla en torno a tres historias que corren en paralelo, tocándose muy poco a lo largo de la historia, por lo menos en lo que a esta temporada se refiere. Una de ellas se refiere a Ned Stark, interpretado por Sean Bean, que es la cabeza de la familia Stark. Este es llamado por Robert Baratheon a Desembarco del Rey, la capital de los siete reinos, para ser la Mano del Rey, una especie de segundo al mando por debajo del rey supremo. La segunda trama se refiere al Muro, una ciclópea muralla que separa a los siete reinos de las tierras del norte en donde sólo hay frío, hielo y leyendas sobre bestias míticas que podría ser que estuvieran resucitando, porque como reza el lema de la serie, el invierno está llegando. La tercera trama se ambienta más allá del estrecho oriental, en unas grandes planicies en donde vemos a Daenerys Targaryen hacerse mujer y luchar para recobrar la herencia de sus ancestros, porque el rey derrocado por Robert Baratheon era su padre.



Lo primero que llama la atención de la serie, es la enorme complejidad del escenario. A pesar de tratar de ser lo más didácticos que pueden en los primeros dos o tres episodios, es fácil marearse con la cantidad de personajes y situaciones presentados. La recomendación aquí es, si se puede, ver el primero y segundo episodio un par de veces, antes de seguir adelante. Puede afirmarse que es recién entre el tercer o cuarto episodio que la presentación de personajes y situaciones termina, y comienza la intriga propiamente tal. Esta característica será un lastre y maldición de la serie: hay tantas cosas presentadas de maneras a veces demasiado fugaces, que es fácil perderle la pista a las tramas, y lo que es peor, a los personajes que son principales. Aún así, los guionistas se las arreglan para mantener las cosas interesantes, introduciendo continuos giros argumentales que mantienen todo movido, y con ganas de averiguar cómo va a terminar tal o cual situación. Uno de los más interesantes es que ningún personaje pareciera tener una armadura por conveniencias del guión, y por lo tanto, cualquiera puede morir.

Otro aspecto muy interesante de la serie, es el tratamiento de los personajes. Aunque decíamos que la serie no consigue eliminar la diferencia entre héroes y villanos, no es menos cierto que cada personaje está muy bien caracterizado en sus características psicológicas y su visión del mundo. Ningún personaje tiene motivos simples, y aunque la mayor parte de ellos están en la lucha por el trono debido a la ambición, el motor que impulsa estas ambiciones suele ser distinto en cada caso. En definitiva, el elenco entero pareciera estar integrado por personajes que oscilan entre antihéroes, protagonistas oscuros, héroes byronianos y villanos con corazón o bien intencionados, lo que es algo un poco inusual en la fantasía heroica, género demasiado habituado a mostrar la confrontación entre una fuerza etiquetada como el bien y otra etiquetada como el mal de manera simplista ambas.

Que la serie sea producida por HBO es un plus y un contra al mismo tiempo. Por el lado positivo, tenemos toda la experticia de HBO a la hora de crear series. Como en otras series antes, HBO hace notar muy bien ese antiguo eslogan que era no es televisión, es HBO. La producción puede ser un tanto roñosa a ratos, considerando que estamos acostumbrados a la fantasía heroica con el presupuesto más dispendioso del cine, pero le sacan un muy buen partido a los escenarios y locaciones diversos. El uso de fondos por computadora también ayuda a crear una atmósfera algo onírica alrededor de los personajes. El único punto en donde de verdad se nota la falta de presupuesto, es tirando a los capítulos finales en donde ocurren batallas, y para ahorrar en costos, simplemente se las saltan y nos cuentan el resultado por boca de los personajes. El truco estaba bueno para Los persas de Esquilo, habida cuenta de lo limitado del presupuesto del teatro, pero en televisión esperaríamos un poco más de espectacularidad al respecto. En definitiva, la serie pierde enteros cuando sale de la atmósfera de intriga maquiavélica y se adentra en los terrenos de la gran épica. O de lo que debería ser gran épica, al menos.



