domingo, 28 de agosto de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 51 - La llegada del futuro.


A mediados de la década de 1990, la oleada Cyberpunk ya podía darse por superada, y la consagración de "Matrix" como clásico del Cyberpunk a finales de la misma década era un fiel indicador de que el grueso del público ya estaba preparado para vivir en ese otro lado. La década siguiente vio un desarrollo explosivo de Internet, que cambió nuestra manera de relacionarnos con el mundo: mientras que en la década anterior el navegar a través de la World Wide Web era una actividad precaria y complicada, en el 2000 surgieron o se expandieron una enorme cantidad de herramientas informáticas que literalmente trajeron el futuro al presente. En 1900, una novela o película que hubiera hablado sobre correo electrónico, Google, Facebook, Twitter, Wikipedia, etcétera, hubiera sido una prospectiva o una Ciencia Ficción tremendamente alucinógena, mientras que una novela o película de los 2000s tratando sobre esos mismos temas ya no es Ciencia Ficción sino literatura costumbrista: ahí están películas como "Red social" o "Qué pena tu vida" para corroborarlo. Además, cada vez más y más gentes en los medios de comunicación y en el mundo cultural se habían criado con Ciencia Ficción, considerada ésta como algo mucho más respetable que en los tiempos más duros del ghetto gernsbackiano, y por lo tanto, dicho ghetto empezó a venirse fulminantemente abajo. De esta manera, la característica definitoria de la Ciencia Ficción posterior al año 2000 es la demolición de las barreras entre la Ciencia Ficción y el resto de la cultura popular: la antigua expresión "es algo de Ciencia Ficción", que se usaba para señalar algo insólito, increíble o imposible, ahora casi no tiene cabida debido a que el mundo predicho por la Ciencia Ficción ES posible, y lo estamos VIVIENDO EN ESTE MISMO INSTANTE. Ustedes mismos, sin ir más lejos, están leyendo las Crónicas CienciaFiccionísticas gracias a un artilugio de Ciencia Ficción llamado Internet.


Aunque podría haberse predicho lo contrario, todo esto ha significado una cierta implosión del cine de Ciencia Ficción, el que no sólo ha perdido fuelle y creatividad, sino que también se ha conformado con ser refrito de otros aspectos de la cultura popular, o incluso de su propio pasado. Después de todo, si ya vivimos en un entorno de Ciencia Ficción, es poco lo que la Ciencia Ficción, o al menos la más clásica, puede hacer para ayudarnos a entender y movernos en este entorno. Muchas películas de Ciencia Ficción posteriores al año 2000 tienen por lo tanto tramas y situaciones propias de las películas de serie B de la época del Atompunk, pero ahora alcanzan una enorme notoriedad y son las que más presupuesto chupan de los grandes estudios, así como las que generan mayores utilidades a los mismos, desplazando al "cine serio" o al "cine arte" que durante el medio siglo transcurrido desde el auge del sonoro hasta la revolución informática, era el más vistoso y prestigioso de todos. Ahora bien, sucedió en paralelo que Estados Unidos sufrió el atentado contra las Torres Gemelas, y por lo tanto creció el terror y la inseguridad, por lo que, consecuencia colateral, la cultura popular se llenó de "hombres fuertes": con esto, la rama de la Ciencia Ficción que mayor auge cobró, fue el cine de superhéroes. Muchos consideran que los superhéroes no son parte de la Ciencia Ficción, pero si no lo son, a lo menos debemos conceder que existen fuertes conexiones: entre las películas de superhéroes de los 2000s encontramos mutantes ("X-Men"), arañas radiactivas ("Spiderman"), alienígenas ("Superman regresa"), armaduras de combate ("Iron Man"), o guerreros hipertecnologizados ("The Dark Knight"). Puede que sea buena o mala Ciencia Ficción... pero sigue siendo Ciencia Ficción.


Otro rasgo característico de la demolición del ghetto, es que por primera vez en décadas se ha producido una irrupción considerable de escritores afuerinos y de la "intelectualidad" hacia el campo de la Ciencia Ficción. Es cierto que hasta bien avanzado el siglo XX, escritores "serios" como Aldous Huxley no rechazaban escribir Ciencia Ficción como "literatura seria", pero después del crecimiento del ghetto y su consolidación en la Era Campbelliana, la intelectualidad literaria tendió a volverle la espalda. Existen excepciones significativas, como por ejemplo el ciclo Canopus en Argos de la escritora Doris Lessing, escrito entre 1979 y 1983, pero cuando ella obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2007, no recuerdo ninguna reseña periodística en donde se dijera que ella había escrito Ciencia Ficción, además de literatura "realista" o "comprometida". Pero en el paso de la década de 1990 a los 2000s hemos visto obras de Ciencia Ficción vendidas como "literatura seria" de la mano de Michel Houellebecq ("La posibilidad de una isla" de 2005 trata sobre clonación), Cormac McCarthy ("La carretera" sobre un mundo después del apocalipsis), etcétera. Sea por ignorancia supina, sea por descarado reclamo editorial, muchas de esas obras se han vendido como aquellas destinadas a abrir nuevos rumbos a la literatura, haciendo tabula rasa de toda la tradición literaria anterior de la que beben, a veces bien, y no pocas veces mal o con una falta de originalidad que hace vivo contraste con la publicidad alrededor.


Como parte del mismo bloque de fenómenos, vino el auge del remake, como una manera de traer directamente desde el pasado aquellos elementos que configuran la estética y los temas posteriores al año 2000. Quizás la serie televisiva pionera en el arte del reciclaje fue "Los expedientes secretos X". Emitida entre 1993 y 2002, la serie adoptaba la premisa de una serie anterior llamada "Kolchak", sólo que reemplazando al periodista por una pareja de agentes del FBI como protagonistas. Tanto los "monstruos de la semana" como la gran conspiración que envolvía la trama de fondo, eran en realidad actualizaciones de motivos narrativos propios del más rancio Atompunk, incluyendo los infaltables extraterrestres bajitos y cabezones. Aunque todo esto, combinado con casos paranormales, e incluso en alguna ocasión con un caso de índole cyberpunk escrita por William Gibson mismo, nada menos. En los 2000s llegaron remakes directos: el más exitoso de todos fue "Galactica", pero tampoco es desdeñable el remake de "V", que se merecía mejor suerte de la que tuvo cuando cayó el hacha sobre ella con apenas dos temporadas y veinte episodios. Sintomáticamente, en ambos casos la serie original tenía unas tres décadas de antigüedad, un salto de una generación completa entre un grupo de televidentes y el siguiente.


¿Y cómo se defienden los escritores de Ciencia Ficción más puros frente a la llegada del futuro? Una de las reacciones más obvias es incrementando el factor hard dentro del género. De esta manera, la Ciencia Ficción más dura, científica y tecnológica encontró un nuevo auge, quizás buscando mantener o reconstruir el ghetto tradicional. Quizás el pionero de esta tendencia sea Kim Stanley Robinson, cuya carrera había comenzado en medio de la resaca de la Nueva Ola, y que en la década de 1990 hizo historia dentro del género al publicar su Trilogía Marciana, en la que describe un vasto fresco futurista de intrigas con la terraformación de Marte como trasfondo. No pocas novelas de Ciencia Ficción posteriores al 2000 han completado el círculo y vuelto a las raíces de la Ciencia Ficción campbelliana y aún la gernsbackiana de comienzos del siglo XX, transformándose en gruesos tratados sobre Mecánica Cuántica y teorías cosmológicas, con la trama de la novela y sus personajes sirviendo apenas como pretexto o soporte para la enunciación prolija de ideas científicas. En esta versión más dura del género podríamos destacar a Greg Bear, a Robert Charles Wilson o a Vernon Vinge. Lo que no quiere decir que se hayan excluido las posibilidades sociológicas del género: quizás lo más destacado en esta línea que curiosamente entronca un tanto con la Ciencia Ficción utópica del siglo XIX, sea la trilogía de novelas dedicadas a un universo paralelo Neanderthal escritas por Robert J. Sawyer ("Homínidos", "Humanos" e "Híbridos"). En el aparente final del camino, la Ciencia Ficción vuelve a arreglárselas para, en cierta medida, regresar a sus propios orígenes.

Próximo capítulo (último de las Crónicas CienciaFiccionísticas): "¿Quién habla en el nombre de la Ciencia Ficción?".

miércoles, 24 de agosto de 2011

Amo a Wikipedia pero no tanto como para ser wikipedista.


