miércoles, 11 de enero de 2012

High Fantasy Manga 2 - "¡Atrapado! Drakkon Inferno Tremendis busca su propio camino".


Luego de la revelación de que Drakkon Inferno Tremendis estaba atrapado dentro de su propio universo narrativo, el tiempo y el espacio se ralentizaron de manera melodramática, con un certero golpe de sonido, mientras las capas de todos los personajes ondeaban dramáticamente en el viento.

– Esto debe ser una pesadilla – se dijo a sí mismo Drakkon Inferno Tremendis.

Acto seguido, Drakkon Inferno Tremendis se pellizcó a sí mismo una y otra vez para despertar. Y cerró los ojos.

Los abrió en medio de un enorme grito. Estaba incorporado, y sudando con pesadez. ¡En efecto, había despertado, y todo era una pesadilla, y entonces...!

No, no había resultado. Seguía en la pesadilla, o lo que fuera. De otra manera no se explicaría que los caballeros castellanos estuvieran cabalgando con sus pendones y corazas.

Drakkon Inferno Tremendis se resignó a que, estuviera o no en un universo real, debería jugar con las reglas de dicho universo. Después, salió de su habitación tratando de saltar por la ventana. ¿Por qué hizo eso en vez de hacer lo más lógico, que era ir a la puerta y salir por allí? Simplemente por aquello que los angloparlantes llaman la “rule of cool”, nada más que por eso. Pero si Drakkon Inferno Tremendis intentaba probar que era un personaje cool, en dicha ocasión no lo logró, porque su pie se atoró en el borde inferior de la ventana, y quedando atascada su pierna entre la ventana y el resto del cuerpo, el cuerpo mismo se dio un estrellón de proporciones en contra del suelo.

Considerando que la primera parte de su cuerpo en golpear el suelo había sido la mandíbula, y que ésta era la más lacerada por el efecto látigo que su cuerpo entero había ocasionado, era un milagro que no se la hubiera quebrado. Drakkon Inferno Tremendis no alcanzó a reflexionar que, dentro de la lógica del manga, los guerreros no se hacen daño corporal que implique quebraduras o luxaciones, ya que las únicas heridas, mutilaciones o traumatismos internos que ocasionan real daño, incluso la muerte, son aquellos en que el personaje sangra, y éste no era el caso.

De manera que, adolorido pero no físicamente lastimado, Drakkon Inferno Tremendis se levantó de una manera muy poco heroica (aunque él, no pudiendo verse desde fuera, no podía darse cuenta), y se dirigió a una vieja medio famélica que contemplaba al grupo de jinetes pasar.

– ¿Estos quiénes son? – preguntó Drakkon Inferno Tremendis.

– Estos son Rodrigo Díaz, que de la ciudad de Vivar son sus fueros, y aquellos son sus hombres – respondió la vieja.

– ¿Y qué hacen, hacia dónde se dirigen?

– Van a Burgos, porque el rey Sancho II muerto es, y pleitesía debe rendirle el Cid al nuevo rey, que es Alfonso el hermano del finado.

– ¿Van a Burgos? – preguntó Drakkon Inferno Tremendis, recordando que el Cid no le había rendido vasallaje a Alfonso VI sino después del Juramento de Santa Gadea. – ¿No debería estarse dirigiendo a Santa Gadea...?

– Hay una iglesia de Santa Gadea en Burgos... – dijo la vieja, mirando a Drakkon Inferno Tremendis con desconcierto por su desconocimiento geográfico. – Vuestro castellano peculiar me parece... ¿Sois de estos solares acaso, o peregrino de Santiago sois...?

– Soy peregrino de tierras y mares extraños y muy lejanos – dijo Drakkon Inferno Tremendis, con tono melancólico y algo plañidero, porque había recordado que los héroes del anime deben soltar frases como ésas, en tono melancólico y algo plañidero.

Ya el lento desfile de caballeros estaba terminando (había sido uno largo en verdad, porque muchos venían detrás del Cid; es poco probable que fueran tantos en la realidad histórica, pero ignorando esto ni deduciéndolo, Drakkon Inferno Tremendis lo había escrito de otra manera). Drakkon Inferno Tremendis salió corriendo detrás de ellos.

– ¡Espera! ¡Espera! – gritó. – ¡Cid, espera!

– ¡Ha dicho “sidi”! ¡Ha dicho “sidi”! – gritó la gente alrededor, espantada, y luego, sacó la conclusión obvia. – ¡Es un moro!

Los hombres del Cid se detuvieron. El propio hombre que encabezaba la comitiva, el Cid mismo, volteó su caballo hacia Drakkon Inferno Tremendis, que llegó jadeando de manera aparatosa tras la carrera (por su sobrepeso, recordemos).

