domingo, 29 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 05 - "Los bibliotecarios".


A primera vista pudiera parecer que no existe una conexión firme entre ambas, pero la manera en que registramos los eventos del mundo influye mucho en la percepción que tenemos de éste. La primera forma que tenemos de registrar el mundo es almacenar la documentación en nuestros propios cerebros en forma de recuerdos, pero esto presenta algunos problemas. En primer lugar, la memoria es frágil, y datos claves pueden ser olvidados o distorsionados. En segundo término, la única posibilidad de comunicar información es mediante la transmisión oral, que es ineficiente debido a los malentendidos en la comunicación, y la escasa velocidad de circulación de los datos. No es raro entonces que las culturas dependientes de la transmisión oral como mecanismo para preservar la información sean más débiles y tengan una visión muy primaria del mundo. Parte importante de desarrollar las civilizaciones implicó mejorar los mecanismos de transmisión del conocimiento, creando las bibliotecas. A su vez, la existencia de bibliotecas y bibliotecarios permitió un efecto bola de nieve: los sucesivos conocimientos acumulados fueron ampliando y generando una visión cada vez mayor y más compleja sobre el universo, y el rol de la Humanidad en él.


Un buen mecanismo de preservación de la información exige dos condiciones a lo menos. Por un lado su soporte, el material sobre el que se confecciona, debe ser barato y versátil. Además, debe desarrollarse un sistema que permita codificar la información de una manera tal, que sea sencillo tanto registrarla en el soporte, como recobrarla desde el mismo. Puede parecer algo básico, pero la invención de mecanismos eficaces fue lenta y laboriosa, y no todas las civilizaciones pudieron resolver el problema de manera realmente satisfactoria. Los incas, por ejemplo, recurrieron a un sistema de nudos llamados quipus. Nadie duda de que fue una solución elegante e ingeniosa desde el punto de vista del material, pero desde el punto de vista del código, el quipu apenas servía para algo más que para manejar la contabilidad fiscal, algo útil para mantener la gestión de un imperio, pero no para preservar la memoria histórica o para acumular datos científicos. Los antiguos sumerios, por su parte, encontraron un material barato en las tablillas de barro, sobre las cuales se incrustaban signos con forma de cuñas (la escritura cuneiforme, llamada justamente por esto) mientras la tablilla aún estaba fresca; pero la cantidad de información a registrar y almacenar era limitada, debido al volumen que ocupaban todas las tablillas. Algo que los arqueólogos han tenido ocasión de comprobar cuando han excavado lugares tales como la Biblioteca de Asurbanipal en Nínive, cuyas tablillas parecieran ser suficientes para ser usadas de ladrillos y levantar una casa de respetable tamaño con ellas. Los antiguos egipcios desarrollaron el papiro, que es muy versátil, pero que se puede romper y de hecho, seco resulta tremendamente frágil.


Pero superada la tarea de desarrollar soportes en los cuales grabar la información, la tarea de dar con un código de comunicación resultó mucho más compleja. Muchas civilizaciones desarrollaron la escritura, parece ser que de manera independiente entre sí. Pero el primer paso fue transformar cada palabra en un signo distinto. Una persona china culta debe manejar aproximadamente unos 4.000 caracteres para escribir adecuadamente alguno de los dialectos chinos en uso, lo que habla a las claras de la pesadilla que fue aprender a leer y escribir dentro de la civilización china histórica. No es raro que la casta de letrados estuviera conformada por unos pocos eruditos, y que el vasto pueblo no hiciera contribuciones importantes a la cultura. Otro tanto ocurrió en las primeras fases del Egipto faraónico, con la escritura jeroglífica primitiva.



Pero en algunos lugares se dio el salto hacia la siguiente fase: simplificar la escritura. Los propios egipcios dieron ese paso, saltando de la escritura jeroglífica tradicional a una versión simplificada que los griegos llamaron “demótico”. También la escritura en el mundo mesopotámico parece haber querido evolucionar en la misma dirección. Pero quienes dieron con la clave del asunto, fueron los fenicios. Este pueblo de comerciantes parece haber sido el primero que dio el salto completo desde una escritura en que cada signo es una palabra, a otro en que cada signo representa un sonido del habla articulada. De esta manera, el alfabeto fenicio se redujo drásticamente a apenas una veintena de signos; agrupando varios de ellos en hilera, era posible escribir cualquier palabra. El alfabeto fenicio, con todo, era sólo de consonantes, y hubo que esperar a que dicha innovación fuera importada por los griegos, para que éstos añadieran las vocales.




La invención del alfabeto tuvo una importancia crucial en la manera cómo los seres humanos perciben y creen formar parte del mundo. Al simplificar la manera de leer y escribir, el redactar libros estuvo disponible a cantidades mucho mayores de personas, expropiando ese privilegio a una casta burócrata sacerdotal. La civilización griega parece haber sido la primera que desarrolló a gran escala pensadores, científicos y artistas fuera de una casta de escribas palaciegos alrededor de un rey, pudiendo así acumular información hasta límites inimaginables. El desarrollo científico, que había dado sus primeros balbuceos en muchos lugares del mundo, a menudo combinado con leyendas míticas de distinto tipo, se independizó por primera vez así de la religión, en la Grecia Clásica. Que los griegos fueran la primera civilización de la historia en poseer un alfabeto por completo funcional, es por supuesto sólo un factor de varios por los cuales ellos cambiaron la visión del mundo, pero sin duda que dicho elemento ayudó en gran medida a la propagación de sus conceptos; los griegos tomaron muchas cosas de civilizaciones más antiguas, pero también introdujeron muchas innovaciones, y el escribir sobre visiones del mundo que ya no necesariamente respondían a lo sagrado fue una de ellas.

Próxima entrega: "Der Achsenzeit".

miércoles, 25 de enero de 2012

"Eres egoísta y desde el alma una mala persona".


Finges indiferencia mientras vas caminando,
indiferencia o bien carisma y simpatía.
Tu vida entera de entusiasmo se va drenando,
estás cambiando desde chica hasta arpía.
Quienes somos mejores que tú somos insoportables
para tu pequeño y estúpido ego herido.
A ti te agrada la gente comprensiva y manipulable
y huyes de quienes te dan tu merecido.
Crecerás y crecerás por el camino de la vida
y nunca en la vida llegarás a nada
porque todas tus medallas estarán podridas
en tu personalidad de chica mala.
Y serás exitosa y popular entre los seres humanos
que se traguen tu sonrisa falsa y lisonjera,
pero todo edificio que erijas será erigido en vano,
un monumento al ego fracasado de esta era.
Tú no vales nada, alguien tiene que decírtelo
porque eres egoísta y desde el alma una mala persona,
y aunque nadie pareciera querer transmitírtelo
debo decirlo porque estás cruzando ahora por mi zona.
Pero tu penosa autoimagen debes a toda costa cuidar
llamándote pobre víctima en vez de rastrera manipuladora,
y así nunca es tu culpa, nunca es tu responsabilidad,
siempre son los demás, incluso es la suerte la gran traidora.
Pero si te quedas conmigo al final del día deberás escuchar
todos los terribles secretos que yo veo en ti,
todo el castillo de mentiras que hipotecas lejos de la verdad,
todo lo que eres, pero de lo que me acusas a mí.
Porque me odias debido a que soy mejor de lo que eres
y porque yo sobre ti no me he dejado engañar,
y caminas pálida y espectral en este universo de seres
mientras que yo de vida entero me voy a llenar.
Y eres una pobre, seca y raquítica huerta
de la que ningún fruto sano puede nacer
y nace tu poesía, y nace tu poesía muerta,
condenada como tú mañana a perecer.
Así es que ya no te comportes como si fueras el pilar de la Creación
porque apenas eres un adorno superfluo y horrible,
y a quienes te conocemos de verdad no nos espanta tu reprensión,
porque no eres bella ni tierna, sólo grotesca y risible.

domingo, 22 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 04 - "Los astrólogos".


