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domingo, 25 de diciembre de 2011

Equivalentes históricos de la fantasía tolkieniana.


J.R.R. Tolkien es por supuesto uno de los más grandes creadores de mitologías del siglo XX. Su obra más popular, “El Señor de los Anillos”, en realidad es un fragmento de una mitología mucho más vasta, que en versión completa ocupa una enorme cantidad de tomos, muchos de ellos jamás publicados en vida del autor. Puede describirse genéricamente el universo tolkieniano, sus historias sobre el mítico continente de la Tierra Media, como una especie de Edad Media idealizada tanto por la incorporación de elementos míticos de la épica medieval, como por ciertas distorsiones históricas que embellecen el pasado de Europa, y en particular el de la Inglaterra nativa de Tolkien. Este se crió primero, y trabajó después, alrededor de los textos épicos de la Edad Media europea, que le proporcionaron los materiales que, reelaborados, son la base de su cosmología literaria.

Tolkien vivió su infancia en el colofón de la Era Victoriana, su juventud en la época eduardiana, y su rito de pasaje a la madurez en la Primera Guerra Mundial, e implícitamente aterrado por la decadencia de su Inglaterra nativa durante aquellos años, se tornó un enemigo decidido de la modernidad, a la que él asociaba con el maquinismo, la estandarización, y el secularismo. De ahí que Tolkien amara los textos medievales, que le proporcionaban una Edad Media idealizada, lejana al período bruto y mugriento que ésta en verdad fue. Para Tolkien, la Inglaterra anglosajona no eran los bárbaros pendencieros de la realidad sino la versión idealizada y heroica del “Beowulf”, los paganos de Finlandia no eran los desharapados históricos sino los runoyas y forjadores del “Kalevala”, los vikingos no eran sanguinarios guerreros sino los idealizados héroes de las “Eddas”, y así sucesivamente. Todo esto va a repercutir no sólo en que Tolkien adaptó diversos períodos históricos de la historia inglesa dentro de su mitología, sino que al hacerlo, los traspasó por el filtro del romanticismo y los embelleció hasta transmutarlos en la quintaesencia de la fantasía épica del siglo XX.

Un punto importante es que el universo de Tolkien es estacionario, y a lo largo de los miles de años que cubre su imaginario, no existen el progreso social ni el tecnológico. Por lo mismo, a la hora de incluir espejos de las sociedades históricas idealizadas como parece haber pretendido de manera más o menos inconsciente, no podía desplazarse en el tiempo hacia atrás. El único desplazamiento que le quedaba era el espacio, y de ahí que en Tolkien, la historia social es sustituida por la geografía, y la máquina del tiempo es sustituida por las sandalias del peregrino.


La sociedad más cercana en el tiempo a la época de Tolkien que encontramos en su imaginario, es la de la Comarca. Recordemos que la Comarca es el lugar en donde habitan los hobbits. Estas son criaturas humanoides de mediano tamaño, tranquilas y poco dadas a la aventura. Su vida es eminentemente campesina: ni siquiera parecen conocer las ciudades, o a lo menos, no las de gran tamaño. La tecnología en la Comarca es desconocida, salvo por la existencia de aparejos campesinos tales como azadas o arados. El paralelo obvio aquí es la “Merry England” del imaginario inglés del siglo XIX. La verdadera Inglaterra de la época renacentista en realidad era un lugar no demasiado agradable para vivir, pero la “Merry England” era una visión bucólica de esa vieja vida campesina inglesa, antes de que las campiñas fueran sacudidas por el progreso de la industria y los automóviles. Incluso el nombre es revelador: en inglés, la Comarca es “The Shire”, y “shires” es el nombre que reciben los condados ingleses. Cualquiera que haya escuchado de “Devonshire”, “Lincolnshire” y otra serie de topónimos desperdigados por el mapa de Inglaterra, sabe de qué hablo. En “El Señor de los Anillos”, la gran amenaza que pende sobre la Comarca es el maquinismo impulsado por las fuerzas del mal, un trasunto de cómo la Revolución Industrial fue llenando de páramos y hollín los antaños frondosos bosques y campos de Inglaterra.

Yendo más lejos, hacia el pasado en nuestra realidad, y en un movimiento paralelo hacia el exterior de la Comarca en el imaginario de Tolkien, nos encontramos con la Tierra Media en general. Con la imprecisión propia de todas las generalizaciones, digamos que la Tierra Media es un extenso continente en que conviven numerosos reinos de razas tales como humanos, elfos o enanos. De tarde en tarde, alguna potencia maligna amenaza con cubrir el mapa de negro, y se forman coaliciones para derrotar a dicho mal. La última es la entablada en la Guerra del Anillo, pero existieron otras coaliciones anteriores. Podemos incluir dentro de la Tierra Media, para efectos de este muy sumario análisis, a la isla de Numenor, cuyas diferencias con la Tierra Media no deben hacernos olvidar sus semejanzas de fondo. Así como la Comarca era una descripción idealizada de la “Merry England” del siglo XVI, podemos asumir que la Tierra Media es una versión idealizada de la temprana Edad Media, de la Edad Heroica de Occidente, tal y como ha llegado hasta nosotros según “Beowulf”, “El Cantar de los Nibelungos”, las “Eddas” escandinavas o las sagas y cantos artúricos. A diferencia de la Comarca poblada por amables campesinos, la Tierra Media es el hogar de grandes guerreros o magos numinosos. Los hechos de la Tierra Media son mucho más convulsionados que el común de las sagas medievales, pero el decorado de ambos es muy similar: sociedades rígidas y jerárquicas cuyos bastiones son el agro y el castillo. También en ambos universos encontramos la posibilidad de que las fuerzas del bien puedan ser corrompidas por el mal, pero que puedan ser salvadas in extremis por la intervención de un bien más allá de sus fronteras (el Grial y Dios en un caso, los Valar de las Tierras Imperecederas en el otro).


Y si seguimos un paso más allá, en el tiempo de nuestro universo y en el espacio del imaginario de Tolkien, nos encontramos con una cosmogonía que arranca desde mucho más antiguo que la leyenda del Rey Arturo, y que por supuesto informa a éste. Me refiero, claro está, a los Evangelios en particular, y a la Biblia en general. Cuesta no relacionar el inicio del Valaquenta en el “Silmarillion” (“En el principio Eru, el Unico, que en la lengua élfica es llamado Ilúvatar, hizo a los Ainur de su pensamiento; y ellos hicieron una Gran Música delante de él”) con el inicio del Evangelio de San Juan (“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho, fué hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”). En ambos casos nos encontramos con un ser supremo que a través de una facultad mental de naturaleza auditiva (la Palabra, Verbo o λόγος en la Biblia, la Gran Música en el mundo de Tolkien) dan origen al ser y la existencia. Y en ambos imaginarios, el cristiano y el tolkieniano, el mal entra por la rebelión de una criatura subordinada al ser supremo (Satán el ángel caído en el cristianismo, Melkor el ainur en el Ainulindalë). Y en nuestra historia, el imaginario cristiano es anterior al imaginario medieval en cerca de medio milenio a lo menos.


Como decíamos, mientras que en nuestra realidad los tres imaginarios se dan en forma secuencial, en el mundo de Tolkien se dan como cajas chinas, cada una dentro de la anterior. La consecuencia lógica es que el recorrido en nuestro universo acaba en nuestro presente, o el de Tolkien a lo menos, mientras que el recorrido en su imaginario acaba en la puerta de la casa de los Baggins en la Comarca, de Bilbo y su sobrino Frodo.

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