Este fue uno de los primeros artículos que escribí para Tribu de Plutón, y fue publicado el 6 de mayo de 2007. Ni siquiera tenía intenciones de republicarlo aquí, salvo carestía de tiempo, ya que no me gusta publicar artículos demasiado cargados de subjetividad, y éste lo es. Pero por un lado, mi estimado General Gato me pidió si podía republicarlo acá. Además, entre terminar de afinar las últimas entregas de las Crónicas CienciaFiccionísticas, pues me ha faltado un poco el tiempo, y republicar es una buena idea. Y vaya uno a saber si con esta republicación consigue nuevos lectores en el proceso. He introducido alguna que otra nota, que son reflexiones sobre cómo se ve lo que escribí, con la perspectiva de cuatro años de distancia. Y en fin, allá les va las razones por las cuales decidí que no era buena idea ser wikipedista.

Hace bastante tiempo, algunos años probablemente, me tentó la posibilidad de ser wikipedista. De hecho, aunque no llegué a inscribirme como wikipedista oficial, la IP de mi computador quedó sembrada en varios artículos de la Wikipedia en castellano. Pero después de un tiempo, preferí no seguir. Dejé algunos trabajos incompletos, pero sin cargos de conciencia, porque después de todo, según la filosofía Wikipedia, alguien más podía completarlos. Mucho tiempo después, he regresado a algunos de esos artículos. Y para mi sorpresa, ¡siguen sin ser completados! Y en algunos casos, casi sin ser tocados. De ahí que haya decidido escribir un artículo de "pelambre" sobre Wikipedia. Quizás estén de acuerdo, quizás no. Hablo por mí, y no por mucha gente que, en apariencia, está satisfecha con Wikipedia, como que siguen siendo wikipedistas hasta el día de hoy. Si son felices, bien por ellos.

Es conocida la filosofía de Wikipedia, según la cual la "inteligencia colectiva", o como se llame, es más inteligente que la suma de sus partes, y el error de uno puede ser corregido por otros. Sin embargo, creo que aún así, Wikipedia está lejos de ser la panacea, y por supuesto que no reemplazará a las enciclopedias hechas por experto, sean éstas en línea o de papel impreso. Eso, porque la inteligencia colectiva va hacia donde el viento la llame, ya que por mucho que se quiera, por mucho que el manzanar sea más que la suma de sus manzanas, si las manzanas no son dulces es difícil esperar que el manzanar en conjunto lo sea. [NOTA: Dudo mucho que el artículo sobre Ciencia Ficción en Wikipedia sea un adecuado sustituto para mis Crónicas CienciaFiccionísticas, dicho sin falsas modestias].

Así, cada wikipedista parece ser un universo en sí mismo. Hay de todo. Y por "de todo", me refiero a seres humanos con sus virtudes y defectos. Veamos, ¿qué recompensa obtiene un wikipedista por su trabajo? La verdad es que yo lo hacía porque había temas que sinceramente me gustaban, y me gusta compartirlos con los demás; ésa es la razón básica por la cual estoy ahora embarcado en el trabajo editorial de Tribu de Plutón, a pesar de que no me pagan ni con las gracias [NOTA: Hoy en día, Tribu de Plutón lleva casi un año discontinuado, y no hay planes de resucitarlo por el minuto]. Pero no todos los wikipedistas son tan desinteresados. Muchos de ellos quieren ganar reconocimiento, ser "primus inter pares", etcétera. Eso se llama vanidad, y cuando viene derivada del potencial intelectual, se llama "arrogancia intelectual", y es un defecto muy grave cuando mucha gente que colabora en un lugar como Wikipedia, lo hacen precisamente porque tienen la capacidad intelectual para interesarse por temas que linden un poco más allá de la farándula, y por ende es altamente probable que terminen como vectores de la enfermedad.

Se supone que la arrogancia intelectual no debería ser un problema, en tanto haya intelecto que lo soporte por detrás. El problema es que no siempre es así. De manera que me he topado con una serie de conductas quisquillosas de tipo "no está bien así porque yo digo". Como cada wikipedista edita lo que quiere, algunos pueden editar "para que otros editen". O sea, algunos se arrogan el trabajo de jefes, sin que en teoría haya jefes en Wikipedia. No hablo de los bibliotecarios de Wikipedia, que por lo general parecen desempeñar muy bien su labor (por lo menos no tuve nunca un problema con ninguno, sino por el contrario), sino de wikipedistas de segunda fila que quieren que tal o cual artículo sea "su" artículo, y que nadie se lo toque. O los artículos sobre determinados temas estén de ésta o de esta otra manera, y que no se salgan un milímetro del molde.

Así, por ejemplo, hay wikipedistas que se empeñan a colocarle a todo el cartel de "esto es un esbozo de artículo y debe ser mejorado", etcétera. Es claro que un artículo de tres líneas es un esbozo y debería ser un poco más largo para ser más informativo, pero es que a veces un artículo de tres líneas es mejor que nada, si se trata de un tema realmente raro, pero potencialmente interesante. Sin embargo, a veces el rótulo en cuestión estaba sobre artículos de varios párrafos de largo. Lo que hace surgir varias dudas: ¿qué tantos megas o subtítulos debe tener un artículo de Wikipedia para que no sea considerado (por algunos, por supuesto) como un esbozo sino un artículo en forma?, ¿por qué si descubren un esbozo, no prueban ellos mismos a rellenarlo, en vez de dejar el avisito para que alguien más trabaje por ellos?, ¿desean acaso, con poner el cartel, ganarse una edición más para candidatearse como bibliotecarios...?

Similar es el caso del formato de Wikipedia. Algunos artículos son buenos, pero no cumplen el formato de Wikipedia para ese tipo de artículos. Pasa por ahí un wikipedista, y pone un cartel de tipo "este artículo debe ajustarse al formato de Wikipedia", etcétera. Si tanto le molesta a ese wikipedista que el artículo no se atenga a un formato, ¿por qué no lo corrige él mismo? Está bien que determinados artículos tengan un formato porque eso le da orden y coherencia a la enciclopedia, y a la larga es más fácil trabajar con ella, pero a veces hay artículos muy bien diseñados o estructurados, con su propio formato... pero que no es el de Wikipedia, así es que le cae encima un cartel, de manera injusta.

Cuestión gruesa es el problema de la relevancia o irrelevancia de un artículo. Hace un tiempo atrás me partí de la risa cuando hubo quienes quisieron suprimir el artículo "Luciana Salazar", alegando que no había razón para incluir a una efímera bataclana en una enciclopedia para la eternidad, que debía reservarse para cosas importantes, etcétera. Eso, en una enciclopedia que a veces tiene artículos para los personajes más insignificantes de una serie de TV o de un manga japonés. Me gusta la historia, y puedo atestiguar que si algún día me decido a escribir la historia de este tiempo, un artículo sobre Luciana Salazar me ayudaría mucho, no porque ella sea importante en sí, sino por que revela algunas cosas sobre nuestro propio tiempo, como por ejemplo la sobrefarandulización, el gusto por las siliconas, la migración de modelos argentinas a Chile, etcétera, temas todos que sí son de historia "seria", signifique lo que signifique eso de "seria" [NOTA: El artículo de Luciana Salazar sigue porfiadamente ahí, en agosto de 2011].

No puedo omitir tampoco a los que borran tales o cuales cosas de un artículo porque les están tocando "sus" artículos. O los que incluyen datos nuevos sin preocuparse de mantener una redacción que sea mínimamente coherente con lo que está de antemano. El General Gato, que heroicamente y a pesar de todas las advertencias se inscribió hace poco como wikipedista, comentaba que mientras redactaba el artículo de historia del cine, encontró algunas informaciones no duplicadas, sino TRIPLICADAS. Creo que en la Enciclopedia Británica lo habrían hecho un poco mejor.

Podría seguir extendiéndome sobre lo que significa ser wikipedista. O sobre el exhibicionismo de algunos wikipedistas, con presentaciones como por ejemplo "este wikipedista es de Venezuela, no come carne animal y sabe seis palabras de swahili", que cuesta discernir qué tanto más importantes que Luciana Salazar pueden ser. O sobre los atentados contra la ortografía y la gramática. O la falta de respeto que constituye hacer una contraedición sin dar argumentos, sólo porque sí, a pesar de haber en cada artículo una lengüeta de "discusión" para incluir consideraciones sobre el contenido de un artículo. Pero prefiero ir a la médula, a la razón de por qué pasan estas cosas.

