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domingo, 25 de septiembre de 2011

INTERMINABLELOGÍAS: Las películas de Harry Potter.


Al revés de los que se las quieren dar de profetas escondiendo sus errores, confesaré un vaticinio mío que no se cumplió: en el año 2001, profeticé que “Harry Potter y la Piedra Filosofal” iba a ser un fracaso de taquilla, ya que “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” se la iba a tragar con todo y zapatos, y el mercado para fanáticos de lo fantástico no era tan grande para contener a ambas. Diez años y ocho películas después, es obvio que estaba equivocado. Al momento de escribir esto, Harry Potter se transformó en la saga más rentable de la historia del cine con más de 7.700 millones de dólares recaudados, todas sus películas se instalaron por sobre el listón de las 40 más taquilleras (piénselo: de las 40 películas más taquilleras de la Historia, una de cada cinco es Harry Potter), y la de menor recaudación que es la tercera, “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”, recaudó casi 800 millones de dólares, mientras que la última es la de mejor recaudación, y al momento de escribir esto había pasado los 1300 millones de dólares y había sobrepasado a “El Señor de los Anillos: El regreso del Rey” en el tercer lugar de película más taquillera de todos los tiempos, sólo detrás de “Avatar” y “Titanic”. Entonces es una muy buena idea partir estas Interminablelogías con el fenómeno de las películas de Harry Potter. Después de todo, las vi todas en el cine, aunque las más antiguas, por motivos comprensibles, las tengo bastante empolvadas. Hago la precisión de que mi conocimiento sobre Harry Potter se limita a las películas, y más de algún fanático que lea las novelas podrá puntualizar esto o aquello: esta Interminablelogía en particular se refiere sólo al cine.

En realidad, haber llevado Harry Potter al cine fue casi un salto al vacío. Es la clásica historia de la Cenicienta, un libro que nadie quería porque lo sentían poco comercial, y que cuando por fin fue lanzado, se transformó en un taquillazo. En esos años, J.K. Rowling aún no terminaba la saga en las novelas, pero ya se sabía que todo iba a tener un final y no se iba a extender eternamente en el vacío. Por lo tanto, los productores de las películas estaban abriendo un filón sin saber si se acabaría al final, pero sabiendo además que no podían extenderlo indefinidamente como por ejemplo con Star Trek o James Bond. Además había un problema adicional: sus protagonistas eran un trío de niños, lo que imponía fechas de rodajes bastante ajustadas antes de que los actores protagonistas crecieran. Cualquiera que haya visto fotos de Daniel Radcliffe, Rupert Grint o Emma Watson entre la primera y la última película, sabe de lo que hablo. Además, J.K. Rowling había puesto condiciones bastante estrictas para el rodaje, incluyendo que las novelas fueran trasladadas de la manera más literal posible al cine, y que el casting fuera lo más ajustado posible a los personajes. O sea, los productores no tenían tanta manga ancha para cambiar detalles o inventárselos, lo que es moneda corriente en las adaptaciones fílmicas. No es que no se pudiera hacer, y de hecho se pudo, pero para los productores de Hollywood trabajar en condiciones tan opresivas por una perspectiva demasiado incierta de ganancia o pérdida, es un riesgo que no están dispuestos fácilmente a correr.

En ese sentido, la saga como un todo es un ejercicio increíble de producción. Los productores pudieron fichar al que sin duda es uno de los mejores elencos corales jamás ensamblados. Un reparto así de espectacular suele verse para películas aisladas, pero no para una saga cuyo rodaje iba a implicar la siguiente década, como así fue. El casting de Daniel Radcliffe como Harry Potter, Rupert Grint como Ron, y Emma Watson como Hermione, estuvo muy bien desde el comienzo. Otro cuento es que sean buenos actores, lo que es discutible en particular tratándose de Radcliffe, pero la manera en que ellos se metieron bajo la piel de los personajes hasta ser literalmente ellos, es casi terrorífica. Un puntal importantísimo fue por supuesto Alan Rickman como Severus Snape, sin duda el mejor papel de la franquicia, servido por un actor que es también todo un caballero. La solidez de este reparto es tal, que cuando Richard Harris falleció, su importantísimo personaje de Albus Dumbledore pudo ser entregado a otro actor sin que la saga se resintiera demasiado (aunque soy de los que piensan que el sustituto Michael Gambon, siendo un muy buen actor él mismo, quedó corto frente a Harris).


Cuando “Harry Potter y la Piedra Filosofal” fue estrenada en 2001, fue un taquillazo instantáneo, casi alcanzó los mil millones de dólares de ganancias, y es la segunda más taquillera detrás del final. Y demostró que sí había público para DOS producciones fantásticas, ya que mientras que “El Señor de los Anillos” apuntaba a un público adolescente y adulto, ésta iba dirigida principalmente a los niños. Con esta película se sentó una importantísima base para la franquicia: su carácter generacional, el ir creciendo tomada de la mano de los niños que tenían la edad de Harry Potter. Es decir, los nacidos alrededor de 1990. Curiosamente, ayudó también que varios directores más personalistas como Steven Spielberg, Terry Gilliam, M. Night Shyalaman terminaran por no rodarla, y el testigo pasara a Chris Columbus, un artesano discreto y eficiente que al no darle ningún sello personal a la película, permitió que la franquicia se asentara como un todo, y el aspecto visual y la fórmula pudiera ser replicada sin problemas por posteriores directores. Porque Harry Potter es una saga como James Bond: el que menos importa es el director sentado dando las órdenes.