Además tenemos el encorsetamiento rígido que pareciera ser propio de las series de HBO. Ellos parecieran creerse en serio que son la crema de la crema de las series televisivas, y por lo tanto, tratan de obtener el resultado más artístico posible, aunque tengan que sacrificar naturalidad en el camino. Por lo tanto, las actuaciones son contenidas y quizás algo planas, aunque el elenco de actores escogidos en general está bien. Por otra parte, el tratamiento de muchas situaciones a veces hace olvidar que estamos en otro mundo: es como si estuvieran avergonzados de estar rodando una producción escapista fantástica porque las series de HBO deben tener una tendencia al comentario social, y por lo tanto, tratan de rebajar todo lo posible lo que de fantástico tenga el escenario, para que sea como un trasunto del mundo real. Y en este esfuerzo, la serie adquiere un tinte extraño, ni muy de nuestro mundo, ni muy del otro. Incluso la banda sonora, más allá del imponente tema principal, tiende a ser más bien aburrida o anodina.

Haciendo una valoración general, la serie tiende a ser más bien irregular, con sus puntos altos y sus puntos bajos. Pero por otra parte, la historia narrada y el universo descrito son de una complejidad enorme para lo que es el estándar de las series televisivas, y por lo tanto, se puede quedar a mitad de camino y aún así seguir siendo muy buena. Sin embargo, es probable que la primera temporada quede sólo como un largo proemio, y sean necesarias nuevas temporadas para seguir explorando el universo y sus personajes, y alcanzar todo lo que esta serie podría ser. Y si de confirmar esto se trata ya tenemos en nuestras pantallas la segunda temporada para salir de dudas.



domingo, 8 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 15 - "Bajo el signo de la Iglesia Católica".


La deposición oficial del último Emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo en el año 476, no fue el cataclismo social que algunos historiadores tremendistas del Renacimiento pintaron. En realidad, el paso desde la Antigüedad Clásica a la Edad Media en la Europa Occidental fue un proceso lento y paulatino que se extendió cerca de medio milenio, desde la llamada crisis del siglo III hasta la época de la consolidación de los francos en el siglo VIII. En medio de todo esto, la gran institución que operó como ancla de la sociedad fue la Iglesia Católica. Es lógico y natural por lo tanto que fuera ésta con sus doctrinas la que impusiera su visión del universo, así como el rol del hombre dentro del mismo.



El corpus doctrinal del Cristianismo, al menos en la Edad Media, arranca de tres grandes fuentes. En primer lugar están todos los textos sagrados heredados del Judaísmo, que son herederos de una mentalidad religiosa común al resto del Medio Oriente, y que pasaron a ser el Antiguo Testamento. En segundo término está el canon de escritos redactados por los primeros en identificarse como cristianos, y que por haber sido redactados en la época del Imperio Romano están mucho más impregnados de las ideas y conceptos propios del pensamiento filosófico griego. Y en tercera está todo el denso cuerpo de la Patrística griega y latina, que hizo un elaborado esfuerzo por reconciliar ambos legados contradictorios en una única doctrina coherente. De ahí que el Cristianismo en sus distintas formas y variantes, se haya movido entre dos polos conceptuales distintos, el hebraizante impregnado de la mencionada mentalidad religiosa del Medio Oriente, y el helenizante impregnado de la mentalidad humanista y racionalista griega.



Dentro de la cosmovisión cristiana clásica, el ser humano tiene una relación privilegiada con Dios, ya que su alma ha sido hecha a imagen y semejanza suya. El ser humano es así señor de la Creación, y puede utilizar de la Tierra y de sus pobladores como mejor le plazca, completando con ello la obra de la Creación. Pero también, a consecuencia del Pecado Original, es una criatura caída que necesita de la gracia para la salvación. Salvación que, según la doctrina más tradicional de la Iglesia Católica, sólo pasa por Cristo y por la intermediación de ella. De ahí que en la doctrina cristiana coexistan, a veces de manera bastante incómoda, la idea griega de la confianza en el ser humano y en sus capacidades, expresada en el concepto de que el hombre es hijo de Dios, junto con el desamparo de esta criatura desvalida frente al Dios Omnipotente. En la primera etapa de la Edad Media, como respuesta psicológica ante el caos y desorden imperantes, esta segunda visión tuvo la primacía; no es casualidad que en este tiempo la decoración de las iglesias fuera invadida por el Pantocrator, la representación pictórica del Cristo como Todopoderoso Señor de la Creación.



Todo esto por supuesto va a tener consecuencias para la investigación naturalista del mundo. Al contrario de lo que usualmente se presupone, la Iglesia Católica no tuvo a comienzos de la Edad Media una actitud hostil hacia las ciencias naturales; aunque considerándose depositaria de todas las verdades universales, tampoco consideró necesario desarrollarlas e implementarlas, toda vez que no consideraron necesario añadir nuevas investigaciones suplementarias a lo que ya se sabía. Lo que hicieron los hombres de religión en ese tiempo no fue arrumbar la ciencia o destruirla, sino que por el contrario, hacer sus más vivos esfuerzos en compendiarla y salvarla de la destrucción y el pillaje provocado por los incendios de bibliotecas durante los saqueos bárbaros y las querellas feudales. Es en esta época que comenzó a obrar el batallón de monjes copistas medievales que, en las celdas de sus monasterios, se encargaron de crear puentes culturales para la posteridad; los monjes irlandeses, bien aislados y fortificados en su isla occidental, fueron quienes tomaron la cabeza por varios siglos. A nivel individual, el más importante esfuerzo en este sentido y en su época, fue el desplegado por Isidoro de Sevilla, un canónigo hispánico de comienzos del siglo VII que en sus "Etimologías" compendió todo el saber universal de su época, en una única enciclopedia que fue obra de consulta obligada para los eruditos durante cerca de un milenio. Toda esta labor ayudó a salvaguardar la cultura grecorromana, pero por otra parte, partían desde sus propios prejuicios e ideas preconcebidas, y además trabajaban con fragmentos o jirones de conocimientos salvados desde el diluvio social, lo que le dio quizás demasiada primacía a pensadores de ideas no siempre acertadas, como Aristóteles o Claudio Ptolomeo, en perjuicio de otros pensadores con visiones más certeras de la realidad. De este modo, contribuyeron a crear una visión del mundo que iba a quedar consagrada como canónica por la Iglesia Católica: Claudio Ptolomeo, en particular, fue sacralizado hasta el punto que ir en contra de sus ideas científicas convertidas en doctrina religiosa podía llegar a costar un juicio por herejía frente a la Inquisición. Un milenio después, Giordano Bruno iba a pagar con la hoguera, y Galileo Galilei con arresto domiciliario de por vida, debido a esta situación.



De esta manera, los inicios de la Edad Media no fueron la Edad Oscura ni el apagón cultural que los historiadores clásicos del Renacimiento o del siglo XVIII predicaron en sus días, ya que si bien gravemente mermada, la cultura grecorromana se las arregló para sobrevivir de una manera u otra en el seno de la sociedad europea occidental. Sin embargo, esta supervivencia estuvo condicionada por el azar de que tales o cuales bibliotecas ardieran en llamas bajo las herraduras de los caballos de los conquistadores bárbaros, o bien por el sesgo de los propios primeros escritores medievales en hacer una transmisión selectiva del conocimiento. Y cuando ese conocimiento terminara por transformarse en dogma, la visión medieval sobre el mundo se fosilizaría. Sería necesario nada menos que todo el Renacimiento para hacer saltar en definitiva esa costra, y retomar el legado racionalista griego allí donde había sido interrumpido por la decadencia del mundo grecorromano.

Próxima entrega: "En el caldero cultural bizantino".

domingo, 1 de abril de 2012

Crónicas Antrópicas 14 - "El final del mundo pagano".


La Edad Axial fue un período de grandes cambios en la mentalidad general de la Humanidad. Las antiguas respuestas religiosas fueron cuestionadas, y nuevos conceptos acerca del hombre y su lugar en el universo fueron desarrollados a partir desde una visión humanista, incluso antropocéntrica. El racionalismo griego, seguido más o menos después bajo el Imperio Romano, fue allí donde este proceso llegó más lejos. Y sin embargo, a finales del Imperio Romano, todo eso estaba a punto de acabar. No es que el legado griego iba a desaparecer para siempre, pero sí que iba a adormecerse durante cerca de un milenio, hasta volver a encontrar su lugar durante el Renacimiento.



Durante los siglos III y IV después de Cristo, hubo una serie de transformaciones en la política eurasiática. Los grandes imperios empezaron una imparable carrera hacia la desintegración. La conexión entre civilizaciones trajo como consecuencia indeseable, la propagación de nuevas plagas y epidemias que originaron una crisis demográfica. Parece ser también que comenzaron a producirse algunos cambios ambientales que rematarían en un clima más frío a comienzos de la Edad Media. La respuesta de las sociedades eurasiáticas fue sumergirse en un ciclo creciente de guerras y perturbaciones sociales que agudizaron la dinámica social que venía arrastrándose desde hacía siglos. El Imperio Han en China se fraccionó en varios reinos combatientes entre sí. El Imperio Romano inició una lenta e imparable decadencia. El Imperio Sasánida no fue capaz de consolidarse. Sólo el Imperio Gupta pareció permanecer firme, aunque en el siglo V inició su propia decadencia. Como parte del cuadro, varios pueblos de la estepa eurasiática, incluyendo a los hiung-nu (los hunos) comenzaron a presionar contra las regiones más civilizadas, buscando saquearlas y vivir a costa de ellas.



En el mundo grecorromano, las consecuencias fueron devastadoras. La crisis demográfica y la mayor pobreza económica incentivó a que muchos bárbaros cruzaran la frontera. Más o menos en el siglo IV, Roma se había llenado de bárbaros que habían acarreado consigo su visión más primaria y religiosa del mundo. La antigua clase senatorial por su parte, desgarrada por las guerras civiles del siglo III, había desaparecido casi por completo. En consecuencia de todo esto, la cultura grecorromana se había diluído hasta casi desaparecer, y con ella, prácticamente toda la inspiración humanista. Siguiéndola a ella, se secó casi por completo el manantial de la ciencia. El campo quedó entonces abonado para ser tomado por asalto por las religiones orientales. La que consiguió aprovechar mejor el campo fue el Cristianismo, que partió su carrera como una oscura secta judía, y que experimentó un crecimiento espectacular durante la gran crisis política que sacudió al Imperio Romano en el siglo III. El Cristianismo predicaba que la vida en el mundo podía ser mala, pero eso era lo de menos, ya que ésta no era sino el preparativo para una existencia de ultratumba en donde los buenos y los justos serían salvados y aliviados de sus penas; éste era un mensaje muy seductor para las masas ávidas de consuelo espiritual en medio de sus tribulaciones materiales. Además, basada en los principios de solidaridad de su religión, la Iglesia Católica organizó una poderosa red de apoyo social que contrarrestó de manera eficaz la crisis social, en lo que a sus fieles y adherentes se refiere.



Pero en lo que a la visión del ser humano se refiere, el Cristianismo no dejaba de ser otra religión de inspiración antigua que pretendía tener todas las respuestas. Por lo tanto, existía dentro del Cristianismo una profunda vena anticientífica. A los cristianos se les exigía creer ciegamente en Cristo, y se les enseñaba que el único lugar del ser humano es como hijos de Dios, aceptando sumisamente su voluntad, expresada a través de los sacerdotes que proclamaban tener las verdades supremas. En respuesta, el Imperio Romano vivió violentos estallidos anticientíficos. En el año 392 después de Cristo, Teodosio proclamó al Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Una de las consecuencias fue que una turba de cristianos se tomó por asalto la Biblioteca de Alejandría, el último gran bastión del conocimiento antiguo, y quemó una enorme cantidad de libros que constituían el legado clásico, censurado como restos de una cultura pagana y anticristiana.



En el año 410, los visigodos llegaron hasta las mismísimas puertas de Roma, y la saquearon. El Imperio Romano se vio conmocionado de punta a cabo; era la primera vez que Roma era saqueada por bárbaros desde el ataque de los galos hacia 390 antes de Cristo, o sea, unos ocho siglos antes. Para los pueblos del Imperio, acostumbrados a que éste fuera casi una parte inmutable del orden universal, fue casi como un acabo de mundo. Los estallidos religiosos se multiplicaron; en uno de ellos la matemática griega Hipatia, la última gran luminaria de la ciencia grecorromana, fue asaltada por la multitud y linchada en las calles de Alejandría. Mientras tanto, San Agustín se lanzaba a escribir "La ciudad de Dios", obra en donde enseñaba que el Imperio Romano y por extensión la cultura pagana, eran una "ciudad de destrucción", que no tenía otro propósito histórico dentro de un supuesto plan divino que preparar el advenimiento de la "ciudad de Dios" identificada con la Iglesia Católica. Para San Agustín no existían más hechos que los expresados en la Biblia, y en las conclusiones intelectuales que se le antojaban como razonables, sin comprobación ulterior en la experiencia o en los hechos; la ciencia como manera de interrogar a la realidad y obtener respuestas de ella, no tenía ningún papel en su visión del mundo. No en balde, con San Agustín ya hemos cruzado el umbral desde la Antigüedad clásica hacia el pensamiento medieval. La ciencia occidental iba a tener por delante un larguísimo camino para recobrarse de todo esto.

Próxima entrega: "Bajo el signo de la Iglesia Católica".

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