Creo firmemente que Wikipedia sería una gran cosa, de no ser por los wikipedistas. Y es que darle a cada wikipedista el poder de editar a destajo, es como darle a cada ciudadano no entrenado un arma de fuego. Ocurre eso en Estados Unidos, y la cantidad de gente que sale a matar es relativamente poca, pero la tasa de criminalidad es la más alta en todo el planeta, y desde luego más alta que en otros lugares del planeta en los cuales las armas de fuego deben ser legalmente manejadas por profesionales, o al menos, por personas que portan el permiso reglamentario de rigor. Hacer una enciclopedia debería ser trabajo para los profesionales, sean autodidactas o educados por profesionales anteriores a ellos. No es cosa de censurar Wikipedia, en parte porque es bueno que existan alternativas, ya que después de todo, también los eruditos profesionales pueden equivocarse, y de hecho lo hacen, y a veces con mala intención, pero ese pequeño defectillo convierte a Wikipedia en apenas otra enciclopedia más, que para colmo ni siquiera tiene una selección rigurosa de temas. Apuesto, si me preguntan, a que hay en Wikipedia tantos artículos sobre Dragonball Z o Star Wars, como sobre teoría de cuerdas o el Imperio Otomano. Y eso es una tragedia, porque si lo importante es aquello que la gente decide que es importante, entonces la farándula y el salto de cama en cama de los famosos y famosas debería entonces ser más importante que aprender física, historia o arte renacentista.

Me dirán: ¿Y qué hace usted, señor Ríos, que no se mete a Wikipedia y trata de elevar el nivel de la misma, si es tan bueno en eso de hacer vida intelectual, AH...? Bueno, en Wikipedia cualquiera puede contraeditarme, y adios a mis contribuciones. Pero aquí, en Tribu de Plutón, al seleccionar a nuestros colaboradores, nos aseguramos un estándar mínimo. Y si no creen, dénse el tiempo de leer Tribu de Plutón, ya que el trabajo habla por sí mismo [NOTA: Debido a la paulatina extinción de Tribu de Plutón, todo lo dicho aplíquese a la Guillermocracia]. No vamos a llegar ni por asomo al PageRank de Wikipedia, pero no creo que sea casualidad que los colaboradores se han ido sumando de a poco, ¿verdad? (y con la excepción de General Gato, ninguno de ellos es wikipedista).

Hace poco el General Gato me preguntó si podía recuperar este artículo porque según sus propias palabras, "ser wikipedista apesta". Por lo que puedo presumir que se retiró de la actividad más o menos por las mismas razones que yo. Ya nos comentará, supongo...

domingo, 21 de agosto de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 50 - Biopunk y Posthumanismo.

"La huella marca tu espinazo, dicen / Las máquinas son humanos / Estamos programados de esa manera / en Dios confiamos... / en Dios confiamos...".
Front Line Assembly ("Bio-Mechanic", del disco "Tactical Neural Implant" de 1992).


A mediados de la década de 1990, el Cyberpunk literario empezó a estar cada vez más agotado, a la par de estar convirtiéndose casi en un lugar común dentro del cine. El Steampunk por su parte corría por banda separada un poco a contracorriente del mundo real. Empezaba a resultar claro que el mundo de los "20 minutos en el futuro" no iba a ser tan apocalíptico como se había profetizado en un minuto. Algunas de las más amargas predicciones del Cyberpunk, tales como el hundimiento de la clase media, el crecimiento de la adicción a los medios de masas, o el secuestro del sistema político a manos de los grandes grupos empresariales, se habían hecho o estaban en vías de hacerse realidad. Pero por otra parte, y esto los escritos clásicos del Cyberpunk no lo habían visto, Internet abrió enormes posibilidades para la propagación de las ideas, la autoafirmación del individuo, y la democracia digital. Como de costumbre, la revolución informática había traído sus secuelas positivas y negativas, y por lo tanto, la visión nihilista y alienada del Cyberpunk de la década de 1980 dejó paso a nuevas maneras de concebir la relación con la tecnología computacional en la década siguiente.


Puede considerarse que el punto de inflexión desde el Cyberpunk clásico, pesimista y distópico, al Postcyberpunk más cauto y quizás amistoso, se produce con la obra de Neal Stephenson. Este inició su trayectoria al alero del Cyberpunk, si bien mantuvo una cierta originalidad y distancia con los presupuestos del núcleo duro del género. En 1992 alcanzó notoriedad con "Snow Crash". La novela es un pequeño baturrillo de temas cyberpunk (computadoras, criptografía, capitalismo desatado, realidad virtual como reemplazo de Internet...) y elementos menos canónicos tales como historia, lingüísta, antropología... De manera muy poco ortodoxa para el Cyberpunk clásico, la cultura e idioma sumerios juegan un rol muy importante en el desarrollo de la trama. Interesantemente, la novela introduce el concepto de avatar como una personalidad virtual paralela online a la nuestra propia en el mundo real: la palabra terminó por saltar de la novela para formar parte del vocabulario de Internet (la idea del Metaverso implementada por Stephenson en esta novela, es un claro antecedente de lo que trató de ser Second Life, una década después). Su siguiente novela, "La era del diamante", trata extensivamente el tema de la nanotecnología. Posteriormente, Stephenson alejó su interés del Postcyberpunk, y enfiló hacia la criptografía en la Segunda Guerra Mundial ("Criptonomicón"), hacia el surgimiento de la ciencia moderna (el llamado Ciclo Barroco), y una curiosa novela de Ciencia Ficción medio basada en la filosofía griega ("Anatema").


Parte importante del Postcyberpunk descansa en el concepto de "posthumanismo". Este parte de la idea de que el ideal renacentista e ilustrado del ser humano, ha sido definitivamente desbancado por la informática, y que la evolución humana ya no es de carácter biológico sino tecnológico. Esto discurre en paralelo al hecho de que en la década de 1990, el vedettismo pasó desde la revolución informática (computadores personales, Internet, etcétera) a la biotecnológica (Proyecto Genoma, ingeniería genética...). Una obra pionera en estos temas que algunos llaman Biopunk, es el llamado Ciclo Formador/Mecanicista, desarrollado por Bruce Sterling en una novela ("Esquizomátrix", de 1985) y en algunos relatos cortos. Este ciclo describe un Tercer Milenio en donde la Humanidad se ha expandido por el Sistema Solar, y se ha desarrollado hasta un punto de poder controlar su propia evolución. De esta manera surgen dos maneras de concebir la evolución: los formadores, que confían primariamente en la biotecnología y el condicionamiento psicológico, y los mecanicistas, que prefieren evolucionar a través de implantes cibernéticos, softwares de última generación, y neurodesarrollo a través de drogas de diseño. Entre medio rondan criaturas tan extrañas como los "cabezacables" ("wireheads") que han abandonado sus cuerpos físicos para instalar sus mentes en las computadoras, o los extraños langostas, que ya ni siquiera residen en cuerpos celestes o estaciones espaciales, sino que salen derechamente al espacio interplanetario enfundados en carcasas de soporte vital que ya no abandonan nunca porque son parte de su propia estructura anatómica. El Ciclo Formador/Mecanicista lleva hasta sus últimos extremos la idea posthumanista de que el ser humano, por su dominio sobre la computación y la ingeniería genética, está a punto de evolucionar hasta una clase de criatura que ya no es ni puede ser reconocida como humana según los patrones filosóficos clásicos.


Quizás el teórico más importante del Biopunk sea Paul Di Filippo, quien llamó al engendro Ribofunk, y de hecho publicó una colección de relatos con dicho título en 1996. Di Filippo señaló, con razón o sin ella, pero no sin agudeza, que al momento de recibir certificado de nacimiento el Cyberpunk con "Neuromante" en 1984, en realidad los dos pilares del nombre (la cibernética como ciencia de la información, y el punk como movimiento musical) estaban muertos, y el propio Cyberpunk por tanto había nacido un tanto prematuramente muerto (observación no exenta de razón, considerando que este movimiento de "20 minutos en el futuro" bebía lo suyo de estéticas de hasta casi medio siglo atrás). Di Filippo prefería "ribofunk" como contracción de "ribosoma" y "funk". Aunque uno puede preguntarse si el funk ha tenido más vida que el punk desde su origen común en la sopa primigenia de la década de 1970.


El Postcyberpunk y el Biopunk en general han tenido poca vida más allá de la literatura. Les falta algo esencial que el Cyberpunk y el Steampunk sí poseían a raudales: una estética que les sea propia. Además, los postulados posthumanistas son demasiado raros o alienantes para que puedan ser personajes viables en el cine, el principal medio de promoción de corrientes artísticas hoy por hoy, ya que el cine necesita que sus personajes tengan pasiones y sentimientos con los cuales el espectador pueda identificarse... pero que son cosas demasiado "humanas" para que tengan cabida en un escenario posthumanista. No en balde, en el cine suele suceder que cuando una criatura evoluciona desde su fase humana hasta una posthumana, la película se detiene para dar lugar a los créditos finales: en "2001: Odisea del espacio" y la primera película de "Viaje a las estrellas" ocurría esto, entre otras, debido a la imposibilidad de reflejar ese mundo posthumano en imágenes meramente humanas. Quizás lo más cercano a las ideas del Biopunk en el cine sea la película "Gattaca" de 1996, en la que un ser humano "de segunda clase" por haber sido producido de manera tan aleatoria como un embarazo natural en vez de por manipulación genética, debe arreglárselas para cumplir con su sueño de viajar al espacio, vedado para los de su clase porque su dotación genética es demasiado incierta como para ser confiable en la sociedad supercodificada del futuro. Por desgracia, en muchos sentidos, por debajo de su pátina Biopunk, en realidad "Gattaca" viene siendo la enésima adaptación bastarda de las ideas de "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, con una estética retrofuturista adosada a la misma. Motivos más que suficientes para que el público desdeñara la propuesta, y la película se llevara un fuerte bofetón en la taquilla, probando una vez más lo que venía siendo cada vez más cierto desde el Cyberpunk en adelante: que la eterna fuga hacia adelante de la Ciencia Ficción del siglo XX estaba casi por llegar a un callejón sin salida.

