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domingo, 1 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 01 - "Nuestras creencias".


¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro lugar dentro del universo? ¿Nos expandiremos para siempre como especie, o estamos condenados a la extinción? Esas preguntas gravitan dentro del ser humano quizás desde sus mismísimos orígenes. Todos, quién más o quién menos, se las han formulado, sea como un problema académico, sea como una angustiosa cuestión existencial. ¿Hay una especie de orden cósmico en todo esto? ¿Ocurre todo por alguna razón? ¿Debo conformarme y resignarme a mi destino, o debo luchar para que éste sea un mundo mejor para mí y para quienes me rodean? Estas no son preguntas fáciles de responder. En los albores del siglo XXI en que se escribe esto, no sólo ignoramos qué tan lejos estamos del final del camino, sino si en efecto hay un final del camino, para empezar. Pero hemos avanzado mucho, hemos descubierto mucho, y hemos encontrado mucho. Como resultado, nuestra propia imagen como criaturas frente al universo ha ido variando con el tiempo. En definitiva, para entender cuál es el lugar del ser humano dentro del universo, debemos entender qué es el ser humano mismo.


Durante miles de años, quizás millones, quienes quisieran esas respuestas estaban ayunos de casi cualquier posibilidad. Para nuestros primeros ancestros, el mundo funcionaba de una manera mágica. A veces caían rayos desde el cielo y mataban a las personas. A veces podía hacerse fuego, y a veces el fuego se apagaba. A veces la caza era buena, y a veces la caza era terrible. A veces estábamos saludables, y a veces caíamos enfermos. Y siempre, invariablemente, pasados unos pocos días o muchos años, terminábamos por morir. Frente a todo eso, ¿cuál es la respuesta? Misterio.


De ahí a imaginarse que el mundo estaba regido por seres superiores había tan solo un paso. ¿Y por qué no? Alguna vez, alguien hizo algo extraordinario, y de manera simultánea se produjo un suceso favorable o desfavorable. Quizás estaba acostado y le cayó la sombra de alguien enfermo, y al enfermarse, entendió que había alguna clase de oscura relación entre ambos fenómenos, y estar a la sombra de alguien enfermo pasó a ser tabú. O quizás acarició una pata de conejo, y de inmediato hubo buena caza, por lo que a lo mejor las patas de conejo traían suerte. Con la ayuda del pensamiento selectivo, que permite recordar los sucesos en que se confirma la regla olvidando aquellos en que la regla no funciona, nació nuestra primera y más primitiva manera de entender la realidad: el pensamiento supersticioso. Hoy en día, la palabra “superstición” tiene connotaciones negativas, como sinónimos de superchería e irracionalismo, pero en una época en que no había otro remedio para atraer cosas buenas y repeler las malas, empezar a lidiar con la realidad mediante el ensayo y error fue el gran paso adelante que pudimos dar en nuestra comprensión del mundo. Además, algunas supersticiones sí tenían razón de ser. Quizás la superstición de sacrificar chivos a los dioses no tenga mayor asidero, más allá de haber dado lugar a la expresión “chivo expiatorio”, pero la superstición de hacerle el quite a los enfermos o a las cosas podridas, fue una de las primeras medidas sanitarias que contribuyeron a mejorar la vida humana como especie.


El siguiente paso fue la apropiación de estas creencias por parte de personas especiales. En los hechos, algunos de ellos empezaron a predicar historias sobre esos dioses y demonios que facilitaban o hacían imposible la vida de los humanos. Desarrollaron también la teoría de que rindiéndoles culto y sacrificio, era posible aplacarlos e invocar su benevolencia. Identificando lo mistérico con lo sagrado, estas personas especiales se convirtieron en fuentes de poder. Se los conoce con distintos nombres según la cultura: chamanes, videntes, profetas, gurúes, bonzos, sacerdotes, etcétera. Por desgracia, ellos nunca han dado una prueba de verdadera conexión con lo sagrado, más allá de su propia palabra o la de algún texto religioso escrito por ellos mismos. Pero algunos de ellos escuchaban voces o veían alucinaciones, y creían que era algo sagrado. O bien engañaron a la gente por puro cálculo. Sea de buena o de mala fe, la casta sacerdotal no sólo se convirtió en una poderosa fuerza social, sino también en guardianas de lo sagrado, y en los primeros grandes personajes que trataron de una manera u otra de explicar la realidad, y cuál es nuestro lugar en ella.


Aunque la superstición significó un gran paso en el desarrollo de la cultura humana, al permitir el inicio de la acumulación del conocimiento por medio del método empírico, del hacer y del tantear, sus desventajas también son evidentes. Para conocer algo sobre la realidad se requiere algo más que empirismo: se requiere análisis y razonamiento. Aún así, aunque vastamente superado como método, la superstición sigue presente en nuestras vidas. Todavía mucha gente cree en el horóscopo sin una prueba científica a favor, y a pesar de muchos argumentos en contra. Todavía más, mucha gente cree en revelaciones procedentes de textos sagrados, sin haberlas cotejado lo suficiente con la realidad, siendo entonces manipuladas al servicio de las ambiciones de gente dispuesta a explotar esa debilidad. El punto es que mucha gente prefiere una vida ordenada y tranquila, antes que una respuesta intranquilizadora. La superstición puede estar equivocada, pero produce tranquilidad de espíritu en muchas personas. Por desgracia, no son estas personas las que han consolidado el progreso científico ni el avance del conocimiento. Quienes sí lo han hecho, son los que han buscado poner la superstición a prueba, y romperla si es que demuestra no estar acorde con la realidad. Estas gentes son las que inventaron nuestra mejor y más sofisticada manera de entender el universo: la ciencia.

Próxima entrega: "Nuestra curiosidad".

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