Afortunadamente, la primera película está rodada de manera autoconclusiva, y en ningún minuto trata de destacarse como una “primera parte”, de manera que puede ser vista de manera independiente y se disfruta. En ella, Harry Potter descubre que es un hechicero, y es convocado a la Escuela de Magia de Hogwarts, en donde deberá afrontar lo que en una serie televisiva se habría llamado el “misterio de la semana”. Un argumento no demasiado impresionante, bastante común y corriente, pero que sirve bien para asentar las bases de la franquicia, incluyendo sus personajes y escenarios principales, y sentar así las reglas del juego. La misma jugada hacen en “Harry Potter y la cámara de los secretos”, que también presenta otro “misterio de la semana” sin mayores consecuencias narrativas posteriores (películas postreras enlazarán elementos de estas dos primeras entregas con el resto del desarrollo, pero eso no se adivinaría por estas dos primeras entregas en sí).


Con “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”, la franquicia gira desde el “misterio de la película” hacia un formato más de saga. Ahora la trama principal no gira tanto sobre un misterio a resolver, como sobre la amenaza que representa un prisionero fugado de la prisión de Azkaban, y con ello introduce más variedad en el universo potteriano. La trama principal sigue siendo autoconclusiva, pero ahora aparece por primera vez un cambio de estatus al final, en vez de aplicar el botón de reseteo, cuando el personaje de Sirius Black llega para quedarse. Es significativo también que para esta entrega, el director Chris Columbus pase de la dirección a la producción únicamente, y el mexicano Alfonso Cuarón haya llegado a dirigir, lo que hace que esta película sea la más desarrollada en cuanto a estética de todas respecto a una saga que visualmente tiende a ser bastante plana, más allá de los buenos efectos especiales.

La gran transición se produce en “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”. La película comienza una vez más como lo que promete ser otro episodio autoconclusivo. La premisa de base otra vez trata de alejarse del misterio para introducir un componente deportivo que, seamos justos, es terriblemente absurdo, ya que las pruebas deportivas ponen en continuo peligro a sus protagonistas únicamente por ganarse una copa. Eso, y el complot de un villano que podía haber hecho lo mismo que pretendía, de una manera mucho más fácil, teniendo tanta facilidad para acceder a Harry Potter como la tenía. No ayuda tampoco que la dirección de Mike Newell sea tan plana. En realidad sería la entrega más olvidable de la franquicia, de no ser por su inesperado giro final: en esta película el plan del villano, que no es otro sino traer al malvado Voldemort de regreso a la vida, tiene pleno éxito. Y aunque Voldemort es finalmente conjurado, ahora está vivo y además la victoria pírrica de los héroes se salda con una muerte, lo que añade una nota trágica. La primera mitad de la franquicia, la de las películas autoconclusivas, acaba de terminar, y ahora las nuevas entregas se irán intrincando cada vez más hasta transformarse el final de cada una de ellas en sucesivos continuarás hasta el gran final.


La segunda mitad de la franquicia fue dirigida íntegramente por David Yates, con un significativo bajón de calidad. Sobre si fue culpa de la poca creatividad de Yates, o simplemente los ejecutivos se despreocuparon al tener un público cautivo que vería las películas sí o sí, es algo que no puedo decidir. El caso es que en “Harry Potter y la Orden del Fénix”, Harry Potter entra de lleno en la adolescencia y se rebela por primera vez. Harry descubre la existencia de la Orden del Fénix, creada para luchar en secreto contra Voldemort, y trata él mismo de unirse junto a sus compañeros para luchar contra una despótica nueva directora en Hogwarts. Un nuevo elemento se introduce dentro de la saga: la política. Porque el Ministerio de la Magia interviene ahora de manera mucho más decidida en la saga, pero para obstaculizar a los protagonistas con su ceguera, su carácter obstuso, su burocracia y su secretismo. A partir de esta película intuimos que la indecisión y la cobardía del Ministerio de la Magia harán maravillas para que Voldemort se acerque cada vez más a la hora de su triunfo.

“Harry Potter y el misterio del Príncipe” es saludada universalmente como la peor de la saga, y con razón. Quienes leyeron la novela dicen que le comieron todo el argumento y se quedaron con el folletineo. Como dije, yo sólo vi las películas, así es que a ellas me remito. La película es un baturrillo de historias medio mal hilvanadas y que no llevan a ninguna parte, y diera la impresión de que fue rodada únicamente como episodio de transición hacia el gran final, y completar con éste el número mágico de 7, que como sabemos en las películas no fue, porque el último tomo lo partieron en dos.

“Harry Potter y las reliquias de la muerte – Parte 1” en realidad empieza un poco in media res porque parte de la trama ha venido desarrollándose desde el final de la entrega anterior. Si a eso se le suma un ritmo desesperantemente lento, y a que no vemos la gran cosa de los aliados de Voldemort tomándose el mundo mágico, en realidad se transforma en un aburrimiento mayúsculo. La cosa se redime un poco con “Harry Potter y las reliquias de la muerte – Parte 2”, en parte porque en la primera mitad de la película dejan bien amarradas todas las tramas pendientes, y le dedican toda la segunda mitad al grandilocuente enfrentamiento final entre las fuerzas del bien y del mal, incluyendo por supuesto el inevitable duelo final entre Harry Potter y Voldemort. Esta última entrega redime muchos de los pecados de las entregas antepenúltima y penúltima. Por supuesto que vista sin haber pasado previamente por el resto de la saga, no tiene ningún sentido ni interés.