Próximo capítulo: "La llegada del futuro".

jueves, 18 de agosto de 2011

El verdadero Juego de Tronos.


Hace poco a finales de Junio de 2011 acaba de terminar la primera temporada de “Game of Thrones”, serie de televisión sobre la que publicaremos algún artículo acá en la Guillermocracia. Brevemente para los no enterados: la serie se basa en una saga de novelas de fantasía heroica llamada “Canción de Fuego y Hielo”. Esta saga se ambienta en un continente ficticio llamado Westeros, pero su autor ha tomado su inspiración desde una serie de eventos muy reales. Porque el verdadero Juego de Tronos en realidad es la Guerra de las Dos Rosas, que se libró en la Inglaterra del siglo XV. Y a las comparaciones respectivas estará destinado este artículo.

Hago la prevención de que nunca he leído ninguna de las novelas y sólo hablo con el conocimiento de haber visto la serie televisiva, de manera que ignoro si el calco desde la Guerra de las Dos Rosas sigue más adelante, o la trama se aparta de ella para correr con colores propios. Quienes hayan leído las novelas podrán confirmar o refutar los asertos que haré aquí. Por otra parte, como es de esperar, este artículo contendrá unos cuantos spoilers, incluyendo por supuesto el equivalente en la historia auténtica del espectacular giro final de trama, de manera que si no has leído las novelas o visto la serie, no deberías seguir leyendo más allá de este párrafo.

Aunque superficialmente vista es un conflicto dinástico entre dos grandes casas nobles (los York y los Lancaster), la Guerra de las Dos Rosas resulta históricamente muy compleja. En primer lugar debemos verla en el trasfondo de la debacle posterior a la Guerra de los Cien Años, que Inglaterra había perdido en toda regla frente a Francia (en el continente conservó sólo un bastión, el puerto de Calais). Además, en la centuria transcurrida, Inglaterra había pasado de ser una sociedad semifeudal y con una burguesía en ascenso, a una verdadera revolución social en donde los burgueses pesaban cada vez más en la política, a costa de la nobleza guerrera que iba en franca retirada. En los hechos, la Guerra de los Cien Años fue cuando Inglaterra abandonó la Edad Media y abrazó el Renacimiento, aunque sea porque en dicha guerra, la nobleza vertió los últimos restos de su riqueza y poder, cuando no sus propias vidas, en una masacre autófaga que creó el vacío de poder necesario para que los buenos burgueses llegaran finalmente al primer plano.

EL ESCENARIO.
Después de 1453, fecha en que terminó la Guerra de los Cien Años, la nobleza inglesa estaba muy enojada con su monarca. Desde 1422, el rey era Enrique VI, un hombre preocupado por las artes y la cultura, pero gobernante débil bajo cuyo reinado en realidad eran sus asesores los verdaderos reyes sin corona. Las cosas se agravaron cuando Enrique VI contrajo matrimonio con Margarita de Anjou, una mujer dominante que tenía un talento innato para la política, pero que no sabía granjearse el fervor de sus súbditos, por lo que fue detestada por los ingleses. Los seguidores de “Game of Thrones” no tendrán dificultad en ver aquí al trasunto histórico en que se inspiran el rey Robert Baratheon y su esposa Cercei Lannister. Sin embargo, descendiendo a los detalles, Enrique VI era un rey bastante mejor intencionado que Robert Baratheon, que en la serie es un pusilánime más preocupado de cacerías y faldas que de gobernar efectivamente el reino. Además, Enrique VI recibió la corona por herencia, mientras que Robert Baratheon destronó al monarca anterior para obetnerla.


Por otra parte, la situación geográfica del continente de Westeros es muy similar a Inglaterra. En términos geopolíticos, Westeros tiene dos grandes fronteras militares. Por un lado está el Muro al norte, más allá del cual están los salvajes. Por el otro están las estepas del este, separadas por un estrecho. Por el sur o el oeste, Westeros no tiene fronteras militares de importancia. Esto es la misma situación que afrontaba la Inglaterra del siglo XV, lidiando con Escocia al norte y con Francia detrás del Canal de la Mancha al este. Resulta interesante observar que los trasuntos ficticios de Escocia y Francia no sean naciones civilizadas sino bandas de salvajes, en una curiosa actualización del viejo tópico del “Rule Britannia!”.

Volviendo a la Guerra de los Cien Años, los problemas políticos internos se agravaron cuando Enrique VI perdió la razón en 1453, el mismo año de la derrota final frente a Francia, sin que se sepa a ciencia cierta el diagnóstico médico. Con todo, su abuelo materno el monarca francés Carlos VI también había padecido una pronunciada demencia durante los últimos treinta años de su vida, y se sospecha que este mal quizás fuera hereditario. El heredero de Enrique era Eduardo, conocido en la historia como Eduardo de Westminster, que era un recién nacido, lo que auguraba una época de intrigas palaciegas para ver quién se iba a quedar con el poder efectivo tras la máscara de la regencia. En la ficción, Robert Baratheon cuenta también con un hijo, Joffrey, que al momento de comenzar la historia es demasiado joven para reinar (pero reinará, para desgracia de quienes le rodean; por cierto, el tema de la regencia también tendrá su peso aquí).

La dinastía reinante pertenecía a la Casa Lancaster, que había llegado al poder en 1399. La gran casa rival era la Casa de York, encabezada por Ricardo de York. Ambos descendían de Eduardo III (rey entre 1327 y 1377), por lo que podían sostener derechos hereditarios a su favor. Es bastante transparente que los Lancaster y los York son los Lannister y los Stark de “Game of Thrones”. La Casa Lancaster tenía mejores derechos, pero pendía una espada sobre ellos: los reyes Lancaster descendían de Juan de Gante, un hijo del mencionado Eduardo III que era un bastardo. Si Ricardo de York conseguía defenestrar los derechos hereditarios de la actual línea sucesoria, entonces tenía una muy buena oportunidad de acceder al trono. En “Game of Thrones”, esto es modificado substancialmente. En la serie hay también un problema de bastardía, pero el heredero bastardo es el hijo de Robert Baratheon, no un ancestro suyo. Y Ned Stark, el trasunto de Ricardo de York, no tiene un interés personal de la corona, en otro ejemplo de cómo la ficción embellece la realidad. Por supuesto que esta cuestión no se iba a resolver con leyes o tribunales, sino con política y guerras, como suele hacerse habitualmente en estas circunstancias.

Por cierto, el emblema de la Casa de Lancaster era una rosa roja, mientras que el emblema de la Casa de York era una rosa blanca. De ahí el nombre del conflicto que ensangrentaría a Inglaterra durante toda una generación.

LOS YORK CONTRA LOS LANCASTER.
En 1455, las hostilidades entre los Lancaster reinantes y los York pretendientes habían degenerado en guerra civil abierta. Para hacer valer sus pretensiones, Ricardo de York se había erigido en líder de los descontentos contra la monarquía, o sea, todos los enemigos de Margarita de Anjou, los preocupados por la locura de Enrique VI, y los que deseaban una regencia para Eduardo el hijo de ambos; como en la ficción Ned Stark podría haber aglutinado a los enemigos de Cercei Lannister.


Durante cinco años, la guerra tuvo altos y bajos con distintos lances: por momentos parecía ganar Ricardo de York, que consiguió incluso que Enrique VI lo nombrara heredero, y por momentos la suerte sonrió a los Lancaster. En la ficción televisiva, vemos un trasunto de esto cuando Robert Baratheon nombra a Ned Stark como regente en nombre de su hijo, en su lecho de muerte. Volviendo a la realidad, en 1460, Ricardo de York fue derrotado y muerto: Margarita de Anjou ordenó que su cabeza fuera colgada en la puerta de la ciudad de York, con una corona de papel. En la ficción televisiva las cosas pasaron de manera algo distinta, pero con idéntico resultado: Ned Stark es encarcelado, y es Joffrey Baratheon, el hijo de Robert Baratheon, quien ordena la ejecución, no Cercei Lannister.

