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domingo, 22 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 04 - "Los astrólogos".


Extensas regiones de la Humanidad habían dado un paso de gigante en su visión del universo, al saltar desde sus primitivas concepciones animistas hasta religiones organizadas en torno a densas mitologías que lo explicaban todo, desde por qué cae el trueno hasta por qué deben ser obedecidas las leyes del rey. Y sin embargo, los sacerdotes que fueron esos primeros científicos, a medida que la curiosidad los fue llevando a observar e investigar más el universo, se encontraron con un problema mayúsculo. Ellos enseñaban y creían que todo lo que ocurría en el universo era la voluntad de numerosos dioses caprichosos, que debían ser contentados y aplacados mediante sacrificios de toda clase, incluso humanos. Esto incluía la mantención del orden social establecido, por supuesto. Y sin embargo, mientras más investigaban, más se encontraron con que el universo se presenta de una manera más o menos regular y ordenada, con ciclos que se suelen repetir. Está el ciclo anual del Sol, por supuesto, pero también el movimiento de ciertos cuerpos celestes que no parecían ser estrellas, y que los griegos llamaron con una palabra de su idioma para designar a los vagabundos: “πλανήτης” (“planetas”). Si los dioses eran caprichosos y podían cambiar la naturaleza a su voluntad, lo lógico era esperar a que ésta se comportara de manera arbitraria e incoherente, no con esas regularidades. ¿Cómo se explicaba entonces esto...? La cuestión no es menor: si la naturaleza es arbitraria y azarosa, entonces la investigación científica carece de sentido. Pero si la naturaleza es ordenada y regular, entonces la religión de los dioses caprichosos y voluntariosos es la que carece de sentido.


La respuesta que los sacerdotes de numerosas culturas encontraron a esto, fue crear toda una elucubración acerca de cómo funciona el orden cósmico. Según estas concepciones, era posible adivinar o estudiar la voluntad de los dioses adivinando el curso de la naturaleza. (Por supuesto, a veces los sacerdotes creían esto de manera sincera, pero se lo escondían al vulgo para aparecer como profetizando mensajes de los dioses). Debido a la idea innata de que el orden natural y el orden social son más o menos la misma cosa, concibieron la idea de estudiar las regularidades de los astros para así tratar de adivinar las regularidades de la vida sobre la Tierra. Surgió así el principio “como es arriba es abajo”, y la distinción entre “macrocosmos” (el universo externo al ser humano) y “microcosmos” (el universo interno del ser humano), que es la base de una buena parte del pensamiento esotérico. Mucho de las elucubraciones de los alquimistas y cabalistas medievales y de la temprana Modernidad, giran en torno a estas ideas matrices.


La creencia de que las regularidades en el movimiento de los astros determina el curso de las personas, y aún de los imperios, es la base de la Astrología. Todas las civilizaciones con un cierto grado de desarrollo científico desarrollaron la suya propia. Hasta Occidente consiguieron abrirse paso dos: la babilónica por un lado, y la china por el otro. La babilónica es la base de nuestro llamado “horóscopo occidental”, por el cual usted es aries, tauro, géminis, etcétera, a según el mes en que ha nacido (más o menos). En la china, por su parte, usted es rata, búfalo, tigre, etcétera, a según el año en que ha nacido (también más o menos: el Año Nuevo chino no coincide con el occidental). Pero éstas no son las únicas, aunque sí las más exitosas.


La Astrología fue vendida como el más avanzado conocimiento científico de su época, lo que probablemente era cierto en la Antigüedad, al menos en cierto sentido. Los sacerdotes encontraron una manera de explotar a los reyes, vendiéndoles horóscopos con el sello de los nuevos conocimientos que permitían ir más allá que sólo conocer la voluntad de los dioses. Incluso en la temprana Modernidad, una de las más importantes funciones de Tycho Brahe como astrónomo real al servicio de la Corona de Austria a finales del siglo XVI, era preparar horóscopos para su soberano Rodolfo II. Lo mismo ocurrió con el pueblo. Esta tendencia ha continuado hasta el día de hoy, y es sabido que incluso Nancy Reagan, la Primera Dama de Estados Unidos, se fiaba tanto de sus astrólogos como de sus asesores económicos antes de tomar decisiones cruciales. Es una suerte que ninguno de esos astrólogos haya sido tan anticomunista que haya aconsejado apretar el botón nuclear porque los astros fueran propicios a una Tercera Guerra Mundial...


El problema con la Astrología es que con el paso del tiempo, se ha demostrado que no funciona. Primero se demostró una y otra vez que las predicciones basadas en las estrellas no siempre se cumplían. Luego, que no existe relación entre la Astrología y la Medicina, descartándose la llamada “medicina de los cuatro humores” según la cual el cuerpo humano funciona por el equilibrio de cuatro substancias, que son la sangre, la flema, la bilis y la atrabilis. Luego, se entendió que la personalidad y el carácter tienen más que ver con la historia familiar y el genoma, que con la influencia de los astros. Por último, los astrólogos jamás han conseguido demostrar cuál es la forma de materia o energía a través de la cual los astros influirían sobre las personas, más allá de términos vagos o místicos tales como la “energía”. En los hechos, los astros sí tienen alguna influencia sobre la Tierra, como por ejemplo a través de la atracción gravitacional de la Luna en el caso de la fuerza de las mareas, pero eso no tiene nada que ver con la Astrología. La Astrología no es una disciplina científica, pero no porque careciera de honestidad en su esfuerzo por desentrañar la naturaleza en sus orígenes, sino por su persistencia en presentarse como una forma válida de conocimiento mucho tiempo después de que los hechos y la lógica vinieran a comprobar su falta de eficacia.

Próxima entrega: "Los bibliotecarios".

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