Extensas regiones de la Humanidad habían dado un paso de gigante en su visión del universo, al saltar desde sus primitivas concepciones animistas hasta religiones organizadas en torno a densas mitologías que lo explicaban todo, desde por qué cae el trueno hasta por qué deben ser obedecidas las leyes del rey. Y sin embargo, los sacerdotes que fueron esos primeros científicos, a medida que la curiosidad los fue llevando a observar e investigar más el universo, se encontraron con un problema mayúsculo. Ellos enseñaban y creían que todo lo que ocurría en el universo era la voluntad de numerosos dioses caprichosos, que debían ser contentados y aplacados mediante sacrificios de toda clase, incluso humanos. Esto incluía la mantención del orden social establecido, por supuesto. Y sin embargo, mientras más investigaban, más se encontraron con que el universo se presenta de una manera más o menos regular y ordenada, con ciclos que se suelen repetir. Está el ciclo anual del Sol, por supuesto, pero también el movimiento de ciertos cuerpos celestes que no parecían ser estrellas, y que los griegos llamaron con una palabra de su idioma para designar a los vagabundos: “πλανήτης” (“planetas”). Si los dioses eran caprichosos y podían cambiar la naturaleza a su voluntad, lo lógico era esperar a que ésta se comportara de manera arbitraria e incoherente, no con esas regularidades. ¿Cómo se explicaba entonces esto...? La cuestión no es menor: si la naturaleza es arbitraria y azarosa, entonces la investigación científica carece de sentido. Pero si la naturaleza es ordenada y regular, entonces la religión de los dioses caprichosos y voluntariosos es la que carece de sentido.


La respuesta que los sacerdotes de numerosas culturas encontraron a esto, fue crear toda una elucubración acerca de cómo funciona el orden cósmico. Según estas concepciones, era posible adivinar o estudiar la voluntad de los dioses adivinando el curso de la naturaleza. (Por supuesto, a veces los sacerdotes creían esto de manera sincera, pero se lo escondían al vulgo para aparecer como profetizando mensajes de los dioses). Debido a la idea innata de que el orden natural y el orden social son más o menos la misma cosa, concibieron la idea de estudiar las regularidades de los astros para así tratar de adivinar las regularidades de la vida sobre la Tierra. Surgió así el principio “como es arriba es abajo”, y la distinción entre “macrocosmos” (el universo externo al ser humano) y “microcosmos” (el universo interno del ser humano), que es la base de una buena parte del pensamiento esotérico. Mucho de las elucubraciones de los alquimistas y cabalistas medievales y de la temprana Modernidad, giran en torno a estas ideas matrices.


La creencia de que las regularidades en el movimiento de los astros determina el curso de las personas, y aún de los imperios, es la base de la Astrología. Todas las civilizaciones con un cierto grado de desarrollo científico desarrollaron la suya propia. Hasta Occidente consiguieron abrirse paso dos: la babilónica por un lado, y la china por el otro. La babilónica es la base de nuestro llamado “horóscopo occidental”, por el cual usted es aries, tauro, géminis, etcétera, a según el mes en que ha nacido (más o menos). En la china, por su parte, usted es rata, búfalo, tigre, etcétera, a según el año en que ha nacido (también más o menos: el Año Nuevo chino no coincide con el occidental). Pero éstas no son las únicas, aunque sí las más exitosas.


La Astrología fue vendida como el más avanzado conocimiento científico de su época, lo que probablemente era cierto en la Antigüedad, al menos en cierto sentido. Los sacerdotes encontraron una manera de explotar a los reyes, vendiéndoles horóscopos con el sello de los nuevos conocimientos que permitían ir más allá que sólo conocer la voluntad de los dioses. Incluso en la temprana Modernidad, una de las más importantes funciones de Tycho Brahe como astrónomo real al servicio de la Corona de Austria a finales del siglo XVI, era preparar horóscopos para su soberano Rodolfo II. Lo mismo ocurrió con el pueblo. Esta tendencia ha continuado hasta el día de hoy, y es sabido que incluso Nancy Reagan, la Primera Dama de Estados Unidos, se fiaba tanto de sus astrólogos como de sus asesores económicos antes de tomar decisiones cruciales. Es una suerte que ninguno de esos astrólogos haya sido tan anticomunista que haya aconsejado apretar el botón nuclear porque los astros fueran propicios a una Tercera Guerra Mundial...


El problema con la Astrología es que con el paso del tiempo, se ha demostrado que no funciona. Primero se demostró una y otra vez que las predicciones basadas en las estrellas no siempre se cumplían. Luego, que no existe relación entre la Astrología y la Medicina, descartándose la llamada “medicina de los cuatro humores” según la cual el cuerpo humano funciona por el equilibrio de cuatro substancias, que son la sangre, la flema, la bilis y la atrabilis. Luego, se entendió que la personalidad y el carácter tienen más que ver con la historia familiar y el genoma, que con la influencia de los astros. Por último, los astrólogos jamás han conseguido demostrar cuál es la forma de materia o energía a través de la cual los astros influirían sobre las personas, más allá de términos vagos o místicos tales como la “energía”. En los hechos, los astros sí tienen alguna influencia sobre la Tierra, como por ejemplo a través de la atracción gravitacional de la Luna en el caso de la fuerza de las mareas, pero eso no tiene nada que ver con la Astrología. La Astrología no es una disciplina científica, pero no porque careciera de honestidad en su esfuerzo por desentrañar la naturaleza en sus orígenes, sino por su persistencia en presentarse como una forma válida de conocimiento mucho tiempo después de que los hechos y la lógica vinieran a comprobar su falta de eficacia.

Próxima entrega: "Los bibliotecarios".

miércoles, 18 de enero de 2012

High Fantasy Manga 3 - "¡Choque de titanes! Se desata la batalla por ser el más grande héroe del universo".


Drakkon Inferno Tremendis soltó una risilla, tal y como cientos de veces había escuchado que lo hacían los héroes de sus animes favoritos, y tiró con lentitud y potencia de la empuñadura de la espada clavada en el suelo, mientras Rodrigo Díaz esperaba en posición de comenzar la batalla.

Sólo que la porfiada espada no se movió casi ni un solo centímetro.

Drakkon Inferno Tremendis volvió a tirar. Luego, contorsionando los gestos de la cara hasta niveles caricaturescos, tiró y tiró. Finalmente, luego de que su rostro hubiera enrojecido por el esfuerzo, la espada cedió en un solo instante. Llevado por su propio peso e impulso, Drakkon Inferno Tremendis cayó sentado sobre su propio trasero, el que se golpeó dolorosamente en el proceso.

Todos los habitantes del pueblo, así como los hombres de Rodrigo Díaz, y Rodrigo Díaz mismo, rompieron a reir de buena gana.

Drakkon Inferno Tremendis tomó la claymore con las dos manos. Era más pesada de lo que podía sostener, incluso haciendo tal cosa con ambas manos.

– Rendíos, villano – dijo Rodrigo Díaz, con firmeza insultantemente paternal, pero sin hostilidad. Luego añadió con calma: – Apenas podéis con vuestras propias palabras, menos con una espada.

– ¡Jamás! – dijo Drakkon Inferno Tremendis, jadeando de manera potente, así como lo hacían los héroes del anime de manera melodramática, para remarcar la enorme seriedad del conflicto, y la justicia de la causa por la que luchaban. – ¡Enfréntame, Rodrigo Díaz!

Rodrigo Díaz meneó la cabeza, avanzó con pasos firmes y lentos hacia Drakkon Inferno Tremendis, y descargó un fiero golpe, tan solo uno, contra la espada del retador. La claymore en cuestión salió limpiamente lanzada por el golpe, y fue a caer muy lejos, por completo inerte. Luego, Rodrigo Díaz golpeó la cabeza de Drakkon Inferno Tremendis con su propia claymore, sin usar el filo, sino la parte plana de la hoja. Drakkon Inferno Tremendis cayó en tierra, sentado otra vez, con la cabeza como si campanas y pajaritos estuvieran haciendo una competición de quién grita más fuerte.