Porque en definitiva, Harry Potter llevó a cabo el experimento más o menos único de construir una saga fílmica que desde el principio tenía fecha de caducidad. “El Señor de los Anillos” no cuenta porque las tres películas fueron grabadas al mismo tiempo. Otras sagas se han quedado como trilogías (la original Star Wars, Matrix), pero únicamente por voluntad de sus productores y creadores, no debido a un material de base que les sea ajeno. Incluso en James Bond, cuyo material literario es un stock limitado, los guionistas inventaron después material completamente nuevo cuando la fuente original, la obra de Ian Fleming, terminó por agotarse. En ese sentido se puede discutir la calidad fílmica de las películas de Harry Potter, que no son obras maestras pero sí en general buen cine comercial, pero no puede discutirse el colosal esfuerzo de producción detrás de las mismas. Puede sonar poco artístico, pero el esfuerzo sigue siendo el esfuerzo, y en este caso, se llevó una más que merecida recompensa para sus creadores.

domingo, 18 de septiembre de 2011

201 años después.


Hoy día 18 de septiembre de 2011 se recuerdan los 201 años de la Primera Junta de Gobierno en Chile. En aquellos años, el país era un lugar más o menos pacífico, casi soñoliento. La guerra en la frontera contra los mapuches había disminuido de intensidad, reemplazada por un cauto comercio. De tarde en tarde sobrevenían terremotos o salidas de río, pero la vida cotidiana era más bien tranquila. El único problema significativo era el contrabando, y lo era más para la Corona que dejaba de percibir sus impuestos, que para aquellos quienes de esta manera tenían acceso a productos de cierto lujo en Chile. La Patria no era una democracia, empero, ya que casi todo el poder estaba radicado en hacendados que mantenían a los inquilinos en un régimen semifeudal, más una pequeña aristocracia comercial que constituían la espina dorsal de los "vecinos" de las dos grandes ciudades que eran Santiago y Concepción.

De pronto, las cosas se precipitaron. Después de varios años de administración imperial más o menos competente, los chilenos hubieron de soportar la inepcia y corrupción de Francisco Antonio García Carrasco, un petimetre prepotente que se enajenó a los vecinos de Santiago hasta el punto en que éstos decidieron que estarían mejor sin él. Aprovechando que en España el rey Fernando VII estaba prisionero, y la metrópoli estaba fraccionada entre la Junta de Cádiz y el recién llegado José Bonaparte, los vecinos decidieron que era una buena idea el autogobierno, y presionaron hasta darse a sí mismos una Junta de Gobierno. El resto es historia.


En 2011, Chile vive una coyuntura institucional que guarda más de alguna similtud con lo que ocurría en 1810, aunque las diferencias también son manifiestas. En 2010 asumió la magistratura suprema el Presidente Sebastián Piñera, quien por el motivo que sea, no ha mostrado el tacto suficiente para lidiar con los descontentos del sistema. Dicho sistema es resultado de la serie de transformaciones institucionales llevadas a cabo por Augusto Pinochet entre 1973 y 1990, y que llevaron al país desde un modelo más cercano al "estado del bienestar", de una imperfecta manera latinoamericana, hasta una democracia ultraliberal minada desde adentro por las enormes desigualdades sociales que existen dentro suyo. La Concertación supo administrar dicho modelo sin que las tensiones terminaran por desbordarse, aunque para ello tuvieran que transformarse en sucesores del legado del Presidente contra el cual dicha Concertación se concertó en primer lugar. Sebastián Piñera y los suyos no han mostrado igual sutileza, y las imágenes de carabineros reprimiendo manifestantes en favor de la justicia social, han dado la vuelta al mundo.


Existe un curioso punto paralelo entre los criollos de 1810 y los "inútiles subversivos" del 2011, como los calificara algún funcionario en un momento poco feliz. En ambos casos se trata de un grupo que ha ido creciendo en el seno de un sistema más o menos tranquilo y estable, y que llegada a su mayoría de edad, pide las credenciales para tomar y administrar el sistema por ellos mismos, siendo obstaculizados en ello por la antigua administración. En el fondo, los criollos de 1810 resentían ser gobernados desde España por y para los intereses peninsulares, mientras que ellos se habían desarrollado como sociedad y país. Lo mismo ocurre con los "inútiles subversivos" de 2011, que resienten no tener ningún control sobre el sistema que se les impuso entre 1973 y 1990. Esto explica la paradoja de que la rebelión haya estallado no en un Chile de extrema pobreza, sino en un Chile más rico que nunca. En ambos casos, los patriotas de 1810 y los manifestantes del 2011 se hacen la misma pregunta: "¿por qué toda esta riqueza y este sistema tiene que funcionar para una minoría que no nos representa, en vez de para todos nosotros?". En ese sentido, no hay demasiada distancia entre los patriotas de 1810 y los manifestantes de 201 años después.


