viernes, 23 de marzo de 2012

CIVIMPERIOS - Francia: El poder y la grandeza (Parte 4: La revolución).



A la muerte de Luis XIV en 1715, asumió el trono su bisnieto Luis XV. En general, Luis XV fue un rey bienintencionado, pero débil, que dejó acumularse la esclerosis sobre el aparato estatal. Bajo su gobierno, la nobleza recobró mucho del poder que había perdido bajo su predecesor. Luis XV se vio involucrado en el juego político europeo sufriendo algunas enormes pérdidas al verse obligado a ceder sus colonias en la India y Canadá a Inglaterra. Se dice que Luis XV dijo: “Después de mi, el diluvio”, como advirtiendo que se venían cambios revolucionarios. Bajo el gobierno de Luis XV floreció la Ilustración, y con ella llegaron ideas nuevas: democracia, soberanía popular, derechos humanos. Todos estos conceptos involucraban por supuesto la eliminación de la monarquía absoluta, algo que no querían las clases privilegiadas, ni el rey tampoco.

En 1774 llegó al trono de Francia un experto relojero llamado Luis XVI. Demasiado débil, demasiado evasivo, demasiado deseoso de que todo siguiera como siempre, oscilaba entre escuchar a sus competentes ministros de economía que le aconsejaban recortar privilegios, y los aristócratas que boicoteaban cualquier iniciativa de reforma económica. En la época de Luis XVI, la economía de la Corona estaba complicada porque la corte y el Estado gastaban mucho, y con impuestos se recaudaba poco porque las clases privilegiadas estaban exentas en buena medida de ellos. El conflicto llegó a un atolladero, y Luis XVI convocó a los Estados Generales, en que representantes de los privilegiados y del pueblo llano conferenciarían para acordar reformas.

Los privilegiados aprovecharon la instancia para obstruir cualquier reforma, y además, para sancionar el orden establecido con aires de legitimidad. Extorsionados de esta manera, los diputados por el pueblo llano se separaron y crearon la Asamblea Nacional. Luis XVI, preocupado por lo que sentía como insubordinación, ordenó disolverla por las armas, pero los soldados se negaron a obedecer. El despido del popular ministro Necker fue la gota que colmó el vaso, y el pueblo de París se tomó por asalto la Bastilla, una fortaleza medieval que servía como prisión monárquica. Era el año 1789.

Los eventos se precipitaron. Sobrepasado, Luis XVI le juró lealtad a la nación. Los diputados crearon una Constitución, en la que siguieron manteniendo al rey, pero sólo le dieron la facultad de vetar las leyes. En el intertanto, Luis XVI realizó un intento de fuga, pero fue descubierto y reconducido a París, lo que le valió el repudio generalizado. Luis XVI se decidió a utilizar entonces su única arma de presión, que era usar la facultad de veto que la Constitución le garantizaba, y se negó a seguir pasando leyes aprobadas por la ahora llamada Asamblea Legislativa. El pueblo sintió esto como una traición, y Luis XVI fue arrestado y depuesto. El poder quedó en manos de un nuevo órgano colegiado, la Convención.

En el intertanto, en 1792, las monarquías europeas se coaligaron para atacar a Francia, buscando aplastar la Revolución, para que ésta no se contagiara a sus propias naciones. Los franceses obtuvieron un respiro gracias a su apabullante victoria en la Batalla de Valmy. Buena parte de los triunfos bélicos franceses posteriores se explican porque los principios democráticos tuvieron una inesperada aplicación militar: la conscripción militar universal.



A su vez, por manejos políticos, el poder se concentró desde la Convención a un órgano aún más pequeño, el Comité de Salvación Pública. Encabezado por Maximiliano Robespierre, esta comisión ordenó la ejecución sumaria de todos los que consideraba enemigos de Francia. Comenzó el Terror, con un interminable desfile de aristócratas con rumbo a la guillotina. El mismo Luis XVI y su esposa María Antonieta sufrieron tal destino. Y cuando los aristócratas fueron guillotinados en su mayoría, el Comité siguió con cuantos enemigos reales o imaginarios pudieron encontrar. El Terror degeneró en persecusión política. Finalmente, un grupo de miembros de la Convención, temiendo por sus vidas, dio un golpe de estado en 1794, arrestó a Robespierre, y lo llevaron en menos de 24 horas al mismo destino: la guillotina. Así acabó el Terror.

La ejecución generalizada de altos oficiales del ejército, todos aristócratas, provocó un enorme tiraje en la chimenea. De esta manera fue que un general de 27 años, Napoleón Bonaparte, hizo una carrera fulgurante. Gracias al favoritismo del nuevo poder político, el Directorio, Napoleón obtuvo campañas militares en Italia y Egipto, que le labraron el prestigio suficiente para él mismo a su vez derribar al Directorio. Entre 1799 y 1815, Napoleón Bonaparte fue el amo efectivo de Francia, y sumergió a Europa en una gigantesca oleada de guerras que remataron sólo con su derrota en la Batalla de Waterloo. El Congreso de Viena de 1815 hizo volver a Francia a sus fronteras anteriores a 1792, y a la monarquía absoluta.


Pero la obra maestra de Napoleón Bonaparte, en lo que a Francia se refiere, fue haber consolidado la eliminación de los últimos resabios de feudalismo en Francia, y refundar el mapa administrativo del país. Asimismo, bajo su iniciativa fue promulgado el Código Civil Francés, apodado Código Napoleónico en su honor, que es una de las más notables obras legislativas de todos los tiempos, y modelo para una interminable serie de códigos a lo largo del mundo. Además, aunque aplastados por el minuto, los ideales de 1789 siguieron propulsando la historia por los siguientes dos siglos.

Sigue en la quinta parte y final.


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