Todos volvieron a reir aún más.

– No me tomaré en serio vuestras palabras y os consideraré como al idiota de la aldea – dijo Rodrigo Díaz, desdeñoso. – De esa manera no me veré obligado a mataros para defender mi honor.

Dicho lo cual, Rodrigo Díaz se volvió hacia su montura, hablándole con ternura:

– ¡Ah, Babieca! De cuantos duelos he afrontado en mi vida, habéis visto el más extraño de todos. ¡Que no caiga deshonra sobre Rodrigo Díaz, por haber tomado en serio a un pobre loco!

(Entretanto, aunque no sea relevante para nuestra historia, mencionemos que el caballero que había ofrecido su claymore a Drakkon Inferno Tremendis, desmontó para recoger y recobrar su arma).

Drakkon Inferno Tremendis, mientras tanto, se paró, aún sobándose la cabeza con una mano y el gordo trasero con la otra. Como hemos dicho, las únicas heridas que causan verdadero daño son las que abren la piel y hacen saltar chorros y litros de sangre, de manera que Drakkon Inferno Tremendis estaba en realidad bien, más allá del intenso dolor.

En ese minuto, Drakkon Inferno Tremendis discurrió hacer lo que había visto tantas veces en los dibujos animados japoneses: ponerse a llorar. De manera que cayó de rodillas en el suelo, apretó los dientes, así como los labios de una peculiar manera que permitía verse las comisuras abiertas por los lados mientras apretaba la sección central de los mismos, hundió los puños en tierra, y se puso a sollozar. Y luego, entre lágrimas, lanzó su discurso:

– No es justo. ¡No es justo! ¡He sido... derrotado! Yo he creado este universo, yo los he creado a ustedes, y he sido... ¡¡¡DERROTADO!!! ¡¡¡NO ES JUSTO!!! ¡¡¡NO ES...!!! Justo...

Haber hecho una demostración de tanta nobleza de corazón y de sentimientos escondidos, debería haber impresionado a la gente a su alrededor, pero en vez de ello, todos se largaron a reir.

– ¡Miren, llora y se queja como una mujer! ¡Apártenlo, que es del gusto del vicio contra natura!

Dándose cuenta de que llorar como un héroe trágico no resolvía nada, Drakkon Inferno Tremendis volvió a pararse. Y con voz queda, anunció que seguiría a Rodrigo Díaz de todas maneras.

– Como queráis – dijo Rodrigo Díaz. – Mas, vos tendréis que conseguir vuestra cabalgadura. Vamos a tranco lento, pero aún así os cansaréis si nos seguís a pie.

De esta manera, Rodrigo Díaz y su comitiva abandonó la aldea y siguió camino. Un camino que, siguiendo los habituales cánones de la fantasía medieval a lo Tolkien que Drakkon Inferno Tremendis había imaginado para su universo narrado, era un sendero en medio de un bosque enormemente frondoso y milenario, tan viejo como los huesos mismos de la Tierra. Es poco probable que el Rodrigo Díaz de Vivar histórico, o el Cid literario, hubieran alguna vez marchado por bosques brumosos más cercanos a la fisiografía de la Germania pagana, que a la Castilla histórica, pero así lo había escrito Drakkon Inferno Tremendis, y así había quedado. En cuanto a éste, iba a pie, cansado por entero, detrás de los jinetes que iban a paso bastante cansino.

Mientras caminaba, Drakkon Inferno Tremendis reflexionaba. ¿Qué había fallado? Había luchado una pelea para determinar quién era el más grande héroe del universo. Drakkon Inferno Tremendis debía de haberlo sido: él había creado el universo en el que se encontraba inmerso. Eran sus invenciones, sus reglas, su todo. En verdad, debería haberse convertido en una especie de inmenso superguerrero, pelear una pelea que hubiera durado sus buenos cuatro o cinco capítulos, y haberle rajado el gaznate al Cid para tomar su lugar y transformarse en el héroe absoluto. En vez de ello, la batalla había sido ridículamente corta y... bueno... ridícula en todo, si valiera la redundancia. ¿Qué había fallado? Drakkon Inferno Tremendis estaba confundido al respecto. Demasiado confundido.

Finalmente llegaron a Burgos. La ciudad era grande, inmensa, bulliciosa, cosmopolita. Si Drakkon Inferno Tremendis hubiera leído Historia a conciencia alguna vez, quizás hubiera sabido que las ciudades medievales solían ser pequeñas, de pocas casas, amuralladas sí, pero de callejuelas estrechas y malolientes. En vez de ello, la ciudad tenía casas inmensas y avenidas anchísimas. Según lo había escrito Drakkon Inferno Tremendis, los arquitectos no eran humanos sino elfos.

Al centro, se erigía una monumental catedral que debía tener por lo menos sus cien metros de alto, y con naves interiores que hubiera podido albergar una ciudad medieval entera cada una en su interior. Era la Catedral de Santa Gadea de Burgos. Que poco tenía que ver con la auténtica, claro.

– ¡Yo! – gritó un hombre grande, con una enorme capa detrás, y una gigantesca corona que estaba tachonada de brillantes como lo estaría de frutas un sombrero de Carmen Miranda. – ¡Yo... soy...! ¡¡¡ALFONSO VI!!! ¡¡¡SOY VUESTRO SEÑOR!!! ¡¡¡VOSOTROS ME DEBÉIS OBEDIENCIA!!! ¡¡¡Y PLEITESÍA!!! ¡¡¡Y POR ESO, OS ORDENO!!! ¡¡¡ARRODILLÁOS!!! ¡¡¡JURADME OBEDIENCIA!!! ¡¡¡ES LA LEY DE LA DINASTÍA, QUE ES TAMBIÉN LA LEY DE DIOS!!!

– ¿¿¿JURÁIS QUE NO SOIS PERJURO CONTRA LA LEY DE DIOS??? – bramó entonces Rodrigo Díaz, entrando con enorme aparato en la nave principal, sin desmontar de Babieca.

Ante la mirada atónita de los presentes ante el atrevimiento, Rodrigo Díaz avanzó sin detenerse, a paso calmo, como si contara todas y cada una de las pisadas que hiciera Babieca con sus herraduras.

– ¡¡¡CÓMO OS ATREVÉIS!!! – dijo Alfonso VI, con el rostro crispado, los ojos tiritando de ira, la boca contorsionada de una manera ridícula, el cabello en completo desorden, todos rasgos éstos que convienen a un villano en los dibujos animados japoneses.

– Sabido es que vuestro hermano no murió en batalla, que vuestro hermano murió... ¡¡¡ASESINADO!!! – gritó Rodrigo Díaz, y ante sus palabras, toda la catedral enmudeció.

– ¡¡¡BELLACO, MALVADO!!! – gritó Alfonso VI. – ¿¿¿ACASO SOSTENÉIS QUE MATÉ A MI PROPIO HERMANO PARA HEREDAR LA CORONA???

– Vuestras palabras. No las mías – dijo Rodrigo Díaz con calma épica. – Sólo es de esperar que el asesinato no haya contado con testigos.

El rostro de Alfonso VI palideció, su boca se abrió en una mueca de asombro, y sólo sonidos inarticulados consiguieron arrancar desde su garganta. Pero luego se repuso, y se deshizo de su capa arrojándola melodramáticamente a una ráfaga de viento que entró oportunamente en la catedral, justo en ese instante, para desvanecerse al instante después.

– Vos sois un envidioso, Rodrigo Díaz. ¡Sois un envidioso y un mal vasallo! ¡¡¡RENDIDME JURAMENTO DE VASALLAJE, O ENFRENTÁOS A VUESTRO DESTINO!!!