Pero hay también una diferencia substantiva que no conviene pasar por alto. Los criollos juntistas de 1810 deseaban la independencia no para crear una democracia de suelo a techo, sino para reemplazar al antiguo sistema con el suyo propio. Los impulsores del cabildo abierto que se celebró el 18 de septiembre de 1810, y que remató en la Primera Junta de Gobierno, no fueron el pueblo llano ni los analfabetos, sino los notables y vecinos importantes de Santiago. En los decisivos años entre 1810 y la Constitución de 1833, que después de dos décadas de guerras civiles le dio una nueva institucionalidad a Chile, la condición del pueblo llano cambió más bien poco, y no siempre para mejor. Los criollos de 1810 se transformaron en una nueva aristocracia en reemplazo de la española, en una sola gran familia que siguieron rigiendo los destinos del país durante el resto de la vida republicana. El bajo pueblo se transformó en lo que el constituyente Diego Portales llamó "el peso de la noche", y así quedó. Al "roto" se lo llamó como parte de Chile cuando fue necesario darle un par de palizas a los peruanos, no para educarse ni para colaborar en el Gobierno. En cambio, los manifestantes de 2011 son la clase media y las clases bajas, en abierta rebelión contra una élite aislada en sus propios seminarios, think-tanks, lanzamientos de libros, eventos fotografiados por la prensa, etcétera. Claramente, la primera fue una fronda aristocrática, y la segunda una democrática. Y eso hace una enorme diferencia, de cara a lo que vendrá en los meses sucesivos en Chile.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Erase una vez... "Erase una vez... el hombre".


Gracias a la cortesía de algún anónimo esforzado que se dio maña para subir 78 videos a YouTube, tuve ocasión de despacharme hace poco una antigua serie de dibujos animados llamada "Erase una vez... el hombre". Los más veteranos deben recordarla aunque sea por haberla visto en su infancia, lo que es mi caso, mientras que los más jóvenes no deben saber nada de ella, para su vergüenza y desgracia. Por supuesto que de niño, uno se entretiene con la acción y los dibujos, pero al crecer, le vamos descubriendo nuevos matices y aspectos de relevancia, por lo que se merece un artículo aquí en la Guillermocracia, este clásico de los dibujos animados.

El título original de "Erase una vez... el hombre" era "Il était une fois… l'homme", y fue el trabajo creador de Albert Barillé como guionista y productor el que lo consiguió sacar adelante. La premisa es bastante sencilla: a lo largo de 26 episodios tenemos retablos de 26 momentos o épocas más o menos estelares en la historia humana, en que vemos a los grandes personajes históricos construyendo Historia por un lado, y por el otro a manera de contrapunto, a un elenco estable de caracteres que representan distintos aspectos de la vida cotidiana de dichos períodos.


Y es seguramente este elenco estable el elemento más recordado de la serie. Los protagonistas son dos amigos, Pedro y el Gordo, el primero de los cuales es el inteligente y hábil, y el segundo es el hombre de fuerza. En el caso de Pedro se enfatiza además la vida de familia, con su esposa o amada Flor, y sus hijos Florcita y Pedrito, mientras que Gordo tiende a aparecer más bien soltero, aunque en algunos capítulos tiene señora y un hijo Gordito, que ha heredado visiblemente el poderío muscular de su progenitor. En algunos capítulos, la historia cubre períodos más o menos largos en que Pedrito y Gordito crecen y se hacen adultos, visiblemente en los episodios de los vikingos (cap. 10), el de las catedrales (cap. 11), o el dedicado a los años locos (cap. 25). Frente a ellos tenemos dos malvados omnipresentes: el mequetrefe pero intrigante Enclenque, y el fuerte pero demasiado arrogante Tiñoso. ¡Suerte para nuestros protagonistas que Pedro es más listo que Enclenque, y el Gordo es más fuerte que Tiñoso...!

El elenco es completado con el Maestro, quien representa la sabiduría, el conocimiento, la curiosidad científica y la exploración del mundo. El Maestro además encarna en algunos capítulos a personajes históricos: al escultor Fidias en la Atenas de Pericles (cap. 6), a Kublai Khan frente a Marco Polo (cap. 12), o a Leonardo da Vinci (cap. 14, revisitado en el cap. 25). Y por un simpático reloj que era esencialmente una caja con ojos y brazos, también muy recordado por los fanáticos de la serie, que se encargaba de marcar el año en que ocurría cada acontecimiento, tarea que podía ser algo desesperante cuando había que avanzar o retroceder mucho tiempo, o cuando le tocaba ser testigo de atrocidades históricas a destajo, que la serie no pretendía tampoco pasarlas por alto.


La serie destacó intensamente por sus grandes valores humanistas. En "Erase una vez... el hombre", los buenos siempre son asociados con valores tales como la curiosidad frente a la naturaleza y el espíritu científico, así como la compasión y la búsqueda de la justicia, mientras que los villanos o son partidarios de la tiranía o la opresión, o bien obstaculizan y ridiculizan el progreso científico. En el último capítulo, sin ir demasiado lejos, son el Tiñoso y el Enclenque quienes desatan nada menos que la guerra nuclear final. Pero no se crea que la serie confía ingenuamente en los valores humanos. En algunas ocasiones, los villanos tienen algunos triunfos ocasionales frente a los cuales los buenos no pueden hacer nada, como por ejemplo cuando el Tiñoso elimina a un rival de amores denunciándolo a la Santa Inquisición (cap. 15). Frente a eso, el argumento decisivo no suelen ser disquisiciones etéreas sobre el sexo de los ángeles, sino el más terrenal puño del Gordo, aplicado con contundencia sobre el cráneo del Tiñoso. Además, algunos de los protagonistas mueren, bien sea de vejez como el Maestro de la época de los Neanderthal (cap. 2), bien asesinados como Pedro el Vikingo (cap. 10), bien desaparecidos en acción como el aviador pretendiente de Florcita en los años locos (cap. 25). Un recordatorio para los niños de que la vida no siempre es justa ni fácil, lo que tampoco está mal para evitar que se críen demasiado sobreprotegidos.