Los York se rehicieron, ahora bajo el comando de un hijo de Ricardo llamado Eduardo (igual que el príncipe hijo de Enrique VI, para liar un poco más el asunto). Eduardo tenía 18 años de edad, pero era un hombre adulto y decidido: al año siguiente de la muerte de su padre libró la Batalla de Towton, en la que masacró a la mayor parte de los Lancaster. En la ficción televisiva, este rol es tomado por Robb Stark, quien efectivamente es proclamado rey una vez que su padre Ned Stark es ejecutado. Aquí es donde acaba la primera temporada “Game of Thrones”, y como decía precedentemente, no puedo ir más adelante, por el minuto al menos. Pero vale la pena repasar lo que sucedió después en la realidad, para no dejar esta historia colgada. Margarita de Anjou debió agarrar a su hijo Eduardo Lancaster y marcharse, mientras los remanentes de los nobles que apoyaban a los Lancaster cambiaban de bando. Eduardo de York entró en Londres, depuso a Enrique VI alegando como pretexto su locura, y se hizo coronar como Eduardo IV.

CONTRAATAQUE DE LOS LANCASTER.
Aunque la Casa de Lancaster había sido derrotada en toda regla, Enrique VI seguía vivo, aunque prisionero, y Margarita de Anjou seguía en el extranjero con su hijo Eduardo de Westminster, que tenía derechos al trono inglés y por lo tanto seguía siendo una amenaza potencial contra Eduardo IV en cuanto siguiese vivo.

En realidad, la dirección de la Casa de York estaba entregada a Richard de Warwick, personaje que ha pasado a la historia como el “Hacedor de Reyes” precisamente. Warwick era el poder detrás del trono, y mandaba efectivamente más que el propio monarca. Había pasado casi una década desde el final de la Guerra de los Cien Años, y con la estabilidad política ganada, era tiempo de hacerse cargo de las relaciones con la Francia victoriosa. Warwick era un político maquiavélico que sabía frágil el dominio de la Casa de York sobre el trono y la aristocracia inglesas, y pensaba en consolidarlo sellando las cuentas pendientes con Francia con tratados que hicieran florecer el comercio. En muchos sentidos, Warwick fue un renacentista antes de su tiempo... con todo lo bueno y todo lo malo que esto conlleva.

La política de Warwick iba por supuesto en contra de las aspiraciones de la aristocracia, y lo que es peor, contra las ideas de Eduardo IV. La ruptura se produjo cuando Eduardo IV le anunció a Warwick que estaba casado en secreto: Warwick se llevó una humillación insuperable porque estaba negociando justamente un matrimonio entre Eduardo IV y una cuñada de Luis XI el rey de Francia. Warwick tenía grandes proyectos para fortalecer la nación inglesa, pero le interesaba más su propio poder, de manera que utilizó una carta bajo la manga: los Lancaster. Luis XI, Warwick y Margarita de Anjou trazaron una alianza que remató en la liberación de Enrique VI, quien seguía prisionero en la Torre de Londres. Eduardo IV tuvo que darse a la fuga y se escondió junto con su pariente Carlos el Temerario, el Duque de Borgoña (Borgoña era el gran enemigo continental de Francia).

Carlos el Temerario veía por supuesto con muy malos ojos una alianza entre Francia e Inglaterra: le convenía más que Inglaterra incordiara a Francia por la espalda, no que la fortaleciera comerciando con ella. De esta manera, le financió a Eduardo de Westminster un ejército, con el cual éste desembarcó en Inglaterra. Esta vez, Eduardo IV no tuvo piedad: Enrique VI fue encarcelado nuevamente y asesinado en su prisión poco después. Eduardo de Westminster sufrió el mismo destino. La Casa de Lancaster fue así barrida de una vez por todas y para siempre. Por su parte, Warwick el Hacedor de Reyes había perecido en batalla. El triunfo de la Casa de York parecía absoluto, pero...


EL CISMA EN LA CASA DE YORK.
Desde su triunfo total sobre Warwick y los Lancaster en 1471, Eduardo IV gobernó ya sin contrapesos. Era hombre alegre y jovial, pero también una mano de hierro en lo interno, y un hábil diplomático en lo externo. Irónicamente, Eduardo IV llevó a cabo más o menos los planes de alianza con Francia que había desbaratado de las manos de Warwick: después de todo, Luis XI había pagado una fuerte suma de dinero por mantener la paz. Parte del pacto de 1475 fue el rescate de Margarita de Anjou por parte de Luis XI, ya que mal que mal, ella era francesa: la mujer que había desatado la Guerra de las Dos Rosas falleció en 1482, en la casi total oscuridad. Su gran enemigo Eduardo IV falleció al año siguiente, en 1483, sin mayores contratiempos. Quedaban tres hijos de Eduardo IV: Eduardo, Ricardo e Isabel. El primero subió al trono como Eduardo V.

Aparte de sus tres hijos, Eduardo IV tenía un hermano llamado Ricardo (otro lío de nombres: tío y sobrino se llamaban igual). Ricardo maniobró para que el Parlamento de Inglaterra desconociera el matrimonio de Eduardo IV (el mismo que había celebrado en secreto y había fastidiado a Warwick), y por lo tanto, que se declarara a sus hijos como bastardos. Ricardo desplazó así a sus sobrinos del trono y quedó en la línea de sucesión, ordenó aprisionarlos, y los hizo desaparecer dentro de la Torre de Londres. La leyenda popular sostiene, y no sin fundamentos, que Ricardo III los hizo asesinar.

La artera maniobra de Ricardo III, así como su dureza, motivaron la rebelión de los nobles, quienes se volvieron hacia Enrique Tudor, un personaje también descendiente de Juan de Gante (al igual que los Lancaster y los York), y que incluso tenía mejores derechos hereditarios que la Casa de York, aunque por supuesto no había podido hacerlos valer. Enrique Tudor había vivido en el destierro después de la derrota de los Lancaster, pero aprovechó la oportunidad para ponerse a la cabeza de los descontentos. En la decisiva batalla de Bosworth, Ricardo III fue derrotado y muerto. Al año siguiente, Enrique Tudor contrajo matrimonio con Isabel, la hermana sobreviviente de los príncipes asesinados por Ricardo III, y por lo tanto tenía un doble título para acceder al trono, como descendiente de Eduardo III y Juan de Gante, y como marido de la hija del antiguo rey Eduardo IV, a falta de otros herederos varones dentro de la Casa de York.

Enrique Tudor emprendió una política de pacificación entre los York y sus enemigos (llamados lancasterianos a pesar de que los Lancaster, como hemos visto, hacía tiempo que habían desaparecido de escena). Para esto creó un nuevo emblema, que une las dos rosas de los York y los Lancaster en una nueva. Enrique Tudor, ahora Enrique VII, fue padre de Enrique VIII y abuelo de Isabel I de Inglaterra. Este detalle merece mención porque no en balde, Isabel fue la protectora del dramaturgo William Shakespeare, el mismo que para congraciarse con los Tudor pintó al enemigo del abuelo de su protectora con los colores más abyectos posibles, hasta convertir a Ricardo III en un ser casi vomitado desde las brasas del infierno. Y es que la historia, después de todo, la escriben los vencedores.


APÉNDICE:

Guía de personajes de la Guerra de las Dos Rosas, por si el recuento anterior fuera demasiado dificultoso de seguir.

En la Casa de Lancaster:
  • Enrique VI. El rey que enloqueció en 1455, perdió el trono, y lo recuperó brevemente en 1470 (Robert Baratheon en la ficción).
  • Margarita de Anjou, su esposa (Cercei Lannister en la ficción).
  • Eduardo de Westminster, el hijo de los dos anteriores, que nunca llegó a ocupar el trono (Joffrey Baratheon en la ficción).
En la Casa de York:
  • Ricardo de York. El pretendiente derrotado por Margarita de Anjou (Ned Stark en la ficción).
  • Eduardo IV. Hijo de Ricardo de York, derroca a Enrique VI, y después de una breve derrota a manos de los Lancaster, retoma el trono y lo mantiene hasta su muerte (Robb Stark en la ficción).
  • Ricardo III. Otro hijo de Ricardo de York y hermano de Eduardo IV, a la muerte de éste depone a sus sobrinos y toma para sí el trono (¿Bran Stark, Rickon Stark en la ficción?).
  • Eduardo V. Hijo de Eduardo IV y sobrino de Ricardo III, gobierna dos meses, es depuesto, encarcelado, y desaparece sin dejar rastros.
  • Ricardo. Hijo de Eduardo IV, sobrino de Ricardo III, y hermano de Eduardo V, sigue el destino de este último.
  • Isabel. Hija de Eduardo IV y sobrina de Ricardo III, su matrimonio con Enrique Tudor terminará de validar el acceso de éste al trono (¿Sansa Stark en la ficción?).
Relacionados:
  • Warwick el “Hacedor de Reyes”. Arquitecto de la victoria de la Casa de York, pasado después al bando Lancaster.
  • Luis XI. Monarca de Francia.
  • Carlos el Temerario. Duque de Borgoña.
  • Enrique Tudor. Relacionado con los Lancaster y pretendiente al trono, derrota a Ricardo III y contrae matrimonio con Isabel de York.

domingo, 14 de agosto de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 49 - El regreso del vapor.