– ¡¡¡JAMÁS!!! ¡¡¡AQUÍ, EN LA CATEDRAL DE SANTA GADEA, ES DONDE DEBÉIS JURAR QUE NO TENÉIS NADA QUE VER CON LA MUERTE DE VUESTRO HERMANO!!!

Y ante la vacilación de Alfonso VI, Rodrigo Díaz abrió la boca nuevamente:

– ¡¡¡JURADLO!!! ¡¡¡JURADLO POR DIOS Y POR TODOS LOS SANTOS!!!

– ¡¡¡NADIE ES QUIEN PARA HACER JURAR A UN REY!!! – gritó Alfonso VI, sacando su espada. – ¡¡¡DESENVAINAD!!!

– ¡Detenéos, caballeros! ¡Estáis en suelo sagrado! – gritó el sacerdote, pero Alfonso VI lo proyectó por el aire con un solo gran manotazo de su manopla de hierro. El sacerdote se movió por el aire a cámara lenta, y tardó cerca de tres minutos en caer y golpearse el cráneo contra el suelo.

– Ahora, Rodrigo Díaz... ¡¡¡AHORA TE ENSEÑARÉ QUE YO...!!! ¡¡¡ALFONSO...!!! ¡¡¡SEXTO...!!! ¡¡¡SOY EL MÁS GRANDE...!!! ¡¡¡GUERRERO...!!! ¡¡¡DEL UNIVERSO...!!!

Frente a frente estaban los dos hombres, el justiciero Rodrigo Díaz, y el arrogante Alfonso VI. Se miraban, se estudiaban, ganaban minutos para que se viera bien en el anime... y se lanzaron al unísono a la batalla por ser el guerrero más poderoso del universo.

domingo, 15 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 03 - "Bajo el imperio de los dioses".


En todas las grandes civilizaciones antiguas hubo progreso científico, pero en todas ellas, éste quedó encapsulado en castas sacerdotales que hicieron investigaciones y las mostraron sólo en la medida que les servía para ampliar su base de poder. Para el grueso de la gente, la religión siguió siendo la respuesta. Pero la religión simple y primitiva en que el ser humano entendía que la naturaleza estaba llena de fuerzas sobrenaturales escondidas detrás de cada arbusto o de cada trueno en el cielo, ya no podía explicarlo todo. A medida que numerosas sociedades se precipitaron por el camino de la civilización, la trama social se fue haciendo más compleja, y numerosas nuevas relaciones míticas y religiosas debieron ir emergiendo desde aquí.


Un punto importante de desarrollo, fue el hecho de que la mayor parte de las culturas empezaron a concebir a los dioses como una especie de superhumanos antropomórficos. Así, se personificó de alguna manera a las fuerzas sobrenaturales que hasta entonces eran concebidos como meros espíritus, y se crearon leyendas y mitos que explicaban muchas cosas de la naturaleza. Así, para los griegos la Vía Láctea se formó cuando el pequeño Heracles mordió el pezón de la diosa Hera y su leche saltó hacia el cielo. Muchos elementos de la vida social se explicaban también del mismo modo. El gobierno del faraón se justificaba por ejemplo considerándole la encarnación sobre la Tierra del dios Horus, que en la mitología egipcia había dado muerte a Set, el dios de la sequedad y el desierto, para vengar la muerte de su padre Osiris, el dios de la fertilidad.


Algunos patrones mitológicos se fueron repitiendo, como por ejemplo la presencia de “diosas madres” en numerosas culturas, que incluso hasta se parecen en los nombres: la Ishtar babilónica parece ser la Astarté cananea, que a la vez parece ser la Arinna hitita. Otra presencia repetida son los “dioses del trueno” tales como el Marduk babilónico o el Teshub hitita. Otro patrón repetido es el “dios muriente”, el hijo y amante de una diosa que muere y resucita, y que con dicha resurrección, asegura la subsistencia de las cosechas. Entre ellos están el Osiris egipcio, el Tammuz babilónico, o el Adonis griego. Bajo ellos subyacen dinámicas sicológicas comunes a todos los seres humanos: el miedo al cambio, el deseo de estabilidad y prosperidad, la redención por los pecados propios. Muchas de estas tendencias seguirán presentes en el ser humano hasta muchos milenios después, y serán el combustible que seguirán alimentando la devoción a las religiones.


A su vez, al producirse intercambios entre distintas civilizaciones, incluyendo conquistas de unas por parte de otras, los panteones mitológicos se fueron haciendo más complejos. La noción básica es el “dios tutelar”, una deidad elevada al rango de protector supremo de una ciudad o pueblo. Era común que los viajeros por civilizaciones lejanas, le rindieran culto a los dioses del lugar al que llegaban, en vez de seguir rindiéndole culto a su propio dios local, ya que estos peregrinos concebían al universo como repartido en distintos dioses, así como los reyes se repartían el mapamundi. Si un pueblo hacía campañas militares victoriosas y se creaba un imperio, su dios tenía enormes probabilidades de propagarse y ser el más poderoso del panteón; a veces, para congraciarse con los pueblos vencidos, el dios triunfante asumía características o títulos del dios derrotado, y con el paso del tiempo, se tendía a asumir que, en realidad, ambos eran más o menos el mismo dios. De esta manera se crearon extensos panteones mitológicos con decenas de dioses, relacionados entre sí por toda clase de vínculos de sangre, parentesco, y en algunos casos, de relaciones sentimentales o aún de violación. El caso más raro fue en Egipto, cuando hacia el año 1900 antes de Cristo, el antiguo régimen faraónico de la ciudad de Menfis fue reemplazado por uno nuevo con sede en Tebas. Como la principal deidad antigua era el dios solar Ra, y en Tebas el dios tutelar era el dios de la fertilidad Amón, los sacerdotes asumieron que era el mismo dios, y pasó a ser llamado Amón-Ra. La maniobra ayudó por supuesto a legitimar al nuevo régimen de Tebas como continuador del régimen de Menfis.


En algunos casos puntuales, este proceso de ir convirtiendo a algunos dioses en los más poderosos sobre los demás, fue llevado hasta el extremo lógico de concebir a todo el universo como el patrimonio de un único dios. Para los antiguos babilónicos este dios fue Marduk, que derrotó a la serpiente Tiamat que representaba el caos, y así impuso el orden en el universo entero. Lo mismo ocurrió en la antigua Grecia, cuando Zeus se transformó en señor supremo del panteón del Olimpo. Pero el ejemplo más extremo es probablemente la fuerte metamorfosis experimentada por el dios tutelar de un pueblo de pastores llamados los hebreos. Su dios YHWH (Yahveh) en la época mosaica fue concebido como un dios poderoso entre numerosos otros dioses, hasta que más o menos en la época del profeta Esdras, éste comenzó a ser visto como la principal fuerza motora de la Historia. Dicha idea pasará a ser después nuclear en todas las religiones llamadas abrahámicas (el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam, y sus múltiples sectas y derivados), para las cuales en definitiva no existen otros dioses sino Yahveh, el Unico Dios, al que la Biblia llama el “dios celoso” porque sus fieles no deben tener otros dioses delante de El. Resulta curioso observar que en el camino, estos dioses únicos, omnipotentes y todopoderosos irán desperfilándose de sus rasgos antropomórficos, hasta que pensadores posteriores los interpretarán casi como abstracciones filosóficas. Todos los “dioses únicos” atravesarán de una manera u otra por este fenómeno.

Próxima entrega: "Los astrólogos".

miércoles, 11 de enero de 2012

High Fantasy Manga 2 - "¡Atrapado! Drakkon Inferno Tremendis busca su propio camino".


Luego de la revelación de que Drakkon Inferno Tremendis estaba atrapado dentro de su propio universo narrativo, el tiempo y el espacio se ralentizaron de manera melodramática, con un certero golpe de sonido, mientras las capas de todos los personajes ondeaban dramáticamente en el viento.

– Esto debe ser una pesadilla – se dijo a sí mismo Drakkon Inferno Tremendis.