La serie también descuella por su manejo de los materiales históricos. Con esto no queremos decir que sea perfecta y sin defectos. En algún caso se manda algún error de bulto o hace afirmaciones temerarias, mientras que en otros apelotona tantas cantidades de información en tan pocos segundos, que es necesario seguirla con un manual de historia al lado, cuando se suponía que debía ser una introducción a los manuales de historia precisamente. A cambio, tenemos una serie que elige muy bien sus momentos estelares. A mitad de la misma se torna europeocéntrica y tiende a relegar las historias no occidentales, pero siempre muestra un respeto supremo por otras culturas y civilizaciones, aunque tampoco sin irse al extremo contrario de defenderlas como "buenos salvajes" frente a los malvados occidentales. En esto, la serie resulta muy equilibrada. Uno de los mejores detalles al respecto es por ejemplo en su fugaz recreación de la Batalla de Poitiers de 732 (cap. 8), cuando Pedro y el Gordo árabes se enfrentan a Pedro y el Gordo francos (que aparecerán después, en el cap. 9), o cuando frente al Maestro Padre Peregrino aparece un Maestro piel roja en la época de las Trece Colonias (cap. 21), enfatizando así que todas las guerras son en definitiva fraticidas, al enfrentar a miembros de una misma especie humana unos contra otros. Y en un país con una relación tan complicada con el Islam como lo es Francia, esta serie francesa describe a los musulmanes con enorme respeto y le dedica un capítulo entero a Mahoma y el surgimiento del Islam tratándolo de manera bastante desprejuiciada (cap. 8). Además, el tener un elenco estable de caracteres le permite saltar desde los grandes acontecimientos hasta la vida cotidiana y viceversa, permitiéndonos ver aquello que los libros de historia no suelen aludir: cómo vivían las gentes de otros tiempos y en qué condiciones, en sus respectivos día a día.


Parte importante del éxito de la serie es su sobresaliente trabajo de animación. Los diseños de los personajes son claramente europeos, y el estilo de trabajar con personajes caricaturescos en contraste con fondos históricamente muy verosímilares, es muy similar al estilo desarrollado por ejemplo en los cómics de Asterix. Pero la animación fue producto de los japoneses, en concreto, de Tatsunoko, responsable en aquellos años de "Fuerza G", "La máquina del tiempo", "El Superlibro", y algo después la franquicia de Macross (la futura Primera Generación de "Robotech"). Por cierto, no parece que la fe en este proyecto haya ayudado a buscarle auspiciadores, como se nota en la lista obscenamente larga de productores asociados, que incluyen a la RAI italiana y a la Televisión Española entre otros...

Quizás el único "pero" realmente grande es que en España, por desgracia, le volaron la versión de la "Tocata y Fuga" de Bach para incluirle una canción que posiblemente sea muy recordada, pero que desmerece respecto de la producción original. Aunque debo confesar que tengo un enredo mental, porque la Tocata y Fuga sí que aparece en la versión latinoamericana, pero ésa no es la que recuerdo haber visto en Chile... Tarea para que mis lectores dejen sus reminiscencias en los comentarios.



En general puede decirse que "Erase una vez... el hombre" fue un exitazo allí donde se exhibió, y fue muy recordada. Albert Barillé siguió adelante con otras producciones basadas en el título "Erase una vez...", con la misma idea de usar un elenco estable de caracteres por capítulo: surgieron así varios Erases una vez sobre el espacio, la vida, las Américas, los inventores, algunas buenas y algunas otras no tanto, pero que no llega ninguna a los altísimos estándares de esta serie. Por otra parte, en Estados Unidos ya llegada la década de 1990 surgió una serie que en lo personal me huele a clon bastardo de la original, que es "Hysteria", mucho más chillona que su modelo, y que en su afán por ser amigable con los niños sacrifica a mi gusto demasiado del material educativo de su ilustre modelo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

CIVIMPERIOS - Celtas: Los bárbaros que salvaron a Europa.


Considerando su fama relativa, los celtas son un pueblo bastante poco comprendido. Usualmente se los asocia con su temible espíritu guerrero, o el rock celta, pero hay mucho más en su historia que vale la pena reseñar, incluyendo el hecho de que a la caída del Imperio Romano, fueron los celtas quienes salvaron a Europa. Su historia, acá en Civimperios.

