domingo, 12 de febrero de 2012

Crónicas Antrópicas 07 - "En el Celeste Imperio".


La historia de la cosmovisión de China sigue el patrón propio de las culturas que crecen aisladas de otras de su mismo tipo. La civilización de China creció en el extremo oriente de Eurasia, en torno a los grandes ríos Yangtsé y Huang Ho, los cuales corren y desembocan hacia el este. Al oeste existen grandes barreras geográficas: la meseta del Tíbet, el desierto del Gobi, y las estepas siberianas cercan el paso de China hacia occidente. En consecuencia, el mundo chino creció aislado del resto de las civilizaciones eurasiáticas. Hacia el este, la civilización japonesa tardaría aún milenios en desarrollarse, y cuando lo hizo, sería bajo la influencia china. A lo largo de los siglos, China se dio a sí misma distintos nombres, tales como el Celeste Imperio, el Imperio del Medio, o el Imperio Bajo el Cielo. Todos ellos denotan la idea de que China no sólo es el centro de la civilización, sino la única civilización a secas, en medio de un montón de barbarie alrededor. Todavía en el siglo XVIII, frente a los ingleses, los chinos sostendrán tal mentalidad hasta el punto de insultar a Jorge III de Inglaterra negándole una embajada por ser en su concepto los ingleses unos bárbaros incapaces de entender los más elementales rudimentos de la civilización.


La primitiva cosmovisión china era religiosa, como es de esperarse. Los primeros chinos profesaban formas de animismo que aún siguen vivas hoy en día. Los chinos con todo nunca tuvieron un panteón organizado, o una mitología sistematizada que unificara leyendas alrededor, o por lo menos, no como los babilonios o los griegos por ejemplo. "Lo más poderoso" en que creían ni siquiera era un dios personal, sino el Cielo puro y simple (天, "Tsia"), incluso más abstracto y evanescente que el "destino inexorable" en que creían los griegos. Al unificarse China bajo un solo gobierno, el de la dinastía Zhou (hacia 1.050 a.C.), se creó la idea de que el Emperador de China era representante de los dioses en la Tierra; una vez más, la religión sirvió para legitimar el sistema político. Pero cuando Zhou empezó a hacer crisis, hacia el siglo VI antes de Cristo, los chinos se encontraron con un remezón en su sistema del mundo. De las múltiples filosofías que se abrieron paso entonces para tratar de darle forma intelectual al desastre, dos de ellas dejarían una impronta duradera. Una es la de Confucio, quien en resumidas cuentas predicaba una vuelta a los valores tradicionales, y la sujección de buena fe por parte de las personas a un sistema de jerarquías en donde cada uno debería cumplir de la mejor manera posible sus deberes. La otra es el Taoísmo, una doctrina de impenetrable misticismo que enseña que la realidad es incognoscible. El principio más sagrado del Taoísmo es que el Tao (el "Camino") que puede ser enseñado, no es el verdadero Tao. ¿Y entonces qué es el Tao? Podríamos decir que es la sensación que se tiene al estar en comunión con la naturaleza y el flujo del mundo, o algo así. Aunque está por descontado que esta explicación no explica mucho, porque el Tao en sí mismo no puede ser explicado.



El Confucionismo es una doctrina eminentemente conservadora, mientras que el Taoísmo ahoga cualquier posibilidad de pretender un entendimiento de la realidad. Sin embargo, el genio chino no se dejó abatir por estas doctrinas; como contrapunto, China inició un interesante desarrollo tecnológico. Un somero listado de inventos chinos debe incluir el ábaco, las cometas, el papel, la brújula, la pólvora, e incluso en tiempos de la dinastía Han (siglos II antes de Cristo a III después de Cristo), un sensible aparato capaz de registrar en qué dirección había ocurrido un terremoto. Durante siglos, los chinos fueron la civilización más avanzada sobre el planeta, en lo que a tecnología se refiere. Sin ir demasiado lejos, fueron astrónomos chinos quienes registraron por primera vez al cometa Halley, en 240 antes de Cristo. De haber seguido esta tendencia, China debería haberse transformado en la primera potencia en alcanzar la Revolución Industrial.



Parte importante de por qué esto ocurrió, es gracias a la temprana unificación china. En la segunda mitad del siglo III antes de Cristo, una serie de guerras lideradas por las dinastías Qin y Han, convirtieron a los reinos combatientes herederos de los Zhou, en un estado unificado y centralizado. Con períodos de apogeo y decadencia, y aún algunos breves de desunión, el mundo chino permaneció cohesionado desde entonces. Esta extraordinaria estabilidad política y social creó un importante marco para el desarrollo cultural posterior. No en balde, los dos grandes períodos de innovación coincidieron con dos períodos de amplia estabilidad: la Dinastía Han (siglos II a.C. a III d.C.), y la Dinastía Tang (siglos VII a IX d.C.).


Pero la estabilidad política fue un arma de doble filo. El espíritu chino en general se hizo conservador, poco inclinado a las innovaciones. El Confucionismo fue adoptado como filosofía de estado, hasta el punto que en los veintiún siglos que terminaron en el derrocamiento de los Emperadores de China en 1911, todos los funcionarios chinos debían pasar exámenes sobre dicha doctrina. Por lo tanto, las ideas científicas sólo se recibían y aceptaban en tanto podían encajarse dentro del orden establecido, lo que podía ser un aliciente para la tecnología que pudieran aplicarse al servicio del Gobierno, pero un lastre para las ciencias puras cuyas investigaciones tienen la incómoda costumbre de resultar en contradicciones con las verdades establecidas. Además, como la casta de letrados confucianos era también la única que sabía leer y escribir, no hubo estímulos para simplificar el sistema de escritura, que permaneció estacionario en su extraordinaria complejidad; como consecuencia, la creación de enciclopedias y de bibliotecas para acumular conocimiento se resintió. Hasta la temprana Modernidad, China iba a la cabeza tecnológica del mundo, pero en esa época se dejaron sobrepasar por los europeos, mucho más dinámicos y pujantes. Durante los siguientes siglos entonces, el gran producto cultural de exportación chino no sería la tecnología, sino justamente las filosofías precientíficas chinas que, de un modo u otro, consiguieron abrirse paso hacia Occidente. Los chinos exportaron tecnología a toda Eurasia, de manera involuntaria, pero no pudieron acompañarla con una visión científica del mundo que se correspondiera con dichos inventos.

Próxima entrega: "Los matemáticos de la India".

2 comentarios:

Carolus dijo...

Muy buen artículo. Si quieren ampliar conocimientos sobre Confucio, aquí hay un enlace interesante:
http://www.elartedelaestrategia.com/confucio_biografia_y_obra.html

Guillermo Ríos dijo...

Gracias por las felicitaciones, y por el enlace adicional.

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