Mientras que en la década de 1980 el foco de atención de los escritores y lectores de Ciencia Ficción, y también de una parte del mainstream, enfilaba derecho hacia el "20 minutos en el futuro" del Cyberpunk, se estaba gestando un movimiento que iba exactamente en la dirección opuesta: hacia el pasado. Porque mientras los escritores y cineastas Cyberpunk trataban de arañar el futuro posthumanista y metacomputacional, esta otra hornada de creadores buceaba en la arqueología del género hasta dar con los padres fundadores, particularmente con la Inglaterra del siglo XIX en donde Herbert George Wells sentó lo que serían los temas principales del género. En realidad, ellos no querían tener nada que ver con el Cyberpunk, y de hecho implícitamente lo repudiaban: si querían recrear la mitografía propia de la Ciencia Ficción del siglo XIX, era justamente como escapismo en contra de la avalancha del futuro que se les venía encima, y que el Cyberpunk abrazaba activamente hasta sus últimas y amargas consecuencias. Pero para sus primeros lectores resultó más llamativa su actitud iconoclasta (romper con el presente, pero no hacia el futuro sino hacia el pasado), y tomando la etiqueta "punk", cambiaron el "ciber" por el vapor ("steam" en inglés). Con ello, nacía la etiqueta de Steampunk.



En realidad, y a diferencia del Cyberpunk, el Steampunk no es ni pretende ser novedoso. El primer Steampunk en realidad era una recreación más o menos fiel de lo que era la Ciencia Ficción pregernsbackiana, y en eso, resulta ser un revival más o menos consciente. Una de las primeras novelas adscritas al género, "Morlock Night" de 1979, es de hecho una secuela bastarda de "La máquina del tiempo" de Herbert George Wells (su autor, K.W. Jeter, es quien de hecho inventó la palabra "steampunk"). Una de las consecuencias de esto es que, al no estar bien encasillada ni esquematizada la Ciencia Ficción anterior a Gernsback, su entrecruzamiento con lo fantástico y lo sobrenatural es mucho más simple que en el Cyberpunk, por lo que pronto se transformó en un género híbrido que incluye elementos de novela histórica, de Ciencia Ficción, y de Fantasía Epica o Heroica.


A pesar de que el revival de Julio Verne y Herbert George Wells en el cine Atompunk es un claro antecedente del Steampunk, fue recién en la década de 1980 que el género cobró un perfil propio y consciente. Así como en el Cyberpunk fue William Gibson el autor que logró la alquimia de cohesionar todos los elementos preexistentes que sus cultores andaban tratando de reunir a manotazos en el aire, en el Steampunk el responsable fue probablemente Tim Powers. Resulta irónico observar que Philip K. Dick, escritor al que el Cyberpunk tanto le debe en lo que a ideología se refiere, fue maestro y amigo personal de Powers (la novela dickiana "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", cuando fue rebautizada como "Blade Runner", le fue dedicada a Powers). El equivalente de "Neuromante" aquí es "Las puertas de Anubis", una novela en la que un personaje de finales del siglo XX regresa en el tiempo a la Inglaterra de inicios del siglo XIX, liándose en una conspiración que involucra a un grupo esotérico tratando de revivir a los dioses egipcios. La novela mantiene ese cruce entre magia y Ciencia Ficción que será característica de mucho del Steampunk, y a través de ese cruce, de la tensión entre futurismo por un lado, y romanticismo arcaísta por el otro; resulta interesante observar que el universo narrado en "Las puertas de Anubis" es cronológicamente contemporáneo a la seminal "Frankenstein" de Mary Shelley. Powers revisitó el tema de manera más desarrollada y pulida en "La fuerza de su mirada", en que consolida los elementos del género. Entre medio también escribió otras novelas que también trataban de explotar la idea de reconstruir el pasado desde lo científico y lo mágico. Una de ellas ambientada en la época de la piratería del siglo XVIII, "En mareas extrañas", alcanzó notoriedad más allá de los fanáticos de manera insólita, cuando fue muy libremente adaptada para ser la cuarta entrega de la saga cinematográfica de los Piratas del Caribe. Por cierto, los propios creadores del Cyberpunk, William Gibson y Bruce Sterling, no desdeñaron escribir su propia pepla steampunk, y en 1990 publicaron "La máquina diferencial", ésta mucho más científica que la obra de Powers, en donde exploran una historia alternativa en donde la computación se ha desarrollado en el Imperio Británico durante el siglo XIX a partir de los trabajos de Charles Babbage (que en la realidad fuera de la novela, quedó como un pionero sin descendencia intelectual directa).


La idea de mezclar el pasado histórico con tecnología anacrónica se volvió de fórmula, y con ello, vino la expansión. Otros autores se volvieron hacia épocas más recientes, hacia la Edad de Oro campbelliana, y le dieron forma al subgénero del Dieselpunk, que en el cine encontró concreción en "Capitán Sky y el mundo del mañana". En el plano estético sobrevino también el retrofuturismo y la estética que en inglés se conoce como "Raygun Gothic" (algo así como "gótico de pistola de rayos"), que incorpora elementos de la Ciencia Ficción más camp de las décadas de 1950 y 1960 (un poco al estilo de la serie de dibujos animados "Los Supersónicos", pero practicado ahora de manera mucho más autoconsciente). En otra dirección, el Steampunk creció hasta que incluso sus elementos de Ciencia Ficción, más allá de cierta maquinaria retrotecnológica, se disolvieron en entornos completamente fantásticos: algo así ocurre por ejemplo en animes como "Vision de Escaflowne" o "Full Metal Alchemist".


Sin embargo, a diferencia del Cyberpunk, que entre "Blade Runner" (1982) y "Matrix" (1998) desarrolló una fértil alianza con el cine, el Steampunk la ha tenido mucho más difícil para abrirse camino, y si lo ha hecho, es a través de sus variantes más fantásticas, no las más relacionadas con la Ciencia Ficción. Los Estudios Disney se llevaron uno de sus más sonados fracasos cuando incursionaron en el Steampunk con la por otra parte bastante aceptable "Atlantis: El imperio perdido". "La Liga de los Caballeros Extraordinarios", una adaptación bastante descolorida de la barroca historieta original de Alan Moore, trató de ser para el género lo que "Matrix" había sido para el Cyberpunk, aunque sin conseguirlo. "Capitán Sky y el mundo del mañana" también resultó un fracaso. Katsuhiro Otomo, que le había dado al Cyberpunk la seminal "Akira", trató de repetir la jugada con "Steamboy", que es casi un remake de su obra anterior en clave steampunk, pero tampoco le consiguió asestar el palo al gato. En donde el Steampunk audiovisual ha encontrado mayor éxito, parece ser en el mundillo del anime, quizás por la relación menos complicada que tiene el pasado con la Ciencia Ficción, dentro de la animación japonesa: algunos trabajos de Hayao Miyazaki como que quieren tocar el género ("Nausicaa del Valle del Viento") o se internan derechamente en él ("El castillo andante"), así como algunas series televisivas que explotan su estética (parcialmente "Visión de Escaflowne", y en mayor medida "Full Metal Alchemist"). Pero en muchos sentidos, confundido entre la estética dark y gótica, el Steampunk ha pasado más o menos desapercibido para el grueso de la cultura popular como tal, más allá de las murallas del mundillo friki.

Próximo capítulo: "Biopunk y posthumanismo".

miércoles, 10 de agosto de 2011

"Capitán G".


Bienvenidos a bordo,
les habla el Capitán G,
megáfono en un mundo sordo...
¡La energía tras el poder!
Tu último refugio,
tu última enseña,
el postrero brillante artilugio,
la hoguera universal y la misma leña.
Entre sus manos fluyen la Justicia y el Bien,
las manos con el toque divino del Capitán G...
Lo que pides es lo que obtienes,
¡Capitán G, Capitán para siempre!
Capitán G es tu voto,
Capitán G es tu capital.
Capitán G a control remoto,
Capitán G, verdadero capitán.
Relájate y ponte en manos de la tripulación
porque saldremos a dar un pequeño paseo.
El Capitán G está a cargo de la expedición,
nuevo Leonardo, Hércules, Mesías y Teseo.
No hay mares que no puedas surcar con el Capitán G,
no hay victorias que no puedas marcar con la Gran V.
Capitán G es la fuerza,
Capitán G es la luz.
Capitán G es una represa,
Capitán G es la testuz
de quienes aún desean ver un mundo bajo sus pies...
¡Quienes sueñan el Bien, sueñan con el Capitán G!

domingo, 7 de agosto de 2011

Crónicas CienciaFiccionísticas 48 - Imágenes del Cyberpunk.