Al contrario de la creencia habitual, los celtas no son los habitantes originarios de Europa. Ellos en realidad eran inmigrantes aparentemente procedentes del Asia Central, como lo prueban las conexiones de su idioma con otras lenguas indoeuropeas (griego, latín, sánscrito...). Hacia el año 800 antes de Cristo se expandieron por Europa Central, en lo que suele ser llamado Cultura Hallstatt por la localidad en que se los investigó. A mediados del milenio avanzaron hasta dominar casi toda Europa. En esto fueron ayudados por la tecnología del hierro, que les hizo campeones en las batallas. Además, los celtas solían guerrear desnudos, lo que era posiblemente una forma de desprecio que funcionara muy bien como arma psicológica, infundiendo temor en sus enemigos que los veían aparecer despreciando de esa manera a la muerte. Sus creencias incluían la idea de que la cabeza portaba el alma de las personas, y de ahí la costumbre de decapitar a sus enemigos, lo que también ayudaba a aterrorizar a sus enemigos. Bajo el nombre de galos con que los conocían los romanos, los celtas dejaron su nombre en las más diversas regiones de Europa: la Galia (Francia) por supuesto, pero también Gales (Inglaterra), Galicia (España), Galitzia (Polonia) e incluso Galacia (¡en Turquía!).

En la segunda mitad del primer milenio antes de Cristo, los celtas chocaron con la civilización grecorromana, que en ese tiempo se desarrollaba y expandía por el Mediterráneo y Europa del Sur. Mucho de lo que sabemos sobre los celtas, incluyendo el nombre mismo (celtas para los griegos, galos para los romanos), viene de las crónicas griegas y romanas. Hacia el año 390 antes de Cristo, un grupo de celtas atacó y arrasó la ciudad de Roma: fue la última vez que Roma fue saqueada hasta siete siglos después. Un siglo después, los celtas atacaron Grecia y saquearon el Oráculo de Delfos. Una rama de ellos incluso pasó a Turquía y creó algunos principados en dichas tierras. Un cuarto de milenio después, la influencia cultural celta en Turquía todavía permitió que San Pablo escribiera una epístola “a los gálatas” (de Galacia).


Pero los celtas eran monarquías tribales, y el Imperio Romano era una superpotencia centralizada, capaz de organizar un fiero contraataque. En los siglos II y I antes de Cristo los celtíberos en España fueron prácticamente barridos. En ese mismo siglo I antes de Cristo, los celtas de Francia fueron sometidos por Julio César. En los Balcanes fueron aplastados entre los romanos al sur, y los pueblos germánicos que venían desde el norte. Hacia el siglo I después de Cristo, los germanos estaban bien instalados al norte de la frontera romana, y los celtas bajo el fuego cruzado habían sido barridos del mapa.

Pero aún sobrevivió territorio celta. Aunque los romanos pudieron invadir Inglaterra a mediados del siglo I, su dominio allí siempre fue precario. Los celtas siguieron en Escocia e Irlanda, y esta asociación cultural fue tan determinante, que incluso casi un milenio después todavía se llamaba “escotos” a los nativos de Irlanda. En el siglo V, el Imperio Romano se vino abajo, e Inglaterra fue ocupada por germanos que saltaron el Canal de la Mancha, que incluso le dieron su nombre al territorio (“Inglaterra” significa “tierra de los anglos”, una tribu germánica). Los celtas siguieron relegados en Irlanda.

Pero entonces una extraordinaria alquimia operó en los celtas. Un predicador británico, Patricio de Irlanda, había viajado a la isla occidental y evangelizado a los celtas. Pero aislados de Roma por los anglosajones de Inglaterra, desarrollaron su propia visión distintiva del cristianismo. Sin ciudades en las que instalar obispados, la unidad religiosa básica de los cristianos celtas fue el monasterio. Los monjes irlandeses conservaron una enorme cantidad de libros griegos y romanos, abandonaron las armas, y conservaron así el legado cultural grecorromano que en Europa prácticamente había desaparecido.


A finales del siglo VI, los monjes irlandeses iniciaron la evangelización de Inglaterra. Uno de ellos, Columbano, llegó a fundar monasterios de modelo irlandés en Francia, Suiza e Italia. Esto no le gustó a la Iglesia Católica, porque los irlandeses no reconocían como suprema la autoridad papal, tanto tiempo como habían estado aislados de ella. El asunto se zanjó en el Sínodo de Whitby, en el año 664, en el cual por el poder del rey Oswiu de Northumbria (un reino en el centro de la isla de Gran Bretaña), los celtas debieron someterse. De paso, debieron abandonar muchas prácticas que los romanos consideraban heréticas, incluyendo la tonsura celta (pelados la frente y arriba, pelo largo hacia los costados), aceptar el cómputo romano para las fiestas santas, etcétera. El cristianismo celta fue poco a poco asimilado hasta desaparecer como una fe distintiva.

Pero los monjes irlandeses, e ingleses bajo tutela irlandesa, siguieron cumpliendo un rol cultural muy activo. En el siglo VIII, el británico Alcuino de York se transformó en una especie de ministro de cultura nada menos que de Carlomagno. En el siglo siguiente, el más grande erudito de Europa fue Duns Escoto Erígena, que como su apodo lo dice, era originario de Irlanda. La incesante actividad cultural de Irlanda sólo se detuvo en los siglos IX y X, cuando los vikingos atacaron a Irlanda, quemaron sus monasterios, y así le dieron el golpe de gracia a la civilización celta. Pero no sin antes de que ella, como hemos visto, salvara a Europa de las tinieblas medievales.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 52 - ¿Quién habla en el nombre de la Ciencia Ficción...?