Acto seguido, Drakkon Inferno Tremendis se pellizcó a sí mismo una y otra vez para despertar. Y cerró los ojos.

Los abrió en medio de un enorme grito. Estaba incorporado, y sudando con pesadez. ¡En efecto, había despertado, y todo era una pesadilla, y entonces...!

No, no había resultado. Seguía en la pesadilla, o lo que fuera. De otra manera no se explicaría que los caballeros castellanos estuvieran cabalgando con sus pendones y corazas.

Drakkon Inferno Tremendis se resignó a que, estuviera o no en un universo real, debería jugar con las reglas de dicho universo. Después, salió de su habitación tratando de saltar por la ventana. ¿Por qué hizo eso en vez de hacer lo más lógico, que era ir a la puerta y salir por allí? Simplemente por aquello que los angloparlantes llaman la “rule of cool”, nada más que por eso. Pero si Drakkon Inferno Tremendis intentaba probar que era un personaje cool, en dicha ocasión no lo logró, porque su pie se atoró en el borde inferior de la ventana, y quedando atascada su pierna entre la ventana y el resto del cuerpo, el cuerpo mismo se dio un estrellón de proporciones en contra del suelo.

Considerando que la primera parte de su cuerpo en golpear el suelo había sido la mandíbula, y que ésta era la más lacerada por el efecto látigo que su cuerpo entero había ocasionado, era un milagro que no se la hubiera quebrado. Drakkon Inferno Tremendis no alcanzó a reflexionar que, dentro de la lógica del manga, los guerreros no se hacen daño corporal que implique quebraduras o luxaciones, ya que las únicas heridas, mutilaciones o traumatismos internos que ocasionan real daño, incluso la muerte, son aquellos en que el personaje sangra, y éste no era el caso.

De manera que, adolorido pero no físicamente lastimado, Drakkon Inferno Tremendis se levantó de una manera muy poco heroica (aunque él, no pudiendo verse desde fuera, no podía darse cuenta), y se dirigió a una vieja medio famélica que contemplaba al grupo de jinetes pasar.

– ¿Estos quiénes son? – preguntó Drakkon Inferno Tremendis.

– Estos son Rodrigo Díaz, que de la ciudad de Vivar son sus fueros, y aquellos son sus hombres – respondió la vieja.

– ¿Y qué hacen, hacia dónde se dirigen?

– Van a Burgos, porque el rey Sancho II muerto es, y pleitesía debe rendirle el Cid al nuevo rey, que es Alfonso el hermano del finado.

– ¿Van a Burgos? – preguntó Drakkon Inferno Tremendis, recordando que el Cid no le había rendido vasallaje a Alfonso VI sino después del Juramento de Santa Gadea. – ¿No debería estarse dirigiendo a Santa Gadea...?

– Hay una iglesia de Santa Gadea en Burgos... – dijo la vieja, mirando a Drakkon Inferno Tremendis con desconcierto por su desconocimiento geográfico. – Vuestro castellano peculiar me parece... ¿Sois de estos solares acaso, o peregrino de Santiago sois...?

– Soy peregrino de tierras y mares extraños y muy lejanos – dijo Drakkon Inferno Tremendis, con tono melancólico y algo plañidero, porque había recordado que los héroes del anime deben soltar frases como ésas, en tono melancólico y algo plañidero.

Ya el lento desfile de caballeros estaba terminando (había sido uno largo en verdad, porque muchos venían detrás del Cid; es poco probable que fueran tantos en la realidad histórica, pero ignorando esto ni deduciéndolo, Drakkon Inferno Tremendis lo había escrito de otra manera). Drakkon Inferno Tremendis salió corriendo detrás de ellos.

– ¡Espera! ¡Espera! – gritó. – ¡Cid, espera!

– ¡Ha dicho “sidi”! ¡Ha dicho “sidi”! – gritó la gente alrededor, espantada, y luego, sacó la conclusión obvia. – ¡Es un moro!

Los hombres del Cid se detuvieron. El propio hombre que encabezaba la comitiva, el Cid mismo, volteó su caballo hacia Drakkon Inferno Tremendis, que llegó jadeando de manera aparatosa tras la carrera (por su sobrepeso, recordemos).

– ¡Atrevido sois para invocar vuestra morería en tierras de cristianos viejos! – gritó el Cid. – ¡Decid cuál es vuestro asunto!

– Pero yo no soy moro... – replicó Drakkon Inferno Tremendis, desconcertado.

– Yo le creo – dijo uno de los hombres del Cid. – No tiene la cara morena como los infieles...

– No os precipitéis en vuestras conclusiones, buen Alvar, que pronto habremos de saber. ¡Y bien, villano! ¡Hablad! ¡Que asunto es ése que os trae ante mí!

Drakkon Inferno Tremendis se quedó perplejo por un instante. En realidad no había pensado en nada: sólo había corrido hacia el Cid porque era el héroe de la historia.

– Yo... quiero ir contigo.

– ¿Sois un caballero...?

– Bueno, las chicas opinan que... no mucho.

– ¿Sois un hidalgo? ¿Un fijodalgo...?

– No, no soy un galgo – dijo Drakkon Inferno Tremendis.

– ¡Entonces no estorpezcáis el camino de Rodrigo Díaz! – dijo el Cid, desdeñoso.

– ¡Pero, Cid...!

– ¿Cómo me habéis llamado? – barruntó el Cid. – ¡Rodrigo Díaz es de cristianos viejos, y no se hace servir por moros!

Demasiado tarde, Drakkon Inferno Tremendis entendió el origen del malentendido. El sobrenombre de “Cid” venía del árabe “sidi”, que significaba “señor” en árabe, y se lo habían otorgado después de las campañas militares contra los mismos. Si estaban en los días anteriores al Juramento de Santa Gadea, entonces Rodrigo Díaz aún no era conocido como “el Cid”. Y si lo llamaba así, era lógico que los españoles, que algo debían conocer de la lengua árabe aunque fuera escuchando a prisioneros de guerra, hubieran entendido “sidi” y le tomaran por moro.

Pero por otra parte, dictaminó para sí Drakkon Inferno Tremendis, estaba dentro de su propia historia. Y sabía CÓMO la había escrito. Drakkon Inferno Tremendis había escrito su propia versión del Cid por el odio que sentía ante la plana y arcaica historia original, y la había adornado con tantos detalles de manga y fantasía épica como podía. Por lo tanto, la manera de salir adelante era ser audaz y mostrar que era el mejor guerrero. Después de todo, era algo así como el dios del universo en el que se encontraba. En consecuencia, PODÍA ser el mejor guerrero.

De manera que Drakkon Inferno Tremendis soltó una risita jactanciosa.

– Me insultas, Cid – dijo Drakkon Inferno Tremendis, con condescendencia bien aprendida de sus raciones de “Dragonball Z” y “Saint Seiya”.

– Seáis moro o cristiano, cuidad vuestras palabras, os lo aconsejo, que lenguas más feroces que la vuestra he cortado – dijo Rodrigo Díaz.

– No pensaréis en serio sostener vuestras palabras con una espada – soltó Drakkon Inferno Tremendis, y luego gritó con todas sus fuerzas (que no eran pocas, debido a lo ancho de su caja torácica: – ¿¿¿VERDAD...???

– ¡Vuestro atrevimiento raya en la insolencia! – gritó Rodrigo Díaz. – ¡Disculpaos!

– Me disculpo, si me dejas ir contigo – dijo Drakkon Inferno Tremendis.

Rodrigo Díaz lo miró con expresión divertida, y luego rio echando la cabeza para atrás. Primero era una risa liviana y cristalina, pero luego sus facciones se endurecieron, y algo de satánico emergió desde la misma. Lord Byron habría estado orgulloso de poder describir esa risa a mitad de camino entre el cielo y el infierno, y que parecía paralizar el mundo a su alrededor.

