domingo, 18 de septiembre de 2011

201 años después.


Hoy día 18 de septiembre de 2011 se recuerdan los 201 años de la Primera Junta de Gobierno en Chile. En aquellos años, el país era un lugar más o menos pacífico, casi soñoliento. La guerra en la frontera contra los mapuches había disminuido de intensidad, reemplazada por un cauto comercio. De tarde en tarde sobrevenían terremotos o salidas de río, pero la vida cotidiana era más bien tranquila. El único problema significativo era el contrabando, y lo era más para la Corona que dejaba de percibir sus impuestos, que para aquellos quienes de esta manera tenían acceso a productos de cierto lujo en Chile. La Patria no era una democracia, empero, ya que casi todo el poder estaba radicado en hacendados que mantenían a los inquilinos en un régimen semifeudal, más una pequeña aristocracia comercial que constituían la espina dorsal de los "vecinos" de las dos grandes ciudades que eran Santiago y Concepción.

De pronto, las cosas se precipitaron. Después de varios años de administración imperial más o menos competente, los chilenos hubieron de soportar la inepcia y corrupción de Francisco Antonio García Carrasco, un petimetre prepotente que se enajenó a los vecinos de Santiago hasta el punto en que éstos decidieron que estarían mejor sin él. Aprovechando que en España el rey Fernando VII estaba prisionero, y la metrópoli estaba fraccionada entre la Junta de Cádiz y el recién llegado José Bonaparte, los vecinos decidieron que era una buena idea el autogobierno, y presionaron hasta darse a sí mismos una Junta de Gobierno. El resto es historia.


En 2011, Chile vive una coyuntura institucional que guarda más de alguna similtud con lo que ocurría en 1810, aunque las diferencias también son manifiestas. En 2010 asumió la magistratura suprema el Presidente Sebastián Piñera, quien por el motivo que sea, no ha mostrado el tacto suficiente para lidiar con los descontentos del sistema. Dicho sistema es resultado de la serie de transformaciones institucionales llevadas a cabo por Augusto Pinochet entre 1973 y 1990, y que llevaron al país desde un modelo más cercano al "estado del bienestar", de una imperfecta manera latinoamericana, hasta una democracia ultraliberal minada desde adentro por las enormes desigualdades sociales que existen dentro suyo. La Concertación supo administrar dicho modelo sin que las tensiones terminaran por desbordarse, aunque para ello tuvieran que transformarse en sucesores del legado del Presidente contra el cual dicha Concertación se concertó en primer lugar. Sebastián Piñera y los suyos no han mostrado igual sutileza, y las imágenes de carabineros reprimiendo manifestantes en favor de la justicia social, han dado la vuelta al mundo.


Existe un curioso punto paralelo entre los criollos de 1810 y los "inútiles subversivos" del 2011, como los calificara algún funcionario en un momento poco feliz. En ambos casos se trata de un grupo que ha ido creciendo en el seno de un sistema más o menos tranquilo y estable, y que llegada a su mayoría de edad, pide las credenciales para tomar y administrar el sistema por ellos mismos, siendo obstaculizados en ello por la antigua administración. En el fondo, los criollos de 1810 resentían ser gobernados desde España por y para los intereses peninsulares, mientras que ellos se habían desarrollado como sociedad y país. Lo mismo ocurre con los "inútiles subversivos" de 2011, que resienten no tener ningún control sobre el sistema que se les impuso entre 1973 y 1990. Esto explica la paradoja de que la rebelión haya estallado no en un Chile de extrema pobreza, sino en un Chile más rico que nunca. En ambos casos, los patriotas de 1810 y los manifestantes del 2011 se hacen la misma pregunta: "¿por qué toda esta riqueza y este sistema tiene que funcionar para una minoría que no nos representa, en vez de para todos nosotros?". En ese sentido, no hay demasiada distancia entre los patriotas de 1810 y los manifestantes de 201 años después.


Pero hay también una diferencia substantiva que no conviene pasar por alto. Los criollos juntistas de 1810 deseaban la independencia no para crear una democracia de suelo a techo, sino para reemplazar al antiguo sistema con el suyo propio. Los impulsores del cabildo abierto que se celebró el 18 de septiembre de 1810, y que remató en la Primera Junta de Gobierno, no fueron el pueblo llano ni los analfabetos, sino los notables y vecinos importantes de Santiago. En los decisivos años entre 1810 y la Constitución de 1833, que después de dos décadas de guerras civiles le dio una nueva institucionalidad a Chile, la condición del pueblo llano cambió más bien poco, y no siempre para mejor. Los criollos de 1810 se transformaron en una nueva aristocracia en reemplazo de la española, en una sola gran familia que siguieron rigiendo los destinos del país durante el resto de la vida republicana. El bajo pueblo se transformó en lo que el constituyente Diego Portales llamó "el peso de la noche", y así quedó. Al "roto" se lo llamó como parte de Chile cuando fue necesario darle un par de palizas a los peruanos, no para educarse ni para colaborar en el Gobierno. En cambio, los manifestantes de 2011 son la clase media y las clases bajas, en abierta rebelión contra una élite aislada en sus propios seminarios, think-tanks, lanzamientos de libros, eventos fotografiados por la prensa, etcétera. Claramente, la primera fue una fronda aristocrática, y la segunda una democrática. Y eso hace una enorme diferencia, de cara a lo que vendrá en los meses sucesivos en Chile.

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