Después de un año de andaduras en las Crónicas CienciaFiccionísticas, llegamos al final, luego de doblar el Cabo de la Nueva Esperanza del año 2000. Fecha icónica donde las haya, debido a que mucho de la Ciencia Ficción se ambientaban desde el 2000 en adelante. Incluso citamos en su minuto una novela de prospectiva de Edward Bellamy llamada "En el año 2000"... Como todas las historias hasta el "momento presente", las Crónicas CienciaFiccionísticas quedarán truncas simplemente porque en algún punto se debe parar, y más al futuro que el presente no se puede seguir hasta que ese futuro llegue. Lo que no quita que, a manera de conclusión, nos dediquemos a reflexionar hacia dónde marcha la Ciencia Ficción... y si es que aún existe un futuro para la Ciencia Ficción, por supuesto.


Una de las ideas y predicciones más provocativas del último tiempo es seguramente el concepto de "singularidad tecnológica". Fue desarrollado por un teórico llamado Vernon Vinge, quien también ha escrito novelas de Ciencia Ficción, aunque antecedentes de la misma pueden rastrearse en fechas tan tempranas como mediados del siglo XIX. El concepto básico es que la aceleración del desarrollo tecnológico es exponencial, y por lo tanto no sólo crece la cantidad de tecnología existente, sino que también crece la velocidad con que ésta aumenta. El resultado, argumenta Vinge, es un horizonte impredecible en que una explosión de inteligencia artificial rematará en la creación de una inteligencia superhumana (posiblemente computacional) que en su vasta superioridad termine por destruir a la Humanidad. El escenario no necesariamente implica que la supercomputadora se rebele contra la Humanidad y la destruya a sangre y fuego, como Skynet en las películas de Terminator, sino que la Humanidad misma sea incapaz de sobrevivir en ese nuevo escenario y se esfume para siempre. Una de las consecuencias del concepto de singularidad tecnológica se refleja en la Ciencia Ficción posterior a la Nueva Ola: debido a la propia impredecibilidad del desarrollo tecnológico, el horizonte de predicción ha disminuido. De ahí que el Cyberpunk haya descendido desde el futuro a secas hasta un simple "20 minutos en el futuro", y luego William Gibson en su novela "Mundo espejo" haya renunciado al futuro y haya creado un universo netamente Cyberpunk, pero en el presente de su publicación, el año 2002. Por supuesto que la idea es tan discutible como el concepto de que la Humanidad iba a perecer asfixiada por los gases en la cola del cometa Halley en su paso por la órbita terrestre en 1910, pero la incertidumbre sigue allí.


Ante la incapacidad de la Ciencia Ficción para crear universos tecnológicos que sean novedosos, y también debido al terror que suscita la idea de la próxima eventual extinción de la Humanidad ante su propio monstruo de Frankenstein, se ha producido un escape en masa en la ficción, desde la Ciencia Ficción hasta la literatura fantástica. No debe ser ninguna casualidad que en los 2000s, la franquicia fílmica de Harry Potter (literatura fantástica) haya desbancado a la de James Bond (literatura de espías) como la más rentable de todos los tiempos, y el cuarto lugar haya sido tomado por asalto por otra saga fantástica, los Piratas del Caribe (cuya cuarta entrega está inspirada en una novela de Tim Powers, un autor steampunk). Y si vamos al rendimiento medio por películas, ambas sagas son las dos más rentables, seguidas en el tercer lugar por Transformers, una de Ciencia Ficción que más allá de su pirotecnia visual presenta una historia absolutamente clásica de buenos contra villanos. Y en ambas listas, la saga fantástica de El Señor de los Anillos se instala firmemente en el sexto puesto. La característica común que ofrecen Piratas del Caribe, El Señor de los Anillos y Harry Potter como narrativa cinematográfica, es la seguridad: en todas ellas existe el Bien y el Mal, firmemente delimitados, dentro de un universo controlable y esencialmente estático en lo tecnológico, y todo ello muy lejos en el tiempo y en el espacio... hacia un pasado romanticizado y ficcionalizado. Es decir, todo lo contrario de lo que ha sido la Ciencia Ficción desde el Cyberpunk en adelante.


¿Quiere decir esto que la Ciencia Ficción ya no tiene nada más que decir, y que por lo tanto está muerta? ¿Hemos escrito las Crónicas CienciaFiccionísticas como un legado, acaso un epitafio, para un género que tuvo sus glorias pasadas y ahora ya es parte de los libros de Historia? La respuesta es probablemente negativa, y la evidencia está en el crecimiento explosivo de la Ciencia Ficción dentro de la blogósfera. Después del año 2000, la Ciencia Ficción se ha entrelazado de manera muy intrincada con otros géneros más o menos emparentados, y eso se ve reflejado en multitud de blogs que han ido creciendo a partir del año 2000. Incluso las Crónicas CienciaFiccionísticas se han publicado originalmente no en un blog de estricta Ciencia Ficción, sino como parte de este otro gran proyecto que es la Guillermocracia. Lo que sí se ha roto en definitiva, quizás para siempre, es el ghetto construido en la Era de Gernsback, y consolidado en la Revolución Campbelliana, la idea de que la Ciencia Ficción es un mundo aparte con murallas con cartelones de "Prohibido el Paso" colgando afuera. Y esto es saludable. Los más brillantes escritores de Ciencia Ficción encontraron mucho de su inspiración no en la endogamia, sino en absorber ideas e influencias desde el exterior para traerlas al género, y eso ha mantenido al género siempre fresco y nuevo. Así, Mary Shelley mezcló novela gótica con ciencia ("Frankenstein"), los escritores socialistas mezclaron ideario social con ciencia (la literatura utópica del siglo XIX), Isaac Asimov mezcló Historia con ciencia (la saga de las Fundaciones), Arthur C. Clarke mezcló ideas místicas orientales con ciencia ("2001: Odisea del espacio"), Frank Herbert mezcló cultura árabe con ciencia ("Dune"), Michael Moorcock mezcló Fantasía Epica con ciencia (el Multiverso), Gene Roddenberry actualizó viejos motivos del Western y les dio la vuelta en televisión (Star Trek), William Gibson mezcló novela negra con ciencia ("Neuromante")... y suma y sigue.