Luego, Rodrigo Díaz le pidió a uno de sus compañeros que arrojara una espada a Drakkon Inferno Tremendis. Mientras el compañero obedecía con un severo “¡HAI!”, Rodrigo Díaz desmontó. El compañero, en tanto, arrojó la espada de manera tal, que quedó clavada delante de Drakkon Inferno Tremendis. Era en verdad una claymore de enorme tamaño, prácticamente tanto como la estatura del propio Drakkon Inferno Tremendis.

Rodrigo Díaz sacó su propia espada, y habló. Y mientras hablaba, parecía que el cielo mismo se llenara con enormes flamas:

– ¡Defended vuestro honor, insolente!

Drakkon Inferno Tremendis posó su mano sobre la empuñadura de la espada, y luego de una pausa melodramática, tiró de ella. El había creado al Cid de esta historia o este universo, y si tenía que matarlo para entronizarse como el héroe absoluto que en el fondo toda su vida había querido ser, entonces lo mataría sin contemplaciones...

domingo, 8 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 02 - "Nuestra curiosidad".


Para que la ciencia pueda crecer y desarrollarse, se requiere una masa crítica de seres humanos, así como una sociedad fuertemente organizada. Una sociedad en la que todos deben trabajar la tierra o pescar en el mar para subsistir, es una en la que nadie queda libre para hacerse preguntas sobre el universo. Por su parte, las sociedades con fuertes presiones militares deben dedicar todas sus energías a combatir al enemigo. Esta es la razón por la que regímenes balcanizados como el feudalismo, la anarquía o las bandas bárbaras, suelen ser incapaces de hacer progreso científico. Este sólo se da en sociedades más o menos pacíficas y estables, y con un nivel de vida asegurado al menos por encima del mínimo para la supervivencia.


Este paso se dio no una, sino varias veces en la Historia. En una época que va desde el 5000 hasta el 2000 antes de Cristo en Eurasia, y desde 2000 antes de Cristo hasta la Era Cristiana en América, varias civilizaciones se fortalecieron lo suficiente como para empezar a explorar el universo y poner los cimientos de la ciencia. Quienes tenían más tiempo de ocio para ello eran los sacerdotes, y de ahí que éstos fueran los primeros científicos. Las primeras disciplinas en desarrollarse fueron la Medicina, por una obvia necesidad social, y la Astronomía, por una razón que involucra la mantención del poder; entender el funcionamiento de los cielos llevó al invento del calendario, y de ahí, a organizar el tiempo de una manera eficiente que permitiera consolidar el poder económico de los gobiernos. Recordemos que por lo general, eran la clase sacerdotal quienes sabían leer y escribir, y además quienes conformaban la burocracia gubernamental.


En Eurasia, este paso parece haberse dado en varios lugares de manera independiente. China fue uno de los primeros lugares de la Tierra en que se hicieron observaciones astronómicas de avanzada, contando y midiendo el curso de los astros en el cielo. También desde antiguo se conservan tratados de Medicina. Cuando muchos siglos después, hacia el año 213 antes de Cristo, el Emperador Qin Shi Huangti ordenó la quema de todos los libros para iniciar la cultura china desde cero, obligó a salvar los textos médicos y de Astrología. En otra parte del mundo, en la región que va entre Egipto y Mesopotamia, en el Oriente Medio, distintas civilizaciones se retroalimentaron unas a las otras, como por ejemplo la de los egipcios y la de los sumerios. Entre medio se desarrollaron las ciudades de Mohenjo Daro y Harappa, en la India. Con el paso del tiempo, los matemáticos de la India se transformarían en los más avezados de Eurasia.


En América hubo dos grandes focos de civilización que dieron el salto. Uno de ellos es Mesoamérica, que se sitúa en lo que actualmente es México. La civilización más antigua que surgió allí fue la de los olmecas. Cuando ésta se derrumbó, surgieron dos focos secundarios: la larga cadena de culturas que a través de Teotihuacan y otros centros de poder rematarían en el Imperio Azteca por un lado, y las ciudades estado de los mayas por el otro. Los mayas se transformaron en los creadores del calendario más perfecto existente, hasta que fueron más o menos alcanzados recién en la Europa moderna. Más al sur, en el occidente de Sudamérica, surgieron también las civilizaciones del tronco andino, que después de una larga saga de ascensos y decadencias, rematarían en el Imperio Inca.


Que el monopolio de la ciencia quedara en manos de los sacerdotes, tuvo consecuencias. Los sacerdotes seleccionaron el conocimiento que soltaban al exterior, y con frecuencia lo mostraban como si fuera magia o poderes paranormales. El ejemplo máximo fue el uso que los sacerdotes egipcios le dieron a sus conocimientos astronómicos, calculando con precisión la fecha de la crecida anual del río Nilo para crear una ceremonia en que el faraón aparecía como dando la orden al río para que creciera. El bajo pueblo en estas culturas siguió viviendo en la ignorancia y la superstición, convencidos de que su vida estaba en peligro por monstruos y demonios, y que los sacerdotes serían los únicos capaces de conjurarlos. Incluso más, los propios sacerdotes terminaron creyéndose sus propios mitos, y desviaron sus conocimientos hacia disciplinas que nada tienen de científicas. De esta manera, en muchas culturas se desarrolló la creencia de que el conocimiento de los astros podría predecir el futuro. Aunque los defensores de la Astrología dicen que ésta es la madre de la Astronomía, en realidad es exactamente al revés: de las observaciones astronómicas es que se inventaron los sistemas astrológicos.

Próxima entrega: "Bajo el imperio de los dioses".

miércoles, 4 de enero de 2012

High Fantasy Manga 1 - "¡Nunca visto! Un fanático de la fantasía nacido por generación espontánea".


Los libros de historia dirán mañana que Drakkon Inferno Tremendis nació por generación espontánea, ya que el propio Drakkon Inferno Tremendis no deja decir nada sobre su vida anterior al surgimiento del nombre. Así, no diremos que cuando tenía cinco años, su padre lo abandonó a él en conjunto con la familia completa, para irse con otra mujer para formar otra familia. Ni que desde entonces empezó a comer tanto pan, que su diámetro abdominal comenzó a crecer de manera muy poco atlética. Ni mencionaremos lo solitario y retraído que era en los primeros años de escuela, ni que eso sumado a su inepcia para los deportes, lo hizo el blanco perfecto para los matones del colegio. Por lo que nada de eso será mencionado en estas líneas. Su nombre tampoco.

Con todo, sí podemos mencionar que en su infancia se alimentó con raciones de “Saint Seiya”, “Slayers”, “Bleach”, “Naruto”, “Claymore”, “Inuyasha”, “One Piece”... También se dedicó a leer. Los libros del colegio se le hacían muy pesados, en particular cosas como la Nueva Narrativa Chilena o los clásicos del Siglo de Oro Español. El corazón quebrado de Marianela o las idas y venidas de Matías Vicuña no eran nada frente a las emocionantes peripecias de los caballeros del zodíaco o de Naruto y sus compañeros.

También leyó dosis crecientes de fantasía épica. Partió por las Crónicas de Narnia, que las encontró muy interesantes, pero se volvió casi lunático cuando encontró a Tolkien. Después de despacharse “El Hobbit”, demoró apenas cuatro meses en terminar “El Señor de los Anillos”, después de los cuales demoró apenas otros cuatro meses en llegar hasta la mitad de “El Silmarillion”, lo que en Hispanoamérica debe ser alguna clase de récord de lectura. Tolkien era lo máximo que le había pasado en la vida, y entonces supo que quería inventarse, de alguna manera, un universo narrativo que fuera como el de Tolkien. Sólo que el suyo tendría más ninjas, claymores y cazadores de demonios, cosas de las cuales por desgracia el universo de Tolkien carecía.