Resulta curioso observar que la Ciencia Ficción de la Era Campbelliana tuvo un fuerte componente estético, debido a la existencia de las seriales dominicales por un lado (y el cine Atompunk después), y a las inefables portadas de las revistas pulp de la época, mientras que la Nueva Ola tendió a romper con todos los patrones estéticos, así como con todo lo demás. El Cyberpunk recuperó la vena esteticista de la Edad de Oro, a la que a su manera distópica suele rendir más de algún homenaje (en no pocas ocasiones, el Cyberpunk se plantea como el reflejo o espejo oscuro de la Edad de Oro, una especie de gemelo malvado de ésta). Por esto, no debe ser casualidad que los ejemplos más claros de Cyberpunk, más allá de la obra de William Gibson, Bruce Sterling y algún que otro autor más, estén no tanto en la literatura como en el cine.


Quizás la primera película netamente cyberpunk sea "Blade Runner", dirigida por Ridley Scott en 1982. Mucho se ha debatido si realmente debe considerársela dentro del género o como un pariente cercano, pero es innegable que codifica muchos elementos que después van a ser primarios del género. Cuenta la leyenda que William Gibson, mientras escribía "Neuromante", fue a ver "Blade Runner", y se salió del cine espantado de lo mucho que esa película se acercaba a su visión de lo que iba a ser su novela. La trama de "Blade Runner" es una adaptación muy libre de una novela de Philip K. Dick (autor en el cruce de la Edad de Oro a la Nueva Ola cuyos temas anticipan muchas preocupaciones del Cyberpunk), y sigue las peripecias de un cazador de androides (llamados "blade runner" precisamente) es comisionado para perseguir a algunos de éstos que, contra la ley, han venido del espacio exterior a la Tierra para buscar a su "creador". Aunque supuestamente el "cazador" es el "bueno", la película es lo suficientemente ambigua como para plantear que los androides y el cazador son todos en realidad víctimas de un sistema distópico que los aplasta por igual, y en el cual sólo pueden medrar para sobrevivir, sin esperanzas ya no digamos de cambiar el sistema, sino simplemente de mejorar su propia condición.


Vino entonces una seguidilla de películas del género, no siempre de calidad superlativa. Una de las mejores aproximaciones en la década es "Terminator" de James Cameron, de 1984, que describe cómo en el futuro cercano las máquinas han casi destruido a la Humanidad, y envían a un cyborg al presente (a 1984, se entiende) para matar a la madre de quien será el líder de la última rebelión humana. La película tiene un hálito ominoso, porque al presentar esta premisa, el espectador sabe y percibe que la ciudad es en realidad un cadáver ambulante, y que todo lo cotidiano que está viendo pronto será arrasado en un holocausto atómico que no dejará absolutamente nada de lo que tú y yo conocemos. James Cameron dirigió una secuela que riza el rizo sobre la premisa, que es "Terminator 2: El juicio final", antes de que la franquicia cayera en decadencia con un par de nuevas entregas muy inferiores a las originales. Mencionemos de paso también "Días extraños" de Kathryn Bigelow, en que sus protagonistas sobreviven en una sociedad en donde se comercia con imágenes que pueden ser implantadas en el cerebro: esta película fue producida por James Cameron.


El Cyberpunk golpeó como una fiebre a Japón, la nación hipertecnologizada cuyos mangas y animes estaban invadiendo Occidente, y que produjo algunos de los mejores ejemplos de Cyberpunk. "Akira", de 1988, refiere la historia de un Tokio aniquilado por una explosión de alguna clase... que después se revela estar conectada a Akira, el niño esperado durante veinte años como un mesías por una sociedad japonesa hundida en la miseria y la ultraviolencia. "Akira" pone sobre la mesa el tema del posthumanismo, la evolución ulterior de los seres humanos gracias a la ingeniería genética y la robótica hasta niveles evolutivos superiores. Aún más cerca de la diana llega "Ghost in the Shell", que ha generado una próspera franquicia de películas y series de animación. En la película de 1995 (la encarnación y continuidad más conocida de la franquicia), la Mayor Motoko Kusanagi debe perseguir a un misterioso asesino que, según se revela, es una inteligencia artificial que trata de incrustarse en un cuerpo humano para literalmente cobrar vida. "Ghost in the Shell" toma toda la literalidad del universo de "Blade Runner", pero la película discípula aplica un elemento ausente de la película maestra: la realidad virtual. Y a la vez, puede ser considerada un puente entre dicha película y otra que le copió tanto la estética como varias soluciones narrativas (incluyendo la secuencia inicial): "Matrix".


"Matrix" es la película quintaesencial de lo que se supone es el Cyberpunk en el cine. Irónicamente llegó en 1999, una fecha en que dentro de la literatura, el Cyberpunk estaba siendo visto ya como un movimiento superado y agotado. "Matrix" fue responsable de tomar lo que hasta el minuto era una subcultura para relativamente pocos enterados, y ponerla al alcance de todo el mundo. La película sigue las peripecias de Neo, un hacker que luego de ser perseguido por unos misteriosos hombres de negro, descubre que la realidad en la que vive (nuestro presente) es en realidad una alucinación de realidad virtual construida por una gigantesca supercomputadora mundial, que de esta manera mantiene quietos y sedados a los últimos seres humanos que sobreviven en un futuro postapocalíptico, para ser aprovechados como fuente de energía por parte de dicha supercomputadora. Con la ayuda de algunos renegados sobrevivientes del futuro (el verdadero presente, ya que el "presente" de Neo en realidad es el pasado), Neo descubre sus poderes y se transforma en el ser humano más poderoso dentro de la Matriz o la Matrix (el ciberespacio o la realidad virtual común para todos). De la película salieron un par de juegos, un par de secuelas, y un video de animación "Animatrix", que realmente no le suman nada a la película inicial. Con "Matrix" puede darse por acabada la evolución del Cyberpunk: habrán más obras tanto en el cine (muchas de ellas imitando elementos de "Mátrix", como "Piso 13" por ejemplo) como en la literatura, aunque en esta última cada vez menos, y que tendrán en común el no añadir nada fundamentalmente nuevo al género. Irónicamente, el resultado del agotamiento del Cyberpunk en la década de 1990 y su visión de "20 minutos en el futuro" le abrirá paso a una visión del género que bien podría ser parafraseada como "un siglo en el pasado": el Steampunk.

Próxima entrega: El regreso del vapor.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Sobre el penoso estado de la Ciencia Ficción en Chile.


Dudaba sobre si escribir o no escribir sobre este tópico, que por definición es polémico, hasta que un evento externo me convenció de que debía hacerlo: un artículo redactado por Alberto Sepúlveda y publicado por el Sitio de Ciencia Ficción, en que defenestraba con muy buenos motivos algunas antologías de Ciencia Ficción chilena. El artículo se llama "Cómo la Ciencia Ficción chilena se transformó en otro dispositivo narrativo comercial", y hace un contundente destrozo de algunos males que aparentemente plagan el género acá en este país. Lo que me motivó a entregar mi propia opinión sobre el tópico, que aunque lo diga yo, es una de las opiniones más autorizadas que ustedes van a encontrar en Chile, por encima de muchos otros que quieren posar de líderes del género en Chile y no lo son. Por lo menos, yo no los reconozco como tales porque no son mejores que yo, y deben serlo si quieren liderarme. Digo que soy mejor porque en el mismo Sitio de Ciencia Ficción me están republicando las Crónicas CienciaFiccionísticas, mientras que mi blogoserie en línea "Corona de Amenofis" se empina en la actualidad por más de cinco años de publicaciones y sobre cien capítulos. Todo lo anterior me da pergaminos que otras voces no tienen. Aunque no me lo reconozcan, debido a ese endémico mal chileno que es la envidia.

En los últimos años en Chile hemos asistido a un movimiento cultural que pretende reivindicar la Ciencia Ficción como un género literario y cinematográfico serio. Afirmación que me parece incuestionable, por supuesto, porque se debe vivir debajo de una piedra para no darse cuenta de que la Ciencia Ficción está en todas partes. Las más importantes mitologías del imaginario del siglo XX y lo que va del XXI, son universos de Ciencia Ficción, incluyendo Star Wars, Star Trek, Matrix, y un largo etcétera. Pero una cosa es hacer este reconocimiento, y otra muy distinta que la reivindicación del género en Chile vaya a llegar a alguna parte. Porque a pesar de lo que digan sus cultores, la Ciencia Ficción chilena en general es anémica y maltrecha, de baja calidad literaria, y más o menos ayuna de ideas.