Es indudable entonces que a comienzos del siglo XXI, la Ciencia Ficción clásica, tal y como la conocemos, es un género muerto porque ya no puede dar cuenta de las necesidades espirituales de los lectores y espectadores después del año 2000. Pero esa es una manera de concebir la Ciencia Ficción, no la Ciencia Ficción en sí, y por lo tanto, el género como tal no ha fallecido. Volviendo ahora al origen, dejábamos caer en el comienzo de las Crónicas CienciaFiccionísticas que allí donde hay ciencia, alguien discurrirá mezclarla con ficción y saldrá la mezcla. Así se hizo desde el Renacimiento en adelante, y comenzó el periplo del género. La Ciencia Ficción en el siglo XVIII vivió larvado porque la ciencia misma creció con lentitud casi monacal. Con la aceleración tecnológica del siglo XIX, el género sufrió una aceleración en igual medida, y se impregnó de optimismo decimonónico. En el siglo XXI quizás veremos una singularidad tecnológica, o quizás no; en cualquier caso, será un mundo muy diferente al que existió durante el siglo XX, para bien o para mal. Pero en ese mundo muy probablemente seguirá existiendo la ciencia; aunque ésta pudiera estancarse, será muy difícil de suprimir o liquidar. Siempre suponiendo que a la Humanidad no se la trague la singularidad tecnológica, esa ciencia será también una ciencia diferente, y habrá por lo tanto una Ciencia Ficción diferente. Quizás sus semillas ya hayan sido sembradas desde muy antiguo, y sólo falte cosecharlas. Al momento de escribir estas líneas en el año 2011, el género está cambiando, y lo que vendrá puede ser su extinción, o el comienzo de nuevos y maravillosos mundos por explorar. Sólo faltan los escritores que tomen el manto del legado y se atrevan a ir allí donde antes fueron los clásicos en sus días: allí donde ningún ser humano ha llegado antes.

FIN DE LAS CRÓNICAS CIENCIAFICCIONÍSTICAS.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Nuevos capítulos de "Corona de Amenofis".


"Una de las compuertas superiores del submarino se abrió. Lentamente, uno de los misiles Trident II empezó a propulsarse, y salió del agua, portando una cabeza nuclear de 100 megatones para ser detonada en Viña del Mar, en cuestión de minutos"...

Con este continuará se despidió el capítulo "La matriz de Orlac", el octavo episodio del Quinto Ciclo de la blogoserie "Corona de Amenofis". Ultimo episodio publicado hasta la fecha, por motivos de fuerza mayor, que me han impedido sentarme y concentrarme adecuadamente en la redacción de nuevos capítulos. Porque no es sólo cuestión de escribirlos, sino además escribirlos bien, teniendo un ojo puesto sobre la redacción por un lado, y el otro sobre la trama del capítulo y su hilación con la continuidad general de la blogoserie. Si a eso se le suman algunos problemas externos, los resultados pueden ser frustrantes. He preferido bajar el ritmo de publicación incluso a un capítulo nuevo por mes, en vez de simplemente sacar lo primero que se me viene a la mente, sin ninguna clase de corrección ni pulido. Puede que no sea un consuelo, pero al menos sirve para mantener el nivel de la blogoserie tal y como ha sido siempre.

Pero acá vienen las buenas noticias. A partir del próximo lunes, "Corona de Amenofis" se reanuda con su ritmo de publicación normal. El próximo lunes 5 de septiembre se publica "Ataque nuclear", el noveno capítulo del Quinto Ciclo, y los siguientes capítulos vendrán de manera sucesiva, a razón de uno por semana como es habitual. Y como anticipo a la continuación del Quinto Ciclo, el lunes pasado publiqué en el blog de "Corona de Amenofis" un resumen de los ocho primeros episodios del Quinto Ciclo, para refrescar la memoria de los lectores que hayan perdido el rastro de los sucesos en torno al condominio más conflictivo del mundo.

Agradezco desde ya a los lectores por su paciencia, y como premio a la misma, un anticipo de lo que será el capítulo del próximo lunes:

"– Si sobrevivimos a la explosión nuclear, Klunn, ya no te necesito con vida. El pulso electromagnético subsiguiente borrará tu información interna, y sin tu información, no eres más que otra cucaracha terrorista más. Pase lo que pase, Klunn, tu destino está sellado, y es inevitable que termines por convertirte EN MÍ".

Nos vemos el próximo domingo con la última entrega de las Crónicas CienciaFiccionísticas acá en la Guillermocracia, y el próximo lunes con el capítulo "Ataque nuclear" en el blog de Corona de Amenofis. (http://coronadeamenofis.blogspot.com).

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