En ese período se encontró también casi de bruces con el Power Metal. Stratovarius se convirtió en su banda de cabecera. Pero su asombro llegó hasta el éxtasis cuando encontró a Rhapsody of Fire. En un abrir y cerrar de ojos se descargó la saga de la Espada Esmeralda completa, fue feliz con el Guerrero de Hielo matando demonios, lloró hasta las lágrimas cuando Tharos el bienamado dragón extendió sus alas por última vez feliz de haber encontrado la libertad al menos en la muerte, se enfureció con la maldad de Akron masacrando a los habitantes de las Tierras Encantadas, y vibró exultante cuando los buenos derrotaron a los amos del caos en el nombre de la justicia cósmica.

Y entonces, Drakkon Inferno Tremendis se hizo un juramento, un juramento sagrado del que nadie podría condonarle. Drakkon Inferno Tremendis dijo, de rodillas en medio de su habitación en mitad de las tinieblas de la noche, lo siguiente:

– A partir de ahora yo, Drakkon Inferno Tremendis, juro dedicar toda mi vida en cuerpo y alma a la fantasía, arrostrando por ella todo peligro y toda consecuencia, adoctrinando a los malvados paganos sobre la verdadera luz, e imponiendo la high fantasy – (lo dijo así, en inglés) – entre todos los pobres mortales prisioneros de formas inferiores de literatura. Dioses de la justicia cósmica, asístanme en mi empeño, amén.

Ya transformado en un adolescente, Drakkon Inferno Tremendis encontró más amigos como él, principalmente en los chats y foros de mensaje. Las cuatro quintas partes de sus 500 amigos en Facebook eran fanáticos de la high fantasy, y reuniéndose con ellos, aprendió a rolear. A partir de entonces, AD&D se transformó en su juego de rol. Drakkon Inferno Tremendis, entre hogaza de pan que comía y hogaza de pan que comía, se las arreglaba siempre para diseñar poderosos guerreros armados de grandiosas espadas mágicas que mataban toda clase de dragones.

Entretanto empezó a nacer el universo de Medioera. Al principio pensaba llamarlo Agathasarkil, luego pensó en llamarlo Sodainachikiunomajikunoiro, pero al final, no pudiendo decantarse por una fonética germánica a despecho de la japonesa, o por una japonesa a despecho de la germánica (y la fonética era lo único con lo que podía trabajar, porque su dominio de ambos idiomas era más bien deficiente), optó por llamarlo Medioera hasta que llegara un nombre mejor. En ella, diseñó las historias del buen, sabio y anciano monarca Tolkienus, y el Guerrero Todopoderoso, y sus amores con la princesa Aerësil (con dos puntos sobre la segunda “e”, por supuesto, para indicar que dicha vocal se pronuncia de manera más abierta que el resto, siguiendo un poco la ortografía fonética finlandesa, tal y como Tolkien la utilizaba). Y empezó a escribir una enorme fantasía épica en donde Medioera era un continente que estaba siendo tomado por el Horrible Amo Oscuro, ávido de destrozar la vida en el nombre del caos y de...

...llegó el tiempo de la universidad. Entusiasmado ante la perspectiva de escribir en definitiva como un profesional, y publicar su propia saga en siete gruesos tomos, Drakkon Inferno Tremendis decidió estudiar Pedagogía en Lenguaje. La evidencia de que sus propios profesores de lenguaje en el colegio no se salieran de la literatura de los programas oficiales del Ministerio de Educación, no lo disuadieron de intentar transformarse en un escritor profesional por esta vía. Estaba convencido de que no corría peligro de ser deformado por la enseñanza universitaria, y que los profesores que él mismo habían tenido eran mala materia prima desde el comienzo. Algo que él no era, versado en Tolkien como estaba.

En la universidad se encontró con un profesor llamado Antonio Loyola, que mezclaba en un solo personaje lo megalomaníaco del Quijote sin su integridad, y lo pícnico de Sancho sin su bonhomía. Una generación antes, Antonio Loyola había tratado de publicar algo de poesía que intentó llamar “constructivismo cyberpunk”, un intento de traspasar la tesis de algún ignoto poeta discípulo de Levi-Strauss, a una obra relacionada con lo que estaba de moda en materia tecnológica en esa época, o sea, computadores Atari y música en compact disc. El experimento había vendido una cantidad de copias muy baja, cifra que Antonio Loyola solía esconder por pudor, y abandonados los sueños de llegar a ser un escritor de fuste, reconocido y saludado por la crítica como un grande, había cambiado el teclado del ordenador por el puntero láser del aula académica, en donde daba cátedras indefinidas de Teoría del Lenguaje. Esto le daba pretexto para meter Levi-Strauss a destajo y lucirse frente a sus alumnos, a la vez que llenar un año entero de clases universitarias sin estar hablando realmente de nada. Su caballo de batalla, que lo hacía popular entre los alumnos, era reivindicar siempre el poder de la creatividad, aunque después en las pruebas sometiera la misma a las rígidas normas de que una obra literaria debe tener significante, significado, significación, y seguir a rajatabla todos los dibujos y diagramas en el power point, a los que trataba de reducir la literatura. Drakkon Inferno Tremendis se encontró deslumbrado por el profesor, encandilado por tan impresionante apariencia de conocimiento, y empezó a hacer preguntas en clases. Esto era justamente lo que Antonio Loyola esperaba: le gustaba que los alumnos creativos con ambiciones literarias se acercaran a él, que lo rodearan, que hubiera cierta tensión intelectual entre ambos, lo disfrutaba de manera casi libidinosa mientras atestiguaba como estos soñadores, enmarañados después con los compromisos de la vida, terminarían cayéndose de bruces ante el mundo real, sepultados años después en algún salón de clases frente a alumnos que le importaran un cuesco cualquier cosa relacionada con literatura. Y por su propio perfil de personalidad, Drakkon Inferno Tremendis estaba en la mejor posición para ser la víctima perfecta...

La ocasión se presentó a través de una cátedra vecina, la de Literatura Española 1. El profesor era un “vieja guardia” que le dedicaba dos meses enteros al “Cantar de mio Cid”, en términos laudatorios e hiperbólicos. En su homilía universitaria, dicho profesor sostenía que la Edad Media podía dividirse en dos grandes épocas, antes y después del Cantar, y que sin el Mio Cid, Ludovico Ariosto jamás hubiera escrito el “Orlando Furioso” ni Francisco Rabelais el “Gargantúa y Pantagruel” (que a sus alumnos le importaran un comino ambas obras, en el dudoso caso de que hubieran escuchado hablar de ellas, no era una ayuda para su popularidad). Drakkon Inferno Tremendis se encontró atrapado en el fuego cruzado. ¿El “Cantar de mio Cid”, una gran obra literaria? ¡Cómo podía serlo, si el Cid no mataba nunca a ningún dragón! ¡Y los moros no tenían poderes mágicos! ¡Además, en el gran final de la obra no estaba en juego el destino de la Humanidad, sino... apenas un juicio de honor! En resumen, el “Cantar del mio Cid” era demasiado poco épico para Drakkon Inferno Tremendis.

Debido a la rabia de tener que estudiarse un material literario tan amuermante, Drakko Inferno Tremendis se desquitó empezando a escribir una pieza acerca del “Cantar del mio Cid”. De alguna mala manera se las arregló para encajarla dentro del universo de Medioera, y desde luego que era mucho más emocionante que la fuente medieval de la que bebía. El “Cantar del mio Cid” ahora se trataba de un joven campesino que soñaba con alcanzar la nobleza, además de pretender la mano de la hermosa Jimena, que por supuesto lo desdeñaba. En el camino, el malvadísimo Emperador Alfonso VI aspiraba a venderle España a los moros, y se ponía de acuerdo con el Sultán de Marruecos. Como el noble Cid descubría la conjura, Alfonso VI lo arrojaba lejos, con diabólicas carcajadas de villano. Tanto Alfonso VI como el Sultán Yusuf, el malvado judío Vidas, y García Ordóñez, eran la banda de cuatro villanos subordinados a un poder desconocido que amenazaba al mismísimo universo, del que España formaba parte. Todo aderezado con ninjas, claymores y cazadores de demonios, que eran tan del gusto de Drakkon Inferno Tremendis.

