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domingo, 18 de diciembre de 2011

"Colteya de la ciudad de Imancabur".

Colteya de la Ciudad de Imancabur,
¿Cuál fue desde siempre tu misterio?
¿Cuál fue la fuente de tu saber?

Colteya de la Ciudad de Imancabur...
¡Cuán pronto se aniquiló tu imperio!
¡Cuán rápido se agotó tu poder!



El joven Colteya caminó por el desfiladero sagrado de Miyahuasi, y tras varias horas forcejeando con el encogimiento de su propio corazón en medio de las gélidas paredes en distintos tonos naranjáceos y marrones de roca, al final del trayecto divisó, sobre una explanada muy alta en la montaña, la ciudad de Imancabur. Iba hacia allá porque había superado a todos los vilancas en combate personal, y el chamán de la tribu le había dicho que los dioses habían enmudecido; sólo los dioses tutelares de Imancabur podrían hablarle ahora, por boca de los sacerdotes de Ormicancha el Sol.

Caía ya la noche, varias horas después, cuando por fin Colteya se presentaba ante la torre que vigilaba el único camino de acceso desde el desfiladero sagrado de Miyahuasi. Imancabur no tenía muros: las montañas eran sus bastiones defensivos. En vez de bajar al desfiladero, los pastores de Imancabur solían ascender incluso más en la montaña sagrada de Uruyisa, para que sus llamas y alpacas pastaran durante los fríos veranos de la cordillera. Colteya se presentó ante la curiosidad de los guardias, quienes no hubieran creído posible que éste hubiera sacado una voz estentórea para espetar:

– ¡Soy Colteya, de la tribu de los vilancas! ¡He derrotado a todos los valientes de mi tribu, y por eso los dioses han enmudecido! ¡Vengo a recibir la profecía que sólo los dioses de Imancabur pueden comunicarme, la profecía que pueden comunicarme por boca de los sacerdotes de Ormicancha el Sol!

Los guardias se consultaron entre sí, y consultaron después a su comandante. Este, a la vez, consultó a los sacerdotes, quienes cogieron un cuy, y lo abrieron en canal para examinar sus entrañas. Al ver las mismas, su asombro fue extraordinario.

Hicieron pasar a Colteya hasta el patio principal de la ciudad, allí donde se levanta el Altar Sagrado de Imancabur, y el Sumo Sacerdote de Ormicancha el Sol habló:

– ¡Colteya, de la tribu de los vilancas! Los dioses en efecto te han hablado, y han manifestado su profundo asombro de que los dioses de los vilancas hayan enmudecido. Pero esto tiene una explicación, porque en efecto, dicen los dioses, has llegado para ser supremo. Así, pues, pasa a nuestra ciudad y a nuestro trono, Colteya. Nuestras mejillas te pertenecen para que las golpees, nuestros brazos para que los tuerzas, y nuestras espaldas para que las quiebres, si esa es tu voluntad. Mas debemos decirte, cuando los dioses enmudecen, tan sólo por breve lapso retiran su voz del mundo, y cuando vuelven a hablar, extraños son los caminos por los cuales regresan a nosotros sus palabras. ¡Ven, Colteya, el más valiente de la tribu de los vilancas! ¡Ven y contrae matrimonio con nuestra más sagrada sacerdotisa!

Hicieron pasar a Colteya hasta el salón del trono, lo bañaron con el agua más pura del manantial sagrado de la montaña Uruyisa, impregnaron sus cabellos con quillay, lo vistieron con gasa y lino, le pusieron el manto de piel de alpaca, y lo sentaron en el trono, coronándolo.

A continuación ingresó la sacerdotisa más sagrada de Imancabur, aquella cuya virginidad estaba consagrada a Ormicancha el Sol, así como lo habían estado las de su condición durante los siglos hasta que se perdía la memoria en el tiempo. Dicha sacerdotisa fue enyugada a Colteya, y él se la llevó a la habitación sagrada, en donde consumaron la cópula y con ello el matrimonio. La sacerdotisa chilló levemente, gimió después con suavidad, y al último se quedó dormida con expresión evanescente. Y en esto también había una señal para los sacerdotes, quienes con sumo silencio y respeto habían presenciado la escena alrededor del lecho: Ormicancha el Sol estaba complacido.

Pasaron los años. Colteya se había aburrido como gobernante de una ciudad sagrada en la que nunca sucedía nada, y se entretuvo ordenando cobrar pesados tributos alrededor. Con el resultado de dichos tributos, armó un poderoso ejército, y lanzó una serie de invasiones. Los alrededores de Imancabur quedaron arrasados. Llamas, alpacas, guanacos y vicuñas domesticados volvían corriendo a las montañas y bravíos se tornaban de nuevo, los pocos que conseguían escapar a los salvajes saqueos, muertos ya sus dueños a flechazos y pedradas. El Camino Imperial, que no había sido dominado por una sola potencia en incontables generaciones, fue conquistado a todo su largo en los siguientes doce soles. Los poderosos reinos de Urmamba y Chequisaca se desplomaron como farellones heridos por el terremoto, y sus capitales fueron arrojadas al abrazo del fuego. Y siempre en primera línea, protegido como por alguna clase de sortilegio divino, Colteya enarbolaba su mazo y golpeaba a sus enemigos. ¡Sabios eran los sacerdotes que habían sabido leer los augurios en torno a Colteya!