Hagamos un recuento histórico. Como la Ciencia Ficción latinoamericana en general, La Ciencia Ficción en Chile es un género exótico, una importación desde el mundo anglosajón, y no empezó a desarrollar un perfil característico sino hasta mediados del siglo XX. Luego, a consecuencias de los hechos relacionados con septiembre de 1973, y al igual que otras manifestaciones culturales chilenas, la Ciencia Ficción sufrió un corte en embrión y toda esa tradición literaria simplemente quedó sin descendencia. En la década de 1990 surgió una nueva hornada de autores, en la que yo mismo me cuento (en esos años yo publicaba un fanzine llamado "Quinto Evangelio"), pero nosotros en general veníamos completamente desconectados de lo que venía desde antes, y eso en caso de que no fuéramos abiertamente hostiles a dicha tradición (no era mi caso, aunque tampoco era un entusiasta). Para estos nuevos autores, ignorantes de la Ciencia Ficción clásica chilena, todo era un volver a empezar, y no les quedó más remedio, y me incluyo en el montón, que imitar las formas literarias procedentes del mundo anglosajón. Los máximos referentes de esta generación de autores son el manga, el anime, el cine de Hollywood, y para los más veteranos, las novelas anglosajonas del período 1937-1984, o sea, desde el inicio de la Revolución Campbelliana hasta la eclosión del Cyberpunk. En esas condiciones es difícil hablar de una Ciencia Ficción chilena con músculo.

Pero si el problema se agotara ahí, no sería un problema en lo absoluto, porque bien bastaría con paliar las deficiencias de referentes con creatividad, inventándose unos nuevos que sean propios. Pero además, entre los escritores de Ciencia Ficción chilenos en general existe una profunda estrechez mental, que les impide mirar más allá del ámbito. Existe una obsesión tan profunda de los escritores de Ciencia Ficción por afincarse como el nuevo referente cultural, por crear una revolución que los va a entronizar en el Olimpo del mundo cultural, que rechazan con un fanatismo rayano en la iconoclastia cualquier cosa que no sea Ciencia Ficción. Y en este furor en contra de los iconos es donde su literatura naufraga.

Si uno mira en torno a los escritores de Ciencia Ficción foráneos, su formación cultural era enormemente heterogénea. Isaac Asimov de niño leía folletines clásicos y literatura griega. Frank Herbert se entusiasmó con todo lo relativo al mundo musulmán. Philip K. Dick se bebió cuanto libro místico existía afuera, incluyendo el I-Ching entre otras cosas. Muchos escritores de la "New Wave" en la década de 1960 se aproximaron a la Ciencia Ficción "desde fuera", desde la literatura general, incluyendo a Brian Aldiss o a Michael Moorcock. William Gibson tenía una buena formación en novela negra. Y suma y sigue. El resultado es que todos esos escritores hicieron buena Ciencia Ficción, y buena literatura en general, porque encontraron la manera de transmutar todas esas influencias en creaciones originales. "Dune" de Frank Herbert se inspira poderosamente en la cultura y mentalidad musulmana, la Saga de la Fundación de Isaac Asimov es una reelaboración de la "Decadencia y caída del Imperio Romano" del historiador victoriano Edward Gibbon, "Neuromante" de William Gibson es en el fondo una novela negra con tipos enchufados a Internet, y así sucesivamente. Y, sin falsas modestias, mi mentor Sergio Meier siguió el mismo camino en "La segunda Enciclopedia de Tlön", integrando filosofía del siglo XVIII en un entorno cyberpunk, y yo estoy haciendo lo propio en "Corona de Amenofis" con la tradición folletinesca del cine y la televisión, también en un entorno de Ciencia Ficción.

Más de algún pope, archimandrita o ayatola de la Ciencia Ficción en Chile va a leer estas líneas con espanto y va a despotricar en mi contra, diciendo que soy un tipo poco informado, o peor aún, un fascineroso hijo de la cultura de la envidia y del aserruchar el piso en Chile, o un hereje incapaz de reconocer la "verdadera literatura" allí donde la veo. La que suele coincidir con la literatura de preferencia de ese pope, archimandrita o ayatola, en una coincidencia que es casi de Ciencia Ficción por sus proporciones cósmicas. Puede ser, claro está, pero a las pruebas me remito. Hace pocos años atrás salieron publicadas dos sendas antologías de Ciencia Ficción, ambas fruto del laborioso trabajo del señor Marcelo Novoa. Una de ellas, "Años luz", es un recuento de la Ciencia Ficción chilena desde la década de 1920 hasta la actualidad. La segunda, "Alucinaciones TXT", es una antología de Ciencia Ficción contemporánea, podríamos decir que de autores revelados entre 1990 y 2005. En ambos casos estamos frente a obras claves desde el punto de vista histórico, ya que son los esfuerzos más ambiciosos y omnicomprensivos para recopilar y difundir la Ciencia Ficción chilena entre los legos en la materia, que son casi todos porque los esfuerzos anteriores en la misma línea nunca habían ascendido más allá del underground, y por lo tanto, es poco probable encontrarse con algún experto en el tema con anterioridad, como no hablemos de prohombres como Moisés Hasson, por ejemplo, que prácticamente trabajaron en el desierto. Pero si salimos del ángulo histórico para ir al literario, con pesar debo decir que son dos antologías que yo no le infligiría ni a mi peor enemigo. Porque el nivel literario en ellas es mediocre, así de simple. Lo que no es culpa del antologador, claro, porque ni el mejor pastelero puede hacer un buen pastel si los ingredientes son de mala calidad. No es que no hayan buenas ideas. No es que no se esfuercen. Pero se nota demasiado el querer "escribir Ciencia Ficción". Un buen escritor se preocupa SIEMPRE de escribir "buena literatura". Y si ésta incide o no en tal o cual género literario, eso es más un accidente de nacimiento que una elección previa. Si la "Segunda Enciclopedia de Tlön" de Sergio Meier es una obra literaria de buen nivel, por ejemplo, es que él nunca se limitó a escribir una obra de Ciencia Ficción, y se preocupó de que fuera buena literatura en general. Por desgracia, su caso es la excepción. La mayoría de los autores de Ciencia Ficción trabajan justamente en la dirección contraria, en querer alejarse de toda otra tradición cultural que no sea "friki" para convertirse en los guardianes de una nueva ortodoxia, y con esto le ponen represas justamente a los ríos que manan desde las fuentes de miles de años de tradición cultural de la Humanidad. Y haciendo de necesidad virtud, compensan esta pobreza con una actitud iconoclasta de querer dar vuelta el mundo entero para entronizarse ellos. El ego y el narcisismo, en dosis moderadas, no tienen por qué ser negativos, y de hecho, es poco probable que un escritor sin esos rasgos llegue a desarrollar alguna obra literaria que valga la pena (materia de reflexión para un futuro), pero cuando ese ego y narcisismo lleva a querer convertirse en juez y jurado de todo el universo alrededor como si se fuera una especie de supercomputadora cósmica capaz de juzgar a vivos y a muertos, pues entonces tenemos un problema.

Esto no es sino reflejo de una actitud cultural chilena mayor, que es la idea de que "mi obra artística es la única que vale, y yo soy lo mejor que hay". Actitud que existe un poco siempre y en todas partes, pero que parece extraordinariamente acusada en Chile. Una cosa es tenerle cariño a la propia obra, pero otra muy distinta es llevar esa actitud al extremo del dogma. En cuanto a mí mismo, me gustaría ver aparecer nuevas y mejores obras de Ciencia Ficción. Obras que no se limiten a plegarse a las modas de vampiros y zombies. Obras que no traten de ser la enésima revisión del mito del superhéroe, espúrea y sin gracia. Obras que no sean simplemente los Expedientes X o Harry Potter a la chilena. Obras que no sean ucronías steampunk al estilo de la Liga de los Caballeros Extraordinarios pero con ambientación chilena. Obras que no se limiten a "ser chilenas" simplemente poniendo machis y rituales mapuches en un entorno "Valparaíso cyberpunk". No es que éstas sean malas ideas, y bien trabajadas pueden rendir mucho de sí, pero no basta con una idea interesante para tener automáticamente una obra literaria que valga la pena. Además de eso se requiere desarrollarla, llevarla hasta sus últimas consecuencias... y escribirla bien, maniobrando adecuadamente con los signos de puntuación y usando un buen vocabulario. Todas esas, materias en las que el grueso de los escritores de Ciencia Ficción chilena tienen pendientes y condicionales para marzo.

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