En una conversación con Antonio Loyola, Drakkon Inferno Tremendis desahogó su frustración. Antonio Loyola le dijo entonces, con su cómica gesticulación de gordito que mantenía los codos siempre cerca del tórax, que le enviara el texto por correo electrónico. Quizás, le dejó caer, quizás podía conseguir que el texto se abriera paso, y quizás, también, con una inversión monetaria por parte de Drakkon Inferno Tremendis, hasta sería posible llegar a publicarlo, quién sabe...

Y Drakkon Inferno Tremendis envió el texto por correo electrónico a Antonio Loyola.

A la mañana siguiente, Drakkon Inferno Tremendis se levantó con el peor de los ánimos, porque tocaba control de lectura sobre un larguísimo texto de 22 páginas llamado “Sobre el carácter histórico del Cantar de mio Cid”, de Leo Spitzer. Debemos tener presente que Drakkon Inferno Tremendis odiaba el carácter histórico de cualquier cosa, porque no era tan bonito como el carácter legendario que pudiera sacársele.

Pero todas sus cuitas se esfumaron como el humo cuando descubrió que estaba en un lecho de paja, dentro de una mala cabaña de tablas con un intenso olor a humedad. Corrió a la ventana, que no tenía vidrios sino unos postigos de madera. Los abrió, y entonces descubrió una escena que le pintó una recia expresión de “OH, CRAP” en el rostro.

Drakkon Inferno Tremendis estaba siendo testigo del paso de un grupo de caballeros ataviados con armaduras japonesas. Pero no como personas de carne y hueso, sino con fondos al estilo de las ilustraciones tolkienianas de Alan Lee, y con los personajes de líneas bien definidas, como un anime japonés... Al frente de dichos caballeros iba un mozalbete de rasgos finos, de pelo largo, y levemente andrógino. Era exactamente como Drakkon Inferno Tremendis se había imaginado al Cid en su propio universo, y entonces entendió lo que ocurría. De alguna manera, estaba atrapado dentro de su propio universo narrativo, y no tenía ni la más mínima idea de cómo escapar...

domingo, 1 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 01 - "Nuestras creencias".


¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro lugar dentro del universo? ¿Nos expandiremos para siempre como especie, o estamos condenados a la extinción? Esas preguntas gravitan dentro del ser humano quizás desde sus mismísimos orígenes. Todos, quién más o quién menos, se las han formulado, sea como un problema académico, sea como una angustiosa cuestión existencial. ¿Hay una especie de orden cósmico en todo esto? ¿Ocurre todo por alguna razón? ¿Debo conformarme y resignarme a mi destino, o debo luchar para que éste sea un mundo mejor para mí y para quienes me rodean? Estas no son preguntas fáciles de responder. En los albores del siglo XXI en que se escribe esto, no sólo ignoramos qué tan lejos estamos del final del camino, sino si en efecto hay un final del camino, para empezar. Pero hemos avanzado mucho, hemos descubierto mucho, y hemos encontrado mucho. Como resultado, nuestra propia imagen como criaturas frente al universo ha ido variando con el tiempo. En definitiva, para entender cuál es el lugar del ser humano dentro del universo, debemos entender qué es el ser humano mismo.


Durante miles de años, quizás millones, quienes quisieran esas respuestas estaban ayunos de casi cualquier posibilidad. Para nuestros primeros ancestros, el mundo funcionaba de una manera mágica. A veces caían rayos desde el cielo y mataban a las personas. A veces podía hacerse fuego, y a veces el fuego se apagaba. A veces la caza era buena, y a veces la caza era terrible. A veces estábamos saludables, y a veces caíamos enfermos. Y siempre, invariablemente, pasados unos pocos días o muchos años, terminábamos por morir. Frente a todo eso, ¿cuál es la respuesta? Misterio.


De ahí a imaginarse que el mundo estaba regido por seres superiores había tan solo un paso. ¿Y por qué no? Alguna vez, alguien hizo algo extraordinario, y de manera simultánea se produjo un suceso favorable o desfavorable. Quizás estaba acostado y le cayó la sombra de alguien enfermo, y al enfermarse, entendió que había alguna clase de oscura relación entre ambos fenómenos, y estar a la sombra de alguien enfermo pasó a ser tabú. O quizás acarició una pata de conejo, y de inmediato hubo buena caza, por lo que a lo mejor las patas de conejo traían suerte. Con la ayuda del pensamiento selectivo, que permite recordar los sucesos en que se confirma la regla olvidando aquellos en que la regla no funciona, nació nuestra primera y más primitiva manera de entender la realidad: el pensamiento supersticioso. Hoy en día, la palabra “superstición” tiene connotaciones negativas, como sinónimos de superchería e irracionalismo, pero en una época en que no había otro remedio para atraer cosas buenas y repeler las malas, empezar a lidiar con la realidad mediante el ensayo y error fue el gran paso adelante que pudimos dar en nuestra comprensión del mundo. Además, algunas supersticiones sí tenían razón de ser. Quizás la superstición de sacrificar chivos a los dioses no tenga mayor asidero, más allá de haber dado lugar a la expresión “chivo expiatorio”, pero la superstición de hacerle el quite a los enfermos o a las cosas podridas, fue una de las primeras medidas sanitarias que contribuyeron a mejorar la vida humana como especie.


El siguiente paso fue la apropiación de estas creencias por parte de personas especiales. En los hechos, algunos de ellos empezaron a predicar historias sobre esos dioses y demonios que facilitaban o hacían imposible la vida de los humanos. Desarrollaron también la teoría de que rindiéndoles culto y sacrificio, era posible aplacarlos e invocar su benevolencia. Identificando lo mistérico con lo sagrado, estas personas especiales se convirtieron en fuentes de poder. Se los conoce con distintos nombres según la cultura: chamanes, videntes, profetas, gurúes, bonzos, sacerdotes, etcétera. Por desgracia, ellos nunca han dado una prueba de verdadera conexión con lo sagrado, más allá de su propia palabra o la de algún texto religioso escrito por ellos mismos. Pero algunos de ellos escuchaban voces o veían alucinaciones, y creían que era algo sagrado. O bien engañaron a la gente por puro cálculo. Sea de buena o de mala fe, la casta sacerdotal no sólo se convirtió en una poderosa fuerza social, sino también en guardianas de lo sagrado, y en los primeros grandes personajes que trataron de una manera u otra de explicar la realidad, y cuál es nuestro lugar en ella.


Aunque la superstición significó un gran paso en el desarrollo de la cultura humana, al permitir el inicio de la acumulación del conocimiento por medio del método empírico, del hacer y del tantear, sus desventajas también son evidentes. Para conocer algo sobre la realidad se requiere algo más que empirismo: se requiere análisis y razonamiento. Aún así, aunque vastamente superado como método, la superstición sigue presente en nuestras vidas. Todavía mucha gente cree en el horóscopo sin una prueba científica a favor, y a pesar de muchos argumentos en contra. Todavía más, mucha gente cree en revelaciones procedentes de textos sagrados, sin haberlas cotejado lo suficiente con la realidad, siendo entonces manipuladas al servicio de las ambiciones de gente dispuesta a explotar esa debilidad. El punto es que mucha gente prefiere una vida ordenada y tranquila, antes que una respuesta intranquilizadora. La superstición puede estar equivocada, pero produce tranquilidad de espíritu en muchas personas. Por desgracia, no son estas personas las que han consolidado el progreso científico ni el avance del conocimiento. Quienes sí lo han hecho, son los que han buscado poner la superstición a prueba, y romperla si es que demuestra no estar acorde con la realidad. Estas gentes son las que inventaron nuestra mejor y más sofisticada manera de entender el universo: la ciencia.

Próxima entrega: "Nuestra curiosidad".
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