Y como resultado de las eternas guerras de Colteya, numerosas mujeres en todos los rincones de la costa y de la cordillera habían sido cazadas y encerradas. Las más hermosas habían sido apartadas para las habitaciones reales de Colteya. Su esposa, la sagrada sacerdotisa original de Ormicancha el Sol, había comenzado a recibir cada vez menos atenciones, porque Colteya se deleitaba con la belleza de cada novedad que era pastoreada hasta su harén. Además, después de haberle dado varios hijos, la esposa de Colteya había ido envejeciendo, y sus formas se habían ido perdiendo, y el principal atributo por el que se sabe que una mujer es bendecida por los dioses, se había ido difuminando.

– ¡Infeliz de mí! – se dijo la mujer. – ¡He perdido a mi marido, extraviado en los brazos de sus cautivas, y también estoy perdiendo a mi dios! ¡Ormicancha el Sol, poderoso que extiendes tus rayos sobre el justo y el injusto! ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué me has ordenado perder mi virginidad en manos de tu elegido, cuando mi virginidad te estaba consagrada? ¡Ormicancha el Sol, mi belleza me abandona, y con ella el favor tuyo! ¡Te consagro, pues, mi último hálito de belleza, mi último residuo de juventud, para que me otorgues justicia! ¡Una vez tus augurios fueron obedecidos! ¡Ahora, haz que tus augurios reciban obediencia de nuevo!

Al día siguiente, los sacerdotes de Ormicancha el Sol se acercaron a Colteya, quien descansaba de su última gran incursión militar retozando entre seis damas. Los sacerdotes lo miraron y le dijeron:

– Ormicancha el Sol manda que vuelvas a tu tribu, a la tribu de los vilancas.

– ¿Qué? – saltó Colteya bruscamente. – ¿Te atreves a desafiar mi ira? ¿Acaso no soy yo Ormicancha el Sol...?

– Ormicancha el Sol ha ordenado que tus años de gobierno cesen. Debes abandonar todo lo ganado aquí, y regresar a la tribu de los vilancas, porque los dioses de los vilancas han hablado de nuevo.

– ¡Conque me desafiáis! ¡Probaréis entonces mi poder! ¡Os quebraré el espinazo, os lo quebraré a todos! ¡Soldados! ¡Traedme mi mazo! ¡Traédmelo ahora, y ayudadme a prender a estos infames! ¡Porque yo les enseñaré cual es la voluntad de Colteya, de la tribu de los vilancas, bendecido por Ormicancha el Sol!

Pero ningún soldado se acercó. Era sabido por todo Imancabur que los augurios habían sido nefastos, y que Colteya debía ser expulsado.

Forcejeando con fuerzas que ya no eran las de su juventud, debilitado por los placeres del harén, medio loco de frustración, y desnudado a la fuerza, fue arrojado más allá del puesto de guardia que flanqueaba la única entrada de Imancabur desde el sagrado desfiladero de Miyahuasi. Se dijo que había regresado a los vilancas y éstos lo habían agarrado y descuartizado. Otros creyeron verle mendigando limosna en una aldea a quince días de distancia. Otros, en fin, dijeron haberle visto en las montañas, cazando desesperadamente cuyes y mordiendo hojas de coca como único sustento. Pero ninguno pudo dar prueba cierta de qué era lo que había sucedido. El registro, la tradición oral, iba a inventar destinos cada vez más fantásticos para Colteya, y su cadáver singular acabaría engullido en el gran interior de la leyenda universal.

Las leyes de Imancabur ordenaban que la esposa debía seguir siempre a su esposo, y por lo tanto, debía ser expulsada con él. Sin embargo, esto no fue posible: la antigua sacerdotisa virgen consagrada a Ormicancha el Sol, había desaparecido misteriosamente, como si la tierra se la hubiera tragado. Unos pastores reportaron, algunos días después, haber visto a una vieja misteriosa que tenía una mirada ciertamente altanera, pero que sólo mascullaba palabras sin llegar a darle volumen suficiente como para que éstas pudieran ser escuchadas: la habían dejado que viviera en una cabaña, y le daban carne de llama por compasión. Los sacerdotes fueron a la cabaña para determinar quién era la vieja en cuestión y de dónde había salido, puesto que debía haber pasado forzosamente por el sagrado desfiladero de Miyahuasi y la ciudad de Imancabur para poder ascender por los faldeos de la montaña Uruyisa, y nadie había reportado semejante paso. Pero los sacerdotes no pudieron determinar de quién se trataba: incluso los augurios al respecto no arrojaban resultados. Finalmente concluyeron que la voluntad de Ormicancha el Sol no es la de los hombres, y que extraños son sus métodos para imponerla, de manera que decidieron dejar a la vieja en paz, y descendieron ladera abajo hasta la ciudad de Imancabur, la que hasta hace no demasiado tiempo regía un gigantesco imperio construído en menos de una generación.

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