– ¡Atrevido sois para invocar vuestra morería en tierras de cristianos viejos! – gritó el Cid. – ¡Decid cuál es vuestro asunto!

– Pero yo no soy moro... – replicó Drakkon Inferno Tremendis, desconcertado.

– Yo le creo – dijo uno de los hombres del Cid. – No tiene la cara morena como los infieles...

– No os precipitéis en vuestras conclusiones, buen Alvar, que pronto habremos de saber. ¡Y bien, villano! ¡Hablad! ¡Que asunto es ése que os trae ante mí!

Drakkon Inferno Tremendis se quedó perplejo por un instante. En realidad no había pensado en nada: sólo había corrido hacia el Cid porque era el héroe de la historia.

– Yo... quiero ir contigo.

– ¿Sois un caballero...?

– Bueno, las chicas opinan que... no mucho.

– ¿Sois un hidalgo? ¿Un fijodalgo...?

– No, no soy un galgo – dijo Drakkon Inferno Tremendis.

– ¡Entonces no estorpezcáis el camino de Rodrigo Díaz! – dijo el Cid, desdeñoso.

– ¡Pero, Cid...!

– ¿Cómo me habéis llamado? – barruntó el Cid. – ¡Rodrigo Díaz es de cristianos viejos, y no se hace servir por moros!

Demasiado tarde, Drakkon Inferno Tremendis entendió el origen del malentendido. El sobrenombre de “Cid” venía del árabe “sidi”, que significaba “señor” en árabe, y se lo habían otorgado después de las campañas militares contra los mismos. Si estaban en los días anteriores al Juramento de Santa Gadea, entonces Rodrigo Díaz aún no era conocido como “el Cid”. Y si lo llamaba así, era lógico que los españoles, que algo debían conocer de la lengua árabe aunque fuera escuchando a prisioneros de guerra, hubieran entendido “sidi” y le tomaran por moro.

Pero por otra parte, dictaminó para sí Drakkon Inferno Tremendis, estaba dentro de su propia historia. Y sabía CÓMO la había escrito. Drakkon Inferno Tremendis había escrito su propia versión del Cid por el odio que sentía ante la plana y arcaica historia original, y la había adornado con tantos detalles de manga y fantasía épica como podía. Por lo tanto, la manera de salir adelante era ser audaz y mostrar que era el mejor guerrero. Después de todo, era algo así como el dios del universo en el que se encontraba. En consecuencia, PODÍA ser el mejor guerrero.

De manera que Drakkon Inferno Tremendis soltó una risita jactanciosa.

– Me insultas, Cid – dijo Drakkon Inferno Tremendis, con condescendencia bien aprendida de sus raciones de “Dragonball Z” y “Saint Seiya”.

– Seáis moro o cristiano, cuidad vuestras palabras, os lo aconsejo, que lenguas más feroces que la vuestra he cortado – dijo Rodrigo Díaz.

– No pensaréis en serio sostener vuestras palabras con una espada – soltó Drakkon Inferno Tremendis, y luego gritó con todas sus fuerzas (que no eran pocas, debido a lo ancho de su caja torácica: – ¿¿¿VERDAD...???

– ¡Vuestro atrevimiento raya en la insolencia! – gritó Rodrigo Díaz. – ¡Disculpaos!

– Me disculpo, si me dejas ir contigo – dijo Drakkon Inferno Tremendis.

Rodrigo Díaz lo miró con expresión divertida, y luego rio echando la cabeza para atrás. Primero era una risa liviana y cristalina, pero luego sus facciones se endurecieron, y algo de satánico emergió desde la misma. Lord Byron habría estado orgulloso de poder describir esa risa a mitad de camino entre el cielo y el infierno, y que parecía paralizar el mundo a su alrededor.

Luego, Rodrigo Díaz le pidió a uno de sus compañeros que arrojara una espada a Drakkon Inferno Tremendis. Mientras el compañero obedecía con un severo “¡HAI!”, Rodrigo Díaz desmontó. El compañero, en tanto, arrojó la espada de manera tal, que quedó clavada delante de Drakkon Inferno Tremendis. Era en verdad una claymore de enorme tamaño, prácticamente tanto como la estatura del propio Drakkon Inferno Tremendis.

Rodrigo Díaz sacó su propia espada, y habló. Y mientras hablaba, parecía que el cielo mismo se llenara con enormes flamas:

– ¡Defended vuestro honor, insolente!

Drakkon Inferno Tremendis posó su mano sobre la empuñadura de la espada, y luego de una pausa melodramática, tiró de ella. El había creado al Cid de esta historia o este universo, y si tenía que matarlo para entronizarse como el héroe absoluto que en el fondo toda su vida había querido ser, entonces lo mataría sin contemplaciones...

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