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miércoles, 4 de enero de 2012

High Fantasy Manga 1 - "¡Nunca visto! Un fanático de la fantasía nacido por generación espontánea".


Los libros de historia dirán mañana que Drakkon Inferno Tremendis nació por generación espontánea, ya que el propio Drakkon Inferno Tremendis no deja decir nada sobre su vida anterior al surgimiento del nombre. Así, no diremos que cuando tenía cinco años, su padre lo abandonó a él en conjunto con la familia completa, para irse con otra mujer para formar otra familia. Ni que desde entonces empezó a comer tanto pan, que su diámetro abdominal comenzó a crecer de manera muy poco atlética. Ni mencionaremos lo solitario y retraído que era en los primeros años de escuela, ni que eso sumado a su inepcia para los deportes, lo hizo el blanco perfecto para los matones del colegio. Por lo que nada de eso será mencionado en estas líneas. Su nombre tampoco.

Con todo, sí podemos mencionar que en su infancia se alimentó con raciones de “Saint Seiya”, “Slayers”, “Bleach”, “Naruto”, “Claymore”, “Inuyasha”, “One Piece”... También se dedicó a leer. Los libros del colegio se le hacían muy pesados, en particular cosas como la Nueva Narrativa Chilena o los clásicos del Siglo de Oro Español. El corazón quebrado de Marianela o las idas y venidas de Matías Vicuña no eran nada frente a las emocionantes peripecias de los caballeros del zodíaco o de Naruto y sus compañeros.

También leyó dosis crecientes de fantasía épica. Partió por las Crónicas de Narnia, que las encontró muy interesantes, pero se volvió casi lunático cuando encontró a Tolkien. Después de despacharse “El Hobbit”, demoró apenas cuatro meses en terminar “El Señor de los Anillos”, después de los cuales demoró apenas otros cuatro meses en llegar hasta la mitad de “El Silmarillion”, lo que en Hispanoamérica debe ser alguna clase de récord de lectura. Tolkien era lo máximo que le había pasado en la vida, y entonces supo que quería inventarse, de alguna manera, un universo narrativo que fuera como el de Tolkien. Sólo que el suyo tendría más ninjas, claymores y cazadores de demonios, cosas de las cuales por desgracia el universo de Tolkien carecía.

En ese período se encontró también casi de bruces con el Power Metal. Stratovarius se convirtió en su banda de cabecera. Pero su asombro llegó hasta el éxtasis cuando encontró a Rhapsody of Fire. En un abrir y cerrar de ojos se descargó la saga de la Espada Esmeralda completa, fue feliz con el Guerrero de Hielo matando demonios, lloró hasta las lágrimas cuando Tharos el bienamado dragón extendió sus alas por última vez feliz de haber encontrado la libertad al menos en la muerte, se enfureció con la maldad de Akron masacrando a los habitantes de las Tierras Encantadas, y vibró exultante cuando los buenos derrotaron a los amos del caos en el nombre de la justicia cósmica.

Y entonces, Drakkon Inferno Tremendis se hizo un juramento, un juramento sagrado del que nadie podría condonarle. Drakkon Inferno Tremendis dijo, de rodillas en medio de su habitación en mitad de las tinieblas de la noche, lo siguiente:

– A partir de ahora yo, Drakkon Inferno Tremendis, juro dedicar toda mi vida en cuerpo y alma a la fantasía, arrostrando por ella todo peligro y toda consecuencia, adoctrinando a los malvados paganos sobre la verdadera luz, e imponiendo la high fantasy – (lo dijo así, en inglés) – entre todos los pobres mortales prisioneros de formas inferiores de literatura. Dioses de la justicia cósmica, asístanme en mi empeño, amén.

Ya transformado en un adolescente, Drakkon Inferno Tremendis encontró más amigos como él, principalmente en los chats y foros de mensaje. Las cuatro quintas partes de sus 500 amigos en Facebook eran fanáticos de la high fantasy, y reuniéndose con ellos, aprendió a rolear. A partir de entonces, AD&D se transformó en su juego de rol. Drakkon Inferno Tremendis, entre hogaza de pan que comía y hogaza de pan que comía, se las arreglaba siempre para diseñar poderosos guerreros armados de grandiosas espadas mágicas que mataban toda clase de dragones.

Entretanto empezó a nacer el universo de Medioera. Al principio pensaba llamarlo Agathasarkil, luego pensó en llamarlo Sodainachikiunomajikunoiro, pero al final, no pudiendo decantarse por una fonética germánica a despecho de la japonesa, o por una japonesa a despecho de la germánica (y la fonética era lo único con lo que podía trabajar, porque su dominio de ambos idiomas era más bien deficiente), optó por llamarlo Medioera hasta que llegara un nombre mejor. En ella, diseñó las historias del buen, sabio y anciano monarca Tolkienus, y el Guerrero Todopoderoso, y sus amores con la princesa Aerësil (con dos puntos sobre la segunda “e”, por supuesto, para indicar que dicha vocal se pronuncia de manera más abierta que el resto, siguiendo un poco la ortografía fonética finlandesa, tal y como Tolkien la utilizaba). Y empezó a escribir una enorme fantasía épica en donde Medioera era un continente que estaba siendo tomado por el Horrible Amo Oscuro, ávido de destrozar la vida en el nombre del caos y de...

...llegó el tiempo de la universidad. Entusiasmado ante la perspectiva de escribir en definitiva como un profesional, y publicar su propia saga en siete gruesos tomos, Drakkon Inferno Tremendis decidió estudiar Pedagogía en Lenguaje. La evidencia de que sus propios profesores de lenguaje en el colegio no se salieran de la literatura de los programas oficiales del Ministerio de Educación, no lo disuadieron de intentar transformarse en un escritor profesional por esta vía. Estaba convencido de que no corría peligro de ser deformado por la enseñanza universitaria, y que los profesores que él mismo habían tenido eran mala materia prima desde el comienzo. Algo que él no era, versado en Tolkien como estaba.

En la universidad se encontró con un profesor llamado Antonio Loyola, que mezclaba en un solo personaje lo megalomaníaco del Quijote sin su integridad, y lo pícnico de Sancho sin su bonhomía. Una generación antes, Antonio Loyola había tratado de publicar algo de poesía que intentó llamar “constructivismo cyberpunk”, un intento de traspasar la tesis de algún ignoto poeta discípulo de Levi-Strauss, a una obra relacionada con lo que estaba de moda en materia tecnológica en esa época, o sea, computadores Atari y música en compact disc. El experimento había vendido una cantidad de copias muy baja, cifra que Antonio Loyola solía esconder por pudor, y abandonados los sueños de llegar a ser un escritor de fuste, reconocido y saludado por la crítica como un grande, había cambiado el teclado del ordenador por el puntero láser del aula académica, en donde daba cátedras indefinidas de Teoría del Lenguaje. Esto le daba pretexto para meter Levi-Strauss a destajo y lucirse frente a sus alumnos, a la vez que llenar un año entero de clases universitarias sin estar hablando realmente de nada. Su caballo de batalla, que lo hacía popular entre los alumnos, era reivindicar siempre el poder de la creatividad, aunque después en las pruebas sometiera la misma a las rígidas normas de que una obra literaria debe tener significante, significado, significación, y seguir a rajatabla todos los dibujos y diagramas en el power point, a los que trataba de reducir la literatura. Drakkon Inferno Tremendis se encontró deslumbrado por el profesor, encandilado por tan impresionante apariencia de conocimiento, y empezó a hacer preguntas en clases. Esto era justamente lo que Antonio Loyola esperaba: le gustaba que los alumnos creativos con ambiciones literarias se acercaran a él, que lo rodearan, que hubiera cierta tensión intelectual entre ambos, lo disfrutaba de manera casi libidinosa mientras atestiguaba como estos soñadores, enmarañados después con los compromisos de la vida, terminarían cayéndose de bruces ante el mundo real, sepultados años después en algún salón de clases frente a alumnos que le importaran un cuesco cualquier cosa relacionada con literatura. Y por su propio perfil de personalidad, Drakkon Inferno Tremendis estaba en la mejor posición para ser la víctima perfecta...

La ocasión se presentó a través de una cátedra vecina, la de Literatura Española 1. El profesor era un “vieja guardia” que le dedicaba dos meses enteros al “Cantar de mio Cid”, en términos laudatorios e hiperbólicos. En su homilía universitaria, dicho profesor sostenía que la Edad Media podía dividirse en dos grandes épocas, antes y después del Cantar, y que sin el Mio Cid, Ludovico Ariosto jamás hubiera escrito el “Orlando Furioso” ni Francisco Rabelais el “Gargantúa y Pantagruel” (que a sus alumnos le importaran un comino ambas obras, en el dudoso caso de que hubieran escuchado hablar de ellas, no era una ayuda para su popularidad). Drakkon Inferno Tremendis se encontró atrapado en el fuego cruzado. ¿El “Cantar de mio Cid”, una gran obra literaria? ¡Cómo podía serlo, si el Cid no mataba nunca a ningún dragón! ¡Y los moros no tenían poderes mágicos! ¡Además, en el gran final de la obra no estaba en juego el destino de la Humanidad, sino... apenas un juicio de honor! En resumen, el “Cantar del mio Cid” era demasiado poco épico para Drakkon Inferno Tremendis.

Debido a la rabia de tener que estudiarse un material literario tan amuermante, Drakko Inferno Tremendis se desquitó empezando a escribir una pieza acerca del “Cantar del mio Cid”. De alguna mala manera se las arregló para encajarla dentro del universo de Medioera, y desde luego que era mucho más emocionante que la fuente medieval de la que bebía. El “Cantar del mio Cid” ahora se trataba de un joven campesino que soñaba con alcanzar la nobleza, además de pretender la mano de la hermosa Jimena, que por supuesto lo desdeñaba. En el camino, el malvadísimo Emperador Alfonso VI aspiraba a venderle España a los moros, y se ponía de acuerdo con el Sultán de Marruecos. Como el noble Cid descubría la conjura, Alfonso VI lo arrojaba lejos, con diabólicas carcajadas de villano. Tanto Alfonso VI como el Sultán Yusuf, el malvado judío Vidas, y García Ordóñez, eran la banda de cuatro villanos subordinados a un poder desconocido que amenazaba al mismísimo universo, del que España formaba parte. Todo aderezado con ninjas, claymores y cazadores de demonios, que eran tan del gusto de Drakkon Inferno Tremendis.

En una conversación con Antonio Loyola, Drakkon Inferno Tremendis desahogó su frustración. Antonio Loyola le dijo entonces, con su cómica gesticulación de gordito que mantenía los codos siempre cerca del tórax, que le enviara el texto por correo electrónico. Quizás, le dejó caer, quizás podía conseguir que el texto se abriera paso, y quizás, también, con una inversión monetaria por parte de Drakkon Inferno Tremendis, hasta sería posible llegar a publicarlo, quién sabe...

Y Drakkon Inferno Tremendis envió el texto por correo electrónico a Antonio Loyola.

A la mañana siguiente, Drakkon Inferno Tremendis se levantó con el peor de los ánimos, porque tocaba control de lectura sobre un larguísimo texto de 22 páginas llamado “Sobre el carácter histórico del Cantar de mio Cid”, de Leo Spitzer. Debemos tener presente que Drakkon Inferno Tremendis odiaba el carácter histórico de cualquier cosa, porque no era tan bonito como el carácter legendario que pudiera sacársele.

Pero todas sus cuitas se esfumaron como el humo cuando descubrió que estaba en un lecho de paja, dentro de una mala cabaña de tablas con un intenso olor a humedad. Corrió a la ventana, que no tenía vidrios sino unos postigos de madera. Los abrió, y entonces descubrió una escena que le pintó una recia expresión de “OH, CRAP” en el rostro.

Drakkon Inferno Tremendis estaba siendo testigo del paso de un grupo de caballeros ataviados con armaduras japonesas. Pero no como personas de carne y hueso, sino con fondos al estilo de las ilustraciones tolkienianas de Alan Lee, y con los personajes de líneas bien definidas, como un anime japonés... Al frente de dichos caballeros iba un mozalbete de rasgos finos, de pelo largo, y levemente andrógino. Era exactamente como Drakkon Inferno Tremendis se había imaginado al Cid en su propio universo, y entonces entendió lo que ocurría. De alguna manera, estaba atrapado dentro de su propio universo narrativo, y no tenía ni la más mínima idea de cómo escapar...

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