viernes, 16 de marzo de 2012

CIVIMPERIOS - Francia: El poder y la grandeza (Parte 3: El Estado).



Después de la Guerra de los Cien Años, Francia era una nación moderna en el pleno sentido del término. El régimen feudal seguía existiendo en las provincias, pero en general la aristocracia militar había sido muy debilitada, la burguesía en las ciudades era la principal fuerza económica, y existía un Estado centralizado sobre todo el territorio. Además existía un sentimiento nacional francés. Con todo, Francia aún no abarcaba todo el territorio de la actual, y en muchos lugares no llegaba a los Alpes o al río Rin.

En 1494, Carlos VIII de Francia hizo una excursión militar por Italia, llegando hasta Nápoles casi sin resistencia. Fue el inicio de un largo ciclo de guerras en que Francia se vio envuelta hasta 1559. En dicho ciclo, la monarquía nacional francesa afrontó una nueva amenaza; el rey español Carlos I, coronado en 1516, consiguió coronarse Emperador de Alemania en 1519. Francia quedaba así atenazada entre Alemania y España formando un frente único en su contra. Para mala suerte de Carlos V de Alemania, éste debió dispersarse entre demasiado enemigos. Esto fue la salvación de Francia, que no vaciló en aliarse incluso con infieles musulmanes, en concreto con el Imperio Otomano, para que éste sirviera como distracción de España en el Mar Mediterráneo.

Durante la primera mitad del siglo XVI, el Renacimiento en toda su gloria arribó a Francia. Se construyeron castillos de nuevo estilo, y se desarrolló toda una nueva escuela de pintores renacentistas franceses. Francia tomó también el relevo de Italia como punta de lanza del mundo jurídico europeo.



La segunda mitad del siglo fue más movida, cuando la Reforma Protestante se volvió un tema. Esta había estallado con la rebelión teológica de Martín Lutero en 1517, en Alemania. La variedad de protestantes que se hizo popular en Francia fue el calvinismo, muy popular entre los hombres de negocios porque su determinismo era una bendición implícita a los burgueses, ya que bendecía el dinero y el capital como muestras del favor divino; debemos recordar que Francia era una de las naciones más ricas de Europa. En Francia, los calvinistas fueron llamados hugonotes, por razones etimológicas no del todo claras. Las guerras entre calvinistas y católicos duraron prácticamente cuatro décadas, con episodios tan sangrientos como la Matanza de San Bartolomé. Finalmente en 1598, el rey Enrique IV aceptó convertirse del calvinismo al catolicismo, remarcando lo cínico de sus motivos con la frase “París bien vale una misa”. A continuación pronunció el Edicto de Nantes, que garantizaba la libertad de religión tanto a los hugonotes como a los católicos, poniendo efectivo fin a las guerras de religión en Francia.

Con Enrique IV llega al trono francés una nueva dinastía, la Casa de Borbón. Enrique IV falleció en 1610, apuñalado por un fanático católico. Su hijo Luis XIII heredó el trono, pero nunca se mostró verdaderamente interesado en él. El poder efectivo quedó en las manos del Cardenal de Richelieu, un político de verdadero temple maquiavélico que no dudó en perseguir a los protestantes dentro de Francia para consolidar una nación religiosamente unida, a la vez que aliarse con potencias protestantes extranjeras para atacar a otras potencias católicas, siendo él mismo un cardenal de la Iglesia Católica. Richelieu es popular hoy en día como el maquiavélico villano de la novela “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas, pero el Richelieu de verdad marcó una diferencia, modernizando a Francia y consolidando aún más el poder real.


Muertos Luis XIII y Richelieu, el poder cayó en las manos de un niño llamado Luis XIV, aunque el verdadero señor de Francia era el cardenal Mazarino. El poder real pasó algunos malos años debido a las rebeliones de aristócratas y del populacho, que fueron llamadas la Fronda. A la muerte de Mazarino en 1661, Luis XIV declaró asumir el poder en persona y no mediante un favorito, y de inmediato ordenó la construcción de un nuevo palacio de gobierno en el pueblo de Versalles, a una distancia segura de París. La nueva capital tendría varios propósitos: sería el edificio adecuado para la creciente burocracia estatal, impondría una etiqueta a los cortesanos para obligarlos a permanecer sumisos y sin rebelarse, y crearía una imagen de la “grandeur de la France”. En todo esto, el Palacio de Versalles fue exitoso. Durante el siglo XVIII, todas las potencias europeas imitaron la arquitectura versallesca, así como sus métodos para lidiar con sus propias aristocracias indóciles. Es menester señalar que Luis XIV, el Rey Sol, fue hábil también al rodearse de los colaboradores más capaces, en particular el diestro economista Colbert, que tanto hizo por balancear las finanzas de la Corona. La época de Luis XIV en Francia vio una serie de reformas administrativas y obras de infraestructura que mejoraron mucho la economía. También Francia dispuso por primera vez de una escuadra digna de ese nombre, y amplió sus tímidas primeras colonias para sentar las bases de un imperio colonial moderno en forma.

Pero si con Luis XIV emerge la Francia verdaderamente moderna, hay un aspecto negativo: la enorme cantidad de años y esfuerzos que el Rey Sol dedicó a guerras sin fin. Dichas guerras sangraron a Francia hasta lo indecible, sin conseguir romper el status quo de las potencias europeas, resultando por tanto un despilfarro inútil de recursos y de vidas.

Sigue en la cuarta parte.

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