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viernes, 30 de marzo de 2012

CIVIMPERIOS - Francia: El poder y la grandeza (Parte 5: El Imperio).



Aunque a la muerte de Napoleón Bonaparte parecía que el viejo orden anterior a 1789 volvía en gloria y majestad, esto no era así. En el intertanto se habían llevado a cabo numerosas reformas, y éstas debían por fuerza sobrevivir. Además, la sociedad francesa misma había cambiado. La antigua aristocracia había sido derrotada, y su lugar había sido tomado por la burguesía industrial. Francia estaba arrojada de lleno en la pendiente de la Revolución Industrial, y la maquinización atrajo a numerosos campesinos a las ciudades, que crecieron en tamaño. También produjo interminables problemas sociales, debido a la precarización del trabajo y la ausencia de leyes sociales que protegieran a los trabajadores. Esto encendería rebeliones sociales por parte del proletariado urbano a lo largo de todo el siglo XIX: en 1830 primero, en 1848 después, y en 1871 al último.

En el intertanto, Francia se construyó su propio imperio colonial. En 1830 invadió Argelia, y en años sucesivos, otros territorios africanos fueron invadidos. En los siguientes ochenta años, la presencia francesa se incrementó también en el Lejano Oriente, consiguiendo imponer su protectorado sobre Laos, Camboya e Indochina. Esto fue beneficioso para Francia, ya que le aseguró recursos y materias primas para su industria, enriqueciéndola como nación, aunque por supuesto, fueron los pueblos sometidos quienes se sintieron tratados con injusticia por el intercambio.

En lo político, Francia fue autoritaria durante todo el siglo XIX. A la restauración borbónica de Luis XVIII siguió el gobierno de Carlos X en 1830, que acabó derrocado sólo para que el poder cayera en manos de Luis Felipe de Orléans. Como gobernante, éste nada hizo por las clases trabajadoras, y en respuesta, durante las grandes rebeliones europeas de 1848, los franceses aprovecharon de echarlo a patadas. Hubo elecciones, y salió elegido Luis Napoleón como Presidente, quien al poco tiempo hizo un autogolpe y se proclamó Emperador Napoleón III de Francia, y a Francia como el Segundo Imperio. Este fue un gobernante ciertamente progresista, que emprendió grandes obras urbanas, protegió de lejos a los primeros pintores impresionistas, y aplicó algunas reformas sociales, no demasiadas tampoco, aunque sus continuos empeños por una política imperialista, incluyendo una fracasada invasión militar a México entre 1863 y 1867, le llevaron a chocar de frente con una creciente Prusia. En 1870 estalló la Guerra Franco-Prusiana, y el Segundo Imperio llegó a su fin.



Fue proclamada la Tercera República, la que pronto se vio sumergida en la corrupción y la inoperancia. El espectro político iba desde los socialistas hasta los partidarios de restaurar la monarquía. Bajo esos años, Francia vivió la Belle Epoque, y París se transformó en “la Ville-Lumière”, la Ciudad Luz, el centro de la cultura europea.

Sin embargo, al paso del siglo siguiente, Francia se transformaría en uno de los peores campos de batalla de Europa. En 1914, a consecuencias de la enredada diplomacia europea, Francia se vio arrastrada a la Primera Guerra Mundial. Alemania invadió el territorio y estuvo a punto de tomar París, antes de que ambos bandos se quedaran atascados en la Guerra de Trincheras. El nudo sólo pudo desatarse con la entrada de Estados Unidos en la guerra. En 1919 se firmó el Tratado de Versalles, en que Francia hizo todo lo posible por hundir a Alemania a una potencia de segundo orden. Pero bajo Adolfo Hitler, Alemania emprendió un veloz rearme, y Francia fue una vez más atacada en 1940. Esta vez, buena parte de la responsabilidad radica en la incompetencia del propio alto mando francés, con modelos militares vetustos que no consideraban los tanques o la aviación. Francia quedó dividida entre el norte ocupado y el sur bajo un régimen colaboracionista con capital en Vichy, con una activa Resistencia impulsada por el general Charles de Gaulle. Finalmente fue liberada en 1944, y se recompuso lo suficiente como para sentarse a la mesa de los vencedores en 1945.



La Francia posterior cayó en la órbita de la OTAN, al tiempo que perdía sus colonias en el este de Asia, y Argelia se rebelaba. En 1958 llegó al poder Charles de Gaulle, que instaló un gobierno autoritario. A un tiempo, de Gaulle reconoció la incapacidad para seguir controlando Argelia, y le dio la independencia en 1963. De Gaulle emprendió en lo internacional una activa política nacionalista, retirando a Francia de la OTAN y buscando convertirse en potencia nuclear. Otro golpe a la cátedra fue el Tratado del Elíseo, firmado en 1963, en que reconciliaba a Francia con Alemania Occidental. De Gaulle fue sorprendido por las manifestaciones estudiantiles de 1968, y se sometió a un plebiscito que perdió, renunciando entonces al poder y retirándose a la vida privada, en donde fallecería en 1970.

Entretanto, Francia había sido miembro activo de las iniciativas para la unificación europea, incluyendo la Comunidad Económica Europea. En 1992 firmó el Tratado de Maastricht y pasó a integrar la Unión Europea, aunque en el plebiscito de ratificación, la opción de unirse estuvo en un tris de ser derrotada. A través de Francia, algunas antiguas colonias han pasado también a formar parte de dicha Unión. Si el proceso de unificación europea sigue adelante con la participación francesa, entonces es seguro decir que habrá acabado aquí una larga historia que principia casi un milenio antes, de la nación que ha sido quizás el gran pivote del mapa político europeo desde la Edad Media